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Inciso

Lo perfecto, enemigo de lo posible

«Lo mejor es enemigo de lo bueno», escribió Voltaire. Nueve meses después del 3 de enero, la máxima sirve para pensar la transición venezolana.

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Composición conceptual sobre el petróleo venezolano, el tiempo político y las elecciones: barril de crudo, mapa de Venezuela y reloj frente a Washington y una plataforma petrolera.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Nueve meses después del 3 de enero, Venezuela vive bajo una tutela que nadie nombra y negocia con una Asamblea elegida para otro tiempo. Defender la Constitución es indispensable. Exigir que la transición sea perfecta puede ser la mejor forma de que no llegue.

«Lo mejor es enemigo de lo bueno». La frase suele atribuirse a Voltaire, que la puso al comienzo de un cuento en verso en 1772 citando, decía, a un sabio italiano. En español la repetimos casi siempre de otra forma: lo perfecto es enemigo de lo bueno. La idea es la misma. Quien no acepta nada que no sea impecable termina, muchas veces, sin nada.

Este sábado se cumplen nueve meses del 3 de enero. Hay quien dice que nueve meses no son nada frente a 27 años de desgaste, desde la llegada de Hugo Chávez hasta estos días de Delcy Rodríguez. Es una comparación injusta en las dos direcciones. Nueve meses son poco para reparar un país; son muchísimo para un país que llevaba un cuarto de siglo sin que nada se moviera.

Y algo se ha movido. Hay cambios que parecen cosméticos y quizá lo sean. Hay cambios de discurso, y cambios en la intención de ese discurso: el país que se presentaba como trinchera hoy agradece en la ONU a un presidente de Estados Unidos. Hay excarcelaciones, absoluciones, medios que vuelven a leerse sin VPN, un Fondo Monetario que regresa, una mesa que negocia. Nada de eso es suficiente. Todo eso era impensable el 1 de enero.

Lo que no se dice

Conviene decir en voz alta lo que muchos prefieren no nombrar. Todo lo que ha ocurrido en Venezuela desde el 3 de enero ocurre porque ese día Donald Trump dijo que Estados Unidos iba a manejar el país hasta que hubiera condiciones para una transición. Se declare o no, se valide de palabra o no, el país vive bajo el amparo de esa decisión y del plan de tres fases de Washington: estabilización, recuperación y transición. Es una tutela. No es cómodo escribirlo, pero es más honesto que fingir que no existe.

Frente a esa realidad aparecen dos discursos. Uno es soberanista: denuncia la tutela y exige que nada se haga fuera de lo que manda la Constitución. El otro es pragmático: acepta la tutela como un puente y pide resultados. Los dos tienen una parte de razón.

El expediente que no se suelta

El apego a la Constitución no es un capricho. Es el único piso común que tenemos, y no hay que soltar el expediente del cumplimiento de la norma. Cada nombramiento, cada reforma, cada acuerdo de la mesa debe medirse contra ella. Eso es lo que hacemos en Verificable.

Pero también hay que tener memoria. La Constitución de 1999 fue violada infinidad de veces por quienes la redactaron. Hubo leyes que se pusieron por encima de ella. Hubo una Asamblea Nacional Constituyente, la de 2017, que pasó por encima de buena parte de lo que establece. Exigir hoy una pureza constitucional que el país no conoce desde hace años puede ser, a veces, una forma elegante de exigir que nada cambie.

Un proceso sui generis

Lo que vive Venezuela no tiene manual. Se reconoce, desde afuera y desde adentro, a una Asamblea Nacional elegida en 2015 para trabajar de 2016 a 2021, y son sus delegados quienes negocian la reinstitucionalización del país. Algunos diputados de aquella Asamblea forman parte también de la elegida en 2025. Un jurista puro encontraría en esto una docena de objeciones, y tendría razón en casi todas.

Pero la pregunta no es si el proceso es perfecto. No lo es, y no lo será. La pregunta es si es mejor que lo que había, si es temporal y si lleva a algún lugar. Si la respuesta es sí, exigir la perfección como condición para avanzar es elegir quedarse donde estábamos.

Lo bueno tampoco es suficiente

Ahora, la máxima tiene otra cara, y conviene no olvidarla. Si lo perfecto puede ser enemigo de lo bueno, lo bueno también puede volverse enemigo de lo necesario. Una tutela cómoda, unas excarcelaciones selectivas y un petróleo que fluye pueden convertirse en un nuevo equilibrio que nadie tenga prisa por cambiar. Por eso lo bueno debe tener fecha de vencimiento.

Lo necesario sigue siendo lo mismo que el 3 de enero: que los venezolanos elijan. Mientras no haya una fecha electoral, cada avance será real, pero provisional. Y lo provisional, en Venezuela, tiene la mala costumbre de quedarse.

Alfredo Yánez Mondragón es periodista y editor de INCÍSOS. Lo que ha pasado en estos nueve meses, en el reportaje del 3 de enero.


Fuentes principales: Voltaire, «La Bégueule», 1772; Donald Trump, declaraciones del 3 de enero de 2026; Departamento de Estado de EE.UU., plan de tres fases para Venezuela.

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Inciso

Se fue la luz donde se vendía la energía

El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.

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Calle de Caracas durante un apagón, imagen editorial.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.

El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.

Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.

Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.

La paradoja completa

Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.

Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.

La isla de luz

Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.

Eso no es recuperación. Es un enclave.

Lo que falta

La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?

No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.

La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.

Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.


Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.

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Inciso

Pasos en alguna dirección

Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.

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Weathered signpost marking two diverging country roads at sunset

INCISO

Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.

En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.

Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.

Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.

Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.

Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.

La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.

Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.

Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.

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Inciso

Palos de golf prestados en un país que paga cisternas

La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.

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Ilustración conceptual sobre producción petrolera y medición.

INCISO

Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.

El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.

Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.

No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.

El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.

Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.

Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.

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