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La oveja con la patita rota

Hay una imagen que se quedó conmigo después de hablar con Fray Miguel Ángel Hernández, Prior General de los Agustinos Recoletos, sobre el primer año de pon

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Shepherd bandaging a lamb's leg with a dog sitting nearby in a grassy landscape
El Inciso · Edición especial León XIV · Primer aniversario · Pieza 5 de 5
Columna · Publicación: viernes 8 de mayo de 2026

La oveja con la patita rota

Hay una imagen que se quedó conmigo después de hablar con Fray Miguel Ángel Hernández, Prior General de los Agustinos Recoletos, sobre el primer año de pontificado de León XIV. No es una metáfora teológica. Es un programa de gobierno. Y explica el segundo año mejor que cualquier análisis.

Por Alfredo Yánez Mondragón · Editor en jefe

Viernes 8 de mayo de 2026 · Lectura: 5 minutos

§ § §

Cuando le pregunté al Prior General de los Agustinos Recoletos qué podía esperar de un Papa que conoció, desde dentro, la pobreza de los Andes peruanos, su respuesta no fue un análisis político ni una clase de teología. Fue una imagen rural, pastoral, casi infantil.

El pastor bueno está atento a la oveja más frágil, a la que está herida, a la que está cansada, a la que se ha roto la patita.

La oveja con la patita rota. Es una imagen que llevo días dándole vueltas. La estoy escribiendo a las nueve de la noche en Columbus, en una casa donde la primavera de Ohio empieza a olerse en el aire, mientras a varios miles de kilómetros un secretario de Estado norteamericano aterriza en Roma para reunirse con el Papa al que su gobierno acaba de llamar débil, terrible, casi enemigo. Y la oveja con la patita rota me sigue dando vueltas.

Porque ese es, creo, el desafío más profundo del segundo año de pontificado de León XIV. No el desafío visible —el cruce de declaraciones con Trump, los titulares, la diplomacia entre el Vaticano y la Casa Blanca, las negociaciones por Irán, la crisis migratoria—. Ese es el desafío inevitable, el que va a copar las portadas. El desafío profundo es otro.

Es decidir, todos los días, durante los próximos doce meses, si la Iglesia que él gobierna se acomoda al ritmo del rebaño que avanza —rápido, productivo, eficiente, mediático— o se acomoda al paso de la oveja con la patita rota.

§ § §

Hay una tentación que ronda a este primer Papa estadounidense, aunque haya pasado cuarenta años en Perú. Es la tentación de la velocidad. La cultura de la que Robert Prevost viene —la cultura del país donde nació, no la del país donde aprendió a ser pastor— mide a sus líderes por lo que producen, lo que anuncian, los titulares que generan, los acuerdos que firman. En esa lógica, un Papa que se demora, que medita, que reza antes de hablar, que pasa el aniversario de su elección en un santuario mariano del sur de Italia en lugar de en una rueda de prensa en Roma, es un Papa lento. Un Papa débil, según el adjetivo que le ha puesto el presidente de su país.

Pero el adjetivo está mal puesto. La sinodalidad que León XIV está cimentando como método de gobierno —y de la que escribí la pieza 2 de esta edición especial— no es lentitud por lentitud. Es la velocidad del rebaño que se acomoda al paso del más débil. Es el ritmo del que camina con la oveja de la patita rota encima del hombro y no la deja atrás aunque eso le cueste tres días más en llegar al destino.

Esa es una decisión de civilización, no solo de gobierno eclesial. Y es una decisión incómoda para una época que ha confundido velocidad con eficacia y eficacia con justicia. Los doce meses que se inauguran el viernes 8 de mayo de 2026 —que no se inauguran en Roma, sino en Pompeya, ante una imagen mariana, lejos del eje político— van a poner a prueba si esa decisión se sostiene.

§ § §

Se va a poner a prueba en lo grande y en lo pequeño. En lo grande está lo previsible: la próxima escalada con Trump, las decisiones sobre Venezuela, los pronunciamientos cuando ICE haga la siguiente operación grande en una ciudad hispana. Esos serán los titulares. Pero el desafío profundo se va a jugar en lo pequeño, en lo que casi nadie va a registrar.

Se va a jugar cada vez que un obispo estadounidense tenga que decidir si firma o no firma una declaración pastoral en defensa de un migrante deportado. Cada vez que una conferencia episcopal del cono sur tenga que decidir si sostiene una mediación incómoda. Cada vez que un párroco hispano en Texas tenga que decidir si abre la sacristía como refugio temporal. Cada vez que en Roma un dicasterio tenga que decidir si publica un informe que va a molestar a Washington.

En todas esas decisiones, lo que va a estar en juego es si el método que León XIV ha empezado a sembrar —escuchar a la oveja más frágil, ajustar el paso al de ella, no dejarla atrás aunque cueste— se mantiene cuando el costo aumenta. Porque en los próximos doce meses el costo va a aumentar. La administración Trump no se va a apaciguar. Las presiones sobre Venezuela no se van a moderar. La crisis migratoria no se va a desinflar.

§ § §

Hay un detalle que me parece definitorio. El Prior General de los Agustinos Recoletos no me dijo que el Papa estuviera atento a la oveja herida —pasado, hecho consumado—. Me dijo que está atento. Presente continuo. Forma de vida. Algo que no se puede dejar de hacer sin dejar de ser lo que se es.

Cuando León XIV no tiene miedo de la administración Trump, lo que está diciendo —en el lenguaje minimalista de los pastores, no en el lenguaje grandilocuente de los políticos— es que su prioridad no la decide la administración Trump. La decide la oveja con la patita rota. Que tiene nombre, varios nombres, millones de nombres, en este país y fuera de él.

Tiene el nombre del exinmigrante salvadoreño que ahora es obispo en Virginia Occidental. Tiene el nombre del venezolano deportado a un tercer país. Tiene el nombre de la familia mexicana que en estos meses, en Houston, decide no salir a la calle por miedo a ICE. Tiene el nombre de la abuela cubana en Miami que reza por su nieto que cruzó la frontera y no ha llamado en tres meses. Tiene el nombre del joven venezolano en Caracas que no sabe si la transición tutelada va a terminar con elecciones o con un régimen distinto pero igual de tutelado.

Todas esas ovejas tienen la patita rota. Y el Papa ha decidido caminar a su paso.

§ § §

El segundo año del pontificado se inaugura el viernes 8 de mayo de 2026 en un santuario mariano del sur de Italia. Sin secretario de Estado norteamericano alrededor —ese se va el día anterior—, sin presidentes invitados, sin actos protocolares con la administración que lo trata de débil. Solo un Papa, una imagen mariana, y el rebaño imaginario de las ovejas con la patita rota que él lleva en la cabeza desde Chiclayo, desde Trujillo, desde Lima, desde mucho antes de saber que iba a ser obispo de Roma.

Va a ser un año duro. Va a ser un año de presiones nuevas, de cruces que ni siquiera podemos imaginar todavía, de decisiones difíciles. Yo no sé qué tan rápido va a poder caminar el Papa con todas esas ovejas heridas encima. Pero sé desde qué método las va a llevar. Y me parece que es el método correcto.

La iglesia hispana en Estados Unidos —esa que sostiene barrios enteros, que reza en español los domingos, que envía remesas, que cría a la siguiente generación de americanos en este país— tiene en León XIV a alguien que la mira por lo que es, no por lo que el imperio quisiera que fuera. Un primer año así no es poca cosa. Un segundo año así, con todo lo que se viene encima, sería una hazaña.

Y mientras escribo esto, la oveja con la patita rota me sigue dando vueltas en la cabeza. Será que tengo bastantes vecinos así.

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Se fue la luz donde se vendía la energía

El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.

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Calle de Caracas durante un apagón, imagen editorial.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.

El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.

Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.

Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.

La paradoja completa

Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.

Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.

La isla de luz

Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.

Eso no es recuperación. Es un enclave.

Lo que falta

La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?

No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.

La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.

Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.


Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.

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Inciso

Pasos en alguna dirección

Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.

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Weathered signpost marking two diverging country roads at sunset

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Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.

En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.

Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.

Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.

Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.

Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.

La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.

Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.

Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.

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Inciso

Palos de golf prestados en un país que paga cisternas

La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.

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Ilustración conceptual sobre producción petrolera y medición.

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Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.

El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.

Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.

No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.

El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.

Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.

Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.

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