Connect with us
INCISOS | ¿Quieres llegar a la comunidad hispana en EE.UU.?
ANUNCIA AQUÍ →

Incisos

El juicio avanza

27 años de sorpresa en sorpresa. La autorización para que Venezuela pague la defensa de Maduro y Cilia Flores en Nueva York es solo la última. Pero hay un juicio que sí avanza, y no es el de la Corte.

Avatar de Desconocido

Published

on

Glowing blue light rays extending from a horizon with stars in the background

Veintisiete años llevamos amaneciendo con sorpresas. Algunos las cuentan desde 1999 con asombro renovado, como quien todavía no ha cerrado el libro del primer capítulo. Otros, los que vimos venir lo que se venía, las contamos distinto: no son sorpresas, son episodios de un mismo guion que se reescribe a sí mismo y nunca termina.

Pero después del 3 de enero de este año, hasta los más curtidos se quedaron sin defensa contra el desconcierto. Cada día un titular que desorienta. Cada semana una frase que obliga a volver a empezar la cuenta. Maduro capturado. Delcy gobernando. Las relaciones restablecidas. La embajada izando bandera. El FMI volviendo. Halliburton anunciando regreso. La Ley de Amnistía cerrada por anuncio en cadena, sin pasar por la Asamblea ni por el Tribunal. Las directivas del Banco Central reordenándose. El nuevo encargado de negocios diciendo que viene a «implementar el plan de tres fases».

Y ahora esto. Esto que llegó el viernes y que es la sorpresa que más cuesta tragar. Estados Unidos autoriza que Venezuela pague, con fondos del Estado venezolano, la defensa carísima de Maduro y de Cilia Flores en Nueva York. La carta del fiscal Clayton al juez Hellerstein lo explica con prosa impecable. La Sexta Enmienda. El derecho a la defensa efectiva. La Quinta Enmienda. El debido proceso. La fecha del 5 de marzo como umbral técnico para que los fondos no provengan de los Foreign Government Deposit Funds congelados. Todo encaja. Todo está bien argumentado.

Y es ahí, precisamente ahí, donde duele.

Porque no estamos hablando del Doctor Chimbín. No estamos hablando de un abogado de pueblo improvisando ante un tribunal de provincia. Estamos hablando de gente con décadas de oficio en montar expedientes, en mover plazos, en encontrar el resquicio constitucional exacto que permite que un caso por narcotráfico no se caiga por un detalle procesal y, al mismo tiempo, abre la puerta para que la nación saqueada pague la defensa del que la saqueó. Eso no es ineptitud. Eso es maestría perversa. Y la sostiene un Tribunal Supremo de Justicia que se inventa figuras jurídicas para mantener al frente del Estado a una entelequia que no ha recibido ni medio voto en ninguna urna.

Hasta cuándo las sorpresas. Hasta cuándo los venezolanos vamos a seguir leyendo cada amanecer la dosis nueva del desconcierto. Hasta cuándo las explicaciones de impecable lógica jurídica, geopolítica, económica, comercial, financiera, todas con su concierto de números y sus citas a tratados y sus referencias a códigos, todas perfectamente articuladas, y todas vacías de la lógica más elemental: la lógica del servicio, la lógica del país que existe para sus ciudadanos y no para sus negociadores.

Cuántas sorpresitas más nos faltan, me pregunto sentado en Columbus, Ohio, mientras escribo esto y veo en mi teléfono otra notificación, otra agencia, otro titular. El país tiene posgrado en resiliencia y parece que la exigencia no le encuentra techo. Cada semana descubrimos que aún se podía aguantar un poco más. Que la roca todavía no se rompía. Que la gota número sopotocientos — porque ya nadie las cuenta — todavía no era la última.

Pero hay algo que también sé, y que me obligo a escribir aquí porque escribirlo es parte del oficio.

La gota que rompe la roca no es la más fuerte de todas. Es la persistente. Y la persistencia, en este caso, no la lleva el régimen. La persistencia la lleva la diáspora que sostiene seis millones de remesas mensuales hacia Maracaibo, Valencia, Barquisimeto, Mérida, Cumaná, Valera. La persistencia la lleva la madre que en Caracas levanta tres hijos con un sueldo que no alcanza y aun así los manda a la escuela. La persistencia la lleva el médico que se quedó atendiendo en un hospital sin insumos cuando todos sus colegas se iban. La persistencia la lleva el muchacho que decidió no irse y aprendió a programar para sostener desde adentro lo que otros sostienen desde afuera. La persistencia la lleva quien fue preso político y volvió a su casa con la dignidad intacta, aunque el cuerpo no.

Esa persistencia no aparece en los titulares. No la firma OFAC. No la negocia el Departamento de Estado. No la audita el Fondo Monetario. No la mueve Halliburton. Pero está ahí. Es la única gota que importa al final, porque es la única que no se ha secado.

Y hay una segunda cosa que me obligo a escribir.

El juicio avanza. No el de la Corte del Distrito Sur de Nueva York, ese sigue su carril. Avanza el otro. El que el régimen no quiere ver porque no se gana con licencias de OFAC ni con cláusulas del 5 de marzo. El juicio que la diáspora le hace cada día al gobierno que la expulsó, con cada remesa enviada, con cada huésped recibido, con cada pasaporte tramitado, con cada hijo que aprende español en Florida, en Texas, en Nueva York, en Madrid, en Bogotá, en Lima. El juicio que María Corina Machado le hace al régimen cada vez que insiste, contra todo cálculo de lo posible, en que el destino es elecciones libres y el cronograma no admite demoras. El juicio que cada venezolano se hace a sí mismo cuando decide que sí, que vale la pena seguir esperando, porque lo que se espera tiene nombre y tiene fecha aunque hoy no se vea.

Ese juicio sí avanza. Y ese sí lo vamos a ganar.

Las sorpresas seguirán llegando. Esta semana, la próxima, el mes que viene. Vendrán más explicaciones brillantemente argumentadas y moralmente vacías. Vendrán más cláusulas técnicas que hagan posible lo impensable. Vendrá más desconcierto. Pero también seguirá llegando lo otro: la persistencia. La que no se cuenta en titulares. La que sostiene este país entero desde abajo y desde afuera mientras quienes se sentaron a negociar arriba siguen calculando umbrales temporales y cláusulas de fideicomiso.

A los venezolanos que esta mañana abrieron el periódico y sintieron que algo se rompió por dentro, una cosa por aquí: lo que se rompió no fue la convicción. Fue una capa más de la inocencia que todavía nos quedaba. Y eso, aunque duele, es bueno. Porque sin esa capa vemos mejor. Vemos que las sorpresas son parte del repertorio de quienes no quieren que esto cambie, y que la única respuesta que han encontrado para nuestra persistencia es agotarnos a punta de incoherencias bien explicadas.

No nos vamos a agotar. No esta vez. No después de veintisiete años. No cuando lo que viene tiene tantos nombres detrás empujándolo.

El juicio avanza, sí. El nuestro.

Continue Reading
Advertisement

Alfredo Yánez

9 libros que te cambian la perspectiva

Finanzas, emprendimiento, migración y más — disponibles en Amazon

VER LIBROS →
Click to comment

Deja un comentario

Inciso

El Día del Trabajador, visto desde un país que dejó de celebrarlo

Estados Unidos celebra al trabajador en septiembre, no el primero de mayo. La diferencia no es de calendario. Es de mirada. Y los hispanos que vivimos aquí cargamos las dos.

Avatar de Desconocido

Published

on

By

Person typing on laptop in a sunny room with plants, notebook, and coffee

Estados Unidos no celebra al trabajador el 1 de mayo. Celebra al trabajador en septiembre, en el Labor Day, en un fin de semana largo que pertenece al final del verano y al inicio del año escolar. El 1 de mayo no es feriado federal. No hay desfile en Washington.

Las marchas que ocurren —y ocurren— las organizan sindicatos, organizaciones migrantes, comunidades que arrastran memorias de otra parte. La diferencia no es de calendario. Es de mirada. El 1 de mayo nació en Chicago, en 1886, en una huelga obrera que pidió jornada de ocho horas y terminó con muertos en Haymarket Square.

La fecha se internacionalizó porque el resto del mundo entendió lo que Chicago había pagado. Estados Unidos, paradójicamente, decidió no celebrarlo. Eligió otro día, sin sangre adentro. Septiembre.

Tranquilo. Los hispanos que vivimos aquí cargamos las dos miradas. La de la fecha que nuestros países sí celebran —porque vinimos de tradiciones donde el trabajador es categoría política— y la de la fecha que el país que ahora habitamos prefirió. Y no es contradicción menor.

Es marca de la mirada doble que el migrante carga toda la vida. Hay algo más. El 1 de mayo en 2026, en Estados Unidos, llega en un momento donde la palabra «trabajador hispano» pesa de manera particular. Doce meses del segundo giro migratorio Trump han endurecido el perímetro.

Un trabajador con papeles vive con ansiedad por auditorías I-9. Un trabajador sin papeles vive con miedo concreto a redadas en sitios de trabajo. Las dos categorías —documentado, indocumentado— se sienten iguales en el cuerpo cuando entra una camioneta de ICE al estacionamiento de la planta. La diferencia legal no se nota en el momento del miedo.

Y aún así, esos trabajadores siguen yendo a la planta, a la obra, al hotel, al restaurante. Siguen pagando taxes. Siguen mandando remesas. Siguen criando hijos que estudian en escuelas públicas estadounidenses.

Esa es la pieza que el discurso oficial sobre «trabajador» en Estados Unidos no nombra. Hay una clase trabajadora que sostiene una buena parte de la economía y que opera bajo amenaza permanente. No es retórica decirlo. Es descripción.

El 1 de mayo, leído desde aquí, no es nostalgia de otro calendario. Es un acto de memoria activa. Recuerda que el trabajador no es categoría abstracta sino persona concreta. Recuerda que los derechos laborales se ganaron, no se otorgaron.

Recuerda que en este país, hace casi siglo y medio, también hubo personas que pagaron con la vida para que ocho horas no fueran doce. Esa memoria no es ajena a Estados Unidos. Es de Estados Unidos. Solo que el país escogió no celebrarla.

Yo, venezolano de origen y residente de Estados Unidos hace ocho años, llevo años cargando las dos miradas. La del 1 de mayo y la del Labor Day. Las dos son verdad. Pero hoy, primer día del quinto mes de 2026, prefiero pararme en la del 1 de mayo.

Porque me parece que la mirada larga, la que conecta con Chicago de 1886 y con los trabajadores hispanos de hoy en plantas de Iowa o construcciones de Houston, la que ve al trabajador como sujeto histórico y no como variable en una ecuación de productividad, es la que mejor explica el momento. Y, sobre todo, porque el momento exige memoria. No nostalgia. Memoria.

La que permite saber que lo que está en juego no se perdió de un día para otro y que, por lo tanto, tampoco se recuperará en uno.

Continue Reading

Incisos

De un vuelo

Lo que ocurrió este 30 de abril no es un regreso. Es una fisura. Una grieta pequeña en una pared muy gruesa que se construyó con sanciones, ruptura diplomática y miedo logístico. Que el AA3599 haya despegado significa que esa pared, por primera vez en mucho tiempo, dejó pasar luz. No significa que la pared cayó.

Avatar de Desconocido

Published

on

By

American Airlines airplane taking off from an airport runway at sunset with Miami skyline in the background

El AA3599 entre Miami y Caracas no celebra una reconexión: desbloquea un nivel en la larga lista de absurdos que aún persisten en la relación de Venezuela con el mundo.

El vuelo AA3599 despegó de Miami a las 10:16 de la mañana de este 30 de abril, con destino a Caracas, después de siete años en los que la única forma de cruzar ese cielo era pagar dos boletos, dormir en un aeropuerto en Panamá o Bogotá y rezar para que la conexión no se cayera. Es la primera vez desde marzo de 2019 que un avión comercial estadounidense aterriza en Maiquetía. La cobertura ha sido amplia, con razón. Pero conviene tomar distancia antes de aplaudir.

Lo que ocurrió hoy no es un regreso. Es una fisura. Una grieta pequeña en una pared muy gruesa que se construyó con sanciones, ruptura diplomática, control político del aeropuerto y miedo logístico. Que el AA3599 haya despegado significa que esa pared, por primera vez en mucho tiempo, dejó pasar luz. No significa que la pared cayó.

Para entender la dimensión real, hay que mirar quién se subió al avión. La mayoría no eran venezolanos cualquiera: eran personas con pasaporte vigente, recursos para pagar entre mil y dos mil setecientos dólares por un boleto de ida y vuelta, y la tranquilidad jurídica de poder ir y volver sin que el viaje complique su estatus migratorio en Estados Unidos. Esa es una mínima parte de la diáspora. Una porción muy pequeña del millón de venezolanos que viven en este país. Para los demás —los del pasaporte vencido, los del TPS, los del proceso abierto, los que mandan remesas pero no tienen ahorros para un boleto, los que llevan diez años sin ver a su madre— el avión despegó sin ellos.

Por eso la conversación pública se ha quedado corta. Se ha hablado mucho de regreso, también de autodeportación. Se ha hablado poco —casi nada— de los arraigos. De los nuevos. De los viejos. De la mujer que en Houston tiene tres hijos nacidos en Texas, una hipoteca a treinta años y una rutina que ya no negocia. Del señor que en Doral montó un negocio que ahora emplea a otros venezolanos. De la muchacha que llegó a Orlando a los doce años y a los veintiséis no sabe muy bien qué significa la palabra volver. La pregunta de si regresar o no regresar suena bonita en titulares, pero para la mayoría de los que viven aquí no es una pregunta abierta. Es una vida ya construida que no se desarma con un anuncio del Departamento de Transporte.

Lo que sí cambia, y por eso esto importa, es el costo de visitar. La diferencia entre un boleto directo de tres horas y una odisea de doce horas con escalas no es estética: es la diferencia entre poder enterrar a un padre y no poder. Entre llevar a un nieto a conocer a su abuela y tener que mandar fotos por WhatsApp. Entre asistir a un grado y no asistir. Esa es la fisura que vale. No es la geopolítica. Es la logística íntima de las familias partidas.

Y aquí conviene no engañarse. La reanudación coincide con leyes venezolanas que abren la inversión extranjera en hidrocarburos y minería, con funcionarios estadounidenses a bordo del primer vuelo y con un gobierno de transición en Caracas que necesita normalizar su imagen tanto como Washington necesita asegurar el flujo. El avión despega por razones que no son las nuestras. Pero pasa por encima de nuestros techos. Y a veces, en política, lo que importa es por dónde pasa, no por qué pasa.

La esperanza razonable es que esta fisura se haga grieta. Que la grieta se haga puerta. Que la puerta permita, en algún momento, ir y venir sin pedir permiso, sin pagar peaje político, sin que cada viaje sea una pequeña hazaña. Quizá sea mucho pedirle a un primer vuelo. Pero como se trata de andar por el aire, uno se permite volar también en la imaginación. Después tocará aterrizar y conseguirse, otra vez, con los actores políticos intentando sacar rédito de un hecho que en cualquier otra parte del mundo sería rutinario.

Más que celebrar, esto es desbloquear un nivel. Uno solo. Quedan varios.

Continue Reading

Incisos

Una palabra blanda para una política dura

Hay un momento en que una administración deja de discutir el problema y empieza a discutir el adjetivo. Ese momento llegó esta semana. El cambio de ICE a NICE no es una broma de redes sociales que se le escapó a un presidente: es una decisión de comunicación tomada con plena conciencia de las cifras que la rodean.

Avatar de Desconocido

Published

on

By

Worker on hydraulic lift spraying clean warehouse sign on building exterior

Hay un momento en que una administración deja de discutir el problema y empieza a discutir el adjetivo. Ese momento llegó esta semana.

El cambio de ICE a NICE no es una broma de redes sociales que se le escapó a un presidente. Es una decisión de comunicación tomada con plena conciencia de las cifras que la rodean. Las muertes bajo custodia están en su máximo histórico de dos décadas. La aprobación entre hispanos cayó once puntos. Dos ciudadanos americanos fueron abatidos por agentes federales en una protesta en Minneapolis. La agencia opera con el DHS parcialmente desfinanciado por un Congreso que no logra acordar su presupuesto.

Frente a ese inventario, la respuesta del gobierno fue cambiar la primera letra del acrónimo.

El cálculo está claro. Si los medios empiezan a decir «agentes NICE», una capa de familiaridad se acomoda entre la palabra y el hecho. Si esa capa se sostiene unos meses, el costo político de las imágenes incómodas baja. La política no cambia. La narración cambia. Y la narración, en una elección de medio término que se acerca, vale tanto como la política.

Lo que esta operación ignora es algo que el periodismo serio ha aprendido a base de errores propios: ningún hispano que ya tuvo a un agente en la puerta de su casa va a llamar amable a quien se llevó a un familiar. Ningún empleador que perdió a un trabajador en un operativo va a sentir cordialidad en el chaleco. Ninguna madre venezolana, mexicana, centroamericana, que esperó tres semanas para saber dónde estaba detenido su hijo va a pronunciar la palabra NICE sin un sarcasmo que el inglés no alcanza a contener.

La administración apuesta a que la mayoría no hispana —que es la audiencia real del rebranding— sí adopte el adjetivo. Que en el supermercado, en el trabajo, en la iglesia, alguien diga «los agentes NICE» sin ironía. Y que esa conversación, repetida millones de veces, vaya disolviendo lo que hoy es un consenso bipartidista creciente: que la agencia, sea cual sea su nombre, está actuando fuera de lo que el país está dispuesto a tolerar.

El idioma se defiende solo cuando uno no le entrega las palabras. Llamar amable a lo que no lo es cuesta poco al hablante. Le cuesta mucho a la palabra.

Mientras tanto, la agenda real sigue. El proyecto interno de la agencia es alcanzar un millón de remociones en un año fiscal. Eso no se consigue con amabilidad. Se consigue con aceleración procesal, con detenciones masivas, con centros operando sobre su capacidad. La distancia entre ese proyecto y el adjetivo elegido para nombrarlo es, en sí misma, la noticia.

Que cada quien decida qué palabra usar. Pero que sepa lo que está nombrando.

Continue Reading

Tendencias

Contexto, análisis y criterio para entender lo que pasa

Descubre más desde Incisos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo