Inciso
Algunas puertas se abrieron
Las puertas no hacen ruido cuando se abren hacia afuera.
No el suficiente.
Por eso, durante años, casi nadie escuchó cuando se cerraban.
- Qué — Liberaciones parciales de detenidos políticos en Venezuela en un proceso de transición.
- Quién — Dirigentes, activistas y ciudadanos detenidos por el régimen de Nicolás Maduro.
- Cuándo — Actualmente, en una etapa de reorganización política tras la salida parcial de Maduro.
- Dónde — En Venezuela, en medio de negociaciones y cambios de poder.
- Por qué — Para enviar señales de estabilidad y avanzar en negociaciones políticas internacionales.
- Cómo — A través de acuerdos y gestos políticos vinculados a una nueva relación con Estados Unidos.
Se cerraban detrás de dirigentes, de activistas, de ciudadanos sin nombre. Se cerraban en la noche, en la madrugada, en medio de procedimientos que no siempre necesitaban explicación. Se cerraban con una lógica que terminó por normalizarse: la del poder que decide quién entra, quién se queda y cuándo —si acaso— alguien puede salir.
Ahora, algunas de esas puertas se están abriendo.
No todas. No al mismo tiempo. No para todos.
Se abren en medio de una nueva etapa que intenta presentarse como transición, como recomposición, como oportunidad. Se abren mientras se habla de acuerdos, de negociaciones, de estabilidad. Se abren, también, mientras el país intenta entender qué significa realmente que ya no esté Nicolás Maduro y que el poder, sin cambiar de manos del todo, esté reorganizándose.
En ese contexto, las liberaciones empiezan a ocurrir.
Primero como versiones. Luego como confirmaciones. Después como imágenes: alguien cruzando un umbral, alguien abrazando a su familia, alguien que vuelve a decir su nombre en voz alta después de haber sido reducido a un expediente.
Hay alivio. Es inevitable.
Pero también hay una incomodidad que no termina de disiparse.
Porque nadie ha explicado del todo por qué ahora sí. Porque nadie ha asumido lo que ocurrió antes. Porque las mismas estructuras que permitieron esas detenciones siguen ahí, operando, intactas en muchos casos, ahora insertas en un proceso que se presenta como distinto, pero que todavía no rompe con todo lo anterior.
Las organizaciones que han seguido estos casos durante años —como el Foro Penal— lo dicen con cuidado, pero con claridad: las liberaciones existen, pero son parciales. Hay gente que sigue adentro. Hay procesos que no han sido revisados. Hay historias que no han sido cerradas.
Y eso introduce una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿qué es exactamente lo que está pasando?
Porque cuando la libertad llega sin reconocimiento de la injusticia, deja una sensación extraña. No es reparación. No es justicia. Es otra cosa.
Es una decisión.
Una que parece estar vinculada a algo más grande: a una negociación que necesita gestos, a un proceso que requiere señales, a una relación —la nueva relación con Estados Unidos— que empieza a construirse sobre hechos concretos.
En ese tablero, liberar deja de ser un acto aislado.
Se convierte en mensaje.
Mientras tanto, en la calle, la vida intenta seguir.
Los que salen tienen que aprender de nuevo cosas simples: moverse sin permiso, dormir sin interrupciones, volver a una rutina que ya no es la misma. Sus familias también tienen que reacomodarse a una presencia que durante mucho tiempo fue ausencia.
Y en paralelo, hay otros que siguen esperando.
Esperando que sus nombres aparezcan en la próxima lista.
Esperando que alguien los mencione.
Esperando que esa puerta que ya se abrió para algunos, también se abra para ellos.
Venezuela ha entrado en una etapa donde muchas cosas están cambiando, pero pocas se han explicado del todo.
Las liberaciones forman parte de ese momento.
No son menores. No son irrelevantes. No son, tampoco, suficientes.
Son, quizás, uno de los primeros movimientos visibles de algo más profundo: un reacomodo del poder que todavía no termina de definirse, pero que ya empieza a mostrar sus condiciones.
Y una de esas condiciones es esta:
Que incluso la libertad puede convertirse en moneda.
Alfredo Yánez
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Hágase la luz
Tarde, muy tarde se les prendió el bombillo: que vengan otros, con su dinero, a reparar lo que tres lustros destruyeron por desidia y corrupción.
Tarde, muy tarde se les prendió el bombillo: que vengan otros, con su dinero, a reparar lo que tres lustros destruyeron por desidia y corrupción.
Inciso · Columna firmada por Alfredo Yánez Mondragón
Tarde, muy tarde se les «prendió» el bombillo a esta gente: que vengan otros, con su dinero, a reparar lo que tres lustros destruyeron por desidia, corrupción, falta de mantenimiento, iguanas y demás.
Que se haga la luz no es un mandato divino. Tampoco una decisión de sensatez en el marco de una transición que no se cuestiona, sino que se enmarca en el tutelaje que requiere tanto de profundas reformas que apunten a la seguridad jurídica como de infraestructura eléctrica, para que estas y otras inversiones puedan desarrollarse.
La oscurana socialista se cobra y se da el vuelto con esta «reforma» mágica. Esa misma oscurana que dejó un reguero que ninguna ley borra: retrasos empresariales y quiebras; pacientes muertos porque sus máquinas de hemodiálisis se detuvieron —quince en un solo apagón, el de marzo de 2019, según Codevida, entre las más de cuarenta muertes que las ONG atribuyeron a aquellos días sin luz—; quirófanos paralizados a media operación; cadenas de frío rotas y alimentos descompuestos; clases suspendidas y escuelas a oscuras; comercios que no podían cobrar porque no había punto de venta; agua que no llegaba porque las bombas no encendían; teléfonos e internet caídos, dejando a familias enteras incomunicadas. Para unos, la salida fue la vela; para otros, la planta eléctrica que solo el que podía pagaba. La pobreza, también aquí, se midió en vatios.
La luz del día deja al descubierto lo que esta oscura noche chavista nunca pudo esconder: su oportunismo para servirse la mejor tajada, y la compra de tiempo para maquillar con narrativas el desastre de su nefasta gestión en todos los órdenes. Llaman «eficiencia» a lo que es, apenas, un lavabo que pretende dejar las manos limpias.
Toca ahora, como siempre, aferrarse a la oración para que esta reforma —y quizá alguna más, en función de las garantías jurídicas para los inversionistas— atraiga al capital necesario. Para eso hace falta mucha fe. Por lo que conviene recordar al Hermano Cocó: «si no ten fe, no ten luz».
Alfredo Yánez Mondragón
Inciso
Pronto
Una vez más hay que decirlo. Sabemos que María Corina Machado lo sabe. Ella misma, con todo lo que le ha tocado vivir, es testimonio vivo de la madurez política del pueblo venezolano.
Es verdad que todavía hay mucho de simbolismo. Es verdad que la sentencia según la cual esto es una lucha espiritual, y los rosarios, y los papelitos, y que vamos de la mano de Dios, tiene su inmensa carga populista y emocional. Pero también es verdad que el millón de personas que hizo posible la cadena de custodia del voto, hasta convertirlo en prueba inequívoca del triunfo de Edmundo González el 28 de julio de 2024, tiene una enorme carga de civismo. Ni es lo mismo ni se escribe igual.
Hay civismo, mucho. Y hay emoción —por ahora contenida—. Entonces no se valen esas promesas al aire. «Pronto» es mañana, la semana que viene. Pronto no puede ser el equivalente al «algún día» que dijo Delcy.
La madurez cívica está preparada para aceptar y asumir la realidad que vivimos, que no es normal, que no se define en función de tiempos finitos. Por tanto, se cae muy bajo cuando se habla de un pronto que no se controla. Pero no se cae bajo por la táctica política del emisario, del custodio, del depositario de esa emocionalidad colectiva: se cae muy bajo porque se minusvalora la madurez de la gente, y no se le reconoce la fuerza real demostrada.
Con todo el respeto que se merece María Corina Machado, le pido que ya no anuncie su pronto retorno hasta el día que diga «Ya estoy aquí». Le pido que no siga alimentando un monstruo de frustración y burla, que no le dé argumentos a sus detractores, que no desperdicie —aunque hoy no se note— su fuerza y credibilidad.
Ya no más pronto, hasta que sea. Porque cada cosa llega a su tiempo, y de eso ya sabemos bastante los venezolanos.
Alfredo Yánez Mondragón
Inciso
0800 Cinismo
Sobre la línea 0800 contra la extorsión policial y el cinismo del régimen venezolano.
Primero, lo fáctico. Un anuncio sobre una línea, una plataforma de denuncia que no explica de qué va, cómo funciona, qué tipo de registro se obtendría ni —fundamentalmente— cuál sería el alcance de esas denuncias. Solo por ahí ya opera el cinismo.
Pero es que, después de 27 años de extorsión sistemática convertida en modelo de negocio por esa mafia que se enquistó en el poder, el asunto casi daría risa. Lo cruel del anuncio y lo cínico del planteamiento no lo permiten.
Quieren acabar con la «matraca». Habría que preguntarles entonces cómo fue «el acuerdo» para que Edmundo González terminara en un avión rumbo a España en septiembre de 2024. Cómo se llaman las comparsas de PDVAL, la famosa llamada a aquel presidente del Banco Provincial, los intentos de compra de RCTV, el método Cha-Az. Cómo se llama, si no extorsión, supeditar a un «voto» la bolsita maltrecha de comida de los CLAP.
Porque si algo saben hacer ellos, desde antes y también ahora, es extorsionar. La propia ONU lo dijo con todas sus letras a propósito del caso de la jueza María Lourdes Afiuni: lo que le hicieron funcionó como un mecanismo de extorsión psicológica contra todo el poder judicial. Le pusieron nombre: el «efecto Afiuni». La extorsión no es aquí una metáfora indignada; es la categoría técnica con que se describe el método.
Así que conviene preguntar a quién va dirigida esta iniciativa extorsionadora. ¿Es un reclamo hacia lo interno, una advertencia entre ellos? ¿A quién creen que van a convencer de que están dispuestos a erradicar prácticas que se riñen con la probidad, cuando esas prácticas son su gramática?
¿Quieren mostrar algún propósito de enmienda? Liberen definitivamente a María Lourdes Afiuni. Cierren ese caso de extorsión —no por ella, que ya cumplió la pena tres veces y un poquito más, según sus propias palabras, sino porque es la factura política a una jueza que prefirió la línea recta de la justicia a la línea impuesta—. Su solicitud de amnistía sigue engavetada con el pretexto de siempre: que la ley «excluye delitos de corrupción», la misma etiqueta fabricada en 2009.
¿No quieren más extorsión? Liberen a los presos políticos y acaben con la cantidad de delitos conexos que rodean las visitas, la comida, las medicinas.
Nada más desdibujado. Nada más cruel. Nada más exacto a lo que han sido y siguen siendo.
0800 Cinismo. Eso son ustedes: con su call center, con su cara e’ tabla, con su desvergüenza.
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