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Inciso

La paciencia de Washington

Hoy 5 de mayo, mientras Venezuela presentaba sus argumentos sobre el Esequibo en La Haya, ocurrieron en Estados Unidos cuatro hechos que parecen aislados pero no lo son. Christopher Landau pidió paciencia. La OFAC firmó la licencia 58. Marco Rubio se hizo fotografiar frente a un mapa de Cuba. Y dijo que sobre Diosdado Cabello la política no ha cambiado. Cuatro piezas, un mismo movimiento.

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Mucho ruido y pocas nueces, ¡Ah!, pero qué nueces. Si uno se queda en los grandes titulares —Project Freedom en Ormuz, primarias en Ohio, el silencio del Cinco de Mayo en la Casa Blanca— se pierde lo importante: cuatro decisiones que, vistas juntas, dibujan con precisión el plan que Estados Unidos tiene para Venezuela en los próximos meses.

La primera la pronunció Christopher Landau, subsecretario de Estado, en una entrevista con NTN24. No es que haya llevado mucho tiempo y todavía creo que hay que tener un poco de paciencia, dijo. Landau no es cualquier funcionario hablando de Venezuela. Su padre, George Walter Landau, fue embajador estadounidense en Caracas entre 1982 y 1985. Su tesis de Harvard se llamó El ascenso y la caída del petroliberalismo: las relaciones de Estados Unidos y Venezuela. Cuando Landau pide paciencia, no improvisa. Habla con cuarenta años de archivo familiar acumulado y una tesis universitaria que él mismo redactó sobre cómo termina y cómo comienza el petróleo venezolano cuando Washington toma una decisión.

La segunda la firmó Bradley T. Smith, director de OFAC, hoy mismo, sobre escritorio del Tesoro. Se llama General License No. 58 y autoriza —por primera vez desde que comenzó este enredo de sanciones— que despachos legales, asesores financieros y consultoras estadounidenses trabajen con el Gobierno de Venezuela en la reestructuración potencial de su deuda. PDVSA incluida. La licencia no autoriza ejecutar la reestructuración. Solo autoriza prepararla. Es decir: que hoy mismo, en oficinas de Washington, Nueva York y Londres, equipos de abogados y banqueros pueden empezar a sentarse con representantes de Caracas para diseñar cómo se renegocian aproximadamente ciento cincuenta mil millones de dólares de deuda acumulada. Eso no es paciencia. Eso es trabajo.

La tercera la fotografió SOUTHCOM. Marco Rubio, secretario de Estado y simultáneamente Asesor de Seguridad Nacional —doble cargo que solo Henry Kissinger había acumulado antes—, posó con el general Francis Donovan en la sede del Comando Sur en Doral. Detrás de los dos, un mapa enorme. No de Venezuela. De Cuba. La fotografía circuló por el sistema oficial de prensa militar estadounidense. La conferencia se llama Peace Through Strength. Es lema reaganiano. La traducción simbólica es directa: el frente que se abre ahora es el cubano. Y el frente cubano, si uno entiende la geografía petrolera del Caribe y la dependencia energética de la isla, es la prolongación natural del frente venezolano.

La cuarta la dijo el mismo Rubio, horas después, en rueda de prensa en la Casa Blanca. Le preguntaron por la recompensa de veinticinco millones de dólares vigente sobre Diosdado Cabello. Respondió en español, con esa parquedad calculada que le sale bien: La política de Estados Unidos en este tema no ha cambiado y cuando cambie te lo dejaremos saber. Cabello sigue siendo, en el portal del Departamento de Estado, prófugo buscado. Y al mismo tiempo es Ministro del Interior bajo Delcy Rodríguez. Las dos cosas, simultáneamente, durante cuatro meses.

Si uno conecta los cuatro hechos, dibujan un plan que tiene su lógica interna. Landau pone el marco filosófico: paciencia, no impaciencia. La GL 58 pone el andamiaje técnico-legal: que los privados estadounidenses empiecen a hacer la tarea aburrida pero esencial de preparar la reestructuración. La foto de Rubio frente al mapa de Cuba pone el cerco regional: La Habana queda excluida del nuevo perímetro económico —de hecho, GL 58 lo dice explícitamente, cualquier transacción con cubanos queda fuera. Y la respuesta de Rubio sobre Cabello pone el límite: hay venezolanos con los que se negocia y hay venezolanos con los que no. Por ahora.

Lo que estamos viendo no es indecisión. Es secuencia. Washington está construyendo, pieza por pieza, una arquitectura para la transición venezolana donde lo económico va por delante de lo político. Como dice Landau: la incertidumbre es el peor enemigo de la inversión. Por eso la GL 58 sale antes que cualquier acuerdo electoral o cronograma de transición. Por eso Cuba se enfría antes de que Venezuela se caliente. Por eso Cabello se mantiene en la lista mientras Delcy se mantiene en Miraflores. Cada movimiento ocupa su casillero.

Para el venezolano que nos lee desde Doral, desde Houston, desde Madrid, desde Bogotá, esto significa una cosa concreta: no habrá big bang. No habrá foto del retorno. No habrá día épico. Habrá meses. Habrá expedientes. Habrá term sheets que nadie leerá sino los abogados. Habrá, quizás —si todo sale como Landau parece tener planeado—, un escenario de transición con elecciones, con Cabello negociando su salida, con CITGO restituida, con Citgo Petroleum operando bajo nueva propiedad legal, con bonistas cobrando una fracción de lo prometido y con un PIB venezolano que arranca a crecer desde el sótano.

O habrá, también, otro escenario. Aquel donde la paciencia se acaba antes que la transición. Donde Cabello calcula que su salida vale más por la fuerza que por la negociación. Donde el Esequibo se vuelve detonante. Donde Cuba arrastra a Venezuela. Donde el petróleo se vuelve a politizar.

Pero por hoy, 5 de mayo de 2026, ese segundo escenario no es el que está sobre la mesa de OFAC. El que está sobre la mesa es el primero. Y los hispanos en Estados Unidos —especialmente quienes salieron de Venezuela buscando estabilidad y trabajo, quienes mandan plata mensualmente a la familia que se quedó, quienes tienen un primo médico en Maracaibo o un hermano contratista en Maturín— necesitan entender que la paciencia de Washington no es indecisión. Es estrategia. Y esa estrategia está siendo escrita hoy, no en un comunicado dramático del Departamento de Estado, sino en una licencia OFAC de dos páginas firmada por Bradley T. Smith.

A veces el ruido, a veces las nueces.

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Decíamos ayer, decimos hoy

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Hay frases que solo se entienden cuando el tiempo las explica. Una de ellas la dijo la madre de Hugo Marino al periodista César Batiz, en El Pitazo, el 8 de mayo: «No quisiera que ninguna otra madre tenga que pasar por este calvario que nos ha tocado vivir». La frase se dijo dos días después de que el régimen confirmara, después de diez meses de silencio, que Víctor Hugo Quero Navas había muerto bajo custodia.

El domingo siguiente fue Día de la Madre en Venezuela. El lunes, 31 expresidentes del Grupo IDEA emitieron declaración formal exigiendo el cese del poder de los responsables identificados por Naciones Unidas. El martes, el Secretario General de la ONU dijo desde Nairobi que la caída de Maduro fue posible por «grandes complicidades dentro del sistema político venezolano». Esa misma noche, María Corina Machado le dijo a NPR que la nueva elección venezolana es una concesión a Trump y Rubio. El miércoles, Trump firmó licencias para que más empresas estadounidenses operen sobre el petróleo venezolano.

En cinco días, cinco frentes simultáneos. Y en el centro, sin embargo, una sola pregunta: ¿qué hace una madre que lleva 2.579 días contando los días en que no ha vuelto a ver a su hijo?

Hace lo que ha hecho cada día durante siete años. Publica el conteo. Exige fe de vida. Nombra al desaparecido. Y nos recuerda, sin pretenderlo, que detrás de cada acuerdo internacional firmado en otro idioma, detrás de cada licencia OFAC, detrás de cada análisis geopolítico, detrás de cada concesión negociada, hay personas que esperan. Personas para quienes ningún acuerdo de petróleo, ninguna firma diplomática, ningún cambio de presidente, va a cerrar el agujero.

Decíamos ayer que el mundo se mueve rápido. Decimos hoy que algunas heridas no se mueven a esa misma velocidad. Que el rodrigato puede firmar contratos, que la Cancillería puede invocar artículos de la Carta, que Washington puede ejecutar fases. Pero que en una casa de Caracas, una mujer va a despertarse mañana, va a tomar su celular, va a abrir Twitter, y va a escribir, con la disciplina de quien sabe que es lo único que puede hacer: día 2.580.

Y que es a ella, no a Trump, no a Xi, no a Rubio, no a Delcy, a quien al final de todo, esta historia debe responder.

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Pensar seriamente

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INCISO · PENSAR SERIAMENTE

Trump dice que está pensando seriamente en convertir a Venezuela en el Estado 51 de la unión americana. La pregunta es qué significa pensar seriamente. Y si alguien, en Washington o en Caracas, está pensando seriamente el país.

Para cuando comiencen los primeros clics sobre las notas que componen esta edición de INCÍSOS, el mundo tendrá horas leyendo y comentando el titular según el cual Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, está pensando seriamente en convertir a Venezuela en el Estado 51 de la unión americana.

Ya lo había dicho. Muchos lo tomaron como broma. En la rueda de prensa del 3 de enero, tras la captura de Maduro, lo había anunciado sin necesidad de llamarlo así.

Más allá de los pensamientos en voz alta transmitidos por la televisión nacional y amplificados por las redes en todo el mundo, la pregunta es qué significa pensar seriamente.

El Estado Libre Asociado de Puerto Rico lleva décadas pidiendo la estadidad y Washington no se la ha ofrecido en serio. Venezuela jamás la ha pedido y Washington la pone sobre la mesa por su cuenta. La asimetría es difícil de no notar.

Pensar seriamente, ¿implica un capricho, un desafío, un plan?

Pensar seriamente, ¿es una decisión unilateral de un presidente en ejercicio o es una propuesta que debe debatirse en el seno de un país, y obviamente dentro del otro?

¿Puede ser serio lanzar una propuesta de este calibre así, como quien plantea cambiar el nombre de una calle para rendir homenaje a algún héroe hasta entonces anónimo?

Y dentro de Venezuela, a lo interno de los venezolanos, ¿hay alguien que esté pensando seriamente en ser el Estado 51? Más todavía: ¿hay alguien que, más allá de las ambiciones personales y del reacomodo institucional —y también personal—, esté pensando seriamente el país?

No se trata de la falsa soberanía ni de la nostalgia por la visión de los libertadores. Esa visión hoy aparece vuelta rastrojos ante el pensamiento serio de quien ve baile donde hay dolor, de quien ve prosperidad donde solo se enumeran apagones, crisis disímiles y depauperación tutelada.

Sí. Es perentorio pensar seriamente.

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon orientados a la comunidad hispana en Estados Unidos.

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Irrelevante

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Escritor latinoamericano en estudio nocturno con laptop y libros. El Inciso, columna de Alfredo Yánez Mondragón.

El emprendedor real no compite contra mezquindades viejas. Compite contra el algoritmo y contra la inteligencia no artificial de quienes ya decidieron qué se lee, qué sirve como meme y cuál es la línea que hay que seguir.

Circula en redes la fábula amable de que cuando un amigo decide emprender, sus colegas lo acompañan con lo único que importa: la compra, la recomendación, el apoyo real. Bonita la fábula. Lo que sucede de verdad se parece más a la frase bíblica de que nadie es profeta en su tierra, y a la verdad menos confesable de que el buen corazón se sintetiza en «yo quiero que te vaya bien, pero no mejor que a mí».

Lo nuevo, sin embargo, no es la mezquindad ajena. Lo nuevo es el algoritmo.

El algoritmo no entiende del beneficio de la duda. Vive de la inmediatez, de la repetición, del titular que se lee en tres segundos. Y a su sombra opera lo que yo llamaría la inteligencia no artificial de quienes ya decidieron qué se lee, qué sirve como meme y cuál es la línea que hay que seguir. Esa decisión previa, tomada por audiencias que se reconocen por reflejo en la cancioncita pegajosa o en el remoquete de la marca personal, es la verdadera barrera para cualquier propuesta que no venga empacada con los códigos del momento.

Llevo veinte años proponiendo sistemas, contextos y explicaciones que el algoritmo no premia. Recientemente he sumado libros, un medio, una conversación sostenida. Sé de qué hablo cuando digo que romper el molde, intentar ganar un espacio con contexto, análisis y criterio, no es difícil por falta de propuesta. Es difícil porque cada propuesta concreta encuentra tres respuestas: se le denigra por incómoda, se le sobreevalúa para descartarla, o simplemente se le ignora.

Por años hemos repetido el «y tú, ¿qué propones?». Y cuando alguien propone, descubrimos que la pregunta era retórica.

Para quien emprende con convicción, eso pasa a ser otra cosa. No hobbie, no pérdida de tiempo, no acto contracorriente. Es aporte. Es legado frente al ruido. Es trabajo sostenido contra la sensación enfermiza de que los likes dicen más que el esfuerzo, y de que las métricas pesan más que la dedicación.

Pero también es verdad que en algún momento, sin aviso, alguien va a descubrir contenido real, contrastado, validado, sensato. Polémica y debate, a veces fuera de la caja. Y entonces, desde ese entonces, todo aquello que estaba pasando debajo de la mesa va a dejar de ser irrelevante.

Eso es lo que hace cualquiera que emprende en serio: trabajar para ese momento. No para el algoritmo.

Columna del editor
Alfredo Yánez Mondragón
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