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Colaboradores Invitados

La teatralidad ante el desafío tecnológico

La tecnología enriquece la escena. El cuerpo y el encuentro siguen siendo insustituibles.

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Voces reunidas en un escenario frente a un auditorio

FIRMAS · MAIGUALIDA GAMERO

Entre la memoria escénica y la búsqueda poética: de una pieza de 1997 sobre el último hombre en la Tierra a la inteligencia artificial, el recurso técnico nunca sustituyó lo esencial del teatro, el cuerpo y el encuentro.

El teatro del siglo XX experimentó transformaciones profundas en la concepción de la representación y la puesta en escena, buscando nuevas formas de traducir y crear imágenes. En el siglo XXI, este proceso se ha acelerado de manera vertiginosa bajo la influencia de las tecnologías de la información y la comunicación. Sin embargo, antes de abordar el debate teórico sobre lo que se ha denominado «teatro tecnológico», resulta imprescindible remontarme a mi propia trayectoria dramatúrgica y de dirección para comprender cómo la virtualidad y el hecho técnico han atravesado mi praxis artística.

De Huma(qui)nidad a Pathmon Producciones

Pensar como dramaturga una obra donde se aborde lo tecnológico responde a una necesidad de reflexionar sobre el entorno que nos habita. Mi acercamiento inicial a este ámbito se remonta a 1997, durante un taller de dramaturgia con el profesor Frank Spano. De allí surgió mi primer ejercicio dramático: Huma(qui)nidad, una pieza para dos actores donde él encarnaba al último hombre sobre la Tierra y ella representaba a la tecnología: una humanoide que comercializaba un teléfono celular de última generación. La obra se situaba el 31 de diciembre de 1999, vislumbrando la incertidumbre del cambio de milenio y el destino de lo humano frente al avance genético y tecnológico. En aquel momento me había influido la lectura sobre la clonación de la oveja Dolly.

Llevada a escena al año siguiente sin el recurso de la palabra hablada en vivo (los actores interpretaban sobre voces grabadas previamente por el profesor Spano y por mí), Huma(qui)nidad fue galardonada en 2005 con el Premio a Mejor Dramaturgia en el festival del Instituto Universitario Pedagógico de Caracas (IUPC), bajo la dirección de Claudia Campos.

Esta búsqueda se consolidó tras la fundación de la A.C. Pathmon Producciones, donde asumí la dirección general. Desde nuestro primer montaje en 2002, Las criadas de Jean Genet (dirigido por José Gregorio Franquiz), concebimos lo multimedia como la integración armónica del video en función de la representación y la música en vivo. Le siguieron la adaptación infantil de la obra de Mary Shelley Frankenstein, el juego (2003), mi primer trabajo de dirección con la agrupación; mi obra para niños SOS Navidad en peligro (escrita en 2005) y la versión de La madre pasota de Darío Fo (2006).

En cada una de estas puestas en escena nos orientó una premisa ética y estética: el recurso tecnológico no debía ser un mero efecto vistoso, sino un elemento en permanente equilibrio con la belleza, la verdad actoral y el lenguaje poético.

La dirección escénica en la sociedad del conocimiento

El rol del director teatral como traductor de ideas implica comprender que transitamos un nuevo paradigma signado por la incertidumbre. Como señala John Maeda (2007) en Las leyes de la simplicidad, la vida cotidiana une el diseño, la tecnología y los negocios en herramientas simplificadas donde caben capacidades insospechadas de información. La humanidad ha cambiado sus hábitos, y nos encontramos ante reflexiones que ya no pertenecen únicamente a la ciencia ficción, sino a la llamada civilización poshumana.

Al abordar el teatro tecnológico, nos encontramos con dos posturas divergentes que Pablo Iglesias Simón (2006) describe con los conceptos de tecnofilia y tecnofobia: por un lado, quienes consideran la tecnología una necesidad imperiosa e ineludible; por el otro, quienes la rechazan y le atribuyen la pérdida de la esencia humana.

Frente a esta polarización, el investigador Fulvio Vaglio (1996) nos ofrece un punto de encuentro al afinar el concepto de teatro tecnológico:

«El teatro es un juego de simulación completamente interactivo, en el que experimentamos indirectamente lo que sería demasiado costoso vivir personalmente. En esta luz el teatro aparece, desde el principio, y por su propia naturaleza, como la verdadera realidad virtual. Si aceptamos este principio, el auxiliar de los ordenadores para la representación teatral se puede considerar como una mejora útil y legítima de las herramientas comunicativas y cognitivas…» (p. 3).

No se trata de que el director o creador escénico deba convertirse en un ingeniero robótico o en un experto en tecnologías de la información. Su labor consiste en rodearse de especialistas, como lo hizo Pathmon Producciones al contar con la gestora audiovisual Claudia Campos, y articular un diálogo interdisciplinario donde la técnica sirva al sentido de la obra.

Asimismo, como apunta Agustín Iglesias (citado por Almela, 2000):

«Trabajar como antaño es condenarse al anacronismo, ignorar la tecnología es dormir en la ignorancia, y confiar en un teatro exclusivamente discursivo es hacer el ridículo» (p. 18).

El cuerpo como vehículo y el teatro como refugio

A la par que avanzan las sociedades, mutan sus sistemas de signos y sus procesos de semiosis. Roland Barthes definió el teatro como un engranaje de signos, y ya en la Antigüedad de Sófocles o en la época de Lope de Vega se echaba mano de las herramientas técnicas de su tiempo para traducir la tragedia humana.

En el contexto actual, Marshall McLuhan, citado por Humberto Valdivieso (2006), concebía al artista como un ser capaz de lidiar impunemente con la tecnología gracias a su facultad de percibir los cambios sensoriales que producen los nuevos medios. E incluso al analizar fenómenos más avanzados, como la incorporación de androides en escena, Jean Baudrillard (2007) advierte:

«El robot es interesante por más de un concepto todavía. Porque es el fin mitológico del objeto, reúne en sí todos los fantasmas que pueblan nuestras relaciones profundas con el entorno» (p. 139).

Sin embargo, frente a cualquier simulacro o avatar, el eje insustituible del teatro sigue siendo el cuerpo humano. Es el cuerpo el vehículo primario a través del cual se transmiten emociones y acciones físicas. La tecnología, los celulares, los iPods, las proyecciones o la robótica son extensiones y antiambientes que enriquecen el marco comunicativo, pero no sustituyen el convivio entre seres vivos.

Como señalaba David Mamet (1995), no es el teatro el que está muriendo, sino la sociedad; y mientras esta cambia, los artistas actúan como exploradores cuyos informes mueven la sensibilidad de los pueblos.

El teatro tecnológico no debe ser una etiqueta vacía ni una búsqueda puramente experimental. Es, ante todo, un escenario para el encuentro: una excusa imprescindible para comunicar, emocionar y recordar que, en la era de la información, la palabra viva y la presencia humana continúan siendo nuestra mayor certeza.

Desde 2026

Mirando este recorrido desde el presente, compruebo cómo aquellas reflexiones que planteé en mis investigaciones hacia 2007 resultaron ser una apuesta innovadora. Quizás sea esa impronta acuariana la que me ha impulsado siempre a explorar los procesos comunicacionales y escénicos. Hoy, la comunidad científica coincide en un diagnóstico contundente: estamos más conectados que nunca, pero, paradójicamente, más solos.

Ante esa realidad hiperconectada, el teatro se erige, sobre todo en nuestras latitudes latinoamericanas, como la excusa perfecta e insustituible para el abrazo, el convivio y el compartir genuino entre seres humanos. Y resulta fascinante contemplar las fronteras que hoy nos abre la inteligencia artificial: un horizonte lleno de posibilidades que, lejos de cerrar la discusión, nos desafía a formularnos preguntas aún más profundas sobre la creación, la identidad y el futuro de nuestra propia humanidad.

Maigualida Gamero

Referencias bibliográficas

  1. Almela, M. (2000). «Puestas en escena fin de siglo». En: Signa: Revista de la Asociación Española de Semiótica, n.º 9, p. 18.
  2. Baudrillard, J. (2007). El sistema de los objetos. México: Siglo XXI Editores, p. 139.
  3. Iglesias Simón, P. (2006). «Tecnofilias y tecnofobias». En: ADE-Teatro, n.º 109, pp. 49-53.
  4. Maeda, J. (2007). Las leyes de la simplicidad. España: Editorial Gedisa.
  5. Mamet, D. (1995). Profesión de putas. Cita en: El Malpensante, Bogotá, 2006, p. 90.
  6. Sassone, R. (2005). «Inscripción de la escena teatral en el contexto de la escena «neotecnológica»». En: ADE-Teatro, n.º 106, pp. 49-59.
  7. Vaglio, F. (1996). «Actores, personajes y tecnología: apuntes sobre el teatro tecnológico». En: Razón y Palabra, n.º 2, año 1, p. 3.
  8. Valdivieso, H. (2006). «Ambiente y antiambiente en la contemporaneidad». En: Revista Baciyelmo, Ediciones de la Escuela de Letras, UCAB, Venezuela, p. 130.

Fuentes principales: Referencias bibliográficas de la autora, listadas arriba.

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Colaboradores Invitados

La escritura de los vínculos

Una tradición, no una biología: tres pilares de la literatura en femenino para escribir y hablar en público.

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Libro abierto del que nacen hilos terracota que forman una red luminosa, imagen conceptual sobre literatura y vínculos

FIRMAS · MAIGUALIDA GAMERO

La literatura en femenino no nace de un cerebro distinto, sino de una tradición que aprendió a nombrar lo que el canon dejaba fuera. De ella pueden aprender la página y la tribuna.

Hoy quiero que adentremos nuestra mirada en un territorio fascinante y profundamente transformador: la literatura en femenino. Cuando nos preguntamos de dónde viene esa elocuencia tan particular de muchas escritoras y oradoras, tanto en la página escrita como en la tribuna hablada, descubrimos que no estamos ante un simple estilo literario, sino ante una manera de pensar el lenguaje basada en la red, la intuición y el detalle.

Más allá del estándar clásico. Tradicionalmente, la alta literatura y la retórica pública se han construido bajo un prisma lineal, jerárquico y fragmentado. Frente a esto, buena parte de la escritura de mujeres ha tejido universos donde el tiempo no es una línea recta, sino un tejido vivo de vasos comunicantes, memorias y afectos.

Una tradición, no una biología

En 1975, la escritora francesa Hélène Cixous le puso nombre en La risa de la medusa: la «escritura femenina», una forma de escribir que se aparta del discurso lineal y deja entrar el cuerpo, la memoria y la emoción. No hablaba de neuronas, sino de una experiencia histórica: la de quienes escribieron durante siglos desde los márgenes y tuvieron que inventar su propia manera de decir.

Esa elocuencia la vemos palpitar en las grandes poetas y ensayistas. En Teresa de la Parra, que en Ifigenia convirtió la carta y el diario en literatura. En Gabriela Mistral, que hizo de la prosa un acto de ternura y de denuncia a la vez. En Clarice Lispector, que encontró lo universal en el instante más pequeño. Son voces que conectan lo abstracto con lo visceral, lo cotidiano con lo universal.

Mientras que la retórica clásica se ha enfocado en el argumento frontal y la conquista del espacio, esta tradición opera como una urdimbre: integra contextos simultáneos, lee los silencios entre líneas y convierte la vivencia íntima en un territorio de resonancia colectiva. Y no es patrimonio exclusivo de las mujeres: es una manera de escribir y de hablar que cualquiera puede aprender.

Tres pilares para la página y la tribuna

Esta forma de pensar y expresarse se traduce en la escena y en la página a través de tres grandes pilares:

  1. La transversalidad de la experiencia: no hay separación entre el pensamiento analítico y la emoción; ambos dialogan constantemente, dotando al discurso de una autenticidad que desarma cualquier artimaña retórica.
  2. La atención al detalle y al intersticio: así como habitamos los espacios en blanco de un poema, la escritura y la oratoria en femenino rescatan aquello que el ojo lineal pasa por alto: el matiz, el aroma, el latido sutil del instante.
  3. La palabra como encuentro: en lugar de pararse sobre el estrado para aleccionar desde la superioridad, este discurso busca el abrazo con el lector o la audiencia, y convierte la elocuencia en un acto de cocreación y complicidad.

Hacia una nueva cartografía de la voz

Reconocer y potenciar la literatura en femenino no es excluir; es ensanchar el mapa de la cultura humana. Cuando una mujer toma la pluma o el micrófono y se permite hablar desde su propia experiencia, sin pedir disculpas por su sensibilidad ni imitar moldes ajenos, redime la palabra y la devuelve a su origen más puro: el de nombrar el mundo para sanarlo.

Atrévete a escribir y a hablar desde la red de tus propios vínculos, y haz que tu pensamiento sea un puente inquebrantable entre el alma y la tribuna.

Maigualida Gamero


Fuentes principales: Hélène Cixous, La risa de la medusa (1975).

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Colaboradores Invitados

La presencia inalcanzable

Si una máquina puede escribir un discurso perfecto, ¿qué le queda al orador? Maigualida Gamero responde: la presencia que ningún algoritmo puede replicar.

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Retrato de Maigualida Gamero

FIRMAS · MAIGUALIDA GAMERO

Oratoria escénica y gerencia de la presencia en la era de la inteligencia artificial. Si una máquina puede escribir y hasta simular un discurso perfecto, ¿qué le queda al orador? Lo que ninguna máquina tiene: biografía, respiración y riesgo.

¡Hola a todos! Bienvenidos de nuevo a este espacio de encuentro donde la palabra se habita, se siente y se proyecta. Hoy nos enfrentamos al espejo más fascinante y desafiante de nuestro tiempo: la irrupción masiva de la inteligencia artificial. Avatares que replican gestos con precisión milimétrica, voces sintéticas capaces de modular la emoción sin haber sentido jamás un latido y discursos perfectos redactados en segundos por algoritmos nos obligan a hacernos la pregunta radical de la época: si una máquina puede escribir, modular e incluso simular un discurso con aparente perfección, ¿qué le queda a la oratoria escénica y a la gerencia de la presencia humana?

El espejismo de la perfección algorítmica

La inteligencia artificial ha democratizado la simulación. Hoy podemos generar ponencias impecables, libres de muletillas y con una sintaxis intachable en cuestión de clics. Sin embargo, cuanto más perfecto y predecible es el discurso sintético, más evidente se vuelve su vacío. La audiencia actual, saturada de estímulos artificiales, no busca la perfección técnica: busca la vibración de la verdad.

La vulnerabilidad como nuestra ventaja irreplicable

Cuando entrenamos la oratoria escénica y la gerencia de la presencia, entendemos que el verdadero poder de un orador no reside en la ejecución inmaculada de las palabras, sino en la energía viva que habita entre el emisor y el espectador. Un algoritmo calcula probabilidades; el ser humano, en cambio, arriesga su piel en el escenario.

Para gestionar nuestra presencia frente al desafío de la inteligencia artificial, debemos potenciar aquello que las máquinas jamás podrán poseer:

  • La imperfección consciente y genuina. El temblor sutil en la voz, la pausa imprevista ante una revelación o la capacidad de improvisar desde la herida viva son actos de profunda humanidad que ningún software puede replicar.
  • El manejo del espacio y la respiración compartida. La presencia no es solo lo que se dice, sino la atmósfera que se crea en la sala. La capacidad de respirar con la audiencia y de modular el silencio es un arte físico e intransferible.
  • La gestión de la emoción vivida. Una máquina puede imitar el tono de la nostalgia o de la euforia, pero carece de biografía. Tu relato personal, nutrido de tus duelos, tus alegrías y tus aprendizajes, es un territorio donde ningún código binario puede entrar.

Del algoritmo al pulso vivo

La inteligencia artificial debe dejar de ser una amenaza para convertirse en un recordatorio exigente: nos obliga a dejar de ser meros recitadores de textos para convertirnos en verdaderos gestores de presencia. Si nos limitamos a repetir información lineal, las máquinas nos reemplazarán sin titubear. Pero si habitamos el escenario con alma, si convertimos nuestra oratoria en un acto de entrega y conexión real, el estrado seguirá siendo el territorio sagrado de la palabra viva.

No temas a la perfección artificial. Párate frente al público con tus grietas, tu historia y tu acento intacto. Ese es el único escenario donde las máquinas siempre serán extranjeras.

¡Hasta nuestra próxima entrega en INCÍSOS!

Caracas, 3 de octubre de 2026.

Maigualida Gamero · @Maigua_Gamero


Fuentes principales: .

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Colaboradores Invitados

Del odio propagado y delcinismo descarado

«Para retomar la ruta constitucional, es más sencillo anular que reformar». Bellorín sobre la solicitud de Delcy Rodríguez.

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Abstract forms and fractured reflections symbolizing truth

COLABORADORES INVITADOS · ÁNGEL ALBERTO BELLORÍN

La ley contra el odio no se reforma: se anula, sostiene el constitucionalista. Fue dictada por una Constituyente que no tenía facultad para hacer leyes, y la primera firma que la sanciona es la de quien hoy pide cambiarla.

Pareciera algo baladí seguir escribiendo sobre los hermanos siniestros, recordar el reconocido odio, motor de su venganza contra todos, y esa oscura sombra que emana de su sola presencia.

Lo de su venganza no es especulación: ellos lo han manifestado públicamente en diversas ocasiones y ya ha sido motivo de múltiples reseñas. Su cinismo ha sido incomparable, y hasta hay libros que ya los colocan en esa negra lista de villanos famosos.

La facilidad de ambos hermanos para mentir en forma descarada desde cualquier foro tampoco puede ser ignorada ni ser motivo para descalificar mi afirmación; es solo escucharlos y conectar argumentos.

Sobre ese tema ya he publicado varios artículos en años pasados, pero las circunstancias obligan a dejar constancia nuevamente. Debo escribir sobre esta nueva expresión de cinismo.

Este 29 de septiembre de 2026 fue noticia la carta que Delcy le remite a Jorge para solicitarle que la Asamblea Nacional reforme la grotesca ley del odio. Así lo presentó Diario Las Américas: la gobernante encargada solicitó al presidente de la Asamblea Nacional chavista una reforma parcial de una legislación que, según organizaciones de derechos humanos y sectores de la oposición, se usó durante años para procesar a opositores y ciudadanos críticos.

Lo que no dicen la carta ni la noticia

La «Ley Constitucional contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia» es un grotesco instrumento jurídico, aberrante y nulo de nulidad absoluta, ya que fue producto de la aprobación de aquella írrita Asamblea Constituyente nombrada sin la previa consulta al pueblo depositario de ese poder, en el año 2017.

Es sabido que fue instalada como forma de terminar de sepultar a la Asamblea Legislativa de 2015, esa que hoy camina resucitada por el milagro de Trump.

Una Constituyente que no hizo constitución, pero sí dejó una estela de abusos y 11 leyes «constitucionales» que jamás tuvo facultad para aprobar.

No hay que olvidar que esa ley contra el odio fue una de esas leyes constitucionales, aprobada por unanimidad por aquella Asamblea Constituyente el 8 de noviembre de 2017 y publicada en la Gaceta Oficial número 41.274.

¿A que no adivinan cuál es la primera firma que aparece en esa ley, como presidente de dicho mamotreto constituyente? Nada más y nada menos que la de Delcy Eloína Rodríguez Gómez. Ella fue la encargada de imponer una ley hecha a la medida de sus odios y de su venganza contra todos.

¿Reforma parcial?

La solicitud de Delcy a su hermano pareciera un chiste, pero es en realidad un ejercicio del colmo del cinismo.

Cualquier profesional con seriedad académica y argumental sabe que es así, y no es necesario ser abogado para ver el fraude y ese cinismo de ambos hermanos.

Para el Derecho Constitucional, ninguna de esas leyes existe, y para comprobarlo cualquier lector solo debe revisar el artículo 203 de la Constitución y verificar la nomenclatura que la carta magna asigna a las leyes venezolanas.

No hay que olvidar en el análisis ese invento chavista de convocar a una Constituyente sin consultar la soberanía que reside en el pueblo, y que, una vez instalada, se dedicó a hacer leyes y a abusar del poder.

A pesar de lo anterior, Delcy, como quien nada tiene que ver en el asunto, le solicita a Jorge una sencilla reforma parcial de una ley que es un engendro jurídico.

Nulidad total y no maquillaje

Sobre el tema de esas leyes, producto de aquel árbol envenenado, ya he presentado diferentes propuestas que siguen por allí en varias publicaciones.

Todos los venezolanos sabemos que el poder de la Sala Constitucional en manos del chavismo ha sido primordial y suficiente para allanar ese camino legal que, a partir del año 2002, desmontó las instituciones del Estado.

Al ser así, es totalmente racional afirmar que con otra Sala Constitucional se puede desenredar toda la madeja jurídica revolucionaria. Para retomar la ruta constitucional ante esa gran cantidad de leyes inconstitucionales, es más sencillo anular que reformar. Motivaciones en derecho sobran.

Semanas antes del inicio del anunciado diálogo que hoy observamos, en una publicación titulada «Mi propuesta para iniciar la recuperación institucional», intenté señalar un punto de partida para desmontar el enmarañado andamiaje legal chavista construido desde 2002. En ese escrito expresé:

«Si en verdad va a existir una verdadera intención para tratar de recuperar la democracia y la Constitución de la República de Venezuela, desde una nueva Sala Constitucional bajo protección del dueño del circo y en forma paralela a las actividades de los ungidos del poder gringo para la negociación, esa nueva Sala Constitucional puede hacer muchas actividades para desenredar esa madeja revolucionaria que anuló la Constitución. Su primera tarea sería la necesaria declaración de nulidad absoluta de la Asamblea Constituyente y, en consecuencia, la nulidad de todos sus actos, lo que incluye sus once grotescas leyes. Esto ayudará a retomar esa vía constitucional».

Caracas, 29 de septiembre de 2026

Dr. Ángel Alberto Bellorín Abogado. Especialista, magíster y doctor en Derecho Constitucional. Profesor del doctorado de la Universidad Central de Venezuela.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición editorial de INCÍSOS.


Fuentes principales: Texto enviado por el autor, 29 de septiembre de 2026.

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