Inciso
La pieza que faltaba
El regreso de María Corina Machado incorpora presencia territorial a una fuerza que no depende de una invitación a la mesa, pero que deberá convertir respaldo ciudadano en influencia efectiva dentro de una transición aún en disputa.
«Estoy aquí. Con ustedes». María Corina Machado regresa a Venezuela y su presencia obliga a mirar el proceso político más allá de quienes se sientan a negociar. La mesa tiene dos delegaciones venezolanas. El país tiene un tercer factor cuyo peso no depende de una invitación.
El gobierno encargado de Delcy Rodríguez conserva el aparato estatal y sus instrumentos de poder. La Asamblea Nacional de 2015 ocupa la representación opositora reconocida para el diálogo. Machado tiene una fuerza de otra naturaleza: una relación con una parte importante de la población que ha sobrevivido a la persecución, a la distancia y a su exclusión de las decisiones. Esas tres capacidades son desiguales, pero ninguna lectura seria del momento puede prescindir de alguna de ellas.
El Acuerdo de Panamá había previsto para Machado la conducción de la negociación. Las cosas tomaron otro camino. Esa diferencia merece quedar registrada porque revela hasta dónde el reconocimiento de un liderazgo se traduce —o deja de traducirse— en capacidad para decidir. Los mismos sectores que reconocieron su conducción han terminado participando en un mecanismo en el que ella no ocupa ese lugar.
Sin embargo, la composición de una mesa no agota la representación de un país. Quienes negocian pueden acordar procedimientos, revisar leyes y organizar la renovación de instituciones. Necesitan también que lo que acuerden encuentre reconocimiento entre los ciudadanos. Allí pesa Machado: en la confianza de quienes esperan que la transición tenga un desenlace democrático y que las etapas anunciadas conduzcan, efectivamente, a él.
La movilización del 22 de octubre recordó que esa expectativa conserva capacidad de convocatoria. Sería un error confundir la paciencia de una población golpeada con la aceptación indefinida de cualquier plazo. También sería un error suponer que el respaldo a Machado puede transferirse automáticamente a decisiones tomadas sin ella. La confianza política tiene destinatarios y razones; quienes pretendan contar con ella tendrán que responder a ambos.
Su regreso ocurre, además, dentro de una realidad incómoda: Venezuela transita un proceso tutelado por Estados Unidos. Washington dispone de medios para condicionar al gobierno encargado, ordenar la negociación y establecer prioridades. El plan de tres fases de Marco Rubio expresa esa capacidad. Pero el poder de organizar una transición desde fuera tendrá que encontrarse con la voluntad de quienes deberán vivir sus resultados.
Machado vuelve a ese escenario con una responsabilidad enorme. Tendrá que convertir respaldo en influencia efectiva, sostener la exigencia sin agotar a quienes la acompañan y encontrar espacio para intervenir en una ruta cuyos controles no están en sus manos. Su liderazgo será medido también por esa capacidad: cuánto consigue acercar las decisiones a las aspiraciones de la gente.
Su presencia no garantiza que el proceso cambie de rumbo ni que adopte sus tiempos. Sí modifica las condiciones en las que los demás actores deberán desenvolverse. Una dirigente dentro del país puede escuchar, organizar, convocar y exigir desde una proximidad que la distancia limitaba. También queda más expuesta y asume de manera directa el costo de sus decisiones.
Machado estuvo políticamente presente durante su ausencia. Ahora esa presencia tiene otra densidad. El gobierno encargado, la representación de la Asamblea de 2015 y Washington tendrán que contar con ella, aunque prefieran conservar la composición actual de la mesa.
Ese es el alcance de su regreso: incorpora al terreno una fuerza que ya existía y que puede pesar sobre lo que viene. El rumbo sigue en disputa. El tercer factor está aquí.
Alfredo Yánez
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El calendario no elige a los jueces
Una fecha permite exigir que el proceso avance. Un criterio público permite preguntar hacia dónde.
La fecha tiene una virtud: obliga a mirar el reloj. Después de tantas promesas sin día, saber cuándo comienza una postulación y cuándo se prevé entregar una lista permite formular preguntas precisas. ¿Se abrió el proceso? ¿Se recibieron los expedientes? ¿Se cumplió la etapa anunciada? El calendario convierte una intención en algo que puede ser observado.
Pero el reloj no responde quién merece administrar justicia. Esa respuesta necesita otra clase de precisión: qué se exige, cómo se comprueba y por qué una credencial vale más que otra. El procedimiento puede avanzar puntualmente y dejar intacta la duda sobre la calidad de su resultado.
Un aspirante no se vuelve independiente porque llegue a tiempo. Tampoco una hoja de vida se vuelve intachable por acumular páginas. Entre el documento y la decisión hay un juicio que debe poder explicarse. Allí está la importancia del baremo: no como una palabra técnica para especialistas, sino como una regla que permita seguir la comparación.
La sociedad necesita saber qué contará como mérito, qué impedirá avanzar y cómo podrá objetar una candidatura. Necesita, además, reconocer el uso de esas reglas cuando aparezca la lista final. Una tabla publicada y luego ignorada sería apenas otra forma de cumplir con la apariencia.
La expectativa de un tribunal distinto merece algo más sólido que la satisfacción de tachar casillas. Merece expedientes examinables, respuestas a las objeciones y decisiones cuyos argumentos sobrevivan a la pregunta más sencilla: ¿por qué esta persona?
Celebrar que haya calendario es razonable. Vigilar qué ocurre dentro de él es indispensable. La credibilidad del nuevo tribunal comenzará a construirse antes de que sus integrantes ocupen una sala: en la manera de escogerlos, en lo que se permita conocer y en lo que sus responsables estén dispuestos a explicar.
El calendario puede decirnos cuándo termina una selección. La confianza dependerá de que podamos entender cómo se hizo.
Fuentes y documentos
Inciso
La recuperación tiene destinatario
La recuperación se vuelve real cuando una familia puede reconocerla en su propia vida. Los acuerdos necesitan resultados que puedan comprobar quienes esperan salarios, servicios y derechos.
INCISO
La recuperación se vuelve real cuando una familia puede reconocerla en su propia vida. Los acuerdos necesitan resultados que puedan comprobar quienes esperan salarios, servicios y derechos.
Una familia no vive dentro de un indicador. Vive en una casa que hay que pagar, compra comida, se enferma, necesita luz y agua, hace cuentas. Puede escuchar que la producción mejora y seguir sin saber cómo llegará al final del mes. Las dos experiencias pueden coexistir. La pregunta política empieza cuando se pretende que una borre a la otra.
La exhortación de los obispos devuelve la discusión a ese lugar. Reconocer avances no obliga a abandonar la pregunta por sus destinatarios. Tampoco pedir resultados convierte a quien los pide en enemigo de la recuperación. Una mejora que no se puede examinar termina dependiendo de la confianza que se tenga en quien la anuncia.
Lo que una familia puede comprobar
El lenguaje de los acuerdos tiene sus razones: inversión, producción, etapas, garantías. El de una familia también las tiene: cuánto alcanza, cuánto tarda, qué cambió. Hacer política exige conectar esos lenguajes. Si se quedan separados, el éxito puede ser verdadero en una presentación y todavía remoto en una cocina.
Por eso el seguimiento no debería terminar en la firma ni en la visita a una instalación. Debe continuar por las preguntas incómodas: qué ingresó, quién lo administra, cómo se distribuye y en qué servicio puede verse. Preguntas sencillas de formular y, precisamente por eso, difíciles de sustituir con una consigna.
Pedir cuentas también es participar
La misma exigencia alcanza a las instituciones. La promesa de un árbitro distinto necesita reglas comprensibles y resultados verificables. La persona que espera votar debe poder saber qué falta, quién decide y qué se ha cumplido. Esa información no es un premio para los pacientes: forma parte de sus derechos.
Con frecuencia se les pide a los ciudadanos que entiendan procesos complejos. Es una petición razonable si viene acompañada de explicaciones y de cuentas. Se vuelve una carga injusta cuando entender significa aceptar que las respuestas siempre están reservadas para después.
La recuperación necesita tiempo, trabajo y recursos. También necesita que sus beneficiarios puedan reconocerla. No todos la sentirán al mismo ritmo ni de la misma manera. Esa diferencia hace más necesaria la información sobre sus resultados, no menos.
El destinatario no puede quedar para la última fase. Es la razón por la que todo el proceso debería valer la pena.
Para leer más en INCISOS
- La Iglesia pide que la recuperación llegue a los venezolanos
- El seguimiento del acuerdo petrolero
- La discusión sobre las instituciones
Documento de referencia: Documento de referencia · Exhortación de la CEV · 23 de octubre.
Inciso
La calle volvió para recordarle a la mesa quién falta
La mesa firmó leyes por revisar y un comité judicial. La calle dijo lo único que faltaba en el papel.
Por Alfredo Yánez Mondragón
El miércoles 21 de octubre de 2026, en un salón del Hotel Meliá de Caracas, dos delegaciones firmaron el cierre de su tercer ciclo de conversaciones. Es un texto con más sustancia de la que muchos esperaban, pero con un hueco del tamaño de un país: no dice cuándo vamos a votar.
Veinticuatro horas después, ese hueco tuvo rostro. Por primera vez en casi dos años la oposición convocó a la calle en todo el país, y la gente fue. Fue a Plaza Venezuela aunque el chavismo había colocado su propia marcha en el mismo sitio y dos horas antes. Fue en Valencia, en Maracay, en San Cristóbal, en Maracaibo. Nadie publicó cifras, y no hacen falta para entender lo esencial: la calle dijo, sin firma ni sello, lo único que no estaba en el papel.
Esa tarde, en Miraflores, la presidenta encargada Delcy Rodríguez recibió a Jorge Rodríguez y a Dinorah Figuera, y aprovechó la transmisión para describir a quienes protestan como grupos muy pequeños que, según dijo, creen que «trancando calles» se saca adelante a Venezuela. La frase merece una pregunta antes que una respuesta. Si eran tan pocos, ¿por qué hubo que convocar una contramarcha en el mismo lugar? ¿Por qué cerrar avenidas desde la madrugada? ¿Por qué, según denunció Vente Venezuela, siete personas que manejaban los camiones de sonido terminaron detenidas al caer la noche? Lo pequeño no se vigila con tanto empeño.
Hay quien ve contradicción entre la mesa y la calle. Que si negociar es claudicar, que si marchar es sabotear. Creo que es exactamente al revés. La mesa sin calle es una conversación entre élites, que avanza al ritmo que convenga a quien tiene el poder de hecho. La calle sin mesa es un desahogo que se agota en un día y se olvida en una semana. Juntas, la presión de la gente le da a quien negocia algo que no tiene sentado frente a Jorge Rodríguez: el peso de los millones que votaron el 28 de julio de 2024 y que siguen esperando que ese voto signifique algo.
Figuera lo sabe. Ella misma dijo que la mesa de garantías ha sido la más difícil y que espera elecciones «más temprano que tarde». Pero «más temprano que tarde» no es una fecha. Y una transición que no fija su punto de llegada corre el riesgo de convertirse en un estado permanente, una espera administrada en la que siempre habrá una ley más por revisar, un comité más por instalar y un ciclo más de conversaciones.
La calle del 22 de octubre no pidió lo imposible. Pidió cuatro cosas concretas: que la premio Nobel de la Paz 2025 María Corina Machado pueda volver sin miedo, que haya un cronograma electoral, que la elección presidencial ocurra en 2027 y que salgan los presos políticos, que según Foro Penal eran 322 al 5 de octubre de 2026. Ninguna de esas cuatro cosas está fuera del alcance de una mesa que ya demostró que puede acordar leyes, comités y comisiones. Lo que falta no es capacidad. Es voluntad, y la voluntad se mide en fechas.
El cuarto ciclo de conversaciones está previsto del 11 al 15 de noviembre. Entre el 23 de octubre y esa semana, la calle tiene una tarea más difícil que marchar: sostenerse sin violencia, sin caer en la provocación y sin dejarse dividir por quien quiera usar un incidente para descalificar a miles. Y la mesa tiene una tarea más difícil que firmar comunicados: convertir lo que vio el 22 de octubre en una regla con día, mes y año.
Porque al final de cualquier transición la pregunta es una sola, y es la que esa tarde se escuchó en todas las plazas. No es si hay diálogo. Es cuándo decidimos nosotros.
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