Inciso
Márquez sabe qué pasó el 28 de julio
Columna del editor sobre la ausencia del 28 de julio de 2024 en la propuesta presentada por Enrique Márquez y sobre por qué los hechos anteriores explican dónde está sentado hoy cada actor.
Se presentó una cosa llamada Pacto por Venezuela. Y no la presentó cualquiera.
La presentó el hombre que puede dar fe, con testigo propio, de que el acta que proclamó ganador a Nicolás Maduro nunca se imprimió donde la ley manda imprimirla.
Ese mismo hombre habló durante una hora del futuro venezolano sin nombrar el 28 de julio de 2024.
Conviene recordar quién es, porque el reproche solo se entiende si se sabe con quién estamos hablando.
Enrique Márquez no es un actor sobrevenido. Fue rector del Consejo Nacional Electoral, su vicepresidente entre 2021 y 2023. Conoce por dentro la maquinaria que después lo defraudó.
Estuvo en las conversaciones de aquel año difícil, cuando inhabilitaron a María Corina Machado, cuando el sistema del propio organismo no dejó inscribir a Corina Yoris y cuando Edmundo González Urrutia fue inscrito, en principio, para no perder la tarjeta. La Plataforma Unitaria terminó decantándose por González. Márquez compitió por su cuenta.
Después vino la elección. Y después vino lo que todos sabemos: unas actas que salieron de las máquinas, una contraloría ciudadana que las fotografió, las grabó y las publicó, y un organismo electoral que alegó un ataque cibernético y nunca mostró los resultados desagregados.
Ahora la parte que le hace justicia, porque sin ella este texto sería injusto.
El 2 de agosto de 2024, cuando la Sala Electoral citó a los diez candidatos, Márquez fue. También fueron otros siete. El único que no acudió a ninguna fase fue el presidente electo.
Pero Márquez fue e hizo tres cosas que conviene tener presentes.
No firmó. Ocho candidatos suscribieron el documento que los comprometía a acatar el fallo de la Sala Electoral. Él se negó.
No entregó material. La propia sentencia deja constancia de que no consignó los instrumentos electorales requeridos.
Y exigió lo contrario de lo que le pedían. Al salir dijo que ni siquiera sabía en qué consistía el recurso, y pidió transparencia y publicación de los resultados.
Es decir: entró en la boca del lobo y no le dio la firma. Eso tiene mérito y hay que decirlo.
También hay que decir lo otro. Márquez fue el primero en sostener públicamente que el acta de totalización no se imprimió en la Sala de Totalización, como ordena la ley. Que los testigos acreditados para estar allí no pudieron entrar. Que él tenía a alguien adentro y por eso puede dar fe.
No es una opinión suya. Es un testimonio con testigo.
Y por eso lo metieron preso. El 7 de enero de 2025, tres días antes de la fecha en que debía juramentarse un presidente, se lo llevaron acusado de planear un golpe de Estado. Estuvo más de un año en El Helicoide.
Pagó con su libertad por sostener un hecho.
Entonces mi pregunta es sencilla.
Si el hombre que documentó el fraude, que se negó a convalidarlo ante el tribunal que lo certificó, y que pasó un año encerrado por decirlo, se para hoy ante el país a proponer una ruta hacia el futuro, ¿cómo es que el 28 de julio no aparece?
No hablo de rencor. No pido que abra el expediente ni que exija juicios antes de sentarse a conversar.
Hablo de nombrarlo. De decir: esto pasó, esto sabemos, y desde aquí construimos.
Porque cuando el que más sabe calla precisamente sobre lo que más sabe, el silencio deja de ser prudencia y empieza a parecer otra cosa.
Hay algo más, y es el punto de fondo.
Se ha instalado la idea de que los hechos anteriores estorban. Que mirar hacia atrás es quedarse anclado. Que hay que romper el retrovisor, como él mismo dijo en febrero.
Esa idea es falsa, y basta mirar la mesa de Caracas para comprobarlo.
¿Por qué está Dinorah Figuera sentada allí? No por sus méritos personales, que no discuto. Está sentada allí porque en 2019 se constituyó un gobierno interino, porque ese gobierno se abrogó atribuciones que ningún venezolano votó —entre ellas la custodia de los activos de la República en el exterior—, y porque ella recibió ese testigo cuando Juan Guaidó lo soltó.
Quítele usted esos hechos a esa señora y no queda nada. No hay delegación, no hay reconocimiento del Departamento de Estado, no hay oro en Londres que administrar.
Está donde está por lo que ocurrió antes.
Lo mismo vale para todos. El usurpador está preso en Nueva York por una acumulación de hechos. Delcy Rodríguez despacha porque era vicepresidenta designada por él. Estados Unidos tutela porque el 3 de enero entró en Caracas.
Nadie está donde está por generación espontánea. Estamos aquí pagando las consecuencias, buenas y malas, de lo que se hizo antes en política.
Por eso no se puede saltar del 27 de julio de 2024 al 29.
Y mucho menos del 27 de julio de 2024 al 3 de enero de 2026.
En el medio hubo una elección que el Centro Carter dictaminó que no cumplió estándares internacionales de integridad y que no puede considerarse democrática. Hubo actas que la gente resguardó con el teléfono en la mano. Hubo siete países que reconocieron un resultado distinto al proclamado. Hubo detenidos, muertos y exiliados. Hubo un año de Márquez en El Helicoide.
Todo eso ocurrió. Y no se despacha.
Sospecho, y lo digo como sospecha y no como hecho, que en el cálculo de esta presentación pesó más el protagonismo que la memoria. Un pacto con nombre, sitio web y rueda de prensa en un hotel de El Rosal circula bien por las redes. Nombrar el 28 de julio, en cambio, obliga a decir quién hizo qué, y eso incomoda a la mesa de la que uno quiere formar parte.
Puedo estar equivocado en el motivo. No lo estoy en la ausencia.
Que quede claro lo que no estoy diciendo. No estoy pidiendo que se rompa el proceso. No estoy del lado de quienes quieren boicotearlo, y en eso coincido con él.
Estoy pidiendo algo más barato y más difícil: que quien tiene el conocimiento lo ponga sobre la mesa.
Márquez tiene una autoridad que ningún otro dirigente venezolano tiene sobre este asunto. No la tiene por su cargo, ni por su candidatura, ni por su invitación al Capitolio. La tiene porque estuvo, porque vio, porque no firmó y porque pagó.
Esa autoridad no se ejerce proponiendo pactos. Se ejerce diciendo lo que uno sabe.
Y él sabe qué pasó el 28 de julio.
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS.
Esta columna expresa la opinión de su autor.
Alfredo Yánez
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Al amparo de Dios
«Que Dios nos ampare». La frase de siempre, en la semana en que un tribunal cerró una puerta y otro dejó una abierta.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
En una misma semana, la Corte Suprema le quitó a los venezolanos con TPS su último amparo judicial y la ONU renovó el suyo sobre Venezuela. Entre un tribunal que cierra y otro que se queda, millones repiten la frase que siempre han dicho: que Dios nos ampare. La fe sostiene. Pero también hay que organizarse.
«Que Dios nos ampare». La decimos al salir de casa, al despedir a un hijo en el aeropuerto, cuando llega una carta del gobierno que no entendemos. Es una frase venezolana antes que religiosa. La dicen el que reza todos los días y el que no pisa una iglesia desde su primera comunión. Es, quizá, la oración más corta que tenemos.
Esta semana tuvo dos amparos que no dependen de Dios, y conviene mirarlos con calma.
El amparo que se cerró
El lunes 5 de octubre, en el primer día de su nuevo período, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló el fallo que había declarado ilegal el fin del TPS para los venezolanos y devolvió el caso al Noveno Circuito. No decidió el fondo: aplicó un precedente que limita a los jueces. Pero el efecto es claro. La vía judicial, que durante meses fue el refugio de cientos de miles de familias, se estrecha.
En Columbus conozco a varias de esas familias. Tienen hijos en las escuelas de la ciudad, trabajan en almacenes, en la construcción, en restaurantes, en hospitales. Pagaron cada renovación, cada formulario, cada abogado. Hicieron lo que se les pidió. Y aun así, el amparo se les fue de las manos en una orden de tres palabras.
El amparo que se quedó
Un día después, en Ginebra, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU renovó hasta 2028 la misión que investiga los abusos cometidos en Venezuela desde 2014. Lo hizo con 25 votos, el mayor respaldo desde que se creó. La delegación del gobierno encargado dijo que «no acompaña» la renovación.
Es una paradoja que vale la pena nombrar. Afuera, el venezolano pierde protección. Adentro, la comunidad internacional decide no dejar de mirar. Los dos hechos dicen lo mismo de distinta manera: la transición no ha terminado, ni para los que se fueron ni para los que se quedaron.
El amparo de la fe
Entre esas dos noticias está la gente. Y la gente reza. Lo hace en las parroquias de Columbus donde hay misa en español, en los grupos de oración de WhatsApp, en la cocina, antes de una cita en inmigración. «Primero Dios», dice la madre que espera la respuesta de un abogado. «Dios proveerá», dice el padre que no sabe si mañana podrá trabajar.
No escribo esto para burlarme de esa fe. La comparto. He visto cómo sostiene a familias enteras cuando todo lo demás se cae. La fe es, para muchos de nosotros, el único amparo que nadie puede revocar con una orden judicial.
Pero la fe que sostiene no puede ser la fe que paraliza. «A Dios rogando y con el mazo dando», dice el refrán, y el refrán es sabio. Rezar no sustituye buscar un abogado acreditado, revisar los documentos, preparar un plan familiar, registrarse para votar si se tiene la ciudadanía, conocer los derechos cuando un agente pide identificación. Rezar no sustituye organizarse.
Lo que falta
La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que el venezolano de afuera tenga un amparo que no dependa de la voluntad de turno, falta una solución legal estable, de esas que solo da el Congreso. Para que el de adentro no necesite que la ONU lo vigile, faltan instituciones que lo protejan sin que nadie tenga que pedirlo.
Mientras eso llega, seguiremos diciendo «que Dios nos ampare». Que sea, también, un compromiso: ampararnos entre nosotros.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: .
Inciso
Al amparo de Dios
«Que Dios nos ampare». La frase de siempre, en la semana en que un tribunal cerró una puerta y otro dejó una abierta.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
En una misma semana, la Corte Suprema le quitó a los venezolanos con TPS su último amparo judicial y la ONU renovó el suyo sobre Venezuela. Entre un tribunal que cierra y otro que se queda, millones repiten la frase que siempre han dicho: que Dios nos ampare. La fe sostiene. Pero también hay que organizarse.
«Que Dios nos ampare». La decimos al salir de casa, al despedir a un hijo en el aeropuerto, cuando llega una carta del gobierno que no entendemos. Es una frase venezolana antes que religiosa. La dicen el que reza todos los días y el que no pisa una iglesia desde su primera comunión. Es, quizá, la oración más corta que tenemos.
Esta semana tuvo dos amparos que no dependen de Dios, y conviene mirarlos con calma.
El amparo que se cerró
El lunes 5 de octubre, en el primer día de su nuevo período, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló el fallo que había declarado ilegal el fin del TPS para los venezolanos y devolvió el caso al Noveno Circuito. No decidió el fondo: aplicó un precedente que limita a los jueces. Pero el efecto es claro. La vía judicial, que durante meses fue el refugio de cientos de miles de familias, se estrecha.
En Columbus conozco a varias de esas familias. Tienen hijos en las escuelas de la ciudad, trabajan en almacenes, en la construcción, en restaurantes, en hospitales. Pagaron cada renovación, cada formulario, cada abogado. Hicieron lo que se les pidió. Y aun así, el amparo se les fue de las manos en una orden de tres palabras.
El amparo que se quedó
Un día después, en Ginebra, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU renovó hasta 2028 la misión que investiga los abusos cometidos en Venezuela desde 2014. Lo hizo con 25 votos, el mayor respaldo desde que se creó. La delegación del gobierno encargado dijo que «no acompaña» la renovación.
Es una paradoja que vale la pena nombrar. Afuera, el venezolano pierde protección. Adentro, la comunidad internacional decide no dejar de mirar. Los dos hechos dicen lo mismo de distinta manera: la transición no ha terminado, ni para los que se fueron ni para los que se quedaron.
El amparo de la fe
Entre esas dos noticias está la gente. Y la gente reza. Lo hace en las parroquias de Columbus donde hay misa en español, en los grupos de oración de WhatsApp, en la cocina, antes de una cita en inmigración. «Primero Dios», dice la madre que espera la respuesta de un abogado. «Dios proveerá», dice el padre que no sabe si mañana podrá trabajar.
No escribo esto para burlarme de esa fe. La comparto. He visto cómo sostiene a familias enteras cuando todo lo demás se cae. La fe es, para muchos de nosotros, el único amparo que nadie puede revocar con una orden judicial.
Pero la fe que sostiene no puede ser la fe que paraliza. «A Dios rogando y con el mazo dando», dice el refrán, y el refrán es sabio. Rezar no sustituye buscar un abogado acreditado, revisar los documentos, preparar un plan familiar, registrarse para votar si se tiene la ciudadanía, conocer los derechos cuando un agente pide identificación. Rezar no sustituye organizarse.
Lo que falta
La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que el venezolano de afuera tenga un amparo que no dependa de la voluntad de turno, falta una solución legal estable, de esas que solo da el Congreso. Para que el de adentro no necesite que la ONU lo vigile, faltan instituciones que lo protejan sin que nadie tenga que pedirlo.
Mientras eso llega, seguiremos diciendo «que Dios nos ampare». Que sea, también, un compromiso: ampararnos entre nosotros.
Alfredo Yánez Mondragón
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Lo perfecto, enemigo de lo posible
«Lo mejor es enemigo de lo bueno», escribió Voltaire. Nueve meses después del 3 de enero, la máxima sirve para pensar la transición venezolana.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
Nueve meses después del 3 de enero, Venezuela vive bajo una tutela que nadie nombra y negocia con una Asamblea elegida para otro tiempo. Defender la Constitución es indispensable. Exigir que la transición sea perfecta puede ser la mejor forma de que no llegue.
«Lo mejor es enemigo de lo bueno». La frase suele atribuirse a Voltaire, que la puso al comienzo de un cuento en verso en 1772 citando, decía, a un sabio italiano. En español la repetimos casi siempre de otra forma: lo perfecto es enemigo de lo bueno. La idea es la misma. Quien no acepta nada que no sea impecable termina, muchas veces, sin nada.
Este sábado se cumplen nueve meses del 3 de enero. Hay quien dice que nueve meses no son nada frente a 27 años de desgaste, desde la llegada de Hugo Chávez hasta estos días de Delcy Rodríguez. Es una comparación injusta en las dos direcciones. Nueve meses son poco para reparar un país; son muchísimo para un país que llevaba un cuarto de siglo sin que nada se moviera.
Y algo se ha movido. Hay cambios que parecen cosméticos y quizá lo sean. Hay cambios de discurso, y cambios en la intención de ese discurso: el país que se presentaba como trinchera hoy agradece en la ONU a un presidente de Estados Unidos. Hay excarcelaciones, absoluciones, medios que vuelven a leerse sin VPN, un Fondo Monetario que regresa, una mesa que negocia. Nada de eso es suficiente. Todo eso era impensable el 1 de enero.
Lo que no se dice
Conviene decir en voz alta lo que muchos prefieren no nombrar. Todo lo que ha ocurrido en Venezuela desde el 3 de enero ocurre porque ese día Donald Trump dijo que Estados Unidos iba a manejar el país hasta que hubiera condiciones para una transición. Se declare o no, se valide de palabra o no, el país vive bajo el amparo de esa decisión y del plan de tres fases de Washington: estabilización, recuperación y transición. Es una tutela. No es cómodo escribirlo, pero es más honesto que fingir que no existe.
Frente a esa realidad aparecen dos discursos. Uno es soberanista: denuncia la tutela y exige que nada se haga fuera de lo que manda la Constitución. El otro es pragmático: acepta la tutela como un puente y pide resultados. Los dos tienen una parte de razón.
El expediente que no se suelta
El apego a la Constitución no es un capricho. Es el único piso común que tenemos, y no hay que soltar el expediente del cumplimiento de la norma. Cada nombramiento, cada reforma, cada acuerdo de la mesa debe medirse contra ella. Eso es lo que hacemos en Verificable.
Pero también hay que tener memoria. La Constitución de 1999 fue violada infinidad de veces por quienes la redactaron. Hubo leyes que se pusieron por encima de ella. Hubo una Asamblea Nacional Constituyente, la de 2017, que pasó por encima de buena parte de lo que establece. Exigir hoy una pureza constitucional que el país no conoce desde hace años puede ser, a veces, una forma elegante de exigir que nada cambie.
Un proceso sui generis
Lo que vive Venezuela no tiene manual. Se reconoce, desde afuera y desde adentro, a una Asamblea Nacional elegida en 2015 para trabajar de 2016 a 2021, y son sus delegados quienes negocian la reinstitucionalización del país. Algunos diputados de aquella Asamblea forman parte también de la elegida en 2025. Un jurista puro encontraría en esto una docena de objeciones, y tendría razón en casi todas.
Pero la pregunta no es si el proceso es perfecto. No lo es, y no lo será. La pregunta es si es mejor que lo que había, si es temporal y si lleva a algún lugar. Si la respuesta es sí, exigir la perfección como condición para avanzar es elegir quedarse donde estábamos.
Lo bueno tampoco es suficiente
Ahora, la máxima tiene otra cara, y conviene no olvidarla. Si lo perfecto puede ser enemigo de lo bueno, lo bueno también puede volverse enemigo de lo necesario. Una tutela cómoda, unas excarcelaciones selectivas y un petróleo que fluye pueden convertirse en un nuevo equilibrio que nadie tenga prisa por cambiar. Por eso lo bueno debe tener fecha de vencimiento.
Lo necesario sigue siendo lo mismo que el 3 de enero: que los venezolanos elijan. Mientras no haya una fecha electoral, cada avance será real, pero provisional. Y lo provisional, en Venezuela, tiene la mala costumbre de quedarse.
Alfredo Yánez Mondragón es periodista y editor de INCÍSOS. Lo que ha pasado en estos nueve meses, en el reportaje del 3 de enero.
Fuentes principales: Voltaire, «La Bégueule», 1772; Donald Trump, declaraciones del 3 de enero de 2026; Departamento de Estado de EE.UU., plan de tres fases para Venezuela.
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