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Zair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»

El exfiscal venezolano habla sobre el sistema judicial, los presos políticos y lo que viene después de la transición.

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Dominical

Contexto · análisis · criterio
Entrevista

Zair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»

Fue el tercero en la jerarquía del Ministerio Público entre 2014 y 2017, y hoy es fuente obligada de las ONG de derechos humanos. Esa doble condición despierta sospechas. Zair Mundaray —53 años, criminalista, exiliado— se sentó a contestarlas.

Las 6WINCÍSOS
Qué
Un exalto fiscal del Ministerio Público responde a la pregunta que lo persigue: cómo combatió el aparato al que sirvió.
Quién
Zair Mundaray, criminalista de carrera y exdirector general de Actuación Procesal, hoy exiliado con orden de captura.
Cuándo
Su gestión clave transcurre entre 2014 y 2017; la conversación se publica el 7 de junio de 2026.
Dónde
Venezuela, desde la Unidad Criminalística del Ministerio Público hasta el exilio tras la ruptura de 2017.
Por qué
El testimonio expone desde dentro el aparato penitenciario y judicial que la transición tutelada hereda intacto.
Cómo
A través de evidencia forense: balística, autopsias y video que le quitaron al poder el monopolio sobre la verdad de sus crímenes.

Hay una pregunta que persigue a Zair Mundaray como una sombra: ¿cómo puede quien ocupó el tercer cargo del Ministerio Público durante los años más represivos del chavismo presentarse hoy como referente de derechos humanos? Es la pregunta correcta, y se la hicimos de entrada, sin amortiguar el golpe. Su respuesta no fue una disculpa ni un mea culpa: fue una reconstrucción minuciosa de casi dos décadas de trabajo criminalístico, articulada alrededor de una tesis que sostiene con la frialdad del forense que es. La frontera entre quien sirvió al aparato y quien lo combatió, dice, no se mide por el cargo sino por lo que cada quien hizo con él. Y lo que él hizo, afirma, fue construir una unidad científica que le quitó al poder el monopolio de la verdad sobre sus propios crímenes.

Lo que sigue es esa conversación, ordenada y depurada. INCÍSOS no avala ni desmiente la totalidad de sus afirmaciones —varias remiten a expedientes que solo un tribunal independiente podría ventilar—, pero sí verificó los hechos estructurales.

La Unidad Criminalística contra la Vulneración de Derechos Fundamentales existió, fue reconocida internacionalmente y figuras como la entonces procuradora argentina Alejandra Gils Carbó visitaron su modelo; organizaciones como Provea documentaron su trabajo; y los casos que cita —Bassil Da Costa, Juan Pablo Pernalete, Carlos Castillo, el psiquiatra Edmundo Chirinos, las masacres de Tumeremo, Barlovento y Cariaco— son parte del registro público.

«Sin anestesia»

Usted es hoy una fuente obligada de ONG y de periodistas para hablar de violaciones de derechos humanos en Venezuela. Pero entre 2014 y 2017 estuvo en la cúspide del Ministerio Público; hay quien dice que fue el número tres del aparato que ejecutó buena parte de esas violaciones. ¿Por qué deberíamos creerle hoy a Zair Mundaray?

Esa pregunta nace de una ignorancia que, debo decirlo, en parte creó el propio modelo de Estado, y en parte el propio Ministerio Público, que nunca explicó bien lo que hacía. De los cargos que tuve, solo uno —Actuación Procesal— era de alta responsabilidad política; los demás eran funciones de apoyo a los fiscales, a la función pública. Pero lo importante es lo que hicimos desde el área de investigación.

Cuando llegué a la Dirección de Investigaciones inauguramos algo único en el mundo: la Unidad Criminalística contra la Vulneración de Derechos Fundamentales. Una unidad de criminalistas, forenses e investigadores —con telefonía, con experticia informática— dedicada solo a investigar casos de derechos humanos. Vinieron de Argentina, de Ecuador, de República Dominicana a ver el modelo. ¿Por qué la creamos? Porque nos dimos cuenta de una realidad: no era posible investigar a un aparato que se investigaba a sí mismo. Si el CICPC mataba a alguien en un supuesto enfrentamiento, los actos de investigación los hacía el propio CICPC. ¿Usted cree que iba a haber investigación? Evidentemente no. Esta unidad tenía la capacidad de deslastrarse de los resultados oficiales. Esa es la diferencia.

No era posible investigar a un aparato que se investigaba a sí mismo. Si el CICPC mataba a alguien, los actos de investigación los hacía el propio CICPC.

El caso Bassil Da Costa

Usted dice que esa unidad llegó a contradecir al propio poder.

El Día de la Juventud, cuando matan a Bassil Da Costa, salimos a la calle en paralelo: el CICPC por un lado y nuestra unidad por el otro. A los pocos días ya sabíamos que lo que había dicho Nicolás Maduro no era cierto. Buscamos más de 150 horas de video y determinamos que los únicos tiradores en el momento del disparo eran cuatro funcionarios del Sebin y el escolta personal de Rodríguez Torres: cinco personas armadas disparando en la misma dirección. El proyectil era ojival, de cañón rayado convencional; el del escolta de Rodríguez Torres tenía otra característica. Hicimos la comparación balística y ahí estaban los responsables. Tan incómodo fue, que destituyeron al director del SEBIN después de que me entregó las armas. Un funcionario del Sebin fue condenado a 30 años. ¿Quién lo demostró? La ciencia. Esa ciencia que después Tarek William Saab desmanteló cuando llegó.

Tumeremo, Barlovento, las OLP

Su cronología se pasea por casos emblemáticos.

¿Quién le dijo al país que en Tumeremo hubo una masacre, cuando habían quitado los cadáveres? La criminalística. Lo mismo en Barlovento: los muertos los conseguí yo, con ayuda de funcionarios que todavía están en Venezuela y por eso no nombro. En las OLP me paré en una reunión del Consejo General de Policía, en 2015, y le dije al ministro en su cara: «Las OLP son asesinatos en masa». Porque las estábamos investigando, y no nos dábamos abasto de tantas muertes. En los casos que pudimos procesar, las personas no eran delincuentes, no tenían registro, se las llevaban vivas de sus casas y las asesinaban; no hubo tal enfrentamiento.

El «doble tap»

¿Cómo lo determinaron técnicamente?

Acumulamos cerca de cien casos con protocolos de autopsia. Aparecía un patrón: dos disparos lineales, uno al lado del otro, en la parte superior del tórax. Eso no ocurre en un enfrentamiento real. En un enfrentamiento real hay tiros en la mano, rasantes en el pie, en cualquier parte, porque el cuerpo está en movimiento, cae y dispara. Estos eran tiros limpios y de frente. Conseguimos el video de San Vicente: un policía sujetaba a la persona por un brazo, otro por el otro, y un tercero disparaba de frente. Creían que si el tiro era frontal podían simular un enfrentamiento. Lo que dejaron fue un patrón de asesinato. Ese «doble tap» está hoy en la Corte Penal Internacional. Lo halló mi equipo. ¿Y quién dio la cara? Yo. Por eso me han perseguido tanto tiempo: porque yo no tenía compromiso.

El doble tap está hoy en la Corte Penal Internacional. Lo halló mi equipo. ¿Y quién dio la cara? Yo.

El caso Chirinos

No todo fue confrontación política. Usted invoca también un caso que marcó al país: el del psiquiatra Edmundo Chirinos.

Ese fue uno de los enfrentamientos jurídicos más hermosos de mi vida, y uno de los primeros grandes choques. Chirinos era el psiquiatra de tres presidentes, exrector de la Universidad Central, excandidato presidencial. Un hombre intocable. Y era un criminal serial: violó a muchas mujeres y mató a Roxana Vargas, una estudiante de diecinueve años. Me eché encima casi a toda la Universidad Central, a buena parte del estamento político que decía que yo estaba mintiendo. Me mandaron emisarios; un consultor jurídico del partido de gobierno, que era su abogado, me dijo que en la tarde estaría destituido. Le respondí que esperaba mi resolución, pero que si me botaban iba a filtrar todos los casos de homicidio, porque ese hombre no se iba a quedar impune por tener contacto político.

Reuní todo: ADN, que en ese momento ni se trabajaba y tuve que procesar con una universidad; planimetría; trayectoria. Enfrenté en el juicio a quien fue mi maestra en la PTJ y a los mejores peritos que trajo la defensa. Después de leer el expediente, su propio equipo técnico dijo que no había nada que hacer. De las pocas veces que un fiscal agotó toda la evidencia. Lo condenaron. Por eso me extrañó tanto que después me llamaran para un caso bancario, el de Arné Chacón, donde mi primera reacción al ver los expedientes fue decirles a los fiscales: «En esta vaina no hay sangre, y sin sangre no es mi terreno». El homicidio siempre fue mi foco.

Verificación INCÍSOS

Edmundo Chirinos, exrector de la UCV y terapeuta de los presidentes Jaime Lusinchi, Rafael Caldera y Hugo Chávez, fue condenado en septiembre de 2010 a veinte años de prisión por el homicidio intencional de Roxana Vargas, estudiante de Comunicación Social de diecinueve años hallada muerta el 14 de julio de 2008 en Parque Caiza. Mundaray actuó como fiscal 48° nacional, junto al fiscal 50° del Área Metropolitana, Pedro Montes; durante seis meses de juicio presentaron entre 70 y 80 órganos de prueba. El tribunal inhabilitó a Chirinos para ejercer la psiquiatría. El caso es registro público y verifica el relato.

La cadena de mando

Volvamos a la estructura. Usted fue el tercero. Luisa Ortega Díaz era la fiscal general y traía un proyecto. ¿Cómo se vivió ese momento, entre 2016 y 2017, con la oposición ya en la Asamblea Nacional?

Yo venía de carrera: fiscal de pueblo en Caucagua, Barlovento, Guarenas; luego fiscal nacional. Nunca había trabajado con Ortega Díaz personalmente porque yo estaba en el campo, en la investigación. Todo el mundo en la institución conocía mi postura política, que no ocultaba y que compartían mayoritariamente los fiscales.

El primer indicio de que algo cambiaba fue cuando me asignaron, a mí, investigar un supuesto magnicidio contra Chávez denunciado por Iris Varela. Es el único caso de magnicidio que se sobreseyó. Presenté un informe: no había tal plan, la denuncia no era seria. Le pregunté a la diputada Varela quién estaba detrás, a quién debía procesar, y me respondió: «Barack Obama». Imagínese. Ahí entendí que, cuando de verdad querían saber la verdad, me mandaban a mí; cuando querían torcer algo, tenían otros nombres para eso.

Después me llamó Ortega Díaz: «Hay que reconducir muchas cosas; quiero que te encargues de Actuación Procesal». Le dije de frente: «¿Usted cree que va a poder trabajar conmigo? Porque lo que yo le informe muy probablemente no se corresponda con lo que usted quiere oír». Me respondió: «Eso es lo que necesito, y probablemente es lo que necesita el país en este momento». Le puse una condición: libertad para hacer lo que hubiera que hacer. Si no, que me dejaran en mi laboratorio.

Castillo y Pernalete

¿Cómo se sostiene una investigación así contra todo el aparato?

Plantándose. A Néstor Reverol le pedí que me entregara a los que mataron a Gruseny Canelón en Barquisimeto; me dijo que si lo hacía, se caía el gobierno, porque eran doce guardias nacionales. En el caso de David José Vallenilla, el estudiante de la Universidad Santa María, me pararon en la puerta de la comandancia de la Carlota y me dijeron: «Aquí no manda usted, aquí manda Maduro». Respondí: «Aquí manda la Constitución». Vallenilla no disparó a nadie; lo mató una metra de plomo, y yo tenía el cuerpo y la evidencia. Querían que el caso lo llevara la Fiscalía Militar; no lo permití. A Juan Pablo Pernalete lo investigué desde el levantamiento del cadáver. A los críticos que hoy hablan desde la tribuna los invito a que hagan lo que hice yo: pararse en el sitio del suceso, frente a cuatro generales, y pedir las órdenes de captura.

Tengo el cuerpo y tengo la evidencia. Ellos tienen la evidencia y nosotros el cuerpo.

«La mano que mece la cuna»

Se ha publicado, con base en información y desinformación, sobre presuntos esquemas de extorsión y manipulación de expedientes que involucrarían a Luisa Ortega Díaz, a Germán Ferrer y, por asociación, a usted. ¿Existió una acusación formal? ¿Funcionó así?

Le cuento de dónde viene ese señalamiento. En 2016, cuando me designan, empiezan mis choques con Gustavo González López. Hubo un caso —el de un joven, Alejandro Puglia— en el que pidieron una orden por una conducta que no encajaba en ningún delito del ordenamiento jurídico. Pedí su libertad. En otro caso, González López puso a un adolescente de quince años a declarar en televisión que le habían pagado para quemar cosas; le habían dado un parlamento y le pusieron una pistola enfrente. Lo desmontamos: conectamos con la fiscalía de menores, el niño explicó la coacción, y con su propia entrevista pedimos la libertad del acusado y del menor. Una jueza de menores —cuyo nombre no sé, pero a quien le agradezco donde esté— se atrincheró en el tribunal con el niño, llamó a la Guardia Nacional y logró sacarlo escoltado hasta su casa, frente al Sebin que quería llevárselo.

Esa noche González López me llamó, furioso: «¿Tú crees que mandas solo?». Le dije: «Yo no trabajo para ti; mi obediencia es a la Constitución». Al día siguiente Mario Silva, en su programa, leyó un informe que decía que «la mano que mece la cuna en el Ministerio Público es Zair Mundaray». A partir de ahí me mandaron los colectivos. Y pusieron a investigarme: a un general de apellido Mora, jefe de la Policía contra la Corrupción, y a un exdirector del Ministerio Público desleal. Me investigaron todo 2016 y todo 2017: una investigación patrimonial completa. ¿El resultado? Le dijeron a Saab que no encontraron nada por corrupción ni por tema patrimonial. Me inhabilitaron por no haber presentado la declaración jurada de 2017 y por no haber entregado el cargo, cosas materialmente imposibles en mi situación. Me allanaron la casa y me apuntaron.

Si ese esquema de extorsión hubiera existido, lo habría encontrado quien me investigó dos años enteros. Yo siempre dije: ¿quiere saber quién es el ladrón del Ministerio Público? Vea quién tiene qué. Yo terminé de pagar mi casa y mis carros en el exilio, por la caja de ahorros, haciendo trabajo manual.

¿Quiere saber quién es el ladrón del Ministerio Público? Vea quién tiene qué.

PDVSA-Cripto

Le ha puesto mucho énfasis al caso PDVSA-Cripto. ¿Qué está ocurriendo ahí?

Es el caso de criminalidad organizada más grande que ha tenido el país, y tiene una particularidad escalofriante: los perpetradores y los investigadores se confunden. Buena parte de los presos son delincuentes, sí —Samark, Tarek y otros—, pero fueron procesados por otra organización criminal, la que dirigían González López y Tarek William Saab. Esa estructura extorsionó, se apoderó de bienes, torturó y violó todos los derechos fundamentales de los detenidos. Y hay personas presas que no tienen relación alguna con la trama: el señor de Mérida que tenía una posada, la muchacha cuyo único vínculo era sentimental.

Lo medular es esto: el daño no está cuantificado. No se sabe dónde está la plata. La Procuraduría, que debe velar por el patrimonio público y es parte del proceso, no ha podido cuantificar el daño patrimonial. Las defensas corren solas porque el Estado no tiene representación real; los venezolanos, como víctimas, no estamos representados. Es, esencialmente, un gran fraude montado para hacer un show: vestir de naranja a sesenta y tantas personas para justificar una pérdida enorme. Y mientras tanto, ¿por qué no están presos quienes hicieron exactamente lo mismo —vender petróleo como brókeres fuera de las sanciones, cambiar la identidad de los barcos— y no devolvieron el dinero? Hay quien me ataca diciendo que defiendo a estos procesados. No: defiendo el derecho de los venezolanos a saber dónde está su dinero.

Al cierre de esta edición

El juicio PDVSA-Cripto, con 64 acusados, atraviesa su audiencia número quince. El 1 de junio de 2026, seis detenidos iniciaron una huelga de hambre en protesta por las audiencias telemáticas; las defensas denuncian que el expediente original no está disponible en sala y han pedido la nulidad del proceso y la presencia de observadores internacionales. Reportes de TalCual coinciden con el diagnóstico de Mundaray: el juicio no esclarece el desfalco ni el paradero del dinero.

Los fiscales invisibles

Una última reflexión.

Lo que me duele como ser humano son los fiscales. Hablé hace poco con uno que fue fiscal superior, que mandaba en todo un estado, y hoy hace delivery en moto en Chile; tiene cuarenta y un años y me dice que le da pena con su madre. Tengo una colega que fue la fiscal nacional de menores, de las más preparadas del país, manejando un montacargas en un depósito. Otra vende tortas; otra hace soldadura de noche. Hay más de cuatrocientos o quinientos fiscales que, por haber enfrentado al poder en 2017, están exiliados, perseguidos, con órdenes de captura. Es una población invisible. Y cuando salen a decir algo, les cae encima una parte de la población que solo recuerda que fueron fiscales en aquella época. ¿Quién nos repone lo que arriesgamos? ¿Quién le repone los años de sufrimiento a la juez Mariela Casado, cuya hermana fue asesinada por error, en un atentado dirigido contra ella?

Hay más de cuatrocientos fiscales exiliados y perseguidos. Es una población invisible.

Ficha del entrevistado

Zair Mundaray Rodríguez. 53 años. Abogado por la Universidad Central de Venezuela. Especialista en criminalística y en derecho penal; magíster en criminología y victimología por la Universidad de Valencia; doctorado en Derecho Constitucional inconcluso por la persecución, según su testimonio. Fiscal de carrera durante cerca de dos décadas, recorrió cargos en Miranda hasta llegar a fiscal nacional. Dirigió la Dirección de Investigaciones y la Unidad Criminalística contra la Vulneración de Derechos Fundamentales del Ministerio Público, y fue Director General de Actuación Procesal hasta 2017. En el exilio desde ese año, con inhabilitación y órdenes de captura dictadas por el chavismo. Es fuente recurrente de organizaciones de derechos humanos.

INCÍSOS

Entrevista editada para publicación a partir de una conversación grabada. Las afirmaciones sobre conversaciones privadas corresponden al testimonio del entrevistado. Los hechos estructurales y los casos citados fueron verificados con fuentes públicas (Provea, Fiscales.gob.ar, El Nacional, El Universal, TalCual, La Patilla). · Contexto, análisis y criterio.

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Magaly Vásquez: «La libertad sigue siendo un favor en Venezuela»

La corredactora del Código Orgánico Procesal Penal y secretaria general de la UCAB sostiene que el proceso de designación del fiscal general «indudablemente» no cumplió la Constitución. Habla de la Ley de Amnistía, del nuevo TSJ y del Plan Rubio.

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§ Las 6W · INCÍSOS
Qué
Entrevista con la jurista Magaly Vásquez González sobre el momento jurídico que vive Venezuela tras el 3 de enero.
Quién
Magaly Vásquez, corredactora del COPP, secretaria general de la UCAB y postulada por la sociedad civil a la Fiscalía General.
Cuándo
Conversación grabada en mayo de 2026, semanas después de la designación de Larry Devoe el 9 de abril.
Dónde
Caracas. La entrevistada habla desde la UCAB; el destinatario es la diáspora venezolana en Estados Unidos.
Por qué
Porque la reinstitucionalización venezolana es un proyecto jurídico antes que político, y casi nadie lo está leyendo con criterio técnico.
Cómo
Mediante un diagnóstico de los procedimientos: amnistía, postulación a la Fiscalía, renovación del TSJ y articulación con el Plan Rubio.

Magaly Vásquez González habla con la economía de quien ha enseñado Derecho Procesal Penal durante treinta años en la Universidad Católica Andrés Bello. No se enfada, no levanta la voz, no se refugia en la academia. Va al punto. Es lo que hace falta en un país donde el ruido jurídico crece más rápido que el derecho.

El 9 de marzo de 2026, Vásquez se postuló al cargo de fiscal general de la República. La respaldaron, en cuestión de días, la UCAB, la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Metropolitana, la Universidad Monteávila, la Universidad de Carabobo, la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, la Academia Nacional de la Historia y más de sesenta organizaciones de la sociedad civil. El 9 de abril, la Asamblea Nacional designó a Larry Devoe con 275 votos. Vásquez obtuvo 10.

INCÍSOS le pidió una conversación. La pieza dominical de hoy es esa conversación.

«Indudablemente, no se cumplieron»

La primera pregunta es directa: ¿se cumplieron los procedimientos constitucionales en el proceso que designó al fiscal general y a la defensora del pueblo? La respuesta también lo es.

«Indudablemente que no, que no se cumplieron», dice Vásquez. Y describe lo que faltó. El procedimiento para elegir fiscal general o defensor del pueblo es el mismo que para magistrado del Tribunal Supremo de Justicia: lo establece la Constitución y exige garantizar la participación de la sociedad civil. «Se debía haber publicado la lista de los aspirantes a los cargos de fiscal y defensor, de manera tal de que la sociedad civil pudiera objetar. Se debía establecer también un plazo para que las personas objetadas se pudieran defender.» Nada de eso ocurrió con la nitidez que exige la norma. El plazo de postulaciones se prorrogó una vez, se cerró, se volvió a abrir por 48 horas. Sin cronograma público, sin baremo conocido.

—¿Eso vicia el proceso o lo invalida? —se le pregunta.

—Si fuese, en estricto derecho, un procedimiento que no cumple con las formalidades establecidas en la Constitución o la ley, es un procedimiento que está viciado. Eso aplica para cualquier procedimiento.

Vásquez completa la frase con resignación administrativa: «Se le dio curso a esos términos, se hizo la selección por parte de la Asamblea, y los funcionarios seleccionados están ejerciendo su función.» Lo que ocurrió no se desdice por enunciarlo. Pero queda enunciado.

La libertad como favor

En julio de 2024, cuando ingresó a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales como primera mujer penalista en sus 109 años de historia, Vásquez tituló su discurso «Del derecho a la libertad, a la libertad como favor». La frase resumía un diagnóstico de país. Veintiún meses después, con Maduro y Cilia Flores presos en Estados Unidos, con Delcy Rodríguez como presidenta encargada, con una Ley de Amnistía aprobada en febrero y con el presidente de la Asamblea Nacional hablando de las recientes liberaciones como «un gesto», se le pregunta si la tesis sigue en pie.

«La libertad es un derecho —responde—. Lo que pasa es que en nuestro país, lastimosamente, sería considerado como una especie de favor, como un beneficio.»

Vásquez recuerda que ese fue uno de los principios que la generación que escribió el Código Orgánico Procesal Penal de 1998 quiso rescatar. Antes existía la Ley de Beneficios en el Proceso Penal: la libertad bajo fianza era literalmente un favor que el Estado concedía al ciudadano. El COPP la convirtió en derecho. Pero el código «ha venido en franco retroceso». Siete reformas posteriores, todas regresivas en materia de libertad. Penas más altas, calificaciones de delitos pensadas para sostener privaciones, jueces que conceden lo que el Ministerio Público pide.

«Para eso están los jueces, para que controlen, para que evalúen efectivamente si una persona se debe mantener detenida o no. Aquí los jueces dan para darle la bendición a todo lo que pide el Ministerio Público.»

La Ley de Amnistía que casi nadie entendió

La Ley de Amnistía aprobada el 19 de febrero de 2026 por la Asamblea Nacional ha sido el principal vehículo de las excarcelaciones recientes. Pero Vásquez —que participó en la consulta pública y entregó observaciones por escrito— hace una distinción que no está clara en la opinión pública.

«Algunas libertades que se han acordado, quizás algunas personas perciben que es como en el marco de la ley de amnistía, y no lo es», advierte. «Son personas que han sido puestas en libertad pero con medidas sustitutivas. Esos procesos continúan. Eso quiere decir que no fueron favorecidas por la amnistía. Porque la amnistía le pone fin al proceso.»

La diferencia es jurídica, pero también moral. Una persona amnistiada deja de ser perseguida. Una persona en libertad bajo medida sustitutiva sigue siendo procesada. Es la libertad como concesión revocable. La libertad como favor.

Vásquez hace además otra precisión que circula poco: la Ley de Amnistía no ha caducado. Hay venezolanos en el exterior convencidos de que el plazo ya se cerró. No es así.

«La ley se mantiene vigente —explica—. Una persona en régimen de presentación o cumpliendo pena en libertad puede pedir los efectos de la ley. El caso de personas que se encuentran fuera del país, que pudieran regresar y solicitar ser favorecidas por la ley de amnistía. La fecha que tiene la ley es para el ámbito temporal al cual ella aplica: hechos cometidos desde el 1 de enero de 1999 hasta el día en que la ley se publicó en gaceta. Fuera de eso no hay ningún plazo.»

Para una audiencia de diáspora, esto es noticia útil. La amnistía es una puerta abierta. Aplicarla requiere abogado, requiere presentarse personalmente, pero la puerta sigue abierta.

Vásquez añade un dato amargo: en la consulta pública entregó un documento con observaciones. Otras personas también. ¿Cuántas observaciones fueron acogidas? «Yo me atrevería a decirte prácticamente ninguna», responde. La consulta pública, dice, sirve si las opiniones se evalúan. «Es una lástima.»

Lo que el Ministerio Público debió hacer y no hizo

—Del 3 de enero a hoy, ¿qué actos jurídicos ha debido producir la Fiscalía?

Vásquez separa el problema antes de responderlo. «Una de las demandas de la sociedad venezolana ahorita es la necesidad de transparencia. Que se sepa qué se hace, cómo se hace, cuándo se hace.» Lo que sigue es un reproche técnico, no político.

En el caso específico de la Ley de Amnistía, dice, «la Fiscalía ha debido tener un rol protagónico como parte de buena fe. Porque la función del Ministerio Público no es conseguir una sentencia condenatoria a como dé lugar, sino buscar la verdad. Si hay una ley de amnistía que le pone fin a los procesos, el Ministerio Público ha debido solicitar la aplicación de esa ley.»

Quizás lo hizo. «Es posible que lo haya hecho. No lo sabemos.» Esa es la frase que define el periodo: el Estado venezolano ha dejado de informar al país sobre sus propios actos. Y los ciudadanos, dice Vásquez, deberían poder asumir que el Ministerio Público es «un garante de la legalidad» y que «debe ser un contralor también de la actividad de los órganos de policía que están bajo su dirección».

«En Venezuela debe cesar la persecución penal por el tema de las ideas», agrega. «Aquí tenemos que recuperar el reconocimiento de la libertad como un derecho.»

El Plan Rubio y la posibilidad de no terminar nunca

Marco Rubio anunció el 7 de enero de 2026 ante el Congreso de Estados Unidos un plan de tres fases para Venezuela: estabilización, recuperación, transición. Las fases pueden solaparse, dijo entonces. No tienen fechas de cierre. Vásquez es categórica al respecto.

«Cualquier proceso en nuestro país no debe estar mediado por un lineamiento o una instrucción externa», dice primero. Y sigue: «Esto nos coloca en una situación más de incertidumbre, porque si no hay un tiempo, se habla de estabilizar, recuperar y luego una fase de transición. Eso planteado de esa manera puede ser que tenga una fecha cierta, como puede ser que sea para toda la vida. Y eso me parece a mí sumamente peligroso.»

La crítica es matizada, pero clara. No rechaza el plan: rechaza la indefinición temporal. Sin fechas de fase, la fase uno se vuelve estado permanente. La estabilización deja de ser un tránsito y se vuelve el destino.

Vásquez también pone la lupa sobre el Tribunal Supremo de Justicia, donde acaba de comenzar un proceso de renovación cuyo número de vacantes no termina de cuadrarle. Esa cuenta —ocho magistrados jubilados, cuatro desincorporados, doce nuevos cargos por ampliación de la ley— merece pieza aparte y la publica INCÍSOS en este mismo despliegue dominical. La frase con la que Vásquez resume el problema es de manual: «La mujer del César no solamente debe ser honesta, debe parecerlo.»

Verdad y convivencia

La presidenta encargada Delcy Rodríguez creó una Comisión por la Paz y la Convivencia. Vásquez, en intervenciones recientes ante Amnistía Internacional, ha propuesto comisiones de la verdad con participación de víctimas. ¿Son compatibles o son sustitutas?

«Son perfectamente compatibles —responde—, pero para que haya convivencia tiene que establecerse la verdad. ¿Cómo la gente se puede reconciliar si hay tantos aspectos oscuros?»

Recuerda entonces una experiencia. Como perito ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, una víctima de ejecución extrajudicial le dijo algo que Vásquez no olvida: «Para mí el hecho de que me estén oyendo ya es una forma de reparación.» Esa es la materia prima de la justicia transicional: que la víctima sea oída antes de que el sistema decida qué hacer con ella.

Coherencia

Casi al final de la conversación, Vásquez explica por qué se postuló a un cargo que no iba a obtener. La respuesta no es política, es pedagógica. Lo dice como profesora.

«Yo creo que hay que ser coherente entre lo que uno dice y lo que hace. Siempre he apostado por la recuperación del país, siempre he creído en la formación como medio para la recuperación de las instituciones. Soy una convencida de la meritocracia.»

Y suelta, sin dramatismo, el diagnóstico más duro de toda la entrevista:

«En nuestro medio ahorita, por lo menos en el caso del sistema de justicia, hay mucha ignorancia. Y hay mucha ignorancia porque, como se ha dejado de lado la meritocracia y para acceder a un cargo no hace falta tener las mejores credenciales, eso ha hecho mucho daño.»

Esa es la frase con la que Magaly Vásquez explica por qué Venezuela está donde está. No por ideología. No por sanciones. No por geopolítica. Por la decisión sostenida durante años de poner en cargos jurídicos a gente que no estaba en capacidad de ocuparlos. La libertad como favor empieza ahí: cuando quien decide sobre tu libertad no tiene la formación para hacerlo.

La conversación termina con una solicitud de orden práctico: una pregunta sobre el sistema de justicia penal sin entender de derecho, dice Vásquez, no debería ser «una consulta más, ni una convocatoria más». Las reformas se han anunciado durante años y «no han llegado absolutamente a nada». Lo que aspira, dice, es que esta vez haya «criterios técnicos» y «voces expertas». Y, sobre todo, voluntad de cambio en los operadores del sistema.

«Que no nos enfrasquemos únicamente en reformar la ley, porque está demostrado que eso no es lo más importante.»

Lo más importante, en su lectura, es la gente. Quién investiga, quién juzga, quién decide qué es libertad y qué es favor.


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