Especiales
El votante no abandonó la política, la política lo abandonó primero
La desafección con los partidos es global y simultánea. El outsider es su consecuencia, no su causa.
Ficha 6W
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | La confianza ciudadana en los partidos tradicionales cayó a mínimos históricos en EE.UU., Europa y América Latina de forma simultánea. |
| Quién | Votantes desafectos, partidos en erosión, encuestadoras (Fundación BBVA, UnidosUS, V-Dem, Latinobarómetro). |
| Cuándo | El desencanto se profundiza entre 2024 y 2026, con datos de los primeros cinco meses de 2026. |
| Dónde | España, Estados Unidos y América Latina como casos paralelos; el votante hispano de EE.UU. como foco. |
| Por qué | Corrupción, distancia entre élite y base, promesas incumplidas y una representación que se volvió trámite. |
| Cómo | Caída de afiliación, abstención, fuga hacia el «independiente» y reciclaje del descontento en voto antiestablishment. |
El número que retrata una época
En una escala del cero al diez, los ciudadanos españoles le ponen a sus partidos políticos un 2,5. No es una nota baja: es un suspenso humillante, por debajo del gobierno, del parlamento y de los gobiernos autonómicos, según la encuesta de confianza de la Fundación BBVA difundida a comienzos de 2026. Ninguna institución política aprueba, pero los partidos son los últimos de la fila.
Ese número no es una rareza española. Es el rostro local de un fenómeno que los politólogos llaman desafección democrática y que en 2026 dejó de ser una preocupación de seminario para volverse el dato dominante de la política occidental. El instituto V-Dem documentó que cerca de un cuarto de la población mundial vivió algún retroceso democrático durante 2025, y que entre los países en regresión aparecen, por primera vez en mucho tiempo, democracias del centro de Europa y de América del Norte. La desconfianza ya no apunta solo a los gobiernos: alcanza a los partidos, a los medios, a las universidades, a los expertos. A todo lo que media entre el ciudadano y el poder.
Qué se rompió, exactamente
La desafección no es apatía. El votante desencantado no es alguien a quien la política dejó de importarle; al contrario, suele importarle demasiado. Lo que se rompió es más preciso: el vínculo de representación. La sensación, repetida en encuestas de tres continentes, de que el partido pide el voto cada cierto número de años y desaparece en el intervalo. De que la militancia se volvió una nómina y el programa, un eslogan.
Tres factores aparecen una y otra vez en los estudios. El primero es la corrupción, que en sondeos recientes de América Latina escaló hasta los primeros lugares de preocupación ciudadana, desplazando a problemas que durante años la superaron. El segundo es la distancia: la percepción de una élite desconectada que se reparte cargos mientras la vida cotidiana se encarece. El tercero es la promesa incumplida, el residuo acumulado de campañas que ofrecieron transformación y entregaron administración.
Cuando esos tres factores se juntan, producen un vacío. Y el vacío, en política, nunca queda vacío mucho tiempo.
El votante hispano: el laboratorio del desencanto
Hay un caso que vale más que cualquier abstracción europea, porque ocurre dentro de Estados Unidos. El votante hispano —más de treinta y seis millones con derecho a voto— se convirtió en el ejemplo más nítido de lo que la desafección produce cuando madura.
Durante décadas, el electorado latino funcionó como un bloque previsible. Eso terminó. El consultor republicano Mike Madrid lo resumió en una frase que vale como diagnóstico de toda una era: lo que vive el votante hispano no es un realineamiento, es un desalineamiento. No se está mudando ordenadamente de un partido a otro: se está fragmentando en identidades políticas que ya no responden a ninguna lealtad partidaria estable. Cerca de un tercio se declara independiente. Las prioridades —costo de vida, empleo, vivienda— cruzan las líneas ideológicas y dejan a los dos grandes partidos hablándole a un electorado que ya no los escucha como antes.
El dato más elocuente llegó en mayo de 2026. Según una encuesta de UnidosUS, uno de cada cuatro hispanos que respaldó a Donald Trump en 2024 sugiere ahora que se arrepiente de ese voto. El porcentaje de arrepentidos casi se duplicó en pocos meses, de un 13% en noviembre a un 25% en la primavera. No es un dato sobre Trump: es un dato sobre la volatilidad. El mismo votante que castigó a un establishment votando por el outsider está dispuesto, poco después, a castigar también al outsider. La factura, una vez que el votante aprende a emitirla, no se archiva.
Por qué esto importa antes de hablar del outsider
Aquí está la tesis que ordena todo este especial. El outsider no es la causa del desencanto: es su consecuencia. Llega después, no antes. Quien quiera entender por qué un empresario sin partido, un economista que insulta a «la casta» o un militar que prometía refundar el país lograron movilizar a millones, tiene que empezar por el agujero que los precedió. El antiestablishment es una oferta que solo prospera donde ya existía la demanda.
Esa demanda hoy es global y es simultánea. Un votante en Madrid que le pone 2,5 a sus partidos, uno en Texas que se declara independiente y arrepentido, y uno en Caracas que lleva veinticinco años viendo cómo un outsider que prometió barrerlo todo terminó construyendo su propia maquinaria, comparten algo más que el malestar. Comparten la intuición de que el sistema de partidos dejó de representarlos. En las piezas siguientes, este especial examina qué hacen los políticos de afuera con esa intuición. Pero el punto de partida es este: el desencanto es real, está medido, y no se va a curar pidiéndole al votante que vuelva a confiar sin darle una razón.
FUENTES PRINCIPALES: Fundación BBVA (confianza institucional, 2026) · V-Dem Institute (informe de regresión democrática 2025) · UnidosUS (encuesta de votantes latinos, mayo de 2026) · Axios / Mike Madrid (fragmentación del voto hispano, febrero de 2026) · Latinobarómetro.
Alfredo Yánez
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El aplauso que no es amor, es factura
La antipolítica no es entusiasmo por el de afuera: es despecho con el de adentro. El inciso que abre el especial.
Hay un malentendido cómodo en la manera en que se cuenta el ascenso de los outsiders. Se dice que la gente se enamoró del que venía de afuera. Que lo siguió por su carisma, por su discurso, por su promesa de barrer con todo. Y hay algo de eso. Pero la palabra está mal elegida. Lo que el votante siente cuando aplaude al recién llegado casi nunca es amor. Es despecho. Y el despecho, a diferencia del amor, siempre tiene una dirección: apunta a alguien.
Apunta al partido que prometió y no cumplió. Al dirigente que llegó hablando del pueblo y se fue hablando de sí mismo. A la estructura que pidió el voto cada cinco años y devolvió silencio los otros cuatro. El outsider no entra por la puerta que abre su propio mérito. Entra por la que dejaron abierta los que estaban adentro. Es, antes que nada, un hueco con forma de hombre.
Por eso conviene leer el fenómeno al revés de como suele leerse. El que vota contra los partidos no está votando por una idea nueva: está pasando una factura vieja. Y la factura se acumuló durante años de representación que se volvió trámite, de militancia que se volvió nómina, de programa que se volvió eslogan. Cuando por fin aparece alguien que dice «yo no soy de ellos», el votante no examina demasiado qué es. Le basta con que no sea eso.
El problema empieza después. Porque la factura se cobra una sola vez, pero el país sigue ahí al día siguiente, con sus instituciones, sus equilibrios, su necesidad aburrida de que alguien gobierne. Y entonces el outsider tiene que decidir qué hace con el poder que le prestaron en un arranque de bronca. Algunos descubren que gobernar se parece sospechosamente a lo que hacían los que vinieron a reemplazar. Otros deciden que, ya que llegaron rompiendo, lo coherente es seguir rompiendo. Ninguno de los dos caminos es gratis.
Este especial no viene a celebrar la antipolítica ni a condenarla de entrada. Viene a tomarle la temperatura. A entender por qué un votante en Pensilvania, otro en la provincia de Buenos Aires y otro en Caracas llegaron, por rutas distintas, a la misma conclusión: que el sistema de partidos dejó de hablarles. Esa coincidencia no es casualidad ni contagio. Es síntoma. Y los síntomas no se curan gritándoles que se callen; se curan averiguando qué los produce.
Venezuela conoce esta historia mejor que casi nadie, y no desde ahora. Tuvo su antipolítico de la televisión antes de que la televisión fuera el medio natural de los antipolíticos. Tuvo su outsider que arrasó las encuestas y terminó devorada por otro outsider más hábil. Tuvo, sobre todo, al hombre que prometió barrer la partidocracia y se quedó veinticinco años. Quien quiera entender lo que se juega hoy, cuando vuelven a circular nombres que se presentan como ajenos al aparato, haría bien en mirar ese archivo antes de aplaudir o de descalificar.
Hay una pregunta que recorrerá todas las piezas que siguen, y conviene dejarla planteada desde la primera línea. No toda renovación es demolición, y no todo el que viene de afuera viene a destruir. Hay quien tiene ideas en función del país y simplemente no milita en ningún partido, y llamarlo «antipolítico» como insulto es una manera barata de defender lo indefendible. Pero también hay quien usa el lenguaje de la renovación para justificar que no quede nada en pie. Distinguir entre los dos no es un lujo intelectual. Es, probablemente, la tarea política más urgente de la década.
El aplauso, ya lo dijimos, no es amor. Es una factura. La pregunta es quién la cobra, a nombre de quién, y qué piensa hacer con lo que recaude.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
FUENTES PRINCIPALES: Inciso de autor. Pieza de opinión firmada.
Especiales
El outsider no nace: se fabrica donde los partidos dejaron un hueco
El outsider no es un fenómeno espontáneo: es un ensamblaje de vacío, canal directo y discurso de ajenidad.
Ficha 6W
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | El conjunto de condiciones que permiten que un liderazgo antiestablishment se construya y prospere. |
| Quién | Outsiders políticos, asesores de campaña, ciudadanías hiperconectadas, partidos debilitados. |
| Cuándo | Un patrón consolidado en el ciclo electoral 2024-2026. |
| Dónde | América Latina, Estados Unidos y Europa, con el caso latinoamericano como modelo. |
| Por qué | La crisis de los partidos eliminó la mediación entre el líder y la sociedad. |
| Cómo | Comunicación directa por redes, un discurso de ajenidad y la promesa de no deber nada a nadie. |
Una oferta necesita una demanda
La pieza anterior de este especial dejó establecido el diagnóstico: el desencanto con los partidos es real, está medido y precede al outsider. Esta pieza explica el paso siguiente. Porque el vacío de representación es condición necesaria pero no suficiente. El hueco, por sí solo, no produce un líder. Hace falta alguien que sepa ocuparlo, y un método para hacerlo. El outsider no es un fenómeno espontáneo: es un ensamblaje.
La politóloga argentina María Matilde Ollier lo formuló con precisión: la crisis de las fuerzas tradicionales hizo que los liderazgos ya no se construyan a través de los partidos, sino mediante otros instrumentos, como los medios y las redes sociales. En una ciudadanía hiperconectada, sostiene, desaparece la mediación entre el líder y la sociedad. Ese es el primer ingrediente del mecanismo: un canal directo. Donde antes el partido filtraba, organizaba y traducía el mensaje, ahora el líder habla solo, sin intermediarios, a una audiencia que lo recibe sin filtro.
El que dice lo que la gente siente
El segundo ingrediente es el mensaje, y su fórmula es vieja pero eficaz. Se ve favorecido, explica Ollier, quien dice en voz alta lo que la gente percibe como su problema más urgente: la corrupción, la inseguridad, el estancamiento. El outsider no necesita tener razón en el diagnóstico técnico; necesita nombrar el malestar antes y más fuerte que nadie. Su ventaja sobre el político tradicional no es programática, es emocional: llega sin la mochila de las promesas incumplidas que arrastra el aparato.
De ahí la consigna que define a toda la categoría: yo no soy de la casta. El antiestablishment se ofrece como lo único que el sistema no puede ofrecer de sí mismo: distancia respecto de sí mismo. Un análisis reciente sobre la nueva generación de outsiders latinoamericanos —la que vino después del fenómeno de Nayib Bukele— detecta un giro revelador. El outsider de hoy ya no necesita venir literalmente de fuera de la política. Le basta con posicionarse como ajeno a la política existente. Puede llevar años en cargos públicos y aun así presentarse como el que viene a romper la baraja. La ajenidad dejó de ser una biografía para volverse una postura.
El método tiene límites
Conviene no idealizar el mecanismo, porque también falla. El mismo análisis advierte un error recurrente: confundir la popularidad digital con la traducción electoral. Las métricas de redes no votan. Convertir una audiencia en votos exige un trabajo de activación territorial que ningún truco comunicacional elimina. Por eso no todo influencer indignado llega a ningún lado, y por eso varios que parecían imbatibles en las redes se desinflaron en las urnas.
Hay también una distinción que esta pieza necesita dejar sentada, porque será decisiva al final del especial. No todos los que entran al sistema como outsiders se quedan afuera de él. El francés Emmanuel Macron y el chileno Sebastián Piñera fueron calificados de outsiders en su momento, y ambos terminaron ingresando al sistema y jugando con sus reglas. Ese es un destino posible: el de afuera que se institucionaliza. El otro destino —el del que llega para romper y sigue rompiendo— es el que este especial examinará en sus casos venezolanos. La diferencia entre ambos no está en cómo llegan, sino en qué hacen una vez adentro.
La carta de Venezuela
Carmen Beatriz Fernández, analista venezolana de comunicación política, aporta el marco regional. En contextos de alta fragmentación partidaria, sostiene, la polarización y el populismo encuentran terreno fértil porque los propios sistemas electorales premian la confrontación. Es decir: el mecanismo del outsider no opera en el vacío, sino sobre reglas de juego que muchas veces lo incentivan. Donde el sistema de partidos está fragmentado y las instituciones premian al que grita más fuerte, el político de afuera no es una anomalía. Es la consecuencia lógica del diseño.
Venezuela conoce ese terreno mejor que casi nadie, porque ya vio el mecanismo funcionar hasta sus últimas consecuencias. Las piezas que siguen reconstruyen esa historia: la de un país que tuvo outsiders mucho antes de que el mundo les pusiera ese nombre, y que aprendió, del modo más duro, lo que ocurre cuando la oferta antiestablishment gana y no sabe —o no quiere— transformarse en otra cosa.
FUENTES PRINCIPALES: María Matilde Ollier, Escuela de Política y Gobierno (UNSAM), vía La Nación · Carmen Beatriz Fernández, ensayo sobre polarización y populismo en América Latina (febrero de 2026) · análisis sobre la nueva generación de outsiders latinoamericanos posterior a Bukele (junio de 2026) · literatura académica sobre populismo y redes.
Especiales
Trump y Milei muestran qué pasa cuando el outsider llega al poder
El antiestablishment es formidable para llegar y frágil para durar. Trump y Milei lo prueban en tiempo real.
Ficha 6W
| Pregunta | Respuesta |
|---|---|
| Qué | Dos outsiders en ejercicio del poder que ilustran fases distintas del ciclo antiestablishment. |
| Quién | Donald Trump, presidente de EE.UU.; Javier Milei, presidente de Argentina. |
| Cuándo | Junio de 2026, con datos de aprobación de los primeros meses del año. |
| Dónde | Estados Unidos y Argentina; el votante hispano estadounidense como foco. |
| Por qué | Muestran que ganar como outsider es más fácil que sostener el desencanto una vez en el gobierno. |
| Cómo | El desgaste por la economía y la gestión erosiona al mismo electorado que los llevó al poder. |
El outsider ya no es la excepción
Las piezas anteriores explicaron por qué la gente se desencanta y cómo se fabrica el líder que capitaliza ese desencanto. Esta pieza observa lo que ocurre después: cuando el outsider gana y tiene que gobernar. Para eso no hacen falta hipótesis. Hay dos casos en ejercicio, en dos países distintos, que funcionan como relojes que marcan horas diferentes del mismo mecanismo. Donald Trump en Estados Unidos y Javier Milei en Argentina llegaron al poder como forasteros del sistema. Verlos gobernar es ver el ciclo de la antipolítica desplegándose en tiempo real.
Conviene una advertencia de método antes de seguir. Describir el fenómeno no es militarlo ni a favor ni en contra. Ni Trump ni Milei son aquí héroes ni villanos: son datos. Lo que interesa de ellos no es si gobiernan bien o mal, sino qué le ocurre al vínculo entre un outsider y el electorado que lo eligió, una vez que ese outsider deja de prometer y empieza a administrar.
Trump: el reloj que rehízo el tablero
Donald Trump es el outsider que más lejos llegó. No solo ganó: rehízo las reglas del juego, dentro y fuera de su país. Para el lector de este especial, el dato más cercano es que su administración tutela hoy la transición venezolana tras la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026. Un político que irrumpió contra el establishment de su propio partido terminó en el centro mismo del poder mundial, decidiendo el destino de gobiernos ajenos.
Pero incluso ese outsider triunfante muestra la grieta que este especial viene rastreando. Su relación con el votante hispano —decisivo en su victoria de 2024, cuando obtuvo el respaldo histórico de cerca del 46% de ese electorado— se volvió un electrocardiograma. En el primer semestre de 2026 su aprobación entre hispanos osciló de forma brusca: cayó al 23% a fines de mayo y rebotó al 37% a mediados de junio, según el seguimiento de The Economist y YouGov. El Centro Pew aportó el dato más revelador: entre sus propios votantes hispanos de 2024, la aprobación de Trump se desplomó 27 puntos desde comienzos de 2025, casi el doble de la caída registrada entre sus votantes blancos.
Esa es la marca del reloj de Trump. El mismo votante que castigó al sistema eligiéndolo a él es el que más rápido se mueve cuando llega la factura: el costo de vida, la inflación, el modo de ejecutar las deportaciones. La volatilidad no es un accidente; es la naturaleza del voto antiestablishment. Quien llega por despecho se va por despecho.
Milei: el reloj adelantado
Si Trump muestra el outsider en la cima, Javier Milei muestra lo que viene después. Su reloj está adelantado, y por eso enseña más. Llegó en 2023 prometiendo destruir a «la casta» política, con la motosierra como símbolo de campaña. Gobernó con resultados macroeconómicos que sus partidarios celebran —una desaceleración drástica de la inflación— y en octubre de 2025 su fuerza ganó las elecciones de medio término, alcanzando un pico de aprobación del 45%.
Y entonces el reloj siguió girando. Para mayo y junio de 2026, la desaprobación de Milei trepó al 61-63% según varias consultoras, con la aprobación en torno al 35%. El desgaste, atribuido a la economía y a escándalos en su entorno, erosionó la promesa fundacional. La paradoja la capta una percepción ciudadana extendida: una porción creciente de argentinos siente que el gobierno que prometía terminar con la casta empezó a parecerse a ella. El outsider que llegó para barrer el sistema es acusado, dos años después, de haberse vuelto parte del sistema.
Conviene la precisión para no exagerar: la curva de Milei se estabilizó en los últimos meses y su espacio sigue siendo competitivo, segundo en intención de voto a poca distancia del peronismo. No es un colapso. Es algo más interesante para este especial: es el ciclo completo del síntoma. Desencanto con los partidos, ascenso del outsider, y nuevo desencanto con el outsider que ya no puede presentarse como ajeno porque ahora él es el poder.
Lo que los dos relojes enseñan
Juntos, Trump y Milei dibujan la trayectoria entera. El antiestablishment es formidable para llegar y frágil para durar, porque su combustible —el rechazo a los de adentro— se agota en el momento exacto en que el outsider pasa a ser uno de los de adentro. Gobernar es institucionalizarse, y la institución es justamente lo que el votante quería castigar.
Esto no condena al outsider al fracaso: algunos, como se vio, se institucionalizan con éxito y se vuelven políticos convencionales. Pero sí desactiva la ilusión central de la antipolítica, esa que promete que basta traer a alguien de afuera para que todo cambie. El de afuera, si gobierna, deja de estar afuera. Y el votante que creyó comprar una excepción descubre que compró, otra vez, un gobierno. Venezuela —que aún no termina de procesar lo que un outsider le hizo a su democracia— tiene en estos dos relojes una lección que haría bien en mirar antes de que vuelvan a ofrecerle el reloj nuevo.
FUENTES PRINCIPALES: The Economist/YouGov (aprobación de Trump, junio de 2026) · Pew Research Center (caída entre votantes hispanos de Trump, abril-mayo de 2026) · Reuters/Ipsos y AP-NORC (aprobación hispana, 2025-2026) · AtlasIntel, Universidad de San Andrés (ESPOP) y Perfil (aprobación de Milei, mayo-junio de 2026).
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