Inciso
La trampa del relato único
Venezuela no puede ser solo una historia de buenos y malos. El relato único —el de la liberación heroica o el de la intervención imperialista— nos roba la capacidad de pensar.
Por Alfredo Yánez Mondragón · 18 de abril de 2026
Hay dos versiones de Venezuela que circulan con fuerza en este momento. Las dos son incompletas. Las dos son convenientes para alguien. Y las dos, si las aceptas sin cuestionarlas, te dejan más confundido que informado.
- Qué — El artículo analiza las dos versiones incompletas sobre la crisis venezolana actual
- Por qué — Para evitar confusión y promover un lector informado y crítico sobre Venezuela
- Cómo — Mediante un análisis crítico que invita a cuestionar relatos únicos y simplistas
- Quién — Alfredo Yánez Mondragón, periodista y editor de Incisos.com
- Cuándo — Publicado el 18 de abril de 2026
- Dónde — En el medio digital Incisos.com, dirigido a la comunidad hispana de Columbus, Ohio
La primera versión dice que el 3 de enero fue una liberación. Que Trump hizo lo que los venezolanos no pudieron hacer solos. Que Maduro era el problema y su salida es la solución. Que hay que darle tiempo al proceso, confiar en Washington, esperar que las piezas encajen. Esta versión la celebran en restaurantes venezolanos, en grupos de WhatsApp, en editoriales que llevan años pidiendo exactamente esto. Tiene una base real. El régimen de Maduro fue una catástrofe documentada, una máquina de destrucción humana e institucional que duró demasiado. Eso no se discute.
La segunda versión dice que fue una invasión. Que Estados Unidos violó la soberanía de un país para quedarse con su petróleo. Que Trump es el nuevo amo imperial y Delcy Rodríguez su marioneta. Que todo es una farsa, que nada cambió, que el pueblo venezolano fue simplemente canjeado de un amo a otro. Esta versión también tiene una base real. El régimen de Rodríguez tiende a enmarcar cualquier acción de Washington como evidencia de normalización, y las empresas petroleras internacionales están esperando su momento con paciencia y chequera en mano.
El problema no es que ambas versiones existan. El problema es que cada una le pide al lector que elija un bando y deje de pensar.
El relato como instrumento
El chavismo ha usado el relato de manera exitosa desde sus inicios, construyendo marcos mentales de «nosotros vs. ellos» para influir en las percepciones y lograr objetivos que de otra manera no serían de fácil obtención. Eso es un hecho histórico. Pero sería ingenuo pensar que esa práctica desapareció con Maduro. El relato es una herramienta de poder, y quienes tienen poder la usan — independientemente del color de su bandera.
En ausencia de coherencia narrativa, la legitimidad se diluye. Y sin legitimidad percibida, incluso los hechos más favorables pueden ser neutralizados. Eso vale para la oposición venezolana tanto como para cualquier actor político. El reto no es encontrar el relato correcto. Es aprender a leer los relatos que nos ofrecen y preguntarse siempre: ¿a quién le conviene que yo crea esto?
Lo que un medio puede hacer
No le pido al lector que se vuelva cínico. El cinismo es tan paralizante como la ingenuidad. Lo que propongo es algo más difícil y más útil: sostener la incomodidad de no saber del todo. De leer sin concluir demasiado rápido. De celebrar lo que merece ser celebrado y cuestionar lo que merece ser cuestionado, a veces en el mismo párrafo, a veces sobre el mismo hecho.
Venezuela en 2026 no es una historia simple. Durante más de dos décadas, el relato sobre el país ha sido sistemáticamente distorsionado: primero por la épica revolucionaria, luego por el cansancio social. Ahora viene una tercera distorsión: la del optimismo administrado, el entusiasmo de transición que necesita que no hagamos demasiadas preguntas para que funcione.
Incisos existe para hacer exactamente esas preguntas.
No porque seamos pesimistas. Sino porque creemos que un lector bien informado, capaz de sostener la complejidad, es más libre que uno que eligió un bando y cerró los ojos.
Venezuela merece ese lector. Y ese lector merece este medio.
Alfredo Yánez Mondragón es periodista y editor de Incisos.com.
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INCISO
La presidenta encargada acusó a otros de estar desesperados por el poder desde una tarima, con el Estado detrás y sin fecha de elecciones. La desesperación no está en quien pide votar. Está en quien necesita que el día de votar no llegue.
El domingo, una mujer atravesó cinco estados en caravana. Once horas de carretera, peajes llenos, gente en las autopistas gritando «libertad». Nadie la llevó en autobús, nadie le pagó a nadie para que estuviera ahí. Llegó a Caracas de noche y dijo lo único que podía decir: cuánto necesitaba estar aquí.
El martes, otra mujer subió a una tarima en Guacara. Había música, un gobernador que anima como nadie, una comuna escogida por su votación y la transmisión del canal del Estado. Cantó, bailó, prometió salarios, luz y oro de Londres. Y desde esa tarima, con todo el aparato detrás, dijo que había visto a quienes están «desesperados por el poder».
Conviene detenerse en la frase, porque es de esas que se explican solas cuando se mira quién la dice.
Quién tiene qué
Delcy Rodríguez gobierna sin haber sido elegida para gobernar. Llegó a Miraflores por la captura de Nicolás Maduro, administra el petróleo con permiso de Washington, preside de hecho una mesa en la que su hermano negocia, controla el CNE que no se ha renovado y el TSJ que apenas se empieza a escoger. Tiene el poder. Lo que no tiene es un mandato.
María Corina Machado ganó una primaria con más del 92 % de los votos, fue inhabilitada para competir, vio cómo su candidato ganaba con actas en la mano y no se juramentaba, pasó un año en la clandestinidad, recibió un Nobel y volvió. Tiene el mandato que dan los votos. Lo que no tiene es una fecha para usarlo.
Una pide votar. La otra decide cuándo se vota. Basta poner las dos cosas una al lado de la otra para saber quién está desesperada.
La tarima para el show
Hay una frase más de aquel martes que no debería perderse. «Una cosa es la tarima para el show y otra cosa es el trabajo junto a la gente», dijo la presidenta encargada. Lo dijo en una tarima. Con un show. El lunes había llamado «show» a la caravana de Machado y le había recordado que «ahí están los aeropuertos». Como si el país no supiera por qué alguien que quiere volver a su casa no llega por Maiquetía.
Ese mismo martes, en Texas, Donald Trump llamaba «regalo» a un millón de barriles que su Gobierno pagó y proponía hacer de Venezuela el estado 51, con un gobernador en lugar de un presidente. Y en Washington, Marco Rubio hablaba de «plazos acordados» que nadie ha visto. Tres escenarios, una misma ausencia: en ninguno estuvo el día en que los venezolanos votarán.
Lo que delata la prisa
La desesperación por el poder no se nota en quien recorre carreteras pidiendo una fecha. Se nota en quien necesita llenar plazas con recursos públicos, usar el Mes Rosa como escenario y llamar show a lo ajeno mientras monta el propio. Se nota en quien prefiere un calendario secreto a uno público. Se nota en quien, teniéndolo todo, todavía no se atreve a medirse.
Si la presidenta encargada está tan segura del pueblo organizado que invocó en Guacara, la solución es sencilla y no requiere tarima: una fecha, un CNE nuevo, la habilitación de quien quiera competir y que gane quien saque más votos. Si no la pone, la frase de Guacara habrá quedado, para siempre, como una confesión.
Para leer más en INCÍSOS
- Delcy Rodríguez hace campaña sin haber fijado la fecha de elecciones: la tarima de Guacara.
- Machado cambia la carretera por la sede de su partido: la caravana y lo que viene.
Fuentes principales: teleSUR, Prensa Latina, Cactus24, Contrapunto y La Nación (26 y 27 de octubre de 2026); Infobae y Libertad Digital, sobre el regreso de Machado; Infobae y The Washington Post, sobre Trump; AP, sobre Rubio.
Inciso
La procesión por dentro
Llamar “show” al regreso de María Corina Machado evita responder por la ciudadanía que salió a recibirla. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Dicen que fue un show. Que dejen el show.
Lo dicen mientras caminan en cámara lenta para un video. Mientras cuidan el encuadre, administran el gesto y ensayan la serenidad. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello escogieron la misma palabra para descalificar el regreso de María Corina Machado. «Show». Una palabra cómoda: les permite hablar de la dirigente sin hacerse cargo de la gente.
Porque ahí está lo que les cuesta admitir.
El 25 de octubre hubo un escenario itinerante, impresionante, construido a lo largo de una carretera por ciudadanos que salieron a recibirla. Una manifestación de esperanza colectiva. Cada tramo añadía personas, voces, manos. Y algo que ningún aparato de propaganda puede producir por decreto: la voluntad de estar allí.
Reducir aquello a un espectáculo es despreciar a quienes participaron. Suponer que no tienen razones, memoria ni criterio. Que alguien los coloca, los mueve, los utiliza. Que el ciudadano solo adquiere dignidad política cuando aplaude al poder.
Ese desprecio tiene historia.
Durante años, el chavismo ha pretendido reservarse la representación del pueblo. Lo invoca, lo interpreta, habla en su nombre. Pero cuando ese mismo pueblo aparece por su cuenta, cuando ocupa la calle alrededor de un liderazgo que el poder no controla, lo rebaja a una escenografía.
Ellos deciden cuándo una multitud es pueblo y cuándo es un show.
Justo ellos. Los herederos de una política que convirtió el gobierno en una transmisión permanente. Los expertos en musicalizar la crisis, en bailar mientras tantas familias lloraban, en hacer de la humillación ajena un segmento de televisión.
Ahora les incomoda la puesta en escena.
Cabe preguntarse cuánto de esa descalificación intenta ocultar una inquietud más profunda. Quienes hoy detentan el poder administran una provisionalidad condicionada por Washington. Conservar el despacho, la escolta y la cadena de televisión no equivale a disponer libremente del futuro.
La cámara lenta puede alargar una caminata. No vuelve permanente un encargo.
Y el regreso de Machado introduce una presencia que no pueden resolver con un comunicado ni borrar con una burla. Hay una fuerza política y ciudadana que exige contar en las decisiones sobre Venezuela. Puede discutirse su estrategia, cuestionarse sus propuestas, exigirle respuestas. Eso es política. Despachar a sus seguidores como figurantes revela la dificultad de reconocerlos como ciudadanos.
Tampoco conviene confundir la emoción de una jornada con una transición consumada. La esperanza necesita organización, garantías, instituciones y votos que se cuenten. Ninguna multitud, por impresionante que sea, sustituye ese trabajo.
Pero ninguna negociación debería pretender sustituir a la gente.
Ese es el peso de lo ocurrido: recordar que el país tiene voz propia, que no cabe entero en una mesa y que no está obligado a esperar en silencio mientras otros deciden cuándo podrá elegir.
Pueden seguir llamándolo show.
El problema que tienen es que la gente salió del papel que le habían asignado.
Inciso
La pieza que faltaba
El regreso de María Corina Machado incorpora presencia territorial a una fuerza que no depende de una invitación a la mesa, pero que deberá convertir respaldo ciudadano en influencia efectiva dentro de una transición aún en disputa.
«Estoy aquí. Con ustedes». María Corina Machado regresa a Venezuela y su presencia obliga a mirar el proceso político más allá de quienes se sientan a negociar. La mesa tiene dos delegaciones venezolanas. El país tiene un tercer factor cuyo peso no depende de una invitación.
El gobierno encargado de Delcy Rodríguez conserva el aparato estatal y sus instrumentos de poder. La Asamblea Nacional de 2015 ocupa la representación opositora reconocida para el diálogo. Machado tiene una fuerza de otra naturaleza: una relación con una parte importante de la población que ha sobrevivido a la persecución, a la distancia y a su exclusión de las decisiones. Esas tres capacidades son desiguales, pero ninguna lectura seria del momento puede prescindir de alguna de ellas.
El Acuerdo de Panamá había previsto para Machado la conducción de la negociación. Las cosas tomaron otro camino. Esa diferencia merece quedar registrada porque revela hasta dónde el reconocimiento de un liderazgo se traduce —o deja de traducirse— en capacidad para decidir. Los mismos sectores que reconocieron su conducción han terminado participando en un mecanismo en el que ella no ocupa ese lugar.
Sin embargo, la composición de una mesa no agota la representación de un país. Quienes negocian pueden acordar procedimientos, revisar leyes y organizar la renovación de instituciones. Necesitan también que lo que acuerden encuentre reconocimiento entre los ciudadanos. Allí pesa Machado: en la confianza de quienes esperan que la transición tenga un desenlace democrático y que las etapas anunciadas conduzcan, efectivamente, a él.
La movilización del 22 de octubre recordó que esa expectativa conserva capacidad de convocatoria. Sería un error confundir la paciencia de una población golpeada con la aceptación indefinida de cualquier plazo. También sería un error suponer que el respaldo a Machado puede transferirse automáticamente a decisiones tomadas sin ella. La confianza política tiene destinatarios y razones; quienes pretendan contar con ella tendrán que responder a ambos.
Su regreso ocurre, además, dentro de una realidad incómoda: Venezuela transita un proceso tutelado por Estados Unidos. Washington dispone de medios para condicionar al gobierno encargado, ordenar la negociación y establecer prioridades. El plan de tres fases de Marco Rubio expresa esa capacidad. Pero el poder de organizar una transición desde fuera tendrá que encontrarse con la voluntad de quienes deberán vivir sus resultados.
Machado vuelve a ese escenario con una responsabilidad enorme. Tendrá que convertir respaldo en influencia efectiva, sostener la exigencia sin agotar a quienes la acompañan y encontrar espacio para intervenir en una ruta cuyos controles no están en sus manos. Su liderazgo será medido también por esa capacidad: cuánto consigue acercar las decisiones a las aspiraciones de la gente.
Su presencia no garantiza que el proceso cambie de rumbo ni que adopte sus tiempos. Sí modifica las condiciones en las que los demás actores deberán desenvolverse. Una dirigente dentro del país puede escuchar, organizar, convocar y exigir desde una proximidad que la distancia limitaba. También queda más expuesta y asume de manera directa el costo de sus decisiones.
Machado estuvo políticamente presente durante su ausencia. Ahora esa presencia tiene otra densidad. El gobierno encargado, la representación de la Asamblea de 2015 y Washington tendrán que contar con ella, aunque prefieran conservar la composición actual de la mesa.
Ese es el alcance de su regreso: incorpora al terreno una fuerza que ya existía y que puede pesar sobre lo que viene. El rumbo sigue en disputa. El tercer factor está aquí.
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