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Política

Roberto Smith Perera: «La reconstrucción no puede esperar a la elección»

Roberto Smith Perera defiende un plan de país de 835 páginas y seis billones de dólares en diez años. Su tesis incómoda: reconstruir antes que votar. Su pregunta abierta: ¿tiene Venezuela los interlocutores para esa mesa?

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El autor del Gran Viraje, exministro de Transporte y Comunicaciones, embajador ante la Unión Europea, fundador de Digitel y doctor en Políticas Públicas por Harvard acaba de publicar 835 páginas. Las llama plan de país, no libro. En conversación con INCÍSOS, Roberto Smith Perera defiende siete alianzas con Estados Unidos, una aritmética de seis billones de dólares en diez años y una tesis incómoda: Venezuela debe reconstruirse antes que volver a votar. La ventana, dice, no estará abierta mucho tiempo.

Ficha 6W · Lo esencial
Qué Conversación con Roberto Smith Perera sobre su nuevo plan «Venezuela First World», un proyecto de reconstrucción nacional de 835 páginas que propone siete alianzas formales con Estados Unidos y una aritmética de seis billones de dólares en diez años.
Quién Roberto Smith Perera, autor del Gran Viraje, exministro de Transporte y Comunicaciones, embajador ante la Unión Europea, fundador de Digitel, matemático de la Universidad Simón Bolívar y doctor en Políticas Públicas por Harvard.
Cuándo Edición dominical de INCÍSOS del 17 de mayo de 2026, dos semanas después de la publicación oficial de «Venezuela First World» el 1 de mayo de 2026.
Dónde Conversación realizada desde el interior de Venezuela. Smith Perera reside en el país. El plan se escribió desde adentro, no desde Miami, Madrid ni Washington.
Por qué Porque la transición tutelada en curso enfrenta una pregunta operativa que el debate público apenas empieza a procesar: si la oposición concentra su apuesta en la ruta electoral, ¿qué pasa con el país durante los dos años mínimos que toma reconstruir el sistema?
Cómo Mediante una propuesta tecnocrática y meritocrática, un Consejo Nacional de Reconstrucción con mandato definido, dolarización ejecutada en cooperación con Washington, atracción de capital privado global y reseteo constitucional como secuencia previa a las elecciones.

Roberto Smith Perera lleva más de cuarenta años pensando a Venezuela. Fue autor del Gran Viraje, el octavo Plan de la Nación durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Fue ministro de Transporte y Comunicaciones, embajador ante la Unión Europea, fundador de Digitel. Es matemático de la Simón Bolívar, doctor en Políticas Públicas por Harvard. Y acaba de publicar 835 páginas que se autodescriben no como un libro sino como un plan: «Venezuela First World — El plan de reconstrucción soberana».

Conversamos a las dos semanas de la publicación. Smith Perera habla con la pausa de quien ya no necesita persuadir desde la urgencia. Habla, más bien, desde una tesis: Venezuela tiene por delante una ventana muy estrecha para convertirse en el principal aliado estratégico de Estados Unidos en el hemisferio occidental, y esa ventana exige decisiones que la diatriba electoral hace imposibles.

El optimista crónico

Lo primero que dice es que es un optimista crónico. «Eso ha sido mi norma durante muchos años». Pero advierte, con cuidado: «Ahora hay razones muy específicas para hacer aún más optimista esa manera de pensar».

Las razones son estructurales y él las enumera con la frialdad de quien viene de las matemáticas y la consultoría. Venezuela tiene las reservas petroleras probadas más grandes del planeta —304 mil millones de barriles, un 18% más que Arabia Saudita—. Tiene gas natural por 230 billones de pies cúbicos. Tiene Guri, uno de los complejos hidroeléctricos más grandes del mundo. Tiene una posición geográfica privilegiada en el Caribe. Y tiene un interlocutor que, por primera vez en décadas, ha decidido concentrar su estrategia geopolítica precisamente en el hemisferio occidental.

«Estados Unidos ya no quiere ser la potencia global con presencia y dominación en Europa, en Asia, en el Medio Oriente. Ellos han decidido que su concentración va a ser en el continente americano. Está expresado claramente en el documento de Estrategia de Seguridad Nacional que salió en noviembre», dice. «En ese contexto, hace falta un pilar para el futuro del continente. Y ese pilar es Venezuela. No puede ser Argentina, no tiene ubicación estratégica. Venezuela está en el Caribe, Venezuela tiene petróleo, Venezuela tiene una influencia muy fuerte en el sector energético».

La afirmación es enorme. Smith Perera la sostiene con la calma de quien la ha pensado mucho.

Un plan de nación, no un plan de gobierno

Infografía INCÍSOS

La primera distinción que defiende —y a la que vuelve una y otra vez durante la conversación— es que su libro no es un plan de gobierno. Es un plan de nación.

«Yo no puedo decir que soy el autor de esto, porque hay muchos autores. De distintos elementos del proyecto», aclara. «En cierta forma, lo que yo he tratado de hacer es ser un compilador de las mejores ideas de Venezuela sobre Venezuela. Y ese es mi rol».

La distinción no es retórica. Smith Perera evoca un precedente con el que claramente quiere asociarse: la generación del 28, la generación de Rómulo Betancourt joven. «Construyeron una potencia petrolera, una potencia energética e industrial con todo el proyecto del desarrollo de Guayana. Industrializaron al país. Crearon el seguro social, el Ministerio de Educación, el Ministerio de Salud». Y agrega un cálculo que ha hecho en otro lugar: si Venezuela hubiera continuado el camino que inició en los años 30 y desarrolló hasta los 70, «hoy sería un Corea, un Japón. Porque fue un país que creció al 6, 7% anual durante décadas y décadas, prácticamente sin inflación».

La invocación tiene peso. Smith Perera no propone refundar Venezuela. Propone retomar una trayectoria interrumpida.

La aritmética: por qué seis billones no es astronómico

Infografía INCÍSOS

Cuando se le plantea la cifra —seis billones de dólares en diez años— y la palabra «astronómica» aparece, Smith Perera no se defiende. La explica.

«Hablemos de la educación. Una escuela bien dotada, con piscina, teatro, canchas, profesores muy bien pagados, laboratorios… no baja de 20 o 30 millones de dólares para atender a mil muchachos. No existe forma de tener una educación de calidad en un rancho, como tenemos hoy en Venezuela». Multiplica: doce mil escuelas. La Universidad Simón Bolívar costó 170 millones de dólares en los sesenta, financiada por el BID; reconstruirla hoy con estándares contemporáneos costaría dos mil millones. La Central, tres a cinco mil millones. Una red ferroviaria que cruce el país desde San Félix hasta Maracaibo en cinco horas: 60 a 80 mil millones.

«Eso cuesta tanto dinero, no hay manera de escaparse de esas cifras», dice. Y entonces hace la distinción que sostiene toda la arquitectura financiera del plan: «La cifra luce gigantesca e inalcanzable si se tratara solo de financiamiento público o de gasto público. Y no se trata de eso».

Las inversiones petroleras —600 mil millones de dólares para llegar a 10 millones de barriles diarios— deben ser ciento por ciento privadas. La infraestructura de trenes, puertos y aeropuertos también. «Hoy en día, tú puedes levantar una nación como lo hemos visto en Singapur, en los países del Golfo, en Dubai, en los Emiratos, en Arabia Saudita. Se levantan no sobre deuda. Se levantan sobre inversión». Y completa: «En el mundo hay muchísimo más que seis billones de dólares buscando dónde invertir».

Las siete alianzas con Estados Unidos

Infografía INCÍSOS

Cuando se le pregunta cómo aterrizar todo esto, Smith Perera baja a lo concreto. Enumera siete alianzas que, en su lectura, deben formalizarse entre Venezuela y Estados Unidos.

Una alianza petrolera y energética, con privilegio para los negocios con Estados Unidos y América, no con China, Rusia o Irán. Una alianza monetaria, con dolarización ejecutada en cooperación con Washington para acabar con la inflación —«uno de los cánceres más profundos en la economía venezolana»—. Una alianza comercial, con un acuerdo de baja tarifa similar al que España mantiene con la Unión Europea. Una reindustrialización conjunta, con Venezuela como proveedora de aluminio, hierro, acero y tierras raras para el near-shoring estadounidense. Un acuerdo militar y de seguridad que incluya, eventualmente, presencia operativa estadounidense en el Caribe —«como en España, en Italia, en Japón, en Corea, en casi todos los países del Golfo»—. Una alianza antinarcóticos dura, con el objetivo declarado de «destruir completamente la industria de la cocaína en el continente americano». Y, por encima de todas, una alianza geoestratégica de fondo: Venezuela como pilar del orden occidental en el hemisferio.

La asimetría es evidente y Smith Perera no la oculta. Su argumento es que esa asimetría es preferible a la dependencia del eje Cuba-Rusia-Irán que caracterizó las últimas décadas. «Tuvimos un intento de destruir la esencia de que Venezuela está en el corazón de Occidente. Ahora tenemos la posibilidad de revertir ese intento».

La tesis que va a incomodar a casi todos

La parte más polémica de la conversación llega cuando Smith Perera plantea el orden de las prioridades. Lo dice sin atenuantes: «La reconstrucción es mucho más importante que la transición política».

Su argumento es operativo, no ideológico. La oposición venezolana, sostiene, ha cifrado todas sus apuestas en la ruta electoral. Pero esa ruta toma tiempo. «Reconstruir el CNE requiere muchísimo dinero y mucho trabajo. Un nuevo sistema de circunscripciones, un nuevo registro electoral, una revisión completa del conteo, del sistema electrónico. Eso no se puede hacer en menos de un año». Una elección, además, requiere por lo menos seis meses de campaña. «Y todavía hoy no hay ni siquiera una decisión sobre el nombramiento del nuevo CNE».

Hace cuentas: si el nombramiento ocurre en septiembre de este año, «estamos hablando de dos años. ¿Y qué pretende hacer la oposición en esos dos años? ¿Marcha?».

Mientras tanto, dice, los problemas se acumulan. «En Caracas ya empezaron los apagones con frecuencia. En el interior de Venezuela —y yo vivo en el interior— las caídas son el pan de cada día. El problema del agua va de mal en peor. El arranque del sector petrolero depende totalmente del arranque del sector eléctrico. Tenemos 800% de inflación, somos prácticamente el único país del mundo con esa inflación».

La propuesta, entonces, es invertir el orden. Primero reconstrucción, gobernada por un Consejo Nacional de Reconstrucción tecnocrático y meritocrático, con mandato definido. Reseteo constitucional. Dolarización. Arranque productivo. «En tres, cuatro, cinco años, cuando ya estamos en un país organizado, con un 15% de crecimiento, hay empleo, hay estabilidad económica, entonces podemos comenzar a ser más sofisticados en nuestras aspiraciones sobre lo que queremos en nuestro sueño personal, por ejemplo, de votar por cualquier cosa».

La frase que cierra el argumento es la que va a generar reacciones: «Las elecciones fueron las que nos llevaron a Chávez. No me vengas con que las elecciones son la fórmula perfecta para sacar un país adelante. La fórmula perfecta es tener un diseño de nación».

La apelación a la inteligencia

Cuando se le plantea que su propuesta no encuentra fácilmente lugar en un debate nacional dominado por dos polos —el continuismo administrado por Delcy Rodríguez y la apuesta electoral de María Corina Machado—, Smith Perera no busca una tercera vía. Busca, dice, una mesa.

«Apelo a la inteligencia. Yo apelo a la inteligencia de María Corina Machado, de Delcy Rodríguez, de Donald Trump, de Marco Rubio. Apelo a la inteligencia de quienes dirigen a Venezuela hoy. Yo no dirijo a Venezuela hoy. La dirigen ellos. Uno desde un lado, otro desde el otro lado».

Y añade, sin condescendencia: «Yo estoy seguro de que si yo me siento al lado de Delcy y al lado de María Corina y les digo: ‘bajemos los arcos de la flecha y la tele, ¿qué Venezuela soñamos?’ —seguro que vamos a estar de acuerdo. La Venezuela que queremos es una Venezuela que ilumine. Es un Dubái, es una Arabia Saudita, es un Japón, es una Suiza, es una Alemania».

El precedente que invoca es Konrad Adenauer en la Alemania de posguerra. «Un paréntesis de cinco años para que hubiera una elección en Alemania. Y la primera elección no fue presidencial, no fue nacional. Fue una elección de alcaldes. Durante esos cinco años se implementó el Plan Marshall. Se desarrolló un programa de recuperación industrial, agrícola, de infraestructuras, de puertos, de aeropuertos. En un esquema que no era democrático. Era un esquema de intervención directa extranjera. Allí estaba Eisenhower, allí estaba Marshall».

La incomodidad histórica del paralelo no se le escapa. La asume.

La justicia que sí cuenta

Quizá el inciso más fino de la conversación es cuando, al hilo del Plan Marshall, Smith Perera trae a colación la justicia transicional alemana. «Durante el proceso de reconstrucción se realizó un proceso judicial. Lo que hoy se llama justicia transicional, con tribunales especiales formados para esta nueva era de Alemania. Estos tribunales juzgaron a 900 mil personas que habían participado durante el nazismo. Se condenaron 100 mil. Quedaron 800 mil. Esta fue la forma alemana de enfrentar su problema. No fue una venganza donde fueron a matar a los nazis que habían causado tanto daño, pero tampoco fue un perdón así, en el aire».

La mención es deliberada y suelta una pieza importante del rompecabezas. La reconstrucción que Smith Perera propone no es amnistía. Es contabilidad rigurosa, pero administrada por una estructura institucional nueva, no por la calle ni por la inercia del momento.

El cierre: Singapur, no Singapur

Al final, Smith Perera vuelve a un ejemplo que, para él, lo resume todo: Singapur. «Era un centro de narcotráfico, de opio, de prostitución, absolutamente podrido. Se generó una visión. Apareció un liderazgo esclarecido. Construyeron una democracia extremadamente fuerte. Fusilaron, mataron, aplicaron pena de muerte a los corruptos. Pena de muerte por crímenes horrendos, pero también pena muy dura por ensuciar una calle, por escupir en la vía pública. Hoy en día, de ese país que era un lupanar de Asia, la gente que lo visita queda admirada de la belleza, del orden, de la riqueza».

No es que proponga la pena de muerte. Es que propone seriedad. Una seriedad que, sugiere, hoy está ausente del debate nacional.

«Eso es lo que estoy esperando para Venezuela. Un momento de aprovechar lo que tenemos y trabajar con lo que tenemos para una base sólida».

La conversación termina aquí. La pregunta que deja abierta es si Venezuela, en mayo de 2026, tiene los interlocutores políticos capaces de sentarse en la mesa que él imagina. Smith Perera, fiel a su carácter, cree que sí. «Independientemente de su filosofía política, ellos tienen que estar soñando con tener una misión que dé algún resultado».

Es una apuesta. Y, como toda apuesta, depende de actores que él no controla. La novedad es que, después de 835 páginas, está claro que él ya hizo su parte.

Roberto Smith Perera es autor del «Gran Viraje» (octavo Plan de la Nación, 1989-1994), exministro de Transporte y Comunicaciones, exembajador de Venezuela ante la Unión Europea, fundador de Digitel, matemático por la Universidad Simón Bolívar y doctor en Políticas Públicas por la Universidad de Harvard. «Venezuela First World — El plan de reconstrucción soberana» (835 páginas) se publicó el 1 de mayo de 2026.

Esta entrevista fue realizada por Alfredo Yánez Mondragón, editor en jefe de INCÍSOS.


Fuentes principales

  • Entrevista personal de Alfredo Yánez Mondragón a Roberto Smith Perera, mayo de 2026.
  • Libro «Venezuela First World — El plan de reconstrucción soberana», Roberto Smith Perera, publicado el 1 de mayo de 2026.
  • Documento de Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, noviembre de 2025.
  • Datos de reservas petroleras probadas: OPEP, BP Statistical Review.
  • Referencias históricas al Plan Marshall, Konrad Adenauer y la justicia transicional alemana.
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Política

Cepeda, De la Espriella y Valencia ofrecen tres países distintos

Tres modelos profundamente distintos de gobernar Colombia compiten en el tarjetón del 31 de mayo. La distancia programática entre ellos define el futuro regional.

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A dos semanas de la primera vuelta presidencial colombiana, los tres candidatos con probabilidades reales de pasar a segunda vuelta representan tres modelos profundamente distintos de gobernar Colombia. No son tres tonos del mismo proyecto. Son tres direcciones programáticas que llevarían al país a lugares regionales y económicos muy diferentes. Lectura comparada de lo que cada uno propone realmente.

Ficha 6W · Lo esencial
Qué Análisis comparativo de los tres candidatos con mayor intención de voto en primera vuelta del 31 de mayo de 2026.
Quién Iván Cepeda (Pacto Histórico, 63 años), Abelardo de la Espriella (Defensores de la Patria, 47 años), Paloma Valencia (Centro Democrático, 48 años).
Cuándo Programa Cepeda publicado en marzo de 2026, 433 páginas. Programa Valencia, 19 páginas. Documento inicial De la Espriella, 3 páginas, 13 propuestas en abril de 2026.
Dónde Toda la república, con fortalezas regionales distintas: Cepeda en territorios del Pacto, Valencia en el eje uribista, De la Espriella en sectores costeros.
Por qué La conversación pública tiende a personalizar las candidaturas en gestos. Esta pieza desplaza el análisis hacia los programas y las personas concretas.
Cómo Mediante comparación sistemática sobre cuatro ejes: economía y modelo fiscal, seguridad y paz, política exterior, salud y educación.

Más allá del ruido de campaña

A dos semanas de la primera vuelta, la conversación pública sobre las elecciones colombianas se ha concentrado en escándalos cruzados, declaraciones provocativas y movimientos tácticos entre campañas. Abelardo de la Espriella anunció en redes que un supuesto plan para asesinarlo lo llevaría a pedir ayuda a Estados Unidos. Paloma Valencia y Claudia López protagonizaron un cruce que ha sido objeto de análisis sobre una posible alianza. El presidente Gustavo Petro ha respondido a llamados de figuras como Clemencia Vargas a no votar por Cepeda con la frase «es el pueblo el que decide».

Todo eso es ruido. Importante para los algoritmos. Marginal para el voto informado. Lo que sigue es lo que cada candidato propone realmente.

Infografía INCÍSOS

Iván Cepeda Castro: continuismo declarado

Cepeda es el candidato del Pacto Histórico. Su programa, titulado «El poder de la verdad», es por amplio margen el más extenso de los presentados al tarjetón: 433 páginas, contra 62 de Sergio Fajardo, 37 de Claudia López, 19 de Paloma Valencia y 3 de De la Espriella. La revista Cambio, en su análisis editorial, lo describió como «una bitácora del viaje político de Cepeda» donde «por cada término técnico que intenta aterrizar su gestión para el próximo cuatrienio, emergen siete palabras cargadas de retórica».

El programa de Cepeda menciona 143 veces al presidente Petro y promete profundizar prácticamente todas las líneas de su gobierno: reforma agraria, política de Paz Total, transición energética, ampliación del Estado social, fortalecimiento de la justicia transicional, reforma electoral, cambio en el modelo de lucha antidrogas, desarme voluntario de grupos armados. Es continuismo declarado. La fórmula vicepresidencial, Aída Quilcué, refuerza el componente social: lideresa indígena nasa, exconsejera mayor del Consejo Regional Indígena del Cauca, defensora histórica de derechos étnicos.

En economía, Cepeda propone profundizar la progresividad tributaria con ampliación de la base imponible, gravamen a grandes fortunas y reducción de exenciones a grandes empresas. En seguridad, su línea es la consolidación del Acuerdo de Paz: reincorporación efectiva de firmantes, reparación integral a víctimas, protección reforzada de líderes sociales, continuidad del diálogo con el ELN y con disidencias. No propone aumento del pie de fuerza militar como eje central, sino justicia transicional como vía principal.

En política exterior, Cepeda anuncia diálogo con todos los gobiernos regionales, incluidos los que Washington considera adversarios. Eso incluye a Delcy Rodríguez en Venezuela.

Sus mayores vulnerabilidades programáticas, según el análisis de la revista Cambio: la viabilidad fiscal del paquete completo de reformas, la dependencia de mayorías parlamentarias que el Pacto Histórico no controla, y la naturaleza pluri-anual de varias iniciativas que excederían el plazo de un solo mandato.

Abelardo de la Espriella Otero: derecha personalista outsider

De la Espriella es el fenómeno político más nuevo del tarjetón. Abogado penalista, defensor en su carrera profesional de figuras como Alex Saab y David Murcia Guzmán, se mudó a Florencia, Italia, en 2024. Desde allí, según contó en una entrevista al diario El Espectador, empezó a considerar lanzarse a la presidencia. Dejó Italia, volvió a Colombia y construyó el movimiento Defensores de la Patria. Su fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo, exministro de Hacienda, le añade credenciales técnicas.

El propio De la Espriella se ha definido como «el Uribe costeño» y dice que quien lo inspiró a la política fue el expresidente. Pero el uribismo formal escogió a Valencia. La disputa entre las dos campañas de derecha ha sido áspera. El propio Uribe pidió respeto entre ambas.

Su programa inicial, de 3 páginas, recoge 13 propuestas. La primera es una «remasterización 2.0» de la Seguridad Democrática uribista: ofensiva militar para recuperar control territorial en 90 días, Plan Colombia 2.0 con uso intensivo de drones e inteligencia artificial, retoma de la fumigación aérea con glifosato. Propone la construcción de hasta diez megacárceles inspiradas explícitamente en el modelo del presidente salvadoreño Nayib Bukele, operadas por privados, eliminando el INPEC. Para barrios, propone «frentes de seguridad» conformados por veteranos y miembros en retiro de las Fuerzas Militares.

En economía, su línea es ortodoxia fiscal: reducción del tamaño del Estado «hasta en una cuarta parte», superávit fiscal primario en el corto plazo, reducción de impuestos a empresas, seguridad jurídica para atraer inversión extranjera.

En salud, propone un plan de choque de 10 billones de pesos. En educación, su énfasis es plataformas digitales y entrega gratuita de computadores. En lo rural, propone 700 escuelas de emprendimiento rural.

Sus mayores vulnerabilidades, según los análisis de medios como Razón Pública y Bloomberg Línea: la brevedad del documento programático, la naturaleza polémica de su trayectoria como abogado de figuras controvertidas, y el riesgo de la radicalización del lenguaje en un electorado donde el centro político es franja decisiva.

Paloma Valencia Laserna: uribismo institucional modernizado

Valencia es la candidata oficial del Centro Democrático. Ganó la «Gran Consulta por Colombia» del uribismo y consolidó su candidatura tras retiradas de Daniel Palacios y Carlos Felipe Córdoba en marzo de 2026. Es abogada constitucionalista y senadora desde 2014. Su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, exdirector del DANE, fue anunciada después de varias reuniones que terminaron en consenso programático.

Su programa, de 19 páginas, articula una propuesta más matizada que la de De la Espriella sin abandonar la orientación de derecha. En seguridad, su política se denomina «Seguridad Total» y tiene cuatro pilares: reducir los ingresos ilícitos de organizaciones criminales, robustecer la fuerza pública, reconectar con las comunidades en territorios afectados, y restablecer la legalidad. Comparte con De la Espriella el componente de fortalecimiento militar pero añade un eje de acción social. No incluye las megacárceles modelo Bukele.

En economía, comparte la orientación promercado: reducción de carga tributaria a pymes, promoción de zonas francas regionales, ampliación de tratados de libre comercio con énfasis en Asia. Propone convertir la Cancillería en un Ministerio de Comercio Exterior, una propuesta institucional notable.

En educación, su programa es probablemente el más distintivo entre los tres. Propone bilingüismo desde preescolar, formación de medio millón de personas en tecnología, subsidio a un millón de jóvenes para formación en inteligencia artificial, programa «Ruta 3E» (estudiar, emplearse o emprender) y reforma al Icetex para que los créditos se paguen solo cuando el graduado tenga empleo.

En política exterior, su línea es alineamiento explícito con Estados Unidos y con la posición regional de la administración Trump frente a Venezuela.

Sus mayores vulnerabilidades: la asociación con el legado uribista, que polariza fuertemente al electorado; la presencia simultánea de De la Espriella disputándole el voto opositor; el desafío de movilizar electorado más allá del nicho duro uribista.

Tres direcciones, una elección

Si se pone los tres programas en una sola tabla mental, la distancia entre ellos es enorme. En economía, Cepeda propone progresividad fiscal y ampliación del Estado social. Valencia y De la Espriella proponen ortodoxia y reducción del Estado, con De la Espriella en el extremo. En seguridad, Cepeda propone consolidar el Acuerdo de Paz, Valencia propone Seguridad Total con componente social, De la Espriella propone modelo Bukele. En política exterior, Cepeda continúa la línea Petro de diálogo amplio incluyendo Caracas. Valencia y De la Espriella se alinean con Washington.

No son tres tonos del mismo proyecto. Son tres países distintos. Y el votante colombiano está eligiendo entre tres maneras distintas de insertar a Colombia en la región y en el mundo.

A dos semanas de la elección, las encuestas muestran ventaja consistente de Cepeda pero ningún candidato cerca del 50%. La definición del segundo lugar entre De la Espriella y Valencia será probablemente lo que determine si la segunda vuelta es competitiva o asimétrica.


Fuentes principales

  • Programas oficiales registrados ante la Registraduría Nacional del Estado Civil.
  • Revista Cambio, análisis editorial de programa de Cepeda, mayo 2026.
  • Razón Pública, análisis de programas presidenciales 2026.
  • Bloomberg Línea, perfil de Abelardo de la Espriella.
  • El Tiempo, comparativo de programas mayo de 2026.
  • La Silla Vacía, fichas de candidatos.
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Política

El voto colombiano redefine la posición regional sobre Venezuela

Lo que pase el 31 de mayo en Colombia no se queda en Colombia. Caracas escucha. Washington escucha. La diáspora venezolana también.

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A dos semanas de la primera vuelta presidencial colombiana, Caracas escucha con más atención que en cualquier momento de los últimos cuatro años. Gustavo Petro fue el primer jefe de Estado en visitar a Delcy Rodríguez después de la captura de Maduro. Iván Cepeda, su candidato natural, heredaría esa línea. La derecha colombiana se alinearía con Washington. Y la transición venezolana, conducida desde Mar-a-Lago, espera saber qué vecino tendrá enfrente. —

Ficha 6W · Lo esencial
Qué La elección presidencial colombiana redefine la posición de Colombia frente a la transición política venezolana iniciada el 3 de enero de 2026.
Quién Los tres candidatos punteros tienen posiciones documentadas distintas sobre Caracas. Cepeda heredaría la línea Petro. Valencia y De la Espriella se alinearían con el Plan Rubio.
Cuándo La elección colombiana es el 31 de mayo. La transición lleva cuatro meses bajo Delcy Rodríguez. Cinco hitos diplomáticos relevantes desde enero de 2026.
Dónde Frontera colombo-venezolana de 2.219 km. Catatumbo y Norte de Santander como zonas críticas. Caracas, Bogotá y Washington como vértices del triángulo diplomático.
Por qué Porque la diáspora venezolana en EE.UU. necesita entender cómo el resultado del 31 de mayo afecta plazos, términos y garantías de la transición.
Cómo Mediante análisis cruzado de declaraciones públicas, posiciones programáticas y análisis de Sandra Borda, Geoff Ramsey del Atlantic Council y Jaime Wilches.

Caracas escucha

El viernes 24 de abril de 2026, el presidente Gustavo Petro aterrizó en Caracas y se reunió con la presidenta encargada Delcy Rodríguez. Fue la primera visita oficial de un jefe de Estado a Venezuela después del 3 de enero, día en que las Fuerzas Armadas de Estados Unidos capturaron a Nicolás Maduro y Cilia Flores en un operativo militar en la propia Caracas.

La reunión, en términos formales, abordó tres temas: seguridad fronteriza, cooperación energética y comercio bilateral. En términos políticos, fue un movimiento diplomático que reescribió, por unos días, la conversación regional sobre quién tiene voz en la transición venezolana. Por ese momento, esa voz era la del presidente saliente de Colombia. Por ese momento, esa voz era la del jefe del Pacto Histórico, la misma coalición cuyo candidato compite por la sucesión el 31 de mayo.

A dos semanas de esa elección, vale preguntarse qué cambia el lunes 1 de junio. Vale, también, preguntarse qué pasa el 21 de junio si hay segunda vuelta. Las respuestas no son simétricas. La elección colombiana redefine la geometría regional de la transición venezolana en proporciones que el debate público colombiano apenas empieza a procesar.

Cinco hitos diplomáticos en cuatro meses

La reunión Petro-Rodríguez del 24 de abril en Caracas no fue un evento aislado. Fue el cierre de un proceso diplomático de cuatro meses que incluyó al menos cinco hitos relevantes.

El primer hito fue la conversación telefónica Petro-Rodríguez del 18 de febrero, dos días después de que Petro se reuniera con Donald Trump en la Casa Blanca.

El segundo hito fue la visita de una delegación liderada por el ministro de Minas y Energía colombiano, Edwin Palma, al Palacio de Miraflores el 20 de febrero, cuyo eje fue el tema energético, incluyendo el futuro de la empresa Monómeros.

El tercer hito fue el intento fallido de encuentro Petro-Rodríguez del 13 de marzo en el puente Atanasio Girardot, que une Cúcuta con el estado Táchira. La cita se canceló, según información oficial, por razones de seguridad en la zona fronteriza.

El cuarto hito fue el encuentro efectivo del 24 de abril en Caracas, con presencia colombiana de la canciller Rosa Yolanda Villavicencio y del ministro de Defensa Pedro Sánchez, y presencia venezolana de Diosdado Cabello e Iván Gil.

El quinto hito, todavía abierto, es la posible operación conjunta «Catatumbo» entre fuerzas armadas de ambos países, con énfasis en inteligencia militar contra el ELN, disidencias FARC y el Tren de Aragua.

Lo que ese itinerario muestra es una política exterior colombiana activa hacia Venezuela durante toda la transición. Lo que el 31 de mayo decide es si esa política continúa, se modifica radicalmente o se interrumpe.

El veredicto de los expertos

La analista colombiana Sandra Borda y el experto del Atlantic Council Geoff Ramsey, citados por la BBC en su análisis de la reunión Petro-Rodríguez del 24 de abril, llegaron a una conclusión incómoda para el oficialismo colombiano: «Sería justo decir que Colombia ha quedado marginada de la transición en Venezuela, si es que alguna vez tuvo un papel activo». La frase es de Ramsey. Y agrega: «Petro nunca logró mediar en un diálogo político entre Maduro y Trump».

La conducción de la transición venezolana corresponde, en la práctica, a Estados Unidos bajo el plan de tres fases del secretario Marco Rubio formulado ante el Congreso el 7 de enero de 2026. Las decisiones sobre sanciones, sobre presencia de Chevron en la Faja del Orinoco, sobre relaciones con el FMI, sobre el alcance del retorno político de María Corina Machado, se han tomado o se están tomando en Washington.

Borda, en el mismo análisis, plantea una hipótesis que vale considerar: «Estados Unidos no tiene un interés directo y explícito en que haya una transición democrática rápido». La razón, según ella, sería pragmática: la encargaduría de Delcy Rodríguez, formalmente legitimada por Estados Unidos según el analista Jaime Wilches en declaraciones a Infobae, está conducida bajo términos que favorecen los intereses estadounidenses en la región.

Tres futuros posibles para la posición colombiana

El primer futuro es Cepeda gana. La línea Petro de diálogo amplio con Caracas continúa. Cepeda, como senador, ha viajado a Venezuela en varias ocasiones a lo largo de su trayectoria política. Como presidente, probablemente intensificaría la cooperación bilateral en seguridad fronteriza, energía y comercio, manteniendo una distancia crítica con las violaciones de derechos humanos documentadas y mostrando apertura a procesos de transición que no sean conducidos exclusivamente desde Washington.

El segundo futuro es Valencia gana. Colombia rompe con la línea Petro y se alinea explícitamente con la posición del Departamento de Estado de Estados Unidos. Eso significa apoyo activo al plan Rubio de tres fases, presión por elecciones libres en plazos definidos, distancia diplomática con la encargaduría de Rodríguez si esta no avanza hacia transición real, y disposición a contribuir con infraestructura logística colombiana para el plan regional de Washington.

El tercer futuro es De la Espriella gana. La incertidumbre es mayor. De la Espriella tiene menos trayectoria diplomática verificable. Su retórica anti-corrupción y anti-narcotráfico podría traducirse en una línea más confrontativa con cualquier residuo del chavismo institucional. El alineamiento con Washington sería casi automático, pero el estilo sería distinto al de Valencia: más mediático, menos institucional, más cercano a la estética política bukelista.

Lo que la diáspora venezolana debe leer

Para los venezolanos en Estados Unidos, la elección colombiana del 31 de mayo no es lejana. Es la pieza inmediata que se suma al tablero de la transición. Tres consideraciones merecen registro.

Primera. El retorno político de Venezuela depende en parte de los plazos que Washington imponga al plan Rubio. Esos plazos son, hasta hoy, indefinidos. La crítica más sustantiva al plan Rubio es la ausencia de fechas-tope para el cierre de cada fase. Si gana Cepeda en Colombia, esa indefinición podría tener un interlocutor regional que la cuestione. Si gana Valencia o De la Espriella, ese interlocutor desaparece.

Segunda. La situación de la diáspora venezolana en Colombia —cerca de 2,8 millones de personas según la plataforma R4V— depende directamente de las políticas migratorias que adopte el próximo gobierno. Cepeda heredaría la línea Petro de regularización y acceso a servicios. Valencia o De la Espriella tendrían enfoques más restrictivos.

Tercera. La conexión energética entre los dos países es uno de los temas más sensibles del momento. Trump le pidió a Petro en febrero que Colombia facilitara infraestructura para refinar petróleo venezolano. Petro no ha aceptado activamente. Si gana Valencia o De la Espriella, esa cooperación energética probablemente se acelere.

Una elección, dos países, una región

Lo que pase el 31 de mayo en Colombia no se queda en Colombia. Caracas escucha. Washington escucha. Y la diáspora venezolana en Estados Unidos, que ya vivió la captura de Maduro y observa con cautela la encargaduría de Rodríguez, recibe una pieza más en un rompecabezas regional que se está armando en tiempo real.

A dos semanas del voto colombiano, los analistas regionales coinciden en una lectura mínima: la transición venezolana no se conducirá desde Bogotá. Se conducirá desde Washington. Pero el papel de Bogotá —de interlocutor menor a observador alineado, según quién gane— sí afecta el ritmo, los términos y las garantías de esa transición.

El domingo 31 de mayo, Colombia decide. Caracas espera el resultado. Y la diáspora venezolana en Estados Unidos —que ya votó con los pies hace tiempo— tiene una buena razón para seguir esta elección con atención.

Infografía INCÍSOS

Fuentes principales

  • BBC Mundo, cobertura de la reunión Petro-Rodríguez del 24 de abril de 2026.
  • Infobae Colombia, declaraciones de Jaime Wilches sobre la encargaduría venezolana.
  • Análisis del Atlantic Council por Geoff Ramsey sobre el papel colombiano en la transición.
  • Plataforma R4V de Naciones Unidas, datos diáspora venezolana en Colombia.
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Colaboradores Invitados

La Factura Olvidada: el destino de los deudores políticos en Venezuela

En Venezuela, el poder es una mesa para pocos y la lista de espera es larga. Quien no entiende que el tiempo es la moneda más cara, descubre tarde que el sistema tiene memoria implacable para los morosos.

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En la política venezolana, como en la física, nada surge de la nada. Todo se debe. Pero esa deuda no se rige por la cortesía ni por la ética, sino por una aritmética brutal de supervivencia. El poder no espera a quien no pagó sus facturas a tiempo. Y la silla nunca queda vacía.

Tamara Navarro Aranguren

En la política, como en la física, nada surge de la nada. Todo se debe. Pero en el ecosistema venezolano, esa deuda no se rige por la cortesía ni por la ética, sino por una aritmética brutal de supervivencia. Hay una sentencia que retumba en los pasillos de las instituciones, en las sedes de los partidos —de un lado y del otro— y en los cuarteles: el poder no espera a quien no pagó sus facturas a tiempo.

El «crédito» de la lealtad

Para entender el panorama nacional, hay que comprender que el ascenso de cualquier figura en Venezuela rara vez es un mérito individual. Es, más bien, el resultado de una red de favores, pactos bajo la mesa y apoyos logísticos que funcionan como un crédito bancario de altísimo riesgo.

Cuando un actor político recibe el impulso para ocupar un cargo o una vocería, firma un contrato invisible. La moneda de pago varía: cuotas de poder, contratos, protección judicial o —lo más común— la entrega total de la autonomía. El problema surge cuando, una vez sentado en la silla, el beneficiario empieza a creer que el éxito es propio y que el pago puede esperar. Error fatal. En Venezuela, la paciencia es un lujo que quienes sostienen el tablero no se pueden permitir.

La silla nunca queda vacía

Nuestra historia reciente está empedrada de nombres que hoy habitan el olvido o el exilio por haber intentado «negociar» los plazos de sus deudas. El sistema político venezolano tiene un horror natural al vacío. Si un aliado no cumple con los compromisos que lo llevaron a la cima, la maquinaria no se detiene a discutir las razones. Simplemente lo reemplaza.

A diferencia de otras latitudes donde los procesos son lentos y burocráticos, en nuestro país la ejecución política es sumaria. El deudor que se retrasa es «congelado»: su presupuesto se evapora, su visibilidad desaparece y, de la noche a la mañana, sus antiguos protectores dejan de atenderle el teléfono. Es el ostracismo aplicado con precisión quirúrgica.

El perfil del «mal pagador»

El error más común en nuestra fauna política es confundir la cercanía personal con la inmunidad. Muchos creen que por pertenecer al «círculo» o por haber «estado siempre allí», la factura puede ser ignorada. Pero el sistema es pragmático: en un entorno de recursos escasos y sanciones, cada gramo de poder debe ser rentable. Si no produces los resultados prometidos o no retribuyes la inversión de quienes te sostienen, te conviertes en un pasivo. Y los pasivos —especialmente en tiempos de crisis— se liquidan.

Una sentencia de supervivencia

Hoy vemos cómo figuras que parecían intocables terminan siendo carne de cañón o piezas de sacrificio en mesas de negociación. No es falta de lealtad. Es, simplemente, el cobro de una deuda vencida. El poder en Venezuela es una mesa para pocos y la lista de espera es larga.

Quien no entiende que en política el tiempo es la moneda más cara, termina descubriendo —generalmente cuando ya no hay marcha atrás— que el poder no solo no espera, sino que posee una memoria implacable para los morosos. Al final del día, en este tablero, el que no paga con favores, termina pagando con su propia cabeza política.

Tamara Navarro Aranguren es politóloga (UCV), Magíster en Gerencia, especialista en Seguridad y analista de Inteligencia enfocada en poder, gestión y amenazas de entorno. X: [@Tamara_Navarro](https://x.com/Tamara_Navarro). Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de la autora.


Fuentes principales

  • Análisis original de la autora basado en su trayectoria como politóloga y analista de Inteligencia.
  • Cuenta de la autora en X: @Tamara_Navarro
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