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Inciso

Al amparo de Dios

«Que Dios nos ampare». La frase de siempre, en la semana en que un tribunal cerró una puerta y otro dejó una abierta.

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People walking and gardening along paths in a stylized mountain landscape

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

En una misma semana, la Corte Suprema le quitó a los venezolanos con TPS su último amparo judicial y la ONU renovó el suyo sobre Venezuela. Entre un tribunal que cierra y otro que se queda, millones repiten la frase que siempre han dicho: que Dios nos ampare. La fe sostiene. Pero también hay que organizarse.

«Que Dios nos ampare». La decimos al salir de casa, al despedir a un hijo en el aeropuerto, cuando llega una carta del gobierno que no entendemos. Es una frase venezolana antes que religiosa. La dicen el que reza todos los días y el que no pisa una iglesia desde su primera comunión. Es, quizá, la oración más corta que tenemos.

Esta semana tuvo dos amparos que no dependen de Dios, y conviene mirarlos con calma.

El amparo que se cerró

El lunes 5 de octubre, en el primer día de su nuevo período, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló el fallo que había declarado ilegal el fin del TPS para los venezolanos y devolvió el caso al Noveno Circuito. No decidió el fondo: aplicó un precedente que limita a los jueces. Pero el efecto es claro. La vía judicial, que durante meses fue el refugio de cientos de miles de familias, se estrecha.

En Columbus conozco a varias de esas familias. Tienen hijos en las escuelas de la ciudad, trabajan en almacenes, en la construcción, en restaurantes, en hospitales. Pagaron cada renovación, cada formulario, cada abogado. Hicieron lo que se les pidió. Y aun así, el amparo se les fue de las manos en una orden de tres palabras.

El amparo que se quedó

Un día después, en Ginebra, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU renovó hasta 2028 la misión que investiga los abusos cometidos en Venezuela desde 2014. Lo hizo con 25 votos, el mayor respaldo desde que se creó. La delegación del gobierno encargado dijo que «no acompaña» la renovación.

Es una paradoja que vale la pena nombrar. Afuera, el venezolano pierde protección. Adentro, la comunidad internacional decide no dejar de mirar. Los dos hechos dicen lo mismo de distinta manera: la transición no ha terminado, ni para los que se fueron ni para los que se quedaron.

El amparo de la fe

Entre esas dos noticias está la gente. Y la gente reza. Lo hace en las parroquias de Columbus donde hay misa en español, en los grupos de oración de WhatsApp, en la cocina, antes de una cita en inmigración. «Primero Dios», dice la madre que espera la respuesta de un abogado. «Dios proveerá», dice el padre que no sabe si mañana podrá trabajar.

No escribo esto para burlarme de esa fe. La comparto. He visto cómo sostiene a familias enteras cuando todo lo demás se cae. La fe es, para muchos de nosotros, el único amparo que nadie puede revocar con una orden judicial.

Pero la fe que sostiene no puede ser la fe que paraliza. «A Dios rogando y con el mazo dando», dice el refrán, y el refrán es sabio. Rezar no sustituye buscar un abogado acreditado, revisar los documentos, preparar un plan familiar, registrarse para votar si se tiene la ciudadanía, conocer los derechos cuando un agente pide identificación. Rezar no sustituye organizarse.

Lo que falta

La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que el venezolano de afuera tenga un amparo que no dependa de la voluntad de turno, falta una solución legal estable, de esas que solo da el Congreso. Para que el de adentro no necesite que la ONU lo vigile, faltan instituciones que lo protejan sin que nadie tenga que pedirlo.

Mientras eso llega, seguiremos diciendo «que Dios nos ampare». Que sea, también, un compromiso: ampararnos entre nosotros.

Alfredo Yánez Mondragón


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«Que Dios nos ampare». La frase de siempre, en la semana en que un tribunal cerró una puerta y otro dejó una abierta.

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INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

En una misma semana, la Corte Suprema le quitó a los venezolanos con TPS su último amparo judicial y la ONU renovó el suyo sobre Venezuela. Entre un tribunal que cierra y otro que se queda, millones repiten la frase que siempre han dicho: que Dios nos ampare. La fe sostiene. Pero también hay que organizarse.

«Que Dios nos ampare». La decimos al salir de casa, al despedir a un hijo en el aeropuerto, cuando llega una carta del gobierno que no entendemos. Es una frase venezolana antes que religiosa. La dicen el que reza todos los días y el que no pisa una iglesia desde su primera comunión. Es, quizá, la oración más corta que tenemos.

Esta semana tuvo dos amparos que no dependen de Dios, y conviene mirarlos con calma.

El amparo que se cerró

El lunes 5 de octubre, en el primer día de su nuevo período, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló el fallo que había declarado ilegal el fin del TPS para los venezolanos y devolvió el caso al Noveno Circuito. No decidió el fondo: aplicó un precedente que limita a los jueces. Pero el efecto es claro. La vía judicial, que durante meses fue el refugio de cientos de miles de familias, se estrecha.

En Columbus conozco a varias de esas familias. Tienen hijos en las escuelas de la ciudad, trabajan en almacenes, en la construcción, en restaurantes, en hospitales. Pagaron cada renovación, cada formulario, cada abogado. Hicieron lo que se les pidió. Y aun así, el amparo se les fue de las manos en una orden de tres palabras.

El amparo que se quedó

Un día después, en Ginebra, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU renovó hasta 2028 la misión que investiga los abusos cometidos en Venezuela desde 2014. Lo hizo con 25 votos, el mayor respaldo desde que se creó. La delegación del gobierno encargado dijo que «no acompaña» la renovación.

Es una paradoja que vale la pena nombrar. Afuera, el venezolano pierde protección. Adentro, la comunidad internacional decide no dejar de mirar. Los dos hechos dicen lo mismo de distinta manera: la transición no ha terminado, ni para los que se fueron ni para los que se quedaron.

El amparo de la fe

Entre esas dos noticias está la gente. Y la gente reza. Lo hace en las parroquias de Columbus donde hay misa en español, en los grupos de oración de WhatsApp, en la cocina, antes de una cita en inmigración. «Primero Dios», dice la madre que espera la respuesta de un abogado. «Dios proveerá», dice el padre que no sabe si mañana podrá trabajar.

No escribo esto para burlarme de esa fe. La comparto. He visto cómo sostiene a familias enteras cuando todo lo demás se cae. La fe es, para muchos de nosotros, el único amparo que nadie puede revocar con una orden judicial.

Pero la fe que sostiene no puede ser la fe que paraliza. «A Dios rogando y con el mazo dando», dice el refrán, y el refrán es sabio. Rezar no sustituye buscar un abogado acreditado, revisar los documentos, preparar un plan familiar, registrarse para votar si se tiene la ciudadanía, conocer los derechos cuando un agente pide identificación. Rezar no sustituye organizarse.

Lo que falta

La pregunta de esta casa es siempre la misma: ¿qué falta, exactamente, para que pase? Para que el venezolano de afuera tenga un amparo que no dependa de la voluntad de turno, falta una solución legal estable, de esas que solo da el Congreso. Para que el de adentro no necesite que la ONU lo vigile, faltan instituciones que lo protejan sin que nadie tenga que pedirlo.

Mientras eso llega, seguiremos diciendo «que Dios nos ampare». Que sea, también, un compromiso: ampararnos entre nosotros.

Alfredo Yánez Mondragón


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Lo perfecto, enemigo de lo posible

«Lo mejor es enemigo de lo bueno», escribió Voltaire. Nueve meses después del 3 de enero, la máxima sirve para pensar la transición venezolana.

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Composición conceptual sobre el petróleo venezolano, el tiempo político y las elecciones: barril de crudo, mapa de Venezuela y reloj frente a Washington y una plataforma petrolera.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Nueve meses después del 3 de enero, Venezuela vive bajo una tutela que nadie nombra y negocia con una Asamblea elegida para otro tiempo. Defender la Constitución es indispensable. Exigir que la transición sea perfecta puede ser la mejor forma de que no llegue.

«Lo mejor es enemigo de lo bueno». La frase suele atribuirse a Voltaire, que la puso al comienzo de un cuento en verso en 1772 citando, decía, a un sabio italiano. En español la repetimos casi siempre de otra forma: lo perfecto es enemigo de lo bueno. La idea es la misma. Quien no acepta nada que no sea impecable termina, muchas veces, sin nada.

Este sábado se cumplen nueve meses del 3 de enero. Hay quien dice que nueve meses no son nada frente a 27 años de desgaste, desde la llegada de Hugo Chávez hasta estos días de Delcy Rodríguez. Es una comparación injusta en las dos direcciones. Nueve meses son poco para reparar un país; son muchísimo para un país que llevaba un cuarto de siglo sin que nada se moviera.

Y algo se ha movido. Hay cambios que parecen cosméticos y quizá lo sean. Hay cambios de discurso, y cambios en la intención de ese discurso: el país que se presentaba como trinchera hoy agradece en la ONU a un presidente de Estados Unidos. Hay excarcelaciones, absoluciones, medios que vuelven a leerse sin VPN, un Fondo Monetario que regresa, una mesa que negocia. Nada de eso es suficiente. Todo eso era impensable el 1 de enero.

Lo que no se dice

Conviene decir en voz alta lo que muchos prefieren no nombrar. Todo lo que ha ocurrido en Venezuela desde el 3 de enero ocurre porque ese día Donald Trump dijo que Estados Unidos iba a manejar el país hasta que hubiera condiciones para una transición. Se declare o no, se valide de palabra o no, el país vive bajo el amparo de esa decisión y del plan de tres fases de Washington: estabilización, recuperación y transición. Es una tutela. No es cómodo escribirlo, pero es más honesto que fingir que no existe.

Frente a esa realidad aparecen dos discursos. Uno es soberanista: denuncia la tutela y exige que nada se haga fuera de lo que manda la Constitución. El otro es pragmático: acepta la tutela como un puente y pide resultados. Los dos tienen una parte de razón.

El expediente que no se suelta

El apego a la Constitución no es un capricho. Es el único piso común que tenemos, y no hay que soltar el expediente del cumplimiento de la norma. Cada nombramiento, cada reforma, cada acuerdo de la mesa debe medirse contra ella. Eso es lo que hacemos en Verificable.

Pero también hay que tener memoria. La Constitución de 1999 fue violada infinidad de veces por quienes la redactaron. Hubo leyes que se pusieron por encima de ella. Hubo una Asamblea Nacional Constituyente, la de 2017, que pasó por encima de buena parte de lo que establece. Exigir hoy una pureza constitucional que el país no conoce desde hace años puede ser, a veces, una forma elegante de exigir que nada cambie.

Un proceso sui generis

Lo que vive Venezuela no tiene manual. Se reconoce, desde afuera y desde adentro, a una Asamblea Nacional elegida en 2015 para trabajar de 2016 a 2021, y son sus delegados quienes negocian la reinstitucionalización del país. Algunos diputados de aquella Asamblea forman parte también de la elegida en 2025. Un jurista puro encontraría en esto una docena de objeciones, y tendría razón en casi todas.

Pero la pregunta no es si el proceso es perfecto. No lo es, y no lo será. La pregunta es si es mejor que lo que había, si es temporal y si lleva a algún lugar. Si la respuesta es sí, exigir la perfección como condición para avanzar es elegir quedarse donde estábamos.

Lo bueno tampoco es suficiente

Ahora, la máxima tiene otra cara, y conviene no olvidarla. Si lo perfecto puede ser enemigo de lo bueno, lo bueno también puede volverse enemigo de lo necesario. Una tutela cómoda, unas excarcelaciones selectivas y un petróleo que fluye pueden convertirse en un nuevo equilibrio que nadie tenga prisa por cambiar. Por eso lo bueno debe tener fecha de vencimiento.

Lo necesario sigue siendo lo mismo que el 3 de enero: que los venezolanos elijan. Mientras no haya una fecha electoral, cada avance será real, pero provisional. Y lo provisional, en Venezuela, tiene la mala costumbre de quedarse.

Alfredo Yánez Mondragón es periodista y editor de INCÍSOS. Lo que ha pasado en estos nueve meses, en el reportaje del 3 de enero.


Fuentes principales: Voltaire, «La Bégueule», 1772; Donald Trump, declaraciones del 3 de enero de 2026; Departamento de Estado de EE.UU., plan de tres fases para Venezuela.

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Se fue la luz donde se vendía la energía

El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.

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Calle de Caracas durante un apagón, imagen editorial.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.

El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.

Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.

Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.

La paradoja completa

Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.

Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.

La isla de luz

Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.

Eso no es recuperación. Es un enclave.

Lo que falta

La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?

No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.

La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.

Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.


Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.

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