Inciso
Las otras balas de un magnicidio
Lo que produce tiradores como Allen no es un discurso. Son muchos discursos, repetidos sin contrapeso, en cámaras de eco diseñadas para amplificar la indignación porque la indignación es lo que sostiene los modelos de negocio de las plataformas.
El sábado 25 de abril, un maestro de 31 años de Torrance, California, atravesó un puesto de control en el Hilton de Washington con una escopeta, una pistola y cuchillos, y disparó hacia el salón donde el presidente Donald Trump cenaba con la prensa de la Casa Blanca. Un agente del Servicio Secreto fue herido. Ningún invitado lo fue. Cole Tomas Allen había enviado, diez minutos antes, una nota a su familia avisando lo que iba a hacer. No mencionaba a Trump por nombre. Hablaba de un deber.
Es el tercer intento de magnicidio contra Trump en menos de dos años. Butler, Pensilvania, en julio de 2024. West Palm Beach, Florida, semanas después. Y ahora Washington. Tres tiradores distintos. Tres perfiles distintos. Una sola constante: la convicción del que aprieta el gatillo de que el sistema ya no le deja otra salida.
Trump ha respondido con su mezcla habitual de fatalismo y bravura. Le dijo a Norah O’Donnell en 60 Minutes que no estuvo preocupado: «Entiendo la vida. Vivimos en un mundo loco». Y añadió la frase que más conviene a su relato político: estos atentados pasan, han pasado siempre, pasarán. Es una manera de blindarse emocionalmente frente al miedo, sí. También es una manera de naturalizar lo que está pasando, de convertirlo en paisaje.
Esa segunda lectura es la que importa, porque es la que la comunidad hispana —la que vota, la que paga impuestos, la que cría hijos en este país— tiene que entender bien.
Por qué los atacan a ellos y no a otros
Los presidentes que polarizan son los que reciben balas. Es una verdad incómoda y vieja. Lincoln, los Kennedy, Reagan, Ford, Roosevelt cuando aún era candidato. El denominador común no es la ideología. Es la intensidad del afecto y del rechazo. Trump pertenece a esa categoría: no hay forma de ser indiferente a él. O se le ama o se le odia, y ambos campos lo viven como cuestión existencial.
Pero hay algo nuevo en los tres intentos contra Trump que no había en los magnicidios clásicos. Los tiradores no vienen de aparatos políticos organizados, ni de células ideológicas con doctrina, ni de servicios extranjeros. Vienen de cuartos de adolescentes que ya no son adolescentes, de garajes en suburbios californianos, de cuentas de Bluesky con doscientos seguidores. Son, en su mayoría, hombres jóvenes, blancos, sin antecedentes criminales, radicalizados a solas frente a una pantalla, convencidos de que disparar es un acto cívico.
Esto no es violencia política en el sentido en que la entendía el siglo XX. Es algo más parecido a un fenómeno de salud pública con barniz ideológico.
La pregunta que el lector hispano sí debe hacerse
¿Qué pasaría si un magnicidio se consumara en este momento del ciclo?
No es una pregunta morbosa. Es una pregunta práctica. La sucesión presidencial en Estados Unidos está prevista por la Constitución y funcionaría sin sobresaltos institucionales. Pero la reacción social no está prevista por ningún manual. En el clima actual —con un sector del país convencido de que el otro lado es una amenaza existencial— un magnicidio consumado no produciría duelo nacional. Produciría represalia. Y la represalia, en Estados Unidos de 2026, encontraría rápidamente cuerpos donde aterrizar.
Los hispanos saben lo que es ser cuerpo conveniente. Lo saben las comunidades migrantes en general. Lo saben los venezolanos a los que se ha acusado en bloque de pertenencia al Tren de Aragua. Lo saben los mexicanos que vieron normalizarse en pocos años el discurso de invasión. La violencia política, cuando estalla, no se queda en las élites. Baja. Encuentra al que está más cerca y menos protegido.
¿Qué narrativa produce esto?
La derecha dirá —ya lo dijo el presidente del Comité Nacional Republicano— que esto es consecuencia inevitable de una izquierda radicalizada que normalizó la violencia política. La izquierda dirá que es consecuencia de un presidente que llamó alimañas a sus opositores y patriotas a quienes asaltaron el Capitolio. Ambos lados tienen pedazos de razón, y por eso ninguno tiene la razón completa.
Lo que produce tiradores como Allen no es un discurso. Son muchos discursos, repetidos sin contrapeso, en cámaras de eco diseñadas para amplificar la indignación porque la indignación es lo que sostiene los modelos de negocio de las plataformas. Allen, según las primeras lecturas de sus escritos, se describía a sí mismo como cristiano y como persona con un deber. Tenía un trabajo. Tenía estudiantes. Tenía hermana, padres, una vida que en cualquier otro siglo habría sido considerada acomodada. Y aun así, decidió que su biografía debía terminar disparando en un hotel.
Eso no se explica con la categoría de extremista. Se explica con la categoría de hombre solo frente a un algoritmo.
Las otras balas
Trump tiene razón en una cosa: los magnicidios siempre han existido. Lo que no siempre ha existido es la facilidad con que un ciudadano común consigue armas, llega en tren de Los Ángeles a Washington, se registra en el hotel donde cenará el presidente, y muere casi —porque no murió— intentando matarlo. Eso sí es nuevo. Eso es lo que merece análisis.
La conversación útil no es si Trump exagera o si la izquierda incita. La conversación útil es por qué hay tantos hombres jóvenes dispuestos a convertir su vida en titular, y por qué el sistema —el de las redes, el de las armas, el de la salud mental— les pone el camino tan llano.
De la escopeta de Allen salió una bala. Del momento que vivimos saldrán muchas más, y no todas atravesarán a un presidente. Algunas atravesarán a vecinos, a comunidades, a la idea misma de que en este país aún se puede discrepar sin matarse. Esas son las otras balas de un magnicidio. Y esas, a diferencia de las del Hilton, casi nunca fallan.
Alfredo Yánez
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Se fue la luz donde se vendía la energía
El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.
El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.
Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.
Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.
La paradoja completa
Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.
Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.
La isla de luz
Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.
Eso no es recuperación. Es un enclave.
Lo que falta
La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?
No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.
La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.
Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.
Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.
Inciso
Pasos en alguna dirección
Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.
INCISO
Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.
En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.
Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.
Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.
Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.
Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.
La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.
Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.
Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.
Inciso
Palos de golf prestados en un país que paga cisternas
La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.
INCISO
Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.
El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.
Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.
No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.
El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.
Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.
Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.
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