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Inciso

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Escritor latinoamericano en estudio nocturno con laptop y libros. El Inciso, columna de Alfredo Yánez Mondragón.

El emprendedor real no compite contra mezquindades viejas. Compite contra el algoritmo y contra la inteligencia no artificial de quienes ya decidieron qué se lee, qué sirve como meme y cuál es la línea que hay que seguir.

Circula en redes la fábula amable de que cuando un amigo decide emprender, sus colegas lo acompañan con lo único que importa: la compra, la recomendación, el apoyo real. Bonita la fábula. Lo que sucede de verdad se parece más a la frase bíblica de que nadie es profeta en su tierra, y a la verdad menos confesable de que el buen corazón se sintetiza en «yo quiero que te vaya bien, pero no mejor que a mí».

Lo nuevo, sin embargo, no es la mezquindad ajena. Lo nuevo es el algoritmo.

El algoritmo no entiende del beneficio de la duda. Vive de la inmediatez, de la repetición, del titular que se lee en tres segundos. Y a su sombra opera lo que yo llamaría la inteligencia no artificial de quienes ya decidieron qué se lee, qué sirve como meme y cuál es la línea que hay que seguir. Esa decisión previa, tomada por audiencias que se reconocen por reflejo en la cancioncita pegajosa o en el remoquete de la marca personal, es la verdadera barrera para cualquier propuesta que no venga empacada con los códigos del momento.

Llevo veinte años proponiendo sistemas, contextos y explicaciones que el algoritmo no premia. Recientemente he sumado libros, un medio, una conversación sostenida. Sé de qué hablo cuando digo que romper el molde, intentar ganar un espacio con contexto, análisis y criterio, no es difícil por falta de propuesta. Es difícil porque cada propuesta concreta encuentra tres respuestas: se le denigra por incómoda, se le sobreevalúa para descartarla, o simplemente se le ignora.

Por años hemos repetido el «y tú, ¿qué propones?». Y cuando alguien propone, descubrimos que la pregunta era retórica.

Para quien emprende con convicción, eso pasa a ser otra cosa. No hobbie, no pérdida de tiempo, no acto contracorriente. Es aporte. Es legado frente al ruido. Es trabajo sostenido contra la sensación enfermiza de que los likes dicen más que el esfuerzo, y de que las métricas pesan más que la dedicación.

Pero también es verdad que en algún momento, sin aviso, alguien va a descubrir contenido real, contrastado, validado, sensato. Polémica y debate, a veces fuera de la caja. Y entonces, desde ese entonces, todo aquello que estaba pasando debajo de la mesa va a dejar de ser irrelevante.

Eso es lo que hace cualquiera que emprende en serio: trabajar para ese momento. No para el algoritmo.

Columna del editor
Alfredo Yánez Mondragón
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Inciso

Recordarle a su madre

El «reconocimiento» institucional del caso Quero, el silencio presidencial, y la consigna oficial «supéralo, perdónanos y vente» llegan justo el fin de semana del Día de la Madre. La oración de hoy no alcanza para tantas madres a las que el Estado les jugó con la vida de un hijo.

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Madre venezolana sosteniendo la fotografía de su hijo en un corredor institucional. Imagen editorial INCÍSOS.

Que muchos de nosotros celebremos el Día de la Madre con una oración, porque ella ya no está, puede ser ley de vida. Que una madre no pueda celebrar su día porque unos bárbaros que dicen aplicar la ley le arrebataron al hijo, no encuentra oración suficiente.

El sentimiento está a flor de piel. Muy reciente el cruel espectáculo del «reconocimiento» institucional y el silencio «presidencial». Lo que esta semana se mostró al mundo, con el rostro de la señora Carmen Teresa Navas y la trama de mentiras continuadas sobre la vida, la prisión y la muerte de Víctor Hugo Quero, no da pie a muchas celebraciones.

Hay que ser honestos. Lamentablemente, este evento ha sido uno más. Uno marcado, lleno de pesar e indignación, porque trascendió, porque se hizo público, porque hubo un seguimiento insistente: primero por la propia señora Navas, recorriendo tribunales, comisiones, ministerios; después porque se cruzaron situaciones disímiles que, hechas presión, dieron con ese comunicado maltrecho, contradictorio, escandaloso y pleno de descaro.

Pero el país está lleno de casos, si no idénticos, sí coincidentes en opacidad, en crueldad, en falsedad, en mentira pura y dura. No se trata de incertidumbre. Se trata de denegación de justicia, de desaparición forzada, de secuestro, de extorsión, de juego macabro con la salud mental del detenido y de su entorno familiar. No se trata de un caso aislado, de un fenómeno psicopático de algún enajenado que resolvió vengarse por una deuda que la vida le tenía sin pagar.

No. No se trata de eso. Hay patrones de conducta en la formación de eso que llamaron «el hombre nuevo». Patrones que les hacen creer que el ruleteo penitenciario, la adivinanza carcelaria, la lotería alimentaria, son lo conducente, lo normal, lo legal, lo que corresponde.

Quienes así operan, quienes así han operado, son hijos sin madre. Especímenes que perdieron toda sensibilidad. Las historias sobre torturas, malos tratos, vejaciones, injurias y demás formas de injusticia social contra detenidos y sus familiares no dan espacio a la duda.

Lo que hay en Venezuela es una institucionalización de la crueldad como forma de trato para quienes no han sido afines a los «ideales» de una revolución de paja. Una revolución incapaz de defender uno solo de sus argumentos teóricos, y que ahora, desde la voz de Jorge Rodríguez, se atreve a pedirle a la diáspora que supere lo vivido, perdone los desmanes y vuelva a confiar en los atroces personeros que no solo permitieron que esto pasara, sino que fueron sus principales promotores.

Supéralo, perdónanos y vente, dijo el presidente de la Asamblea Nacional. La consigna se desploma frente al rostro de Carmen Teresa Navas. ¿Cómo se supera la mentira sostenida durante 16 meses? ¿Cómo se perdona a quien fingió que un hijo muerto seguía vivo? ¿A qué se vuelve, cuando lo que se llama hogar es el lugar donde el Estado puede desaparecer a tu hijo y enterrarlo en silencio?

Cuando desde las fuerzas democráticas se afirma, con el toque propagandístico propio de quien aspira a la conducción del país, que en Venezuela los buenos somos más, que la empatía, la solidaridad, la grandeza son parte de nuestros valores, hay que hacer la distinción frente a este grupo inhumano que juega con la vida de las personas. Juegan tanto, que fueron capaces, no uno, ni dos, muchos, de inventar que Víctor Hugo Quero estaba vivo cuando llevaba más de nueve meses muerto y enterrado.

Este caso, ahora emblemático, demuestra muchas cosas de la Venezuela actual. Que la institucionalidad toda está corrompida. Que el silencio y la omisión de quienes se dicen gobierno los hace doblemente cómplices. Que los recién designados para el llamado Poder Ciudadano son exactamente lo mismo que hace un par de meses: figuras que ni siquiera llegan a ser decorativas, en un espacio regido por el compadrazgo, por la afinidad y el negociado.

No hay madre que hoy pueda celebrar de verdad ante esta barbarie. Sí, habrá muchas oraciones por las madres. Por las nuestras. Por Carmen Teresa Navas. Y al mismo tiempo —¡oh perdón!— muchos recordatorios de otras madres que en mala hora hoy merecen ser mentadas.


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Inciso

La señora Carmen Teresa

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El primero de enero de 2025, Carmen Teresa Navas, ochenta y un años, esperaba a su hijo Víctor Hugo con hallacas y bombones. Era Año Nuevo. La mesa estaba puesta. Los platos en su sitio. Las servilletas dobladas como ella las dobla siempre. Y ella, sentada, esperando.

Víctor no llegó esa noche.

Víctor no llegó ninguna otra.

Lo que le dijeron que era detención fue, después se supo, secuestro de Estado. Lo que le dijeron que era proceso fue, después se supo, encubrimiento. Lo que le dijeron que era reclusión en El Rodeo I, el 24 de octubre de 2025, fue, después se supo, mentira institucional. Cuando esa acta de la Defensoría aseguraba a Carmen Teresa que su hijo seguía vivo, Víctor llevaba tres meses muerto.

Sí. Tres.

Imaginen una madre de ochenta y un años recorriendo durante dieciséis meses sedes de inteligencia militar, fiscalías, defensorías, tribunales. Imaginen las salas de espera. Las preguntas sin respuesta. Los funcionarios que la miraban a los ojos y le mentían. Imaginen la dignidad con la que esa señora, semana tras semana, se ponía sus zapatos y salía a buscar a su hijo. Imaginen el costo físico para un cuerpo de ochenta y un años. Imaginen el costo del alma.

No imaginen. Pasó.

Pasó en Venezuela durante la transición tutelada. Pasó mientras el Departamento de Energía de Estados Unidos celebraba el éxito de la operación de extracción de uranio del IVIC. Pasó mientras Chris Wright explicaba en Washington que el plan de tres fases avanzaba según lo planeado. Pasó mientras la diáspora venezolana en Estados Unidos miraba con esperanza moderada la posibilidad de reconciliación.

Hay madres a las que la historia les pasa por encima. Carmen Teresa es una de ellas. Pero hay madres que, además de ser pisadas por la historia, le devuelven a la historia algo. Carmen Teresa lo está haciendo. Su voz, exigiendo análisis genético para verificar que los restos exhumados son de su hijo, es una pregunta directa al aparato institucional venezolano. Es una pregunta que la nación entera escuchará. Es una pregunta que el régimen actual no puede contestar sin abrir la pregunta más grande: ¿cuántas otras Carmen Teresa hay?

Cuatrocientas cincuenta y cuatro personas siguen detenidas en Venezuela por razones políticas, según el último reporte de Foro Penal. Sesenta y cinco por ciento de ellas no tienen condena. Cada una de esas familias tiene su Carmen Teresa. Cada una espera. Cada una pregunta.

Lo que la transición tutelada no haga por esas familias en los próximos meses, va a quedar en el expediente moral de los próximos años. Si el régimen actual aplica el Protocolo de Minnesota como exige la ONU, si permite peritajes externos independientes, si libera a quienes no tienen condena, si ordena la liberación de presos políticos, si depura los aparatos de inteligencia militar, si ofrece reparación a las familias, entonces la transición es real. Si no lo hace, la transición es solo cambio de mando.

El plan de tres fases es plan económico. Bien. Que las refinerías operen, que el sistema bancario se restablezca, que llegue la inversión, que la moneda se estabilice. Bien. Pero ningún plan económico, por exitoso que sea, sustituye lo que un Estado le debe a sus ciudadanos cuando los detiene, los oculta, les miente y los entierra sin avisar a la madre.

Carmen Teresa lleva dieciséis meses recordándonos eso.

Que el Sistema Interamericano se aplique al caso. Que la Misión de Determinación de Hechos de la Organización de Naciones Unidas profundice la documentación. Que la Corte Penal Internacional incorpore el expediente. Que los organismos venezolanos de derechos humanos sigan presionando. Que la diáspora amplifique la voz. Que cada uno de nosotros, donde esté, no permita que el caso se entierre por segunda vez.

Carmen Teresa, ochenta y un años, hoy puso flores en una tumba de la que no estaba segura. Eso solo, ese gesto, debería detener al país durante un día entero. Finalmente pudo asegurarse de que en efecto era su hijo.

Pero el país no se detiene. La rutina continúa. Todo sigue.

Que siga. Pero no sin Carmen Teresa.

Que siga. Pero con el nombre de Víctor Hugo Quero Navas en cada conversación sobre transición. Que siga. Pero con la pregunta abierta de cuántas Carmen Teresa más estaremos olvidando ahora mismo.

La nación entera, decíamos ayer, repudia lo sucedido con Víctor. Lo decimos con razón. Pero las naciones no repudian: repudian las personas. Y solo si el repudio se traduce en presión sostenida, en escrutinio constante, en exigencia de justicia, vale algo.

Carmen Teresa no necesita compasión. Necesita justicia. La nuestra, la que cada uno de nosotros pueda dar.

Y en la mesa, seguramente siguen las hallacas que prepararon para él. Las servilletas dobladas. El plato puesto. Una madre esperando.

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Inciso

La oveja con la patita rota

Hay una imagen que se quedó conmigo después de hablar con Fray Miguel Ángel Hernández, Prior General de los Agustinos Recoletos, sobre el primer año de pon

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El Inciso · Edición especial León XIV · Primer aniversario · Pieza 5 de 5
Columna · Publicación: viernes 8 de mayo de 2026

La oveja con la patita rota

Hay una imagen que se quedó conmigo después de hablar con Fray Miguel Ángel Hernández, Prior General de los Agustinos Recoletos, sobre el primer año de pontificado de León XIV. No es una metáfora teológica. Es un programa de gobierno. Y explica el segundo año mejor que cualquier análisis.

Por Alfredo Yánez Mondragón · Editor en jefe

Viernes 8 de mayo de 2026 · Lectura: 5 minutos

§ § §

Cuando le pregunté al Prior General de los Agustinos Recoletos qué podía esperar de un Papa que conoció, desde dentro, la pobreza de los Andes peruanos, su respuesta no fue un análisis político ni una clase de teología. Fue una imagen rural, pastoral, casi infantil.

El pastor bueno está atento a la oveja más frágil, a la que está herida, a la que está cansada, a la que se ha roto la patita.

La oveja con la patita rota. Es una imagen que llevo días dándole vueltas. La estoy escribiendo a las nueve de la noche en Columbus, en una casa donde la primavera de Ohio empieza a olerse en el aire, mientras a varios miles de kilómetros un secretario de Estado norteamericano aterriza en Roma para reunirse con el Papa al que su gobierno acaba de llamar débil, terrible, casi enemigo. Y la oveja con la patita rota me sigue dando vueltas.

Porque ese es, creo, el desafío más profundo del segundo año de pontificado de León XIV. No el desafío visible —el cruce de declaraciones con Trump, los titulares, la diplomacia entre el Vaticano y la Casa Blanca, las negociaciones por Irán, la crisis migratoria—. Ese es el desafío inevitable, el que va a copar las portadas. El desafío profundo es otro.

Es decidir, todos los días, durante los próximos doce meses, si la Iglesia que él gobierna se acomoda al ritmo del rebaño que avanza —rápido, productivo, eficiente, mediático— o se acomoda al paso de la oveja con la patita rota.

§ § §

Hay una tentación que ronda a este primer Papa estadounidense, aunque haya pasado cuarenta años en Perú. Es la tentación de la velocidad. La cultura de la que Robert Prevost viene —la cultura del país donde nació, no la del país donde aprendió a ser pastor— mide a sus líderes por lo que producen, lo que anuncian, los titulares que generan, los acuerdos que firman. En esa lógica, un Papa que se demora, que medita, que reza antes de hablar, que pasa el aniversario de su elección en un santuario mariano del sur de Italia en lugar de en una rueda de prensa en Roma, es un Papa lento. Un Papa débil, según el adjetivo que le ha puesto el presidente de su país.

Pero el adjetivo está mal puesto. La sinodalidad que León XIV está cimentando como método de gobierno —y de la que escribí la pieza 2 de esta edición especial— no es lentitud por lentitud. Es la velocidad del rebaño que se acomoda al paso del más débil. Es el ritmo del que camina con la oveja de la patita rota encima del hombro y no la deja atrás aunque eso le cueste tres días más en llegar al destino.

Esa es una decisión de civilización, no solo de gobierno eclesial. Y es una decisión incómoda para una época que ha confundido velocidad con eficacia y eficacia con justicia. Los doce meses que se inauguran el viernes 8 de mayo de 2026 —que no se inauguran en Roma, sino en Pompeya, ante una imagen mariana, lejos del eje político— van a poner a prueba si esa decisión se sostiene.

§ § §

Se va a poner a prueba en lo grande y en lo pequeño. En lo grande está lo previsible: la próxima escalada con Trump, las decisiones sobre Venezuela, los pronunciamientos cuando ICE haga la siguiente operación grande en una ciudad hispana. Esos serán los titulares. Pero el desafío profundo se va a jugar en lo pequeño, en lo que casi nadie va a registrar.

Se va a jugar cada vez que un obispo estadounidense tenga que decidir si firma o no firma una declaración pastoral en defensa de un migrante deportado. Cada vez que una conferencia episcopal del cono sur tenga que decidir si sostiene una mediación incómoda. Cada vez que un párroco hispano en Texas tenga que decidir si abre la sacristía como refugio temporal. Cada vez que en Roma un dicasterio tenga que decidir si publica un informe que va a molestar a Washington.

En todas esas decisiones, lo que va a estar en juego es si el método que León XIV ha empezado a sembrar —escuchar a la oveja más frágil, ajustar el paso al de ella, no dejarla atrás aunque cueste— se mantiene cuando el costo aumenta. Porque en los próximos doce meses el costo va a aumentar. La administración Trump no se va a apaciguar. Las presiones sobre Venezuela no se van a moderar. La crisis migratoria no se va a desinflar.

§ § §

Hay un detalle que me parece definitorio. El Prior General de los Agustinos Recoletos no me dijo que el Papa estuviera atento a la oveja herida —pasado, hecho consumado—. Me dijo que está atento. Presente continuo. Forma de vida. Algo que no se puede dejar de hacer sin dejar de ser lo que se es.

Cuando León XIV no tiene miedo de la administración Trump, lo que está diciendo —en el lenguaje minimalista de los pastores, no en el lenguaje grandilocuente de los políticos— es que su prioridad no la decide la administración Trump. La decide la oveja con la patita rota. Que tiene nombre, varios nombres, millones de nombres, en este país y fuera de él.

Tiene el nombre del exinmigrante salvadoreño que ahora es obispo en Virginia Occidental. Tiene el nombre del venezolano deportado a un tercer país. Tiene el nombre de la familia mexicana que en estos meses, en Houston, decide no salir a la calle por miedo a ICE. Tiene el nombre de la abuela cubana en Miami que reza por su nieto que cruzó la frontera y no ha llamado en tres meses. Tiene el nombre del joven venezolano en Caracas que no sabe si la transición tutelada va a terminar con elecciones o con un régimen distinto pero igual de tutelado.

Todas esas ovejas tienen la patita rota. Y el Papa ha decidido caminar a su paso.

§ § §

El segundo año del pontificado se inaugura el viernes 8 de mayo de 2026 en un santuario mariano del sur de Italia. Sin secretario de Estado norteamericano alrededor —ese se va el día anterior—, sin presidentes invitados, sin actos protocolares con la administración que lo trata de débil. Solo un Papa, una imagen mariana, y el rebaño imaginario de las ovejas con la patita rota que él lleva en la cabeza desde Chiclayo, desde Trujillo, desde Lima, desde mucho antes de saber que iba a ser obispo de Roma.

Va a ser un año duro. Va a ser un año de presiones nuevas, de cruces que ni siquiera podemos imaginar todavía, de decisiones difíciles. Yo no sé qué tan rápido va a poder caminar el Papa con todas esas ovejas heridas encima. Pero sé desde qué método las va a llevar. Y me parece que es el método correcto.

La iglesia hispana en Estados Unidos —esa que sostiene barrios enteros, que reza en español los domingos, que envía remesas, que cría a la siguiente generación de americanos en este país— tiene en León XIV a alguien que la mira por lo que es, no por lo que el imperio quisiera que fuera. Un primer año así no es poca cosa. Un segundo año así, con todo lo que se viene encima, sería una hazaña.

Y mientras escribo esto, la oveja con la patita rota me sigue dando vueltas en la cabeza. Será que tengo bastantes vecinos así.

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