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Inciso

El engaño

La pregunta que pocos formulan es la que cambia toda la lectura: ¿hay en la trayectoria pública de Donald Trump algún episodio verificable en el que haya sido engañado genuinamente, en contra de sus intereses, sin saberlo?

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Balance scale with oil barrels on one side and rusty chains on the other side in an abandoned industrial area

Circula en Venezuela una tesis cada vez más audible: el interinato de los hermanos Rodríguez —Delcy al frente, Jorge en la sombra operativa— está engañando a Donald Trump. Que los cambios son maquillaje. Que los gestos de apertura son performance. Que la estructura de poder sigue intacta, solo con otro rostro al frente. Que Washington compró el cuento.

La tesis es tentadora porque es tranquilizadora. Si Trump fue engañado, entonces lo que está pasando no es un arreglo, es un error. Y los errores se corrigen.

Pero la pregunta que nadie formula es la que cambia toda la lectura: ¿hay en la trayectoria pública de Donald Trump algún episodio verificable en el que haya sido engañado genuinamente, en contra de sus intereses, sin saberlo?

La respuesta honesta es que es difícil encontrarlo. Trump ha sido muchas cosas —errático, transaccional, impredecible, contradictorio— pero rara vez ha sido la víctima involuntaria de un engaño ajeno. Su método no es la confianza ingenua. Es la utilidad selectiva. Cree lo que le conviene creer durante el tiempo que le conviene creerlo.

Delcy Rodríguez lo entendió antes que casi nadie en el chavismo. Por eso está haciendo lo que está haciendo: recorrer ciudades como si fuera una candidata nueva, hablar de una «nueva etapa» como si los últimos 27 años hubieran ocurrido sin ella, construir el personaje de la política que llega —no de la que siempre estuvo. No está engañando a Trump. Está ofreciéndole una versión utilizable.

Y Trump, por ahora, la está tomando. Cuando dice que «se entiende de maravilla» con Delcy, no está revelando que le creyó. Está señalizando que el arreglo le sirve. Los dos están en el mismo negocio narrativo: ella necesita legitimidad internacional para el proceso de transición controlada; él necesita una historia de éxito en política exterior hacia América Latina que pueda mostrar como logro propio. Venezuela estable, petróleo fluyendo, migración desincentivada, sin tener que desplegar una sola tropa. Esa es la oferta. Y funciona —mientras funcione.

La trampa, para la diáspora venezolana que sigue esto desde Miami, Houston o Madrid, es asumir que solo hay dos posibilidades: o Trump se dio cuenta y va a actuar, o Trump se dejó engañar y traicionó la causa. Hay una tercera posibilidad, menos heroica y más incómoda: Trump sabe exactamente lo que está ocurriendo y lo aceptó, porque la versión alternativa —una transición real, con responsabilidades penales, con desmontaje del aparato— es más costosa, más lenta y más incierta que la versión cosmética.

Esto no significa que el arreglo sea permanente. Trump cambia de posición con la misma velocidad con la que cambia de tema. Si mañana el cálculo se invierte —si los Rodríguez le resultan más útiles caídos que en pie, si la oposición genera un momento político aprovechable, si el precio internacional del gesto cambia— la foto con Delcy dejará de existir y aparecerá otra. Así funciona. No hay doctrina, hay conveniencia.

Lo que la diáspora debería estar preguntándose no es si Trump fue engañado. Es otra cosa, más difícil: ¿qué hace que este arreglo deje de ser útil para él? Porque ahí, y no en una supuesta revelación moral, está el punto donde la política venezolana podría volver a moverse.

Mientras tanto, Delcy Rodríguez seguirá visitando ciudades, hablando de etapas nuevas, actuando la inocencia del recién llegado. No porque crea que Trump le creyó. Sino porque sabe que, por ahora, a Trump le conviene aparentar que sí.

Engañar a Trump es difícil. Ofrecerle lo que quiere escuchar, no tanto.

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Inciso

Se fue la luz donde se vendía la energía

El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.

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Calle de Caracas durante un apagón, imagen editorial.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.

El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.

Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.

Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.

La paradoja completa

Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.

Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.

La isla de luz

Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.

Eso no es recuperación. Es un enclave.

Lo que falta

La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?

No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.

La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.

Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.


Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.

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Inciso

Pasos en alguna dirección

Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.

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Weathered signpost marking two diverging country roads at sunset

INCISO

Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.

En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.

Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.

Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.

Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.

Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.

La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.

Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.

Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.

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Inciso

Palos de golf prestados en un país que paga cisternas

La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.

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Ilustración conceptual sobre producción petrolera y medición.

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Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.

El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.

Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.

No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.

El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.

Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.

Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.

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