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Inciso

El «no sé» de Delcy

La frase que le dijo al periodista Tyler Pager del New York Times tiene tres palabras y dieciséis letras. Pero no es solo una respuesta evasiva. Es la postal exacta del momento que vive Venezuela cuatro meses después del 3 de enero. Y, de paso, también es la postal del país que mucha de nuestra comunidad lleva adentro en la diáspora.

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Protesters holding signs demanding free elections and political amnesty in Venezuela

La frase que le dijo al periodista Tyler Pager del New York Times tiene tres palabras y dieciséis letras. Pero no es solo una respuesta evasiva. Es la postal exacta del momento que vive Venezuela cuatro meses después del 3 de enero. Y, de paso, también es la postal del país que mucha de nuestra comunidad lleva adentro en la diáspora.

El periodista Tyler Pager le hizo a Delcy Rodríguez la única pregunta que importaba el viernes. Cuándo. La presidenta encargada respondió tres palabras y dieciséis letras: «No sé, algún día». Y se retiró.

Habría querido escuchar otra respuesta. Habría querido escuchar una fecha. Habría querido escuchar incluso un mes, un trimestre, una temporada del año. Lo que sea que pudiera funcionar como anclaje para que millones de venezolanos en Estados Unidos —y en cada rincón del mundo donde la diáspora respira— pudieran sostener un calendario propio. Algo que dijera: hasta acá la espera; a partir de ese día, el regreso.

Pero «no sé» no es respuesta. Es huida. Y «algún día» no es promesa. Es la fórmula que se usa cuando lo que hay que decir resulta demasiado costoso de pronunciar en voz alta.

La diferencia importa. Porque las palabras, cuando se dicen desde el poder, no son solo palabras. Son arquitectura. Construyen los plazos en los que vive la gente. Una madre en Caracas que tiene un hijo preso esperando amnistía vive según el calendario que el gobierno decide. Una familia en Doral que evalúa repatriar ahorros vive según ese mismo calendario. Un médico en Maracaibo que decidió quedarse en lugar de migrar vive según ese calendario. Un venezolano en Madrid que paga el alquiler de su madre porque las pensiones siguen congeladas en bolívares vive según ese calendario.

Cuando la presidenta encargada dice «no sé, algún día», está diciendo, en realidad, otra cosa. Está diciendo: ese calendario no existe, va a seguir sin existir, y mientras no exista, ustedes seguirán construyendo sus vidas sobre la incertidumbre.

El domingo 3 de mayo, mientras Delcy Rodríguez probablemente intentaba olvidar el episodio del viernes con el NYT, ciento veinte ciudades del mundo respondieron sin haber sido convocadas a responder. María Corina Machado las llamó. Y cada una respondió con la única respuesta posible cuando el poder dice «no sé». Salir a la calle. Hablar en nombre de los que no pueden. Sostener carteles con nombres específicos —Samantha, Víctor, los más de quinientos que el Foro Penal lleva contados— para que el silencio oficial encuentre, frente a frente, el ruido de los nombres propios. La premio Nobel de la Paz desde el exilio funcional convocó. Miami, Houston, Madrid, Berlín, Buenos Aires, Caracas frente a El Helicoide respondieron. Esa fue la respuesta que Delcy no quiso dar.

El «no sé, algún día» tiene una genealogía política larga. Lo dijeron, en algún momento, los gobiernos que tenían que dar fechas y no las dieron. Lo dijeron las dictaduras de los años setenta cuando preguntaban por los desaparecidos. Lo dijeron los regímenes posteriores cuando preguntaban por las elecciones. Lo dijeron los gobiernos democráticos también, cuando preguntaban por reformas. La frase es vieja. La conocemos. La hemos escuchado en distintos idiomas y en distintas geografías.

Lo que cambia con Delcy Rodríguez no es la frase. Es el contexto. Porque ella no es Pinochet en 1985. Ella es la presidenta encargada de un gobierno que tiene relaciones bilaterales con la administración Trump, que firma acuerdos energéticos con Chevron, que recibe representantes empresariales tradicionales en sus comisiones, que está tratando de convencer al mundo de que Venezuela está entrando en un nuevo momento. En ese contexto, decir «no sé, algún día» sobre elecciones es algo más que evasiva. Es declaración estratégica. Es la confesión de que la transición no es transición. Es reordenamiento.

Y aquí entra mi inquietud editorial. El delcismo —ya hay quienes lo llaman así, y tiene razón Mary Pili Hernández cuando lo nombra— está intentando construir su legitimidad sobre la base de pragmatismo. Acuerdos económicos con Estados Unidos. Apertura al sector privado tradicional. Privatización de activos públicos. Normalización diplomática. Todos esos movimientos pueden ser racionales. Algunos pueden incluso ser convenientes para la economía venezolana. Pero ninguno justifica el «no sé, algún día». Porque las elecciones no son una variable económica. Son la única manera en que la palabra «transición» tiene sentido.

Sin elecciones, lo que hay no es transición. Es relevo. Y un relevo, por más pragmático que sea, no es lo mismo que una restitución democrática. Para los venezolanos en Estados Unidos —que durante años hemos cargado la idea de que el cambio era cuestión de tiempo— esa diferencia importa. Porque si el cambio es solo relevo, lo que viene es otra época bajo otras manos, no el regreso del país que recordamos.

Habría querido cerrar este inciso con una respuesta optimista. No la tengo. Lo que tengo es la certeza de que mientras Delcy diga «no sé, algún día», nuestra obligación —de los que escribimos, de los que organizamos, de los que en cada ciudad construyen redes para no perder los nombres— es seguir poniéndole fecha. Quinientos presos políticos no se cuentan con «algún día». Una migración de millones no se sostiene con «algún día». Una deuda democrática como la venezolana no se salda con «algún día».

El periodista Tyler Pager hizo bien su trabajo el viernes. La presidenta encargada se retiró sin hacer el suyo. Quien lea esto y le importe Venezuela —desde donde sea— sabe que lo único que queda por hacer ahora es lo que las ciento veinte ciudades hicieron el domingo. Recordar que sí se puede saber. Que sí hay días. Que el calendario existe, y existe porque hay personas que lo sostienen incluso cuando el poder diga que no sabe.

Algún día, claro. Pero ese día se construye con las palabras que se digan, las marchas que se hagan, los nombres que se nombren y las preguntas que se sigan haciendo, hasta que el silencio oficial deje de ser respuesta suficiente.

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Alfredo Yánez

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La señora Carmen Teresa

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El primero de enero de 2025, Carmen Teresa Navas, ochenta y un años, esperaba a su hijo Víctor Hugo con hallacas y bombones. Era Año Nuevo. La mesa estaba puesta. Los platos en su sitio. Las servilletas dobladas como ella las dobla siempre. Y ella, sentada, esperando.

Víctor no llegó esa noche.

Víctor no llegó ninguna otra.

Lo que le dijeron que era detención fue, después se supo, secuestro de Estado. Lo que le dijeron que era proceso fue, después se supo, encubrimiento. Lo que le dijeron que era reclusión en El Rodeo I, el 24 de octubre de 2025, fue, después se supo, mentira institucional. Cuando esa acta de la Defensoría aseguraba a Carmen Teresa que su hijo seguía vivo, Víctor llevaba tres meses muerto.

Sí. Tres.

Imaginen una madre de ochenta y un años recorriendo durante dieciséis meses sedes de inteligencia militar, fiscalías, defensorías, tribunales. Imaginen las salas de espera. Las preguntas sin respuesta. Los funcionarios que la miraban a los ojos y le mentían. Imaginen la dignidad con la que esa señora, semana tras semana, se ponía sus zapatos y salía a buscar a su hijo. Imaginen el costo físico para un cuerpo de ochenta y un años. Imaginen el costo del alma.

No imaginen. Pasó.

Pasó en Venezuela durante la transición tutelada. Pasó mientras el Departamento de Energía de Estados Unidos celebraba el éxito de la operación de extracción de uranio del IVIC. Pasó mientras Chris Wright explicaba en Washington que el plan de tres fases avanzaba según lo planeado. Pasó mientras la diáspora venezolana en Estados Unidos miraba con esperanza moderada la posibilidad de reconciliación.

Hay madres a las que la historia les pasa por encima. Carmen Teresa es una de ellas. Pero hay madres que, además de ser pisadas por la historia, le devuelven a la historia algo. Carmen Teresa lo está haciendo. Su voz, exigiendo análisis genético para verificar que los restos exhumados son de su hijo, es una pregunta directa al aparato institucional venezolano. Es una pregunta que la nación entera escuchará. Es una pregunta que el régimen actual no puede contestar sin abrir la pregunta más grande: ¿cuántas otras Carmen Teresa hay?

Cuatrocientas cincuenta y cuatro personas siguen detenidas en Venezuela por razones políticas, según el último reporte de Foro Penal. Sesenta y cinco por ciento de ellas no tienen condena. Cada una de esas familias tiene su Carmen Teresa. Cada una espera. Cada una pregunta.

Lo que la transición tutelada no haga por esas familias en los próximos meses, va a quedar en el expediente moral de los próximos años. Si el régimen actual aplica el Protocolo de Minnesota como exige la ONU, si permite peritajes externos independientes, si libera a quienes no tienen condena, si ordena la liberación de presos políticos, si depura los aparatos de inteligencia militar, si ofrece reparación a las familias, entonces la transición es real. Si no lo hace, la transición es solo cambio de mando.

El plan de tres fases es plan económico. Bien. Que las refinerías operen, que el sistema bancario se restablezca, que llegue la inversión, que la moneda se estabilice. Bien. Pero ningún plan económico, por exitoso que sea, sustituye lo que un Estado le debe a sus ciudadanos cuando los detiene, los oculta, les miente y los entierra sin avisar a la madre.

Carmen Teresa lleva dieciséis meses recordándonos eso.

Que el Sistema Interamericano se aplique al caso. Que la Misión de Determinación de Hechos de la Organización de Naciones Unidas profundice la documentación. Que la Corte Penal Internacional incorpore el expediente. Que los organismos venezolanos de derechos humanos sigan presionando. Que la diáspora amplifique la voz. Que cada uno de nosotros, donde esté, no permita que el caso se entierre por segunda vez.

Carmen Teresa, ochenta y un años, hoy puso flores en una tumba de la que no estaba segura. Eso solo, ese gesto, debería detener al país durante un día entero. Finalmente pudo asegurarse de que en efecto era su hijo.

Pero el país no se detiene. La rutina continúa. Todo sigue.

Que siga. Pero no sin Carmen Teresa.

Que siga. Pero con el nombre de Víctor Hugo Quero Navas en cada conversación sobre transición. Que siga. Pero con la pregunta abierta de cuántas Carmen Teresa más estaremos olvidando ahora mismo.

La nación entera, decíamos ayer, repudia lo sucedido con Víctor. Lo decimos con razón. Pero las naciones no repudian: repudian las personas. Y solo si el repudio se traduce en presión sostenida, en escrutinio constante, en exigencia de justicia, vale algo.

Carmen Teresa no necesita compasión. Necesita justicia. La nuestra, la que cada uno de nosotros pueda dar.

Y en la mesa, seguramente siguen las hallacas que prepararon para él. Las servilletas dobladas. El plato puesto. Una madre esperando.

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La oveja con la patita rota

Hay una imagen que se quedó conmigo después de hablar con Fray Miguel Ángel Hernández, Prior General de los Agustinos Recoletos, sobre el primer año de pon

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Shepherd bandaging a lamb's leg with a dog sitting nearby in a grassy landscape
El Inciso · Edición especial León XIV · Primer aniversario · Pieza 5 de 5
Columna · Publicación: viernes 8 de mayo de 2026

La oveja con la patita rota

Hay una imagen que se quedó conmigo después de hablar con Fray Miguel Ángel Hernández, Prior General de los Agustinos Recoletos, sobre el primer año de pontificado de León XIV. No es una metáfora teológica. Es un programa de gobierno. Y explica el segundo año mejor que cualquier análisis.

Por Alfredo Yánez Mondragón · Editor en jefe

Viernes 8 de mayo de 2026 · Lectura: 5 minutos

§ § §

Cuando le pregunté al Prior General de los Agustinos Recoletos qué podía esperar de un Papa que conoció, desde dentro, la pobreza de los Andes peruanos, su respuesta no fue un análisis político ni una clase de teología. Fue una imagen rural, pastoral, casi infantil.

El pastor bueno está atento a la oveja más frágil, a la que está herida, a la que está cansada, a la que se ha roto la patita.

La oveja con la patita rota. Es una imagen que llevo días dándole vueltas. La estoy escribiendo a las nueve de la noche en Columbus, en una casa donde la primavera de Ohio empieza a olerse en el aire, mientras a varios miles de kilómetros un secretario de Estado norteamericano aterriza en Roma para reunirse con el Papa al que su gobierno acaba de llamar débil, terrible, casi enemigo. Y la oveja con la patita rota me sigue dando vueltas.

Porque ese es, creo, el desafío más profundo del segundo año de pontificado de León XIV. No el desafío visible —el cruce de declaraciones con Trump, los titulares, la diplomacia entre el Vaticano y la Casa Blanca, las negociaciones por Irán, la crisis migratoria—. Ese es el desafío inevitable, el que va a copar las portadas. El desafío profundo es otro.

Es decidir, todos los días, durante los próximos doce meses, si la Iglesia que él gobierna se acomoda al ritmo del rebaño que avanza —rápido, productivo, eficiente, mediático— o se acomoda al paso de la oveja con la patita rota.

§ § §

Hay una tentación que ronda a este primer Papa estadounidense, aunque haya pasado cuarenta años en Perú. Es la tentación de la velocidad. La cultura de la que Robert Prevost viene —la cultura del país donde nació, no la del país donde aprendió a ser pastor— mide a sus líderes por lo que producen, lo que anuncian, los titulares que generan, los acuerdos que firman. En esa lógica, un Papa que se demora, que medita, que reza antes de hablar, que pasa el aniversario de su elección en un santuario mariano del sur de Italia en lugar de en una rueda de prensa en Roma, es un Papa lento. Un Papa débil, según el adjetivo que le ha puesto el presidente de su país.

Pero el adjetivo está mal puesto. La sinodalidad que León XIV está cimentando como método de gobierno —y de la que escribí la pieza 2 de esta edición especial— no es lentitud por lentitud. Es la velocidad del rebaño que se acomoda al paso del más débil. Es el ritmo del que camina con la oveja de la patita rota encima del hombro y no la deja atrás aunque eso le cueste tres días más en llegar al destino.

Esa es una decisión de civilización, no solo de gobierno eclesial. Y es una decisión incómoda para una época que ha confundido velocidad con eficacia y eficacia con justicia. Los doce meses que se inauguran el viernes 8 de mayo de 2026 —que no se inauguran en Roma, sino en Pompeya, ante una imagen mariana, lejos del eje político— van a poner a prueba si esa decisión se sostiene.

§ § §

Se va a poner a prueba en lo grande y en lo pequeño. En lo grande está lo previsible: la próxima escalada con Trump, las decisiones sobre Venezuela, los pronunciamientos cuando ICE haga la siguiente operación grande en una ciudad hispana. Esos serán los titulares. Pero el desafío profundo se va a jugar en lo pequeño, en lo que casi nadie va a registrar.

Se va a jugar cada vez que un obispo estadounidense tenga que decidir si firma o no firma una declaración pastoral en defensa de un migrante deportado. Cada vez que una conferencia episcopal del cono sur tenga que decidir si sostiene una mediación incómoda. Cada vez que un párroco hispano en Texas tenga que decidir si abre la sacristía como refugio temporal. Cada vez que en Roma un dicasterio tenga que decidir si publica un informe que va a molestar a Washington.

En todas esas decisiones, lo que va a estar en juego es si el método que León XIV ha empezado a sembrar —escuchar a la oveja más frágil, ajustar el paso al de ella, no dejarla atrás aunque cueste— se mantiene cuando el costo aumenta. Porque en los próximos doce meses el costo va a aumentar. La administración Trump no se va a apaciguar. Las presiones sobre Venezuela no se van a moderar. La crisis migratoria no se va a desinflar.

§ § §

Hay un detalle que me parece definitorio. El Prior General de los Agustinos Recoletos no me dijo que el Papa estuviera atento a la oveja herida —pasado, hecho consumado—. Me dijo que está atento. Presente continuo. Forma de vida. Algo que no se puede dejar de hacer sin dejar de ser lo que se es.

Cuando León XIV no tiene miedo de la administración Trump, lo que está diciendo —en el lenguaje minimalista de los pastores, no en el lenguaje grandilocuente de los políticos— es que su prioridad no la decide la administración Trump. La decide la oveja con la patita rota. Que tiene nombre, varios nombres, millones de nombres, en este país y fuera de él.

Tiene el nombre del exinmigrante salvadoreño que ahora es obispo en Virginia Occidental. Tiene el nombre del venezolano deportado a un tercer país. Tiene el nombre de la familia mexicana que en estos meses, en Houston, decide no salir a la calle por miedo a ICE. Tiene el nombre de la abuela cubana en Miami que reza por su nieto que cruzó la frontera y no ha llamado en tres meses. Tiene el nombre del joven venezolano en Caracas que no sabe si la transición tutelada va a terminar con elecciones o con un régimen distinto pero igual de tutelado.

Todas esas ovejas tienen la patita rota. Y el Papa ha decidido caminar a su paso.

§ § §

El segundo año del pontificado se inaugura el viernes 8 de mayo de 2026 en un santuario mariano del sur de Italia. Sin secretario de Estado norteamericano alrededor —ese se va el día anterior—, sin presidentes invitados, sin actos protocolares con la administración que lo trata de débil. Solo un Papa, una imagen mariana, y el rebaño imaginario de las ovejas con la patita rota que él lleva en la cabeza desde Chiclayo, desde Trujillo, desde Lima, desde mucho antes de saber que iba a ser obispo de Roma.

Va a ser un año duro. Va a ser un año de presiones nuevas, de cruces que ni siquiera podemos imaginar todavía, de decisiones difíciles. Yo no sé qué tan rápido va a poder caminar el Papa con todas esas ovejas heridas encima. Pero sé desde qué método las va a llevar. Y me parece que es el método correcto.

La iglesia hispana en Estados Unidos —esa que sostiene barrios enteros, que reza en español los domingos, que envía remesas, que cría a la siguiente generación de americanos en este país— tiene en León XIV a alguien que la mira por lo que es, no por lo que el imperio quisiera que fuera. Un primer año así no es poca cosa. Un segundo año así, con todo lo que se viene encima, sería una hazaña.

Y mientras escribo esto, la oveja con la patita rota me sigue dando vueltas en la cabeza. Será que tengo bastantes vecinos así.

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Le bailarán las paraparas de los ojos

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Man in suit with shocked expression in a destroyed urban area with smoke and debris

El miércoles 6 de mayo, Donald Trump, en una de sus frecuentes intervenciones ante periodistas, dijo que la gente en Venezuela está bailando en las calles por lo bien que va el proceso desde el 3 de enero. Lo dijo como quien describe una postal: una fiesta nacional ininterrumpida, salsa en cada esquina, alegría desbordada.

Yo me quedé pensando en ese verbo. Bailar.

Lamentablemente, el presidente Trump no ha superado las imágenes de Maduro bailando en tarimas mientras el país se caía a pedazos, mientras sus serviles segundones robaban, mataban, contrabandeaban, extorsionaban, torturaban, a su ritmo, siguiendo su compás y su tumbao.

Esos son los bailes a los que quizá se refiere Trump. Quienes bailan ahora son los mismos que le hacían comparsa a Maduro y hoy están en la primera fila de esa coreografía.

La gente no.

La gente de verdad verdad no tiene ánimos para bailar. Los 28 millones de venezolanos retratados en la más reciente encuesta Encovi de la Universidad Católica Andrés Bello no tienen una cuenta en Citibank que pueden activar bajo tutela, ni reciben directrices de tres fases, ni pueden operar un parlamento gatopardiano que desempolva leyes para que los cambios sirvan para que todo siga igual.

La gente, esa gente, está en otra cosa.

Mientras Trump describía un país festivo desde Washington, tres funcionarios de la Policía de Chacao narraron ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos cómo se cosieron la boca en El Helicoide para no morir tragando lo que les daban, cómo les forraron la cabeza con periódico y cinta adhesiva para torturarlos, cómo aprendieron por qué las personas se suicidan. Una de ellas, Venus Medina, contó que la celda de las mujeres estaba debajo de la celda de castigo y que se quedaban en silencio escuchando las torturas. Un silencio, dijo, que es temor pero también respeto. Eso no es ritmo. Es mortaja.

No se puede bailar cuando un encarcelado, desaparecido en alguna cárcel, muere bajo custodia del Estado, lo entierran y no ofrecen información-decenas de veces solicitadas por su madre- sino hasta diez meses después del hecho. Víctor Quero, el nuevo rostro de la barbarie que sale a bailar, y luego pide superar los hechos, perdonar y regresar.

Los trabajadores marcharon en Caracas hacia la embajada de Estados Unidos para entregar una carta. No fueron a Miraflores, donde está el gobierno. Fueron a la embajada que recién reabrió. Allí pidieron lo que el salario mínimo les niega: que con 130 bolívares al mes, equivalentes a 0,27 dólares, no se puede vivir. Eso no es un tema de tarima.

En Carabobo, los apagones se intensificaron después de los 45 días de racionamiento. En Falcón, los pacientes temen que cierre la unidad de diálisis por falta de personal. En Jesús de Nazareth, San Juan de los Morros, llevan tres días sin electricidad. En Barinas, los partidos opositores se reorganizan. En Mérida, en Maracaibo, en El Tigre. En cada esquina del mapa, lo mismo.

A la gente en Venezuela sí le gusta bailar y sí está lista para una fiesta de varios días, con música de todos los calibres y géneros. Pero este vals hablado de los últimos meses es música luctuosa. Invita al luto.

En el país están pasando cosas. Y muchos ya están escogiendo las playlists. Cuando el DJ —que ni ha querido revelar su nombre artístico— haga sonar la música que este país quiere oír, ahí sí se va a maravillar Trump por el movimiento de caderas en ritmo de joropo, tamunangue, merengue, salsa y tambor.

Y él, al ver aquello, cambiará sus ya famosos pasos porque le comenzarán a bailar las paraparas de los ojos.

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