Inciso
0800 Cinismo
Sobre la línea 0800 contra la extorsión policial y el cinismo del régimen venezolano.
Primero, lo fáctico. Un anuncio sobre una línea, una plataforma de denuncia que no explica de qué va, cómo funciona, qué tipo de registro se obtendría ni —fundamentalmente— cuál sería el alcance de esas denuncias. Solo por ahí ya opera el cinismo.
Pero es que, después de 27 años de extorsión sistemática convertida en modelo de negocio por esa mafia que se enquistó en el poder, el asunto casi daría risa. Lo cruel del anuncio y lo cínico del planteamiento no lo permiten.
Quieren acabar con la «matraca». Habría que preguntarles entonces cómo fue «el acuerdo» para que Edmundo González terminara en un avión rumbo a España en septiembre de 2024. Cómo se llaman las comparsas de PDVAL, la famosa llamada a aquel presidente del Banco Provincial, los intentos de compra de RCTV, el método Cha-Az. Cómo se llama, si no extorsión, supeditar a un «voto» la bolsita maltrecha de comida de los CLAP.
Porque si algo saben hacer ellos, desde antes y también ahora, es extorsionar. La propia ONU lo dijo con todas sus letras a propósito del caso de la jueza María Lourdes Afiuni: lo que le hicieron funcionó como un mecanismo de extorsión psicológica contra todo el poder judicial. Le pusieron nombre: el «efecto Afiuni». La extorsión no es aquí una metáfora indignada; es la categoría técnica con que se describe el método.
Así que conviene preguntar a quién va dirigida esta iniciativa extorsionadora. ¿Es un reclamo hacia lo interno, una advertencia entre ellos? ¿A quién creen que van a convencer de que están dispuestos a erradicar prácticas que se riñen con la probidad, cuando esas prácticas son su gramática?
¿Quieren mostrar algún propósito de enmienda? Liberen definitivamente a María Lourdes Afiuni. Cierren ese caso de extorsión —no por ella, que ya cumplió la pena tres veces y un poquito más, según sus propias palabras, sino porque es la factura política a una jueza que prefirió la línea recta de la justicia a la línea impuesta—. Su solicitud de amnistía sigue engavetada con el pretexto de siempre: que la ley «excluye delitos de corrupción», la misma etiqueta fabricada en 2009.
¿No quieren más extorsión? Liberen a los presos políticos y acaben con la cantidad de delitos conexos que rodean las visitas, la comida, las medicinas.
Nada más desdibujado. Nada más cruel. Nada más exacto a lo que han sido y siguen siendo.
0800 Cinismo. Eso son ustedes: con su call center, con su cara e’ tabla, con su desvergüenza.
Alfredo Yánez
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La procesión por dentro
Llamar “show” al regreso de María Corina Machado evita responder por la ciudadanía que salió a recibirla. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Dicen que fue un show. Que dejen el show.
Lo dicen mientras caminan en cámara lenta para un video. Mientras cuidan el encuadre, administran el gesto y ensayan la serenidad. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello escogieron la misma palabra para descalificar el regreso de María Corina Machado. «Show». Una palabra cómoda: les permite hablar de la dirigente sin hacerse cargo de la gente.
Porque ahí está lo que les cuesta admitir.
El 25 de octubre hubo un escenario itinerante, impresionante, construido a lo largo de una carretera por ciudadanos que salieron a recibirla. Una manifestación de esperanza colectiva. Cada tramo añadía personas, voces, manos. Y algo que ningún aparato de propaganda puede producir por decreto: la voluntad de estar allí.
Reducir aquello a un espectáculo es despreciar a quienes participaron. Suponer que no tienen razones, memoria ni criterio. Que alguien los coloca, los mueve, los utiliza. Que el ciudadano solo adquiere dignidad política cuando aplaude al poder.
Ese desprecio tiene historia.
Durante años, el chavismo ha pretendido reservarse la representación del pueblo. Lo invoca, lo interpreta, habla en su nombre. Pero cuando ese mismo pueblo aparece por su cuenta, cuando ocupa la calle alrededor de un liderazgo que el poder no controla, lo rebaja a una escenografía.
Ellos deciden cuándo una multitud es pueblo y cuándo es un show.
Justo ellos. Los herederos de una política que convirtió el gobierno en una transmisión permanente. Los expertos en musicalizar la crisis, en bailar mientras tantas familias lloraban, en hacer de la humillación ajena un segmento de televisión.
Ahora les incomoda la puesta en escena.
Cabe preguntarse cuánto de esa descalificación intenta ocultar una inquietud más profunda. Quienes hoy detentan el poder administran una provisionalidad condicionada por Washington. Conservar el despacho, la escolta y la cadena de televisión no equivale a disponer libremente del futuro.
La cámara lenta puede alargar una caminata. No vuelve permanente un encargo.
Y el regreso de Machado introduce una presencia que no pueden resolver con un comunicado ni borrar con una burla. Hay una fuerza política y ciudadana que exige contar en las decisiones sobre Venezuela. Puede discutirse su estrategia, cuestionarse sus propuestas, exigirle respuestas. Eso es política. Despachar a sus seguidores como figurantes revela la dificultad de reconocerlos como ciudadanos.
Tampoco conviene confundir la emoción de una jornada con una transición consumada. La esperanza necesita organización, garantías, instituciones y votos que se cuenten. Ninguna multitud, por impresionante que sea, sustituye ese trabajo.
Pero ninguna negociación debería pretender sustituir a la gente.
Ese es el peso de lo ocurrido: recordar que el país tiene voz propia, que no cabe entero en una mesa y que no está obligado a esperar en silencio mientras otros deciden cuándo podrá elegir.
Pueden seguir llamándolo show.
El problema que tienen es que la gente salió del papel que le habían asignado.
Inciso
La pieza que faltaba
El regreso de María Corina Machado incorpora presencia territorial a una fuerza que no depende de una invitación a la mesa, pero que deberá convertir respaldo ciudadano en influencia efectiva dentro de una transición aún en disputa.
«Estoy aquí. Con ustedes». María Corina Machado regresa a Venezuela y su presencia obliga a mirar el proceso político más allá de quienes se sientan a negociar. La mesa tiene dos delegaciones venezolanas. El país tiene un tercer factor cuyo peso no depende de una invitación.
El gobierno encargado de Delcy Rodríguez conserva el aparato estatal y sus instrumentos de poder. La Asamblea Nacional de 2015 ocupa la representación opositora reconocida para el diálogo. Machado tiene una fuerza de otra naturaleza: una relación con una parte importante de la población que ha sobrevivido a la persecución, a la distancia y a su exclusión de las decisiones. Esas tres capacidades son desiguales, pero ninguna lectura seria del momento puede prescindir de alguna de ellas.
El Acuerdo de Panamá había previsto para Machado la conducción de la negociación. Las cosas tomaron otro camino. Esa diferencia merece quedar registrada porque revela hasta dónde el reconocimiento de un liderazgo se traduce —o deja de traducirse— en capacidad para decidir. Los mismos sectores que reconocieron su conducción han terminado participando en un mecanismo en el que ella no ocupa ese lugar.
Sin embargo, la composición de una mesa no agota la representación de un país. Quienes negocian pueden acordar procedimientos, revisar leyes y organizar la renovación de instituciones. Necesitan también que lo que acuerden encuentre reconocimiento entre los ciudadanos. Allí pesa Machado: en la confianza de quienes esperan que la transición tenga un desenlace democrático y que las etapas anunciadas conduzcan, efectivamente, a él.
La movilización del 22 de octubre recordó que esa expectativa conserva capacidad de convocatoria. Sería un error confundir la paciencia de una población golpeada con la aceptación indefinida de cualquier plazo. También sería un error suponer que el respaldo a Machado puede transferirse automáticamente a decisiones tomadas sin ella. La confianza política tiene destinatarios y razones; quienes pretendan contar con ella tendrán que responder a ambos.
Su regreso ocurre, además, dentro de una realidad incómoda: Venezuela transita un proceso tutelado por Estados Unidos. Washington dispone de medios para condicionar al gobierno encargado, ordenar la negociación y establecer prioridades. El plan de tres fases de Marco Rubio expresa esa capacidad. Pero el poder de organizar una transición desde fuera tendrá que encontrarse con la voluntad de quienes deberán vivir sus resultados.
Machado vuelve a ese escenario con una responsabilidad enorme. Tendrá que convertir respaldo en influencia efectiva, sostener la exigencia sin agotar a quienes la acompañan y encontrar espacio para intervenir en una ruta cuyos controles no están en sus manos. Su liderazgo será medido también por esa capacidad: cuánto consigue acercar las decisiones a las aspiraciones de la gente.
Su presencia no garantiza que el proceso cambie de rumbo ni que adopte sus tiempos. Sí modifica las condiciones en las que los demás actores deberán desenvolverse. Una dirigente dentro del país puede escuchar, organizar, convocar y exigir desde una proximidad que la distancia limitaba. También queda más expuesta y asume de manera directa el costo de sus decisiones.
Machado estuvo políticamente presente durante su ausencia. Ahora esa presencia tiene otra densidad. El gobierno encargado, la representación de la Asamblea de 2015 y Washington tendrán que contar con ella, aunque prefieran conservar la composición actual de la mesa.
Ese es el alcance de su regreso: incorpora al terreno una fuerza que ya existía y que puede pesar sobre lo que viene. El rumbo sigue en disputa. El tercer factor está aquí.
Inciso
El calendario no elige a los jueces
Una fecha permite exigir que el proceso avance. Un criterio público permite preguntar hacia dónde.
La fecha tiene una virtud: obliga a mirar el reloj. Después de tantas promesas sin día, saber cuándo comienza una postulación y cuándo se prevé entregar una lista permite formular preguntas precisas. ¿Se abrió el proceso? ¿Se recibieron los expedientes? ¿Se cumplió la etapa anunciada? El calendario convierte una intención en algo que puede ser observado.
Pero el reloj no responde quién merece administrar justicia. Esa respuesta necesita otra clase de precisión: qué se exige, cómo se comprueba y por qué una credencial vale más que otra. El procedimiento puede avanzar puntualmente y dejar intacta la duda sobre la calidad de su resultado.
Un aspirante no se vuelve independiente porque llegue a tiempo. Tampoco una hoja de vida se vuelve intachable por acumular páginas. Entre el documento y la decisión hay un juicio que debe poder explicarse. Allí está la importancia del baremo: no como una palabra técnica para especialistas, sino como una regla que permita seguir la comparación.
La sociedad necesita saber qué contará como mérito, qué impedirá avanzar y cómo podrá objetar una candidatura. Necesita, además, reconocer el uso de esas reglas cuando aparezca la lista final. Una tabla publicada y luego ignorada sería apenas otra forma de cumplir con la apariencia.
La expectativa de un tribunal distinto merece algo más sólido que la satisfacción de tachar casillas. Merece expedientes examinables, respuestas a las objeciones y decisiones cuyos argumentos sobrevivan a la pregunta más sencilla: ¿por qué esta persona?
Celebrar que haya calendario es razonable. Vigilar qué ocurre dentro de él es indispensable. La credibilidad del nuevo tribunal comenzará a construirse antes de que sus integrantes ocupen una sala: en la manera de escogerlos, en lo que se permita conocer y en lo que sus responsables estén dispuestos a explicar.
El calendario puede decirnos cuándo termina una selección. La confianza dependerá de que podamos entender cómo se hizo.
Fuentes y documentos
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