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Inciso

El juicio avanza

27 años de sorpresa en sorpresa. La autorización para que Venezuela pague la defensa de Maduro y Cilia Flores en Nueva York es solo la última. Pero hay un juicio que sí avanza, y no es el de la Corte.

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Glowing blue light rays extending from a horizon with stars in the background

Veintisiete años llevamos amaneciendo con sorpresas. Algunos las cuentan desde 1999 con asombro renovado, como quien todavía no ha cerrado el libro del primer capítulo. Otros, los que vimos venir lo que se venía, las contamos distinto: no son sorpresas, son episodios de un mismo guion que se reescribe a sí mismo y nunca termina.

Pero después del 3 de enero de este año, hasta los más curtidos se quedaron sin defensa contra el desconcierto. Cada día un titular que desorienta. Cada semana una frase que obliga a volver a empezar la cuenta. Maduro capturado. Delcy gobernando. Las relaciones restablecidas. La embajada izando bandera. El FMI volviendo. Halliburton anunciando regreso. La Ley de Amnistía cerrada por anuncio en cadena, sin pasar por la Asamblea ni por el Tribunal. Las directivas del Banco Central reordenándose. El nuevo encargado de negocios diciendo que viene a «implementar el plan de tres fases».

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Y ahora esto. Esto que llegó el viernes y que es la sorpresa que más cuesta tragar. Estados Unidos autoriza que Venezuela pague, con fondos del Estado venezolano, la defensa carísima de Maduro y de Cilia Flores en Nueva York. La carta del fiscal Clayton al juez Hellerstein lo explica con prosa impecable. La Sexta Enmienda. El derecho a la defensa efectiva. La Quinta Enmienda. El debido proceso. La fecha del 5 de marzo como umbral técnico para que los fondos no provengan de los Foreign Government Deposit Funds congelados. Todo encaja. Todo está bien argumentado.

Y es ahí, precisamente ahí, donde duele.

Porque no estamos hablando del Doctor Chimbín. No estamos hablando de un abogado de pueblo improvisando ante un tribunal de provincia. Estamos hablando de gente con décadas de oficio en montar expedientes, en mover plazos, en encontrar el resquicio constitucional exacto que permite que un caso por narcotráfico no se caiga por un detalle procesal y, al mismo tiempo, abre la puerta para que la nación saqueada pague la defensa del que la saqueó. Eso no es ineptitud. Eso es maestría perversa. Y la sostiene un Tribunal Supremo de Justicia que se inventa figuras jurídicas para mantener al frente del Estado a una entelequia que no ha recibido ni medio voto en ninguna urna.

Hasta cuándo las sorpresas. Hasta cuándo los venezolanos vamos a seguir leyendo cada amanecer la dosis nueva del desconcierto. Hasta cuándo las explicaciones de impecable lógica jurídica, geopolítica, económica, comercial, financiera, todas con su concierto de números y sus citas a tratados y sus referencias a códigos, todas perfectamente articuladas, y todas vacías de la lógica más elemental: la lógica del servicio, la lógica del país que existe para sus ciudadanos y no para sus negociadores.

Cuántas sorpresitas más nos faltan, me pregunto sentado en Columbus, Ohio, mientras escribo esto y veo en mi teléfono otra notificación, otra agencia, otro titular. El país tiene posgrado en resiliencia y parece que la exigencia no le encuentra techo. Cada semana descubrimos que aún se podía aguantar un poco más. Que la roca todavía no se rompía. Que la gota número sopotocientos — porque ya nadie las cuenta — todavía no era la última.

Pero hay algo que también sé, y que me obligo a escribir aquí porque escribirlo es parte del oficio.

La gota que rompe la roca no es la más fuerte de todas. Es la persistente. Y la persistencia, en este caso, no la lleva el régimen. La persistencia la lleva la diáspora que sostiene seis millones de remesas mensuales hacia Maracaibo, Valencia, Barquisimeto, Mérida, Cumaná, Valera. La persistencia la lleva la madre que en Caracas levanta tres hijos con un sueldo que no alcanza y aun así los manda a la escuela. La persistencia la lleva el médico que se quedó atendiendo en un hospital sin insumos cuando todos sus colegas se iban. La persistencia la lleva el muchacho que decidió no irse y aprendió a programar para sostener desde adentro lo que otros sostienen desde afuera. La persistencia la lleva quien fue preso político y volvió a su casa con la dignidad intacta, aunque el cuerpo no.

Esa persistencia no aparece en los titulares. No la firma OFAC. No la negocia el Departamento de Estado. No la audita el Fondo Monetario. No la mueve Halliburton. Pero está ahí. Es la única gota que importa al final, porque es la única que no se ha secado.

Y hay una segunda cosa que me obligo a escribir.

El juicio avanza. No el de la Corte del Distrito Sur de Nueva York, ese sigue su carril. Avanza el otro. El que el régimen no quiere ver porque no se gana con licencias de OFAC ni con cláusulas del 5 de marzo. El juicio que la diáspora le hace cada día al gobierno que la expulsó, con cada remesa enviada, con cada huésped recibido, con cada pasaporte tramitado, con cada hijo que aprende español en Florida, en Texas, en Nueva York, en Madrid, en Bogotá, en Lima. El juicio que María Corina Machado le hace al régimen cada vez que insiste, contra todo cálculo de lo posible, en que el destino es elecciones libres y el cronograma no admite demoras. El juicio que cada venezolano se hace a sí mismo cuando decide que sí, que vale la pena seguir esperando, porque lo que se espera tiene nombre y tiene fecha aunque hoy no se vea.

Ese juicio sí avanza. Y ese sí lo vamos a ganar.

Las sorpresas seguirán llegando. Esta semana, la próxima, el mes que viene. Vendrán más explicaciones brillantemente argumentadas y moralmente vacías. Vendrán más cláusulas técnicas que hagan posible lo impensable. Vendrá más desconcierto. Pero también seguirá llegando lo otro: la persistencia. La que no se cuenta en titulares. La que sostiene este país entero desde abajo y desde afuera mientras quienes se sentaron a negociar arriba siguen calculando umbrales temporales y cláusulas de fideicomiso.

A los venezolanos que esta mañana abrieron el periódico y sintieron que algo se rompió por dentro, una cosa por aquí: lo que se rompió no fue la convicción. Fue una capa más de la inocencia que todavía nos quedaba. Y eso, aunque duele, es bueno. Porque sin esa capa vemos mejor. Vemos que las sorpresas son parte del repertorio de quienes no quieren que esto cambie, y que la única respuesta que han encontrado para nuestra persistencia es agotarnos a punta de incoherencias bien explicadas.

No nos vamos a agotar. No esta vez. No después de veintisiete años. No cuando lo que viene tiene tantos nombres detrás empujándolo.

El juicio avanza, sí. El nuestro.

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Alfredo Yánez

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Inciso

El país que viene

El país que viene tiene que ser la suma de las participaciones. No la suma de las coincidencias. Inciso de cierre del especial Ángulos: Primer Ciclo por Alfredo Yánez Mondragón.

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Voluntarios pasando escombros en cadena humana tras el terremoto en Venezuela

ESPECIAL INCÍSOS · ÁNGULOS: PRIMER CICLO

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Este especial documentó voces distintas leyendo el mismo acuerdo. Ninguna coincide completamente con las otras. Todas se sostienen con rigor. Y esa coexistencia es exactamente lo que este texto quiere decir. Inciso de cierre firmado por Alfredo Yánez Mondragón.

Cierro un especial donde otros escribieron. Ese dato importa nombrarlo desde el inicio porque explica por qué este texto no puede ser un resumen. Un resumen presume que el editor procesó el debate y lo devuelve destilado, con las asperezas suavizadas y las contradicciones resueltas. Este texto no puede hacer eso. Y no debe.

Lo que puede hacer es formular una lectura sobre lo que el conjunto del especial demuestra. Y esa lectura tiene una sola tesis, breve, que defiendo con brevedad. El país que viene tiene que ser exactamente lo que este especial es. Voces distintas. Lecturas que no se cancelan. Un coro documentado que crece.

Y esa formulación no es retórica. Es diagnóstico específico sobre el momento venezolano.

Cuando el diagnóstico histórico del rol del TSJ convive con la distinción categorial entre entregables y acuerdos, y con el análisis matizado que reconoce la magnitud potencial sin celebrar a priori, y con la pedagogía política del avance, y con la lectura afirmativa desde la sobrevivencia, y con el escepticismo geopolítico articulado como método, y con la doctrina jurídica que abre la posibilidad de responsabilización específica, y con la comparación con la transición española, y con el análisis semántico del documento firmado, y con la lectura territorial desde los caseríos, y con el contrapunto duro sobre los presos políticos, y con la voz que llega desde el propio chavismo perdido, y con la voz internacional cualificada, y con las que se sumarán en próximas rondas del especial, ninguna se equivoca. Cada voz está viendo con precisión una dimensión distinta del mismo objeto.

Y la sociedad venezolana necesita todas las dimensiones simultáneamente para poder empujar el proceso hacia su ejecución sustantiva.

Esa afirmación es el corazón de este cierre. No es concesión pluralista. No es tibieza editorial. Es diagnóstico específico sobre cómo funcionan los procesos políticos complejos. Se sostienen no por la unanimidad de sus impulsores sino por la coherencia interna de cada una de las líneas de análisis que los observan con rigor. Cuando esas líneas se cancelan entre sí, el proceso se debilita. Cuando esas líneas se suman, el proceso se fortalece.

Hay que decir esto en este momento particular de la historia venezolana por dos razones.

La primera es que Venezuela viene de veinte años de polarización estructural en los que la conversación pública se organizó predominantemente en registro binario. Ese registro tuvo función durante muchos años pero también tuvo costo. Empobreció la capacidad de análisis matizado. El proceso que se abre con el primer ciclo requiere exactamente la capacidad opuesta. Ser capaces de sostener simultáneamente afirmaciones que en registro binario parecerían contradictorias. El acuerdo del 12 de agosto compromete cambios sustantivos. Y no atiende a los presos políticos. Y establece un orden técnicamente correcto para la renovación del TSJ. Y no fija fechas concretas. Y tiene una pata operativa que no tuvo ningún diálogo anterior. Y depende de la ejecución para no repetir los 18 fracasos previos. Las seis afirmaciones son ciertas simultáneamente. Un análisis serio del proceso las sostiene todas.

La segunda razón es que la tarea que sigue al acuerdo no es una tarea que pueda hacer un solo actor. La renovación del TSJ requiere reforma legal, presión pública, verificación técnica, exigencia sobre credenciales, seguimiento de cronograma, evaluación de resultados. Ninguno de esos elementos lo puede aportar una sola voz.

La reforma legal la trabajan los constitucionalistas independientes. La presión pública la sostienen las organizaciones de la sociedad civil. La verificación técnica la requiere el análisis politólogo. La exigencia sobre credenciales la formulan quienes negocian desde adentro. El seguimiento de cronograma lo demandan las voces de la línea dura. La evaluación de resultados la ejerce el periodismo independiente. La pedagogía política que explica al ciudadano común por qué esto importa la asume la política responsable. La lectura afirmativa desde la sobrevivencia la ofrece quien pagó personalmente el costo del régimen. La comprensión geopolítica del contexto la aporta el análisis internacional. La lectura territorial la aporta el trabajo en las zonas de abandono. El contrapunto duro sobre presos políticos lo sostienen las organizaciones de derechos humanos. La voz desde el propio chavismo perdido registra la ruptura interna del bloque que hasta ayer se creía inamovible.

Cada una de esas funciones es necesaria. Ninguna es suficiente. Y cuando una función pretende sustituir a las otras, el proceso pierde precisamente la infraestructura plural que necesita para materializarse.

El país que viene tiene que ser la suma de las participaciones. No la suma de las coincidencias. La suma de las participaciones. Y esa distinción es importante.

La suma de las coincidencias produce consenso artificial. Se identifica lo que todos los actores comparten y se construye desde ahí. El problema es que produce mínimos comunes que rara vez son suficientes para enfrentar problemas complejos. Cuando los actores del debate coinciden solo en las formulaciones más generales, el proceso queda entregado a la ejecución específica que nadie supervisa.

La suma de las participaciones es distinta. Cada actor mantiene su lectura específica, con sus énfasis propios, sus exigencias particulares, sus advertencias singulares. Y el proceso avanza porque cada uno cumple con su función editorial específica. Ninguno cede su lugar. Todos cumplen su función. Y el proceso, sometido a esa presión plural, se ejecuta mejor.

Esta metodología no es venezolana. Es característica de las democracias que funcionan. Las transiciones exitosas de los últimos cincuenta años no fueron producto de acuerdos unánimes de fuerzas convergentes. Fueron producto de procesos en los que cada actor cumplió su función específica y en los que el resultado emergió de la interacción documentada de esas funciones. Chile a partir de 1988, España a partir de 1975, Sudáfrica a partir de 1990, Polonia a partir de 1989. Todos fueron procesos con actores en conflicto explícito entre sí, no procesos armoniosos. Y todos fueron procesos que funcionaron precisamente por eso.

Este especial cierra su primera versión con las voces documentadas hasta hoy. Y es especial vivo. Habrá segunda, tercera, cuarta ronda. Habrá voces de la iglesia que aún no aparecen. Habrá voces político-partidistas mayores todavía por incorporar. Habrá análisis técnico especializado que se sumará. Habrá voces ciudadanas organizadas que articularán sus lecturas cuando sea el momento. Y cada nueva voz se sumará bajo la misma condición editorial. La articulación tiene que sostenerse con rigor propio. Puede ser análisis técnico, testimonio biográfico, línea partidista declarada, humor caraqueño con lectura geopolítica. Lo que no puede ser es afirmación sin fundamento, ataque personal sin argumento, o repetición mecánica de línea sin elaboración propia.

Esa condición no es limitante. Es lo que permite que el especial funcione como archivo público. Cada voz documentada aporta al mapa exactamente lo que sostiene. Y el lector puede evaluar por sí mismo si esa lectura le convence, le informa, le desafía o le confronta. La evaluación queda del lado del lector, no del editor.

Este especial cierra la cobertura editorial del primer ciclo del proceso venezolano hasta el 13 de agosto de 2026. Los seis días entre el 8 y el 13 quedaron documentados con detalle. El acuerdo firmado, sus contenidos específicos, sus alcances técnicos, sus ausencias notorias, las reacciones más consistentes de la sociedad civil venezolana, y las lecturas articuladas de las voces que aceptaron su lugar en el mapa.

Abre lo que sigue. Y lo que sigue es la ejecución del acuerdo o el incumplimiento del acuerdo. Ambas posibilidades son reales. La primera abre la puerta a un proceso de reinstitucionalización que Venezuela lleva décadas esperando. La segunda repite el patrón de los 18 diálogos previos fallidos.

La diferencia entre una y otra no la determinarán las voces del debate público, aunque el debate público influya. La diferencia la determinará la presión sostenida sobre las partes firmantes para que ejecuten lo que se comprometieron a ejecutar.

Esa presión sostenida es exactamente lo que la suma de las participaciones documentadas permite construir. Cada voz cumple su función. Ninguna sustituye a las otras. Y el proceso, sometido a esa presión plural, tiene la oportunidad de convertirse en algo distinto a los procesos anteriores. Puede no lograrlo. Pero por primera vez en años tiene la oportunidad. Y esa oportunidad merece ser trabajada con la seriedad que amerita.

Cierro con la formulación que este especial demuestra, y que quiero dejar dicha con la mayor precisión posible.

El país que viene tiene que ser la suma de todos los que lo estén pensando. No la suma de los que coinciden. La suma de los que participan con rigor propio en el debate público, cada uno desde el ángulo que le corresponde, cada uno con la exigencia que su lugar en el proceso le impone.

Ninguna voz sola alcanza. La suma sí puede.

Y esa suma, si va a ser real, va a ser exactamente lo que este especial es. Participación plural documentada, sin unanimidades artificiales, sin cancelaciones recíprocas, sin protagonismos individuales. Un país construyéndose en el debate público que se toma en serio a sí mismo.

Eso es lo que este especial deja dicho.

Sobre el autor

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista venezolano radicado en Columbus, Ohio. Autor de más de veinte libros publicados en Amazon.

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Inciso

La firma que faltaba

Hoy la duda tiene documento. Ningún diálogo previo había producido un compromiso firmado de renovación completa del TSJ. Esto no es entre ellos y nosotros: es entre lo que se firma y lo que se ejecuta.

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La firma que faltaba

Hoy la duda tiene documento. Ningún diálogo previo entre gobierno y oposición venezolana había producido un compromiso firmado de renovación completa del Tribunal Supremo. Esto no es entre ellos y nosotros. Es entre lo que se firma y lo que se ejecuta. Un Inciso de Alfredo Yánez Mondragón.

El primer día del proceso, cuando esto empezó a moverse, escribí en este medio sobre el beneficio de la duda. Sostuve entonces que la desconfianza acumulada en dieciocho procesos de diálogo fallidos no debía convertirse en un veto anticipado a cualquier intento nuevo. Que el escepticismo era razonable como reflejo, pero que como método no producía resultados. Y que si un proceso lograba producir hechos verificables, había que juzgarlo por esos hechos, no por los antecedentes de quienes lo firmaban.

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Hoy, catorce días después, mantengo esa posición. Y quiero explicar por qué la mantengo con más convicción, no menos, ahora que sabemos qué firmaron Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera el 12 de agosto de 2026 en Caracas.

Empiezo por lo que no es este texto. No es una celebración del acuerdo. Los acuerdos no se celebran hasta que se cumplen. No es una defensa de Jorge Rodríguez ni una idealización de Dinorah Figuera. No es un llamado a la fe ni a la paciencia infinita. Y no es, sobre todo, un texto contra las voces críticas que hoy están señalando lo que faltó, lo que sobró y lo que nadie fechó en el documento firmado. Esas voces tienen razón en lo que reclaman. La cobertura editorial de este medio, publicada hoy en pieza separada, documenta con precisión cada una de esas críticas y les da el peso que merecen.

Este texto es sobre por qué, precisamente por respeto a esas críticas, el marco general con el que leemos este momento importa.

Contra la falsa polaridad

Hay una tentación intelectual que atraviesa la conversación pública venezolana de las últimas horas y que conviene nombrar sin adornos. La tentación de leer este acuerdo, y por extensión todo el proceso, como una división entre dos bandos: los que respaldan y los que critican, los que ceden y los que resisten, los que dialogan y los que denuncian. Ellos y nosotros. Ingenuos y lúcidos. Vendidos y firmes.

Esa lectura es falsa. Y es peligrosa. Es falsa porque no describe la realidad de las posiciones que se están tomando; es peligrosa porque nos incapacita para entender lo que efectivamente está pasando.

Juan Pablo Guanipa, primer vicepresidente de la Asamblea Nacional electa en 2015, dirigente histórico de Primero Justicia, preso político hasta hace un año, respalda el acuerdo. Y en el mismo pronunciamiento en el que lo respalda, sostiene que el TSJ actual ha sido «el ministerio de asuntos jurídicos de la dictadura», y exige que los nuevos magistrados sean «independientes, competentes y comprometidos con la Constitución». No hay contradicción en su posición. Hay una lectura técnica que reconoce el paso dado sin renunciar a la exigencia sobre cómo se ejecuta.

María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, líder principal de las fuerzas democráticas venezolanas, no participa del proceso, ha planteado condiciones estrictas para respaldarlo, y ha declarado con toda claridad que no se convertirá en obstáculo para iniciativas que produzcan avances verificables. No hay contradicción en su posición tampoco. Hay una distinción entre no ser parte del diálogo y no bloquear sus posibles resultados.

Ángel Alberto Bellorín, coronel, abogado constitucionalista, ha señalado durante años que ningún nombramiento de magistrados del TSJ es válido sin reforma previa de la Ley Orgánica que rige el proceso de selección. Su exigencia técnica lleva más de una década sin ser atendida por ninguna administración. El acuerdo del 12 de agosto pone la reforma de la ley en el primer lugar, antes del nombramiento. No es coincidencia. Es respuesta a una doctrina jurídica independiente que finalmente encontró eco en un documento firmado.

Y José Rafael González Martínez, ingeniero civil, ciudadano común, publica en su cuenta de X que «para decir esas dos pendejadas se necesitaron días de arduas y sesudas discusiones» y concluye «estamos jodíos». Su frustración es legítima. Representa a un sector amplio y sostenible de venezolanos que han visto tantos anuncios sin resultados que ya no distinguen entre uno más y algo genuinamente nuevo.

Las cuatro voces coexisten. No se cancelan entre sí. Están describiendo aspectos distintos de un mismo hecho. Y quien pretenda que hay que elegir entre respaldar a Guanipa y respaldar a Machado, entre creer a Bellorín y entender a González Martínez, no está leyendo el momento con la seriedad que exige.

Lo que efectivamente está en el documento

Voy a decir lo que rara vez se dice, porque hay que decirlo con precisión editorial: en ningún proceso de diálogo previo entre gobierno y oposición venezolana durante los últimos veinte años se había firmado un compromiso escrito para renovar completamente el Tribunal Supremo de Justicia. En ninguno. Ni el Vaticano en 2016, ni República Dominicana en 2018, ni Noruega en 2019, ni Barbados en 2023.

El acuerdo firmado el 12 de agosto establece cuatro puntos concretos sobre justicia. El primero es reformar la Ley Orgánica del TSJ. El segundo es renovar el Comité de Postulaciones. El tercero es activar un nuevo proceso para designar a todos los magistrados. El cuarto es conformar un consejo de revisión de credenciales. En ese orden.

El orden no es adorno. Es la única secuencia técnicamente correcta según la doctrina constitucional independiente venezolana. Y es exactamente lo que Bellorín ha reclamado durante quince años sin haber sido escuchado hasta ahora.

Además, y esto también hay que decirlo, la mesa técnica número 2 del proceso está denominada «Fortalecimiento de la Democracia, Poder Judicial y Poder Electoral». El TSJ y el CNE están explícitamente en la denominación firmada. No en el discurso: en el papel. Con firma de dos delegaciones. Con una tercera pata que hay que nombrar sin eufemismos: el Departamento de Estado de Estados Unidos, cuya facilitación operativa a cargo de Michael Kozak y John Barrett ha sido la diferencia entre este proceso y los diecisiete anteriores.

Ninguno de los procesos previos tuvo esa tercera pata operativa con el peso que hoy tiene. El diálogo de Barbados en 2023 tuvo respaldo internacional, pero no tuvo un actor estadounidense operando activamente en la mesa. El de Noruega en 2019 tuvo facilitación europea, pero sin capacidad de generar presión estructural. La diferencia entre este momento y los anteriores no es solo lo que se firma; es también quién sostiene el proceso desde afuera para que no se descarrile en las primeras semanas.

Contra la ingenuidad y contra el cinismo

Hay dos posiciones equivalentemente ingenuas en la conversación pública actual. La primera es asumir que el acuerdo se cumplirá porque está firmado. La segunda es asumir que el acuerdo no se cumplirá porque nada previo se ha cumplido.

Las dos son perezosas. Las dos evitan el trabajo intelectual de leer lo que efectivamente cambió y lo que efectivamente no cambió.

Lo que cambió es que por primera vez hay un compromiso firmado con contenido técnico correcto sobre la renovación completa del tribunal máximo, y hay una facilitación externa con capacidad de sostener el proceso. Lo que no cambió es que las mismas partes que firman hoy son las que en el pasado firmaron otros documentos que no se ejecutaron, y que la ausencia de fechas concretas en el documento actual es una debilidad estructural real que la cobertura crítica de este medio documentó con precisión.

La lectura editorial responsable no es elegir entre las dos observaciones. Es sostener ambas simultáneamente. Reconocer que este acuerdo es sustantivamente distinto a los anteriores en lo que compromete. Y exigir sin descanso, en las próximas semanas, que se cumplan las condiciones que hacen la diferencia entre acuerdo firmado y proceso ejecutado.

Ese es el trabajo del periodismo serio en este momento. Y es el trabajo que este medio va a hacer, con seguimiento sistemático de cada uno de los puntos comprometidos, con cobertura documentada de cada retraso o cumplimiento, con voces independientes que verifiquen técnicamente los pasos que se den, y con la memoria activa del especial Verificable que registra cada decisión con su fecha y su fuente primaria.

Sobre los presos políticos, que no aparecen

Hay que decir con toda claridad una cosa que puede parecer contradictoria con lo anterior: el hecho de que los presos políticos no aparezcan en el acuerdo firmado es una ausencia grave. No es un detalle secundario. No es un tema que pueda posponerse indefinidamente a la espera de que otras cosas avancen. Hay 382 personas privadas de libertad por motivos políticos según Foro Penal, hay 49 muertes documentadas de presos comunes entre abril y julio según el Observatorio Venezolano de Prisiones, y hay familias enteras que llevan años esperando información básica sobre el estado de sus detenidos.

La ausencia de este tema en la mesa técnica actual no puede convertirse en normalización. Cada semana que pasa sin que aparezca en el proceso es una semana en la que 382 vidas están dependiendo de decisiones que no se están tomando. Y ese hecho, que documenta hoy en cobertura separada este medio, debe seguir presente en cada análisis del proceso hasta que se resuelva.

El beneficio de la duda que defiendo sobre el marco general del diálogo no se extiende a la ausencia de presos políticos en la agenda. Ahí no hay duda que dar. Hay urgencia que exigir.

El costo de leer mal este momento

Termino con lo que más me preocupa como observador del ecosistema informativo venezolano. Si la conversación pública se polariza entre «los que respaldan el diálogo» y «los que lo denuncian», perdemos la capacidad de hacer lo único que puede efectivamente empujar el proceso hacia resultados: sostener presión pública informada sobre cada punto pendiente.

El diálogo no se cae porque los críticos critiquen. Se cae porque los que firmaron dejan de sentir costo político por incumplir. Y el costo político por incumplir solo se sostiene si la sociedad venezolana se mantiene atenta a lo que se firma, exigente sobre lo que se ejecuta, y unificada en la demanda de resultados verificables independientemente de qué actor específico está en cada momento en la mesa.

Machado tiene razón en las condiciones que plantea. Guanipa tiene razón en los criterios que exige. Bellorín tiene razón en la secuencia técnica que reclama. González Martínez tiene razón en la frustración que expresa. Y el acuerdo firmado el 12 de agosto tiene razón en el orden en que colocó las cosas.

Las razones no se cancelan entre sí. Se acumulan. Y la responsabilidad del periodismo, y de cada ciudadano venezolano informado, es preservar todas esas razones simultáneamente para que ninguna se pierda en el ruido de las próximas semanas.

Ese es el beneficio de la duda que defiendo. No es fe. Es método. Y es probablemente la única forma en que un proceso que ninguno de nosotros diseñó, y sobre el cual ninguno de nosotros tiene control completo, pueda efectivamente terminar produciendo lo que llevamos veinte años esperando.

Hoy hay una firma que faltaba. Falta muchísimo más. Y lo que falta se consigue exigiéndolo, no denunciando por anticipado que no llegará.

Vinculación

Sobre el autor

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista venezolano con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de más de veinte libros publicados en Amazon.

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Especiales

El delito imaginario

Usar inteligencia artificial no es un delito. Usarla sin criterio, sí puede serlo. La diferencia importa, y confundirla castiga primero al que menos lo merece.

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Imagen editorial para El delito imaginario

Usar inteligencia artificial no es un delito. Usarla sin criterio, sí puede serlo. La diferencia importa, y confundirla castiga primero al que menos lo merece.

En los últimos meses ha ocurrido algo curioso en la conversación pública sobre inteligencia artificial. La palabra IA dejó de nombrar una tecnología y empezó a nombrar una sospecha. Cuando un profesor la menciona, casi siempre es para acusar. Cuando un empleador la menciona, casi siempre es para desconfiar. Cuando un lector la ve mencionada en el pie de una nota, la mayoría de las veces la lee como si fuera una confesión. En algún punto de este año, sin que ningún tribunal lo decretara, usar una herramienta de inteligencia artificial se convirtió, en el imaginario público, en algo parecido a un delito.

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Y ese delito, hay que decirlo con claridad, es imaginario. No existe. Nunca ha existido.

Lo que sí existe —y lo que la conversación seria sobre estas herramientas debería estar tratando de nombrar con precisión— es una diferencia entre dos usos que la mayoría de la gente todavía trata como equivalentes. Un uso legítimo, en el que la máquina asiste a un proceso conducido por una persona con criterio. Y un uso fraudulento, en el que la máquina reemplaza el proceso y una persona se atribuye el resultado. Los dos usos parecen iguales desde afuera. Producen textos, imágenes, respuestas, decisiones. Pero son actos morales distintos. Y la salud del debate público en lengua española depende, en buena medida, de que empecemos a distinguirlos con seriedad.

Por qué la sospecha tiene fundamento

Empiezo por reconocer lo que hay de razón en la sospecha, porque hacer como si no existiera sería tramposo.

La sospecha sobre el uso de IA tiene raíces reales. Existen sitios de noticias generados enteramente por máquinas y publicados como si tuvieran redacción propia. La empresa NewsGuard, que audita fiabilidad de fuentes informativas, contó más de mil doscientos de estos sitios operando en dieciséis idiomas en mayo de 2025. Existen estudiantes que entregan trabajos escritos por asistentes automáticos como si fueran propios. Existen profesionales que presentan análisis producidos por modelos como conclusiones de su experiencia. Existen medios que llenan sus secciones con contenido generado sin supervisión y lo publican con firma humana. Todo eso es fraude. No merece defensa. La sospecha que despierta esa práctica —esa desconfianza generalizada que se ha instalado en aulas, oficinas y redacciones— es una respuesta razonable a un fenómeno real.

El problema no es la sospecha. El problema es su ejecución.

Porque la sospecha, cuando se aplica sin criterio, castiga primero al que menos lo merece. En 2023, siete detectores automáticos de inteligencia artificial evaluaron 91 ensayos escritos por estudiantes que rendían el examen TOEFL, la prueba estándar de inglés como lengua extranjera. Los siete programas concluyeron, en promedio, que el 61 por ciento de esos textos habían sido generados por una máquina. Los 91 los escribieron personas. El estudio fue publicado en la revista Patterns y lo dirigió el profesor James Zou de la Universidad de Stanford. Con ensayos de estudiantes estadounidenses de octavo grado, los mismos programas acertaron casi siempre.

La razón del error, explicada en el paper, es simple. Los detectores miden qué tan predecible es un texto. Quien aprendió el idioma en un salón de clases escribe con vocabulario más simple y estructuras más formales, porque así se enseña un idioma. El programa lee eso como máquina. La consecuencia práctica es que en el mundo actual, un estudiante hispano que escribe un ensayo en inglés tiene una probabilidad estadísticamente alta de ser acusado de tramposo por su profesor. No porque haya tramado nada. Porque escribió honestamente en su segundo idioma.

Anthropic anunció este mes que sus modelos nuevos incorporan una marca imperceptible en todo lo que generan. La marca indica que un texto pasó por el modelo, no que el modelo lo escribiera. La propia empresa lo aclara sin ambigüedad. Pero conviene tener presente lo que va a pasar cuando esa marca llegue a manos de profesores, empleadores, editores y evaluadores que ya desconfían: la van a leer como prueba de autoría. Y no lo es. Un estudiante que use la herramienta para corregir la gramática de su ensayo —exactamente el uso que la propia empresa reconoce como legítimo— entregará un trabajo que sí llevará la marca. Escribió cada idea. La marca no lo distingue.

Esa es la injusticia estructural que hoy está en curso. Y contra ella hay que decir con toda claridad: no, usar inteligencia artificial no es un delito. Ni cuando se declara ni cuando no se declara. El delito es reemplazar el criterio propio por el de una máquina y presentar el resultado como propio. Son cosas distintas. Cualquier medio, cualquier institución educativa, cualquier lugar de trabajo que las trate como equivalentes está condenando por adelantado a las personas que menos podrían defenderse.

Qué distingue un uso del otro

Conviene formularlo sin retórica, porque en la práctica la distinción es más precisa de lo que la conversación pública deja creer.

Un uso legítimo de inteligencia artificial es aquel en que la máquina asiste un proceso conducido por una persona con criterio propio. La persona sabe lo que busca. Elige qué se acepta y qué se descarta. Verifica los datos contra fuente primaria. Decide el ángulo. Responde por el resultado. La máquina hace lo que le fue pedido, cuando fue pedido, dentro de límites que la persona controla. Si el resultado tiene errores, la responsabilidad no se desplaza hacia la herramienta: es de quien la usó sin verificar. Si el resultado tiene aciertos, tampoco se le atribuyen a la máquina: son de quien supo qué pedir y qué hacer con la respuesta. La analogía más honesta no es con un cerebro; es con una calculadora sofisticada. Nadie acusa a un ingeniero de fraude por usar una calculadora, aunque el ingeniero no haga los cálculos a mano. Nadie duda de la autoría de un texto porque el autor use un procesador de palabras en lugar de una máquina de escribir. La herramienta es herramienta. El criterio es del que la maneja.

Un uso fraudulento es aquel en que la máquina reemplaza el proceso. La persona no dirige: firma. No verifica: acepta. No decide el ángulo: recibe uno. No responde por el resultado: se lo atribuye. Cuando un estudiante pide a un asistente que le escriba un ensayo entero y lo entrega como propio, eso es fraude. Cuando un medio publica sin supervisión textos generados por máquina y los presenta con firma humana, eso es fraude. Cuando un profesional entrega un informe que no leyó y que no puede defender, eso es fraude. El fraude no está en usar la herramienta. Está en el acto de sustitución: en que la persona que firma no dirigió el proceso ni asume la responsabilidad de lo firmado.

La diferencia entre las dos cosas no es técnica. Es moral. Y como toda diferencia moral, exige algo que ninguna tecnología puede resolver: un ser humano dispuesto a distinguir.

Cómo se hace INCÍSOS

Este medio ha declarado su método públicamente. La página de metodología del sitio —accesible en incisos.com/metodologia— explica cómo se produce cada pieza que aquí se publica. La transcribo en su idea central, no por autoreferencia sino porque el especial El Contenido al que este Inciso está vinculado exige que quien opina sobre estas cuestiones también responda por ellas.

INCÍSOS usa inteligencia artificial. Lo hace para investigar, estructurar, redactar borradores, contrastar datos, buscar antecedentes, revisar coherencia interna, pulir una redacción. Usa varios asistentes, no uno solo, porque contrastar entre ellos es en sí mismo una forma de control. Lo que la máquina no hace, nunca, es decidir sola. No elige qué se publica. No determina el ángulo editorial. No valida un dato como verdadero. No firma. Cada cifra que aparece en una nota fue contrastada contra su fuente primaria por una persona. Cada nombre propio, verificado. Cada afirmación delicada, sostenida en algo más sólido que la respuesta de un asistente. Una pieza anterior de INCÍSOS jamás se usa como fuente de otra: todo se vuelve a verificar contra el origen. Si un dato no se puede confirmar, no se publica. Esa regla no la ejecuta un algoritmo. La ejecuta el criterio de quien edita.

He escrito sobre este tema con más profundidad de la que cabe en un Inciso. Mi ensayo La inteligencia NO es artificial, publicado a comienzos de este año, argumenta que el problema no es la máquina: es lo que el ser humano deja de hacer cuando la usa sin criterio. El libro distingue asistencia de sustitución, y sostiene que la delegación de una tarea es distinta de la delegación de una parte del proceso mental. La primera es uso de herramienta. La segunda es abdicación. Vale la pena leerlo con calma en un momento en que la conversación pública sobre estas cuestiones tiende, con demasiada facilidad, a los dos extremos: entusiasmo tecnológico sin matices, o criminalización sin distinción.

Qué hay que exigir en lugar de sospechar

Termino con lo operativo, porque los Incisos que solo diagnostican y no proponen no sirven.

En vez de sospechar del uso de IA, hay que exigir tres cosas concretas. Se pueden exigir en una redacción, en un salón de clases, en una oficina. Son las mismas.

Uno. Declaración del uso. Cuando una persona usa una herramienta de IA en la producción de un trabajo firmado, debería declararlo. No como confesión, sino como transparencia. No para pedir perdón, sino para permitir al lector, al profesor o al empleador entender qué está evaluando. INCÍSOS lo hace en su página de metodología y lo repite en cada nota que trata directamente el tema. Cualquier medio o institución seria puede hacer lo mismo.

Dos. Responsabilidad por el resultado. Quien firma responde. Si un dato está mal, la responsabilidad es de quien lo publicó, no de la herramienta que lo generó. Si un análisis es débil, la responsabilidad es de quien lo firmó, no de la máquina que ayudó a estructurarlo. La firma es un compromiso, no un adorno. Y ese compromiso no se delega.

Tres. Criterio para distinguir. Antes de acusar, hay que preguntar. ¿La persona dirigió el proceso? ¿Verificó los datos contra fuente primaria? ¿Puede defender lo firmado ante preguntas incómodas? ¿Puede reconstruir el razonamiento sin la ayuda de la máquina? Si las respuestas son afirmativas, no hubo fraude, aunque hubiera asistencia. Si las respuestas son negativas, hubo fraude, aunque no hubiera asistencia alguna. Un ensayo escrito enteramente a mano, sin ninguna herramienta digital, puede ser fraude si la persona que lo firma no puede defender lo que escribió.

El delito imaginario es cómodo porque no requiere pensar. Basta con reaccionar. Basta con desconfiar. Basta con acusar en bloque, sin distinguir, sin escuchar, sin verificar. Es la versión adulta del pánico. Y como todo pánico, castiga primero al que menos merece el castigo: al estudiante que aprendió el idioma en clase, al trabajador que traduce su currículum, al profesional que corrige su gramática antes de entregar un informe.

La conversación seria sobre inteligencia artificial —la conversación que este medio ha tratado de sostener durante todo el especial El Contenido— no empieza pidiendo la abolición de la herramienta ni celebrando su llegada. Empieza distinguiendo. Y quien no está dispuesto a distinguir no debería estar acusando.

Fuentes principales

  • Liang et al., GPT detectors are biased against non-native English writers, revista Patterns, 2023.
  • Anthropic, documentación sobre marcado de contenido, publicada el 10 de agosto de 2026.
  • NewsGuard, seguimiento de sitios de noticias generados por IA, mayo de 2025.
  • Alfredo Yánez Mondragón, La inteligencia NO es artificial, 2026.
  • INCÍSOS, Cómo se hace INCÍSOS, página de metodología del medio.

Sobre el autor

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon, entre ellos La inteligencia NO es artificial, ensayo dedicado precisamente a las cuestiones que este Inciso trata en formato breve.

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