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Política

Carrasquero: “Estamos en la definición exacta de un interinato”

El politólogo José Vicente Carrasquero advierte que Venezuela atraviesa un período de excepcionalidad que exige precisión: no hay gobierno, hay administración; no hay presidente, hay encargada; no hay oposición, hay fuerzas democráticas mayoritarias. La Constitución está “en hibernación” y las condiciones para un nuevo proceso electoral aún no están dadas.

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El politólogo José Vicente Carrasquero advierte que Venezuela atraviesa un período de excepcionalidad que exige precisión en los términos: No hay gobierno, hay administración; no hay presidente, hay encargada; no hay oposición, hay fuerzas democráticas mayoritarias. La Constitución está “en hibernación” y las condiciones para un nuevo proceso electoral aún no están dadas.

A cuatro meses de la salida de Nicolás Maduro, el interinato en Venezuela tiene nombre, rostro y discurso, pero todavía no tiene fecha de salida. Así las cosas, la pregunta que se hace el venezolano de a pie ya no es cómo vamos, sino dónde estamos. Para responderla, el profesor de Ciencia Política José Vicente Carrasquero, ofrece un diagnóstico riguroso del momento: Un interinato con narrativa imprecisa, instituciones de origen dudoso, una Constitución reducida a letra muerta y una ciudadanía que empieza a reorganizarse en comanditos mientras la administración de Delcy Rodríguez intenta aferrarse a las estructuras heredadas del madurismo.

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¿Dónde estamos?

Estamos en la definición exacta de un interinato. Si suponemos que la Constitución está vigente, está claramente definido: es un tiempo en el cual una persona se encarga de la presidencia —no es un gobierno, es una administración— mientras llega un proceso electoral que nuevamente va a legitimar a alguien como presidente de Venezuela. En eso estamos, y eso exige que utilicemos muy bien los términos.

¿A qué términos se refiere?

Nunca llamamos a la presidente “presidente” a secas, sino presidente interina o encargada, porque hay una implicación constitucional en el asunto. Tampoco llamamos gobierno a lo que hace, le llamamos administración. Un gobierno es alguien que llegó con un programa, lo sometió al debate y al escrutinio, y ganó unas elecciones. La señora Rodríguez no fue electa; está ahí administrando una cuestión. Ella no le ofreció a los venezolanos ninguna política. Esa precisión en la narrativa le transmite al que nos lee, dentro y fuera del país, que no estamos en una situación normal, sino en una excepcionalidad.

¿Y por qué importa tanto esa distinción narrativa?

Hacia adentro, sirve para destacar el carácter minoritario de la gente que está en la administración, hacer ver que ya no tienen la fortaleza de respaldo popular que tenían antes y que, por el contrario, hay un rechazo muy importante a lo que han hecho durante años. Deberían mostrar disposición al cambio, y no lo están haciendo: se aferran a las estructuras previas y hablan como si tuvieran una mayoría que ya no tienen. Hacia afuera, donde la gente observa con más distancia, evita que se traslade una falsa normalidad. Y hay otro punto: lo que desde afuera llaman “oposición” no lo es. Hay una oposición funcional, creada por el propio régimen para cumplir un papel teatral, y están las fuerzas democráticas que participaron el 28 de julio de 2024 y demostraron ser una inmensa mayoría. Oposición significa minoría, haber perdido y haber aceptado la derrota. Ese no es el caso.

Se entiende el argumento sobre el Ejecutivo, pero hay otras ramas del Poder Público alineadas con esa administración: la Asamblea Nacional electa en 2025, que preside el hermano de la presidenta interina, y que se está valiendo de artilugios legales para hacer renunciar al fiscal general, al defensor del pueblo, a magistrados del TSJ y probablemente al CNE. ¿Cómo se entiende esa institucionalidad?

Seguimos en la excepcionalidad. Esa Asamblea Nacional tiene un origen dudoso: son unas elecciones en las que la gente no participó, no hay registros confiables de cuánta gente votó, no se sabe quién ganó; Jorge Rodríguez hizo una lista y dijo “estos son los diputados”. Incluso cambiaron el sistema de atribución para que apareciera gente de la oposición funcional. Y esa Asamblea no tiene realmente facultades para, digamos, abrirle juicio al defensor del pueblo y removerlo. Lo que hacen es presionar para que renuncien. ¿De dónde viene esa orden? De Estados Unidos, que está diciendo: reestructura el Estado para que, cuando llegue alguien, no se encuentre con el desastre actual. ¿Lo han hecho bien? Definitivamente no.

¿Por qué no?

Porque ninguno de los reemplazos es independiente. La nueva defensora tampoco lo es, aunque diga serlo; basta oír sus declaraciones en medios para darse cuenta de que es una persona totalmente cuadrada, incluso con Maduro. A los magistrados del TSJ les piden la renuncia cuando todavía les quedan años de mandato —no es que se envejecieron de golpe—. Estados Unidos necesita generar cierto sentido de institucionalidad para que las empresas inviertan y para que, cuando llegue el momento electoral, quien gane se encuentre con una institucionalidad más o menos cordial. Pero si la nueva defensora quisiera demostrarme algo, a mí me gustaría verla en el Helicoide, en el Rodeo. ¿Dónde está cuando se va la luz, cuando los hospitales no sirven? Sigue en el mismo anonimato y la misma insulsez del defensor anterior.

Usted habla de la Constitución. ¿En qué estado se encuentra el texto fundamental?

La Constitución está en hibernación. El hecho mismo de que esta señora esté en el poder ya la vulnera: inventaron una figura que no existe en la Constitución. La Sala Constitucional no está para inventar lo que no existe y parcharlo; está para interpretar. Lo que debió decir, respecto a Maduro, es que luce muy improbable que vuelva al poder y, por tanto, vamos a elecciones. La Constitución no está escrita para Maduro, está escrita para el pueblo, que tiene derecho a un presidente. Es una buena oportunidad para reformar cosas: acabar con la reelección indefinida, elegir en períodos constitucionales similares al Congreso y a la Presidencia, bajar los términos a cuatro años como en Estados Unidos o Colombia, con una reelección consecutiva. No estos paisajes donde se hace la presidencial y, cuando les da la gana, las parlamentarias.

¿Están dadas las condiciones para un proceso electoral en este momento?

No. El señor Amoroso, presuntamente, cometió un crimen gravísimo el 28 de julio de 2024 y no está en capacidad de dirigir una nueva elección. ¿Qué garantía me da un señor que sabiendo que Maduro perdió, lo declaró ganador? Además, ¿queremos seguir en la misma pachanga o le vamos a dar la oportunidad de votar, en serio, a los venezolanos que están afuera? Que voten el medio millón que vive en España. Vimos la concentración en Madrid: estaban dispuestos. Pero te abren el registro electoral en un cuarto de dos por tres, con un funcionario que a las diez se toma un café y al mediodía se va a almorzar. Lo mismo pasaría en Estados Unidos. Hoy se pueden generar electrónicamente mecanismos de inscripción más seguros que la cédula presentada por una persona, pero no hay disposición de hacerlo. Lo último en la lista de los Rodríguez son las leyes electorales; están haciendo todo lo posible por robárnoslo de nuevo.

Mientras tanto, ¿qué pasa con las expectativas de la ciudadanía?

Hay un malestar creciente y, al mismo tiempo, expectativas totalmente fuera de contexto. Salió por ahí un sindicalista pidiendo mil dólares mensuales de sueldo. Venezuela no puede pagar eso. Dicen: “hay cinco mil millones de dólares”. ¿Y cuánto duran cinco mil millones pagándoles mil dólares a cinco millones de funcionarios, entre activos y jubilados? En números, mucho; en realidad, un mes de salario y se acabaron. Se están vendiendo espejismos. Y el argumento del “es solo para nosotros, los demás no” es insostenible.

En ese panorama, ¿dónde encaja María Corina Machado?

María Corina Machado es la agente principal de las fuerzas democráticas. Es una especie de depositaria: la gente ve en ella a quien supo conducir a Venezuela a unas elecciones que nadie esperaba. En 2023 me decían necio porque yo sostenía que iba a haber primarias, que iba a haber elecciones y que las íbamos a ganar. ¿Por qué? Porque la gente la estaba pasando mal, y si le das la oportunidad de votar para salir de esto, vota y sale. Y pasó. Hubo primarias, hubo elecciones, ganamos. Lo que no hubo fue el acto ético y moral de una clase política derrotada: ellos mismos habían anunciado, en voz de Freddy Bernal y de Nicolás Maduro Guerra, que si perdían se iban. Saben que perdieron. El problema, Alfredo, es que no son demócratas. Chávez tampoco lo era: llegó con ideas fijas desde el golpe del 92, incluidos estadios universitarios para juicios sumarios de justicia popular. Ese es el legado de Hugo Chávez: que haya tenido que intervenir una potencia extranjera para poner orden en el país. Y por eso mismo resulta obsceno que su ex yerno diga que María Corina no puede ser amnistiada porque pidió una invasión, cuando ellos trajeron cubanos, chinos, rusos, iraníes. Pusieron a Venezuela al servicio de potencias extranjeras.

Para cerrar, desde la ciencia política: ¿qué nos falta por ver y cuánto tiempo puede tomar?

La gente de Vente se está movilizando, se están volviendo a montar los comanditos. Acción Democrática hace reuniones en cuanto pueblo siente alguna fortaleza, aparecen los dirigentes, se trata de movilizar a la población hacia un proceso electoral que, evidentemente, va a estar a favor de las fuerzas democráticas de calle. No importa el milagro que haga la señora Rodríguez: no va a tener mayor impacto sobre la percepción de lo que la gente ha sufrido estos años. ¿Qué hay que seguir haciendo? Subirles el costo a estos por mantenerse. Exigir mejoras del servicio eléctrico, presentarse con una agenda en salud, en educación. Mostrarle a la gente que hay alternativas al no hacer nada del chavismo, que no hace nada porque no sabe. Nosotros caímos tan bajo que Delcy Rodríguez fue presidenta de PDVSA: no sabe nada de petróleo. Mientras tanto, su hermano sociópata anda con esa sonrisita aprendida de Edmundo Chirinos, del burlarse del otro como si uno fuera un pobre imbécil. Lamentablemente para ellos, el presidente Trump es un tipo extremadamente frío a quien ese tipo de cosas no le importan: le importa que avance su plan, seguir sacando petróleo, avanzar en lo que tiene previsto. Esa es la frialdad del que ve la cosa como invasor: tomé el control, y dado ese control se me permite hacer estas cosas. Venezuela está en la situación de un país como Japón en el año 45.

Si está como Japón en el 45, entonces hay mucha esperanza.

Mucha.

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El votante no abandonó la política, la política lo abandonó primero

La desafección con los partidos es global y simultánea. El outsider es su consecuencia, no su causa.

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Ficha 6W

Pregunta Respuesta
Qué La confianza ciudadana en los partidos tradicionales cayó a mínimos históricos en EE.UU., Europa y América Latina de forma simultánea.
Quién Votantes desafectos, partidos en erosión, encuestadoras (Fundación BBVA, UnidosUS, V-Dem, Latinobarómetro).
Cuándo El desencanto se profundiza entre 2024 y 2026, con datos de los primeros cinco meses de 2026.
Dónde España, Estados Unidos y América Latina como casos paralelos; el votante hispano de EE.UU. como foco.
Por qué Corrupción, distancia entre élite y base, promesas incumplidas y una representación que se volvió trámite.
Cómo Caída de afiliación, abstención, fuga hacia el «independiente» y reciclaje del descontento en voto antiestablishment.

El número que retrata una época

En una escala del cero al diez, los ciudadanos españoles le ponen a sus partidos políticos un 2,5. No es una nota baja: es un suspenso humillante, por debajo del gobierno, del parlamento y de los gobiernos autonómicos, según la encuesta de confianza de la Fundación BBVA difundida a comienzos de 2026. Ninguna institución política aprueba, pero los partidos son los últimos de la fila.

Ese número no es una rareza española. Es el rostro local de un fenómeno que los politólogos llaman desafección democrática y que en 2026 dejó de ser una preocupación de seminario para volverse el dato dominante de la política occidental. El instituto V-Dem documentó que cerca de un cuarto de la población mundial vivió algún retroceso democrático durante 2025, y que entre los países en regresión aparecen, por primera vez en mucho tiempo, democracias del centro de Europa y de América del Norte. La desconfianza ya no apunta solo a los gobiernos: alcanza a los partidos, a los medios, a las universidades, a los expertos. A todo lo que media entre el ciudadano y el poder.

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Qué se rompió, exactamente

La desafección no es apatía. El votante desencantado no es alguien a quien la política dejó de importarle; al contrario, suele importarle demasiado. Lo que se rompió es más preciso: el vínculo de representación. La sensación, repetida en encuestas de tres continentes, de que el partido pide el voto cada cierto número de años y desaparece en el intervalo. De que la militancia se volvió una nómina y el programa, un eslogan.

Tres factores aparecen una y otra vez en los estudios. El primero es la corrupción, que en sondeos recientes de América Latina escaló hasta los primeros lugares de preocupación ciudadana, desplazando a problemas que durante años la superaron. El segundo es la distancia: la percepción de una élite desconectada que se reparte cargos mientras la vida cotidiana se encarece. El tercero es la promesa incumplida, el residuo acumulado de campañas que ofrecieron transformación y entregaron administración.

Cuando esos tres factores se juntan, producen un vacío. Y el vacío, en política, nunca queda vacío mucho tiempo.

El votante hispano: el laboratorio del desencanto

Hay un caso que vale más que cualquier abstracción europea, porque ocurre dentro de Estados Unidos. El votante hispano —más de treinta y seis millones con derecho a voto— se convirtió en el ejemplo más nítido de lo que la desafección produce cuando madura.

Durante décadas, el electorado latino funcionó como un bloque previsible. Eso terminó. El consultor republicano Mike Madrid lo resumió en una frase que vale como diagnóstico de toda una era: lo que vive el votante hispano no es un realineamiento, es un desalineamiento. No se está mudando ordenadamente de un partido a otro: se está fragmentando en identidades políticas que ya no responden a ninguna lealtad partidaria estable. Cerca de un tercio se declara independiente. Las prioridades —costo de vida, empleo, vivienda— cruzan las líneas ideológicas y dejan a los dos grandes partidos hablándole a un electorado que ya no los escucha como antes.

El dato más elocuente llegó en mayo de 2026. Según una encuesta de UnidosUS, uno de cada cuatro hispanos que respaldó a Donald Trump en 2024 sugiere ahora que se arrepiente de ese voto. El porcentaje de arrepentidos casi se duplicó en pocos meses, de un 13% en noviembre a un 25% en la primavera. No es un dato sobre Trump: es un dato sobre la volatilidad. El mismo votante que castigó a un establishment votando por el outsider está dispuesto, poco después, a castigar también al outsider. La factura, una vez que el votante aprende a emitirla, no se archiva.

Por qué esto importa antes de hablar del outsider

Aquí está la tesis que ordena todo este especial. El outsider no es la causa del desencanto: es su consecuencia. Llega después, no antes. Quien quiera entender por qué un empresario sin partido, un economista que insulta a «la casta» o un militar que prometía refundar el país lograron movilizar a millones, tiene que empezar por el agujero que los precedió. El antiestablishment es una oferta que solo prospera donde ya existía la demanda.

Esa demanda hoy es global y es simultánea. Un votante en Madrid que le pone 2,5 a sus partidos, uno en Texas que se declara independiente y arrepentido, y uno en Caracas que lleva veinticinco años viendo cómo un outsider que prometió barrerlo todo terminó construyendo su propia maquinaria, comparten algo más que el malestar. Comparten la intuición de que el sistema de partidos dejó de representarlos. En las piezas siguientes, este especial examina qué hacen los políticos de afuera con esa intuición. Pero el punto de partida es este: el desencanto es real, está medido, y no se va a curar pidiéndole al votante que vuelva a confiar sin darle una razón.


FUENTES PRINCIPALES: Fundación BBVA (confianza institucional, 2026) · V-Dem Institute (informe de regresión democrática 2025) · UnidosUS (encuesta de votantes latinos, mayo de 2026) · Axios / Mike Madrid (fragmentación del voto hispano, febrero de 2026) · Latinobarómetro.

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Especiales

El outsider no nace: se fabrica donde los partidos dejaron un hueco

El outsider no es un fenómeno espontáneo: es un ensamblaje de vacío, canal directo y discurso de ajenidad.

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Ficha 6W

Pregunta Respuesta
Qué El conjunto de condiciones que permiten que un liderazgo antiestablishment se construya y prospere.
Quién Outsiders políticos, asesores de campaña, ciudadanías hiperconectadas, partidos debilitados.
Cuándo Un patrón consolidado en el ciclo electoral 2024-2026.
Dónde América Latina, Estados Unidos y Europa, con el caso latinoamericano como modelo.
Por qué La crisis de los partidos eliminó la mediación entre el líder y la sociedad.
Cómo Comunicación directa por redes, un discurso de ajenidad y la promesa de no deber nada a nadie.

Una oferta necesita una demanda

La pieza anterior de este especial dejó establecido el diagnóstico: el desencanto con los partidos es real, está medido y precede al outsider. Esta pieza explica el paso siguiente. Porque el vacío de representación es condición necesaria pero no suficiente. El hueco, por sí solo, no produce un líder. Hace falta alguien que sepa ocuparlo, y un método para hacerlo. El outsider no es un fenómeno espontáneo: es un ensamblaje.

La politóloga argentina María Matilde Ollier lo formuló con precisión: la crisis de las fuerzas tradicionales hizo que los liderazgos ya no se construyan a través de los partidos, sino mediante otros instrumentos, como los medios y las redes sociales. En una ciudadanía hiperconectada, sostiene, desaparece la mediación entre el líder y la sociedad. Ese es el primer ingrediente del mecanismo: un canal directo. Donde antes el partido filtraba, organizaba y traducía el mensaje, ahora el líder habla solo, sin intermediarios, a una audiencia que lo recibe sin filtro.

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El que dice lo que la gente siente

El segundo ingrediente es el mensaje, y su fórmula es vieja pero eficaz. Se ve favorecido, explica Ollier, quien dice en voz alta lo que la gente percibe como su problema más urgente: la corrupción, la inseguridad, el estancamiento. El outsider no necesita tener razón en el diagnóstico técnico; necesita nombrar el malestar antes y más fuerte que nadie. Su ventaja sobre el político tradicional no es programática, es emocional: llega sin la mochila de las promesas incumplidas que arrastra el aparato.

De ahí la consigna que define a toda la categoría: yo no soy de la casta. El antiestablishment se ofrece como lo único que el sistema no puede ofrecer de sí mismo: distancia respecto de sí mismo. Un análisis reciente sobre la nueva generación de outsiders latinoamericanos —la que vino después del fenómeno de Nayib Bukele— detecta un giro revelador. El outsider de hoy ya no necesita venir literalmente de fuera de la política. Le basta con posicionarse como ajeno a la política existente. Puede llevar años en cargos públicos y aun así presentarse como el que viene a romper la baraja. La ajenidad dejó de ser una biografía para volverse una postura.

El método tiene límites

Conviene no idealizar el mecanismo, porque también falla. El mismo análisis advierte un error recurrente: confundir la popularidad digital con la traducción electoral. Las métricas de redes no votan. Convertir una audiencia en votos exige un trabajo de activación territorial que ningún truco comunicacional elimina. Por eso no todo influencer indignado llega a ningún lado, y por eso varios que parecían imbatibles en las redes se desinflaron en las urnas.

Hay también una distinción que esta pieza necesita dejar sentada, porque será decisiva al final del especial. No todos los que entran al sistema como outsiders se quedan afuera de él. El francés Emmanuel Macron y el chileno Sebastián Piñera fueron calificados de outsiders en su momento, y ambos terminaron ingresando al sistema y jugando con sus reglas. Ese es un destino posible: el de afuera que se institucionaliza. El otro destino —el del que llega para romper y sigue rompiendo— es el que este especial examinará en sus casos venezolanos. La diferencia entre ambos no está en cómo llegan, sino en qué hacen una vez adentro.

La carta de Venezuela

Carmen Beatriz Fernández, analista venezolana de comunicación política, aporta el marco regional. En contextos de alta fragmentación partidaria, sostiene, la polarización y el populismo encuentran terreno fértil porque los propios sistemas electorales premian la confrontación. Es decir: el mecanismo del outsider no opera en el vacío, sino sobre reglas de juego que muchas veces lo incentivan. Donde el sistema de partidos está fragmentado y las instituciones premian al que grita más fuerte, el político de afuera no es una anomalía. Es la consecuencia lógica del diseño.

Venezuela conoce ese terreno mejor que casi nadie, porque ya vio el mecanismo funcionar hasta sus últimas consecuencias. Las piezas que siguen reconstruyen esa historia: la de un país que tuvo outsiders mucho antes de que el mundo les pusiera ese nombre, y que aprendió, del modo más duro, lo que ocurre cuando la oferta antiestablishment gana y no sabe —o no quiere— transformarse en otra cosa.


FUENTES PRINCIPALES: María Matilde Ollier, Escuela de Política y Gobierno (UNSAM), vía La Nación · Carmen Beatriz Fernández, ensayo sobre polarización y populismo en América Latina (febrero de 2026) · análisis sobre la nueva generación de outsiders latinoamericanos posterior a Bukele (junio de 2026) · literatura académica sobre populismo y redes.

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Especiales

Trump y Milei muestran qué pasa cuando el outsider llega al poder

El antiestablishment es formidable para llegar y frágil para durar. Trump y Milei lo prueban en tiempo real.

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Pregunta Respuesta
Qué Dos outsiders en ejercicio del poder que ilustran fases distintas del ciclo antiestablishment.
Quién Donald Trump, presidente de EE.UU.; Javier Milei, presidente de Argentina.
Cuándo Junio de 2026, con datos de aprobación de los primeros meses del año.
Dónde Estados Unidos y Argentina; el votante hispano estadounidense como foco.
Por qué Muestran que ganar como outsider es más fácil que sostener el desencanto una vez en el gobierno.
Cómo El desgaste por la economía y la gestión erosiona al mismo electorado que los llevó al poder.

El outsider ya no es la excepción

Las piezas anteriores explicaron por qué la gente se desencanta y cómo se fabrica el líder que capitaliza ese desencanto. Esta pieza observa lo que ocurre después: cuando el outsider gana y tiene que gobernar. Para eso no hacen falta hipótesis. Hay dos casos en ejercicio, en dos países distintos, que funcionan como relojes que marcan horas diferentes del mismo mecanismo. Donald Trump en Estados Unidos y Javier Milei en Argentina llegaron al poder como forasteros del sistema. Verlos gobernar es ver el ciclo de la antipolítica desplegándose en tiempo real.

Conviene una advertencia de método antes de seguir. Describir el fenómeno no es militarlo ni a favor ni en contra. Ni Trump ni Milei son aquí héroes ni villanos: son datos. Lo que interesa de ellos no es si gobiernan bien o mal, sino qué le ocurre al vínculo entre un outsider y el electorado que lo eligió, una vez que ese outsider deja de prometer y empieza a administrar.

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Trump: el reloj que rehízo el tablero

Donald Trump es el outsider que más lejos llegó. No solo ganó: rehízo las reglas del juego, dentro y fuera de su país. Para el lector de este especial, el dato más cercano es que su administración tutela hoy la transición venezolana tras la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026. Un político que irrumpió contra el establishment de su propio partido terminó en el centro mismo del poder mundial, decidiendo el destino de gobiernos ajenos.

Pero incluso ese outsider triunfante muestra la grieta que este especial viene rastreando. Su relación con el votante hispano —decisivo en su victoria de 2024, cuando obtuvo el respaldo histórico de cerca del 46% de ese electorado— se volvió un electrocardiograma. En el primer semestre de 2026 su aprobación entre hispanos osciló de forma brusca: cayó al 23% a fines de mayo y rebotó al 37% a mediados de junio, según el seguimiento de The Economist y YouGov. El Centro Pew aportó el dato más revelador: entre sus propios votantes hispanos de 2024, la aprobación de Trump se desplomó 27 puntos desde comienzos de 2025, casi el doble de la caída registrada entre sus votantes blancos.

Esa es la marca del reloj de Trump. El mismo votante que castigó al sistema eligiéndolo a él es el que más rápido se mueve cuando llega la factura: el costo de vida, la inflación, el modo de ejecutar las deportaciones. La volatilidad no es un accidente; es la naturaleza del voto antiestablishment. Quien llega por despecho se va por despecho.

Milei: el reloj adelantado

Si Trump muestra el outsider en la cima, Javier Milei muestra lo que viene después. Su reloj está adelantado, y por eso enseña más. Llegó en 2023 prometiendo destruir a «la casta» política, con la motosierra como símbolo de campaña. Gobernó con resultados macroeconómicos que sus partidarios celebran —una desaceleración drástica de la inflación— y en octubre de 2025 su fuerza ganó las elecciones de medio término, alcanzando un pico de aprobación del 45%.

Y entonces el reloj siguió girando. Para mayo y junio de 2026, la desaprobación de Milei trepó al 61-63% según varias consultoras, con la aprobación en torno al 35%. El desgaste, atribuido a la economía y a escándalos en su entorno, erosionó la promesa fundacional. La paradoja la capta una percepción ciudadana extendida: una porción creciente de argentinos siente que el gobierno que prometía terminar con la casta empezó a parecerse a ella. El outsider que llegó para barrer el sistema es acusado, dos años después, de haberse vuelto parte del sistema.

Conviene la precisión para no exagerar: la curva de Milei se estabilizó en los últimos meses y su espacio sigue siendo competitivo, segundo en intención de voto a poca distancia del peronismo. No es un colapso. Es algo más interesante para este especial: es el ciclo completo del síntoma. Desencanto con los partidos, ascenso del outsider, y nuevo desencanto con el outsider que ya no puede presentarse como ajeno porque ahora él es el poder.

Lo que los dos relojes enseñan

Juntos, Trump y Milei dibujan la trayectoria entera. El antiestablishment es formidable para llegar y frágil para durar, porque su combustible —el rechazo a los de adentro— se agota en el momento exacto en que el outsider pasa a ser uno de los de adentro. Gobernar es institucionalizarse, y la institución es justamente lo que el votante quería castigar.

Esto no condena al outsider al fracaso: algunos, como se vio, se institucionalizan con éxito y se vuelven políticos convencionales. Pero sí desactiva la ilusión central de la antipolítica, esa que promete que basta traer a alguien de afuera para que todo cambie. El de afuera, si gobierna, deja de estar afuera. Y el votante que creyó comprar una excepción descubre que compró, otra vez, un gobierno. Venezuela —que aún no termina de procesar lo que un outsider le hizo a su democracia— tiene en estos dos relojes una lección que haría bien en mirar antes de que vuelvan a ofrecerle el reloj nuevo.


FUENTES PRINCIPALES: The Economist/YouGov (aprobación de Trump, junio de 2026) · Pew Research Center (caída entre votantes hispanos de Trump, abril-mayo de 2026) · Reuters/Ipsos y AP-NORC (aprobación hispana, 2025-2026) · AtlasIntel, Universidad de San Andrés (ESPOP) y Perfil (aprobación de Milei, mayo-junio de 2026).

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