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Columna

El aplauso que no es amor, es factura

La antipolítica no es entusiasmo por el de afuera: es despecho con el de adentro. El inciso que abre el especial.

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Hay un malentendido cómodo en la manera en que se cuenta el ascenso de los outsiders. Se dice que la gente se enamoró del que venía de afuera. Que lo siguió por su carisma, por su discurso, por su promesa de barrer con todo. Y hay algo de eso. Pero la palabra está mal elegida. Lo que el votante siente cuando aplaude al recién llegado casi nunca es amor. Es despecho. Y el despecho, a diferencia del amor, siempre tiene una dirección: apunta a alguien.

Apunta al partido que prometió y no cumplió. Al dirigente que llegó hablando del pueblo y se fue hablando de sí mismo. A la estructura que pidió el voto cada cinco años y devolvió silencio los otros cuatro. El outsider no entra por la puerta que abre su propio mérito. Entra por la que dejaron abierta los que estaban adentro. Es, antes que nada, un hueco con forma de hombre.

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Por eso conviene leer el fenómeno al revés de como suele leerse. El que vota contra los partidos no está votando por una idea nueva: está pasando una factura vieja. Y la factura se acumuló durante años de representación que se volvió trámite, de militancia que se volvió nómina, de programa que se volvió eslogan. Cuando por fin aparece alguien que dice «yo no soy de ellos», el votante no examina demasiado qué es. Le basta con que no sea eso.

El problema empieza después. Porque la factura se cobra una sola vez, pero el país sigue ahí al día siguiente, con sus instituciones, sus equilibrios, su necesidad aburrida de que alguien gobierne. Y entonces el outsider tiene que decidir qué hace con el poder que le prestaron en un arranque de bronca. Algunos descubren que gobernar se parece sospechosamente a lo que hacían los que vinieron a reemplazar. Otros deciden que, ya que llegaron rompiendo, lo coherente es seguir rompiendo. Ninguno de los dos caminos es gratis.

Este especial no viene a celebrar la antipolítica ni a condenarla de entrada. Viene a tomarle la temperatura. A entender por qué un votante en Pensilvania, otro en la provincia de Buenos Aires y otro en Caracas llegaron, por rutas distintas, a la misma conclusión: que el sistema de partidos dejó de hablarles. Esa coincidencia no es casualidad ni contagio. Es síntoma. Y los síntomas no se curan gritándoles que se callen; se curan averiguando qué los produce.

Venezuela conoce esta historia mejor que casi nadie, y no desde ahora. Tuvo su antipolítico de la televisión antes de que la televisión fuera el medio natural de los antipolíticos. Tuvo su outsider que arrasó las encuestas y terminó devorada por otro outsider más hábil. Tuvo, sobre todo, al hombre que prometió barrer la partidocracia y se quedó veinticinco años. Quien quiera entender lo que se juega hoy, cuando vuelven a circular nombres que se presentan como ajenos al aparato, haría bien en mirar ese archivo antes de aplaudir o de descalificar.

Hay una pregunta que recorrerá todas las piezas que siguen, y conviene dejarla planteada desde la primera línea. No toda renovación es demolición, y no todo el que viene de afuera viene a destruir. Hay quien tiene ideas en función del país y simplemente no milita en ningún partido, y llamarlo «antipolítico» como insulto es una manera barata de defender lo indefendible. Pero también hay quien usa el lenguaje de la renovación para justificar que no quede nada en pie. Distinguir entre los dos no es un lujo intelectual. Es, probablemente, la tarea política más urgente de la década.

El aplauso, ya lo dijimos, no es amor. Es una factura. La pregunta es quién la cobra, a nombre de quién, y qué piensa hacer con lo que recaude.

Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS


FUENTES PRINCIPALES: Inciso de autor. Pieza de opinión firmada.

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Los que vuelven y los que miramos desde lejos

Ver volver a los que se fueron despierta una pregunta incómoda en la diáspora: ¿y nosotros? Una reflexión sobre el regreso, la distancia y la patria que ya no es la misma.

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Hoy volvió a Caracas una mujer que llevaba siete años sin pisarla. Dinorah Figuera, médica, dirigente, presidenta de una Asamblea que durante años sesionó por una pantalla, bajó de un avión y volvió a respirar el aire del país que tuvo que dejar a la fuerza. No la conozco en persona. Pero confieso que la noticia me removió algo que creía mejor guardado, y que sospecho no soy el único en sentir.

Porque los que estamos afuera tenemos una relación complicada con las noticias de los que vuelven. Nos alegran, de verdad. Cada exiliado que regresa sin que lo detengan es una pequeña victoria, una grieta en el muro que nos separó de casa. Y sin embargo, junto a la alegría, asoma una pregunta que casi nunca decimos en voz alta, porque da un poco de vergüenza y un poco de miedo: ¿y yo? ¿Y nosotros? ¿Cuándo, si es que alguna vez?

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Llevo años en Columbus. Aquí construí una vida, eché raíces, aprendí a querer un invierno que no entendía. Mis hijos crecen con un acento que no es el mío. Y aun así, cada vez que leo que alguien volvió, una parte de mí hace las cuentas imposibles: las de qué dejaría, las de qué encontraría, las de si el país al que querría volver todavía existe o se quedó congelado en la memoria del que se fue. Porque esa es la trampa de la distancia: uno no extraña el país real, extraña el país que dejó, y ese país ya no está. Cambió. Como cambiamos nosotros.

He aprendido a desconfiar de las dos tentaciones que acechan al que mira la patria desde lejos. La primera es el optimismo fácil: creer que porque vuelven algunos, ya se puede volver, que todo se arregló, que es cuestión de comprar el pasaje. No es así. Los mismos que regresan denuncian, a los pocos días, que los amenazan. El aparato que nos echó sigue ahí, agazapado. La apertura es real, pero es frágil, y confundirla con una garantía sería ingenuo y hasta peligroso.

La segunda tentación es la contraria: el cinismo del que decide, para no sufrir, que nada cambia nunca, que todo es teatro, que los que vuelven son ilusos o cómplices. También es mentira. Algo se movió. Que una Dinorah Figuera pueda pisar Caracas, después de siete años con una orden de captura encima, no es lo mismo que el año pasado. Negarlo por miedo a ilusionarse es otra forma de dejarse derrotar.

Vivo, como tantos, en la incómoda tierra de en medio. Ni el optimismo del pasaje comprado ni el cinismo del «nada cambia». La tierra del que mira con esperanza y con cautela a la vez, del que celebra cada regreso sin sentirse obligado a imitarlo, del que sabe que volver —o no volver— es una decisión tan íntima y tan cargada que nadie tiene derecho a juzgarla desde afuera. Cada quien sabe lo que dejó, lo que construyó, lo que puede arriesgar.

Y pienso, sobre todo, en algo que me cuesta admitir: que quedarse también es una forma de querer a Venezuela. Que el que manda remesas cada mes, el que cría hijos que hablan de su país aunque no lo conozcan del todo, el que sostiene desde lejos a los que se quedaron, también está haciendo patria. Que no todos los que aman a Venezuela tienen que volver, ni todos los que vuelven aman más. Hay mil maneras de pertenecer a un país, y la distancia no anula ninguna.

A las nueve de la noche en Columbus, cuando la casa se queda en silencio, a veces pienso en esa frase tan nuestra: «cuando esto se arregle, vuelvo». La he dicho. La hemos dicho todos. Y hoy, viendo volver a Dinorah Figuera, me pregunto si esa frase es una promesa o un consuelo. Quizás sea las dos cosas. Quizás esté bien que lo sea.

Lo que sé es que cada regreso me obliga a mirar de frente la pregunta que prefiero esquivar, y que mirarla —aunque no la responda— es más honesto que fingir que no existe. A los que volvieron, mi respeto y mi alegría. A los que seguimos mirando desde lejos, calculando lo incalculable, mi compañía. No estamos solos en esta espera rara, hecha de esperanza y de cautela. Y mientras tanto, desde aquí, seguimos haciendo lo único que sabemos: no soltar a Venezuela, vuelva uno o se quede. Que al final, eso también es una manera de no irse nunca del todo.

Por Alfredo Yánez Mondragón
Director de INCÍSOS

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Columna

Magnifica Humanitas: la primera vez que la Iglesia se sienta a la misma mesa que la inteligencia artificial

El lunes 25 de mayo el Papa León XIV presenta personalmente Magnifica Humanitas, primera encíclica del pontificado y primer documento magisterial dedicado específicamente a la inteligencia artificial. Junto a él, Christopher Olah, cofundador de Anthropic. Lo que está a punto de cambiar para la comunidad hispana en Estados Unidos.

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Por Alfredo Yánez Mondragón

El lunes 25 de mayo, dentro de seis días, el Aula del Sínodo del Vaticano va a ser escenario de algo que no había ocurrido nunca antes en la historia de la Iglesia católica. Por primera vez, un Papa va a presentar personalmente una encíclica. Y por primera vez, un Papa va a hacerlo acompañado en la mesa de un técnico de la propia industria sobre la que está escribiendo. León XIV va a estar sentado al lado de Christopher Olah, cofundador de Anthropic e investigador en interpretabilidad de redes neuronales. Entre los dos van a presentar Magnifica Humanitas, primera encíclica del pontificado y primer documento de magisterio papal dedicado específicamente a la inteligencia artificial.

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Esa imagen merece detenerse en ella. Es densa. Por un lado, un Pontífice que viene de Chicago, que pasó dos décadas en Perú, que firmó el texto el 15 de mayo de 2026 —el 135 aniversario exacto de la Rerum Novarum de León XIII— precisamente para inscribir su intervención en la línea de la doctrina social que la Iglesia construyó frente a la primera revolución industrial. Por otro lado, un científico de 33 años que pertenece a una de las cinco empresas que actualmente definen el rumbo técnico de los modelos de lenguaje en el mundo. Las dos personas en la misma mesa, en la misma fotografía, presentando el mismo documento. Eso no es una conferencia de prensa. Es una declaración estructural sobre quién tiene voz cuando se habla del futuro de la persona humana.

Lo importante de esta encíclica no es lo que está dispuesta a decir. Lo importante es lo que está dispuesta a hacer públicamente. El Papa no se va a limitar a publicar un texto y mandarlo a los párrocos. Se va a poner de pie en el aula sinodal y va a sostener una conversación con la industria a la que el documento interpela. La Iglesia católica, sin que muchos lo hayan notado todavía, acaba de cambiar el método de su intervención en el debate global. La doctrina ya no se publica desde arriba para que abajo la apliquen. La doctrina se enuncia en presencia de los actores que la van a tener que cumplir o desobedecer. La presencia de Olah en la sala no es decoración. Es interlocución.

A esto se le añade un dato que vale la pena leer junto al primero. El subtítulo de la encíclica es preciso: Sobre la protección de la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial. La frase es claramente leoniana. La Rerum Novarum de 1891 no se llamó «contra los empresarios» ni «a favor de los obreros». Se llamó «sobre la condición de los obreros». La encíclica de León XIII trabajó desde la categoría —el obrero como sujeto teológico y económico— y desde ahí desplegó la doctrina. Esta encíclica trabaja desde otra categoría: la dignidad humana. Y la sitúa frente a un fenómeno —la inteligencia artificial— al que no condena ni canoniza. La fórmula doctrinal ya conocida del Vaticano sobre tecnología es siempre la misma: aceptación de la herramienta, exigencia ética sobre el uso. La encíclica probablemente reitere ese marco. Pero lo va a hacer con peso magisterial pleno, no en una nota de comisión.

Hay tres preguntas que esta encíclica está a punto de poner sobre la mesa global y que conviene formular, desde la diáspora hispana en Estados Unidos, antes de que llegue el documento el lunes.

La primera. ¿Qué pasa con los trabajos? El propio León XIV planteó la pregunta el día siguiente de su elección, ante los cardenales: «en una economía dominada por algoritmos, plataformas y automatización, ¿cómo puede hacerse realidad este principio cuando millones de empleos corren el riesgo de desaparecer?». La frase no es retórica. Es exactamente la pregunta que la Universidad de UCLA documentó este año al cuantificar que 7,1 millones de trabajadores hispanos están en empleos de alto riesgo de automatización en los seis estados con mayor presencia latina del país. Es la pregunta que dejó abierta Walmart hace seis días al recortar mil empleos corporativos sin atribuirlo a IA aunque el ejecutivo firmante del memorando tenga «AI Acceleration» en su título. Es la pregunta que los hispanos sin acceso a programas de upskilling se están haciendo en silencio en cada cocina del país. La encíclica va a hablarle a esa cocina. La autoridad con la que va a hablarle marca una diferencia.

La segunda. ¿Qué pasa con la desigualdad de acceso? La doctrina social de la Iglesia, desde León XIII, se construyó sobre la idea de que las herramientas de la producción no son neutras: que quien las posee define el destino de quien las usa. Esa misma estructura aplica, sin metáfora, a la inteligencia artificial. Los modelos los desarrollan, hoy, un puñado de empresas en California, Texas y Nueva York. Quienes diseñan los pesos, los datasets, los sesgos, los gobiernos corporativos, son una población homogénea y geográficamente concentrada. La pregunta que la encíclica probablemente formule no es si los hispanos deben aprender a usar IA. Es quién decide cómo se entrena, qué valores se le inscriben y a quién se le explica el resultado cuando una decisión algorítmica lo afecta. Las leyes estatales de Colorado, Texas y Nueva York que regulan la IA están dispersas y son insuficientes. La encíclica va a hablar globalmente sobre eso, y va a hacerlo en un momento en que la regulación federal estadounidense está congelada desde que la administración Trump revocó la orden ejecutiva de Biden en enero de 2025.

La tercera. ¿Qué pasa con la verdad? León XIV ya dio una señal en el ángelus del domingo previo: instó «a comprometerse a promover formas de comunicación que respeten siempre la verdad del ser humano» frente a la inteligencia artificial. Esa frase, casi pasada por alto en la prensa internacional, anticipa probablemente uno de los ejes del documento. La generación de imágenes sintéticas, los deepfakes, la suplantación de identidad por modelos generativos, la manipulación de información política, el contenido pornográfico no consentido, la creación masiva de noticias falsas con sello editorial inventado: todo eso es parte del paisaje digital del lector hispano en Estados Unidos en 2026. El magisterio papal nunca había intervenido formalmente sobre este territorio. Va a hacerlo el lunes.

Hay una cosa más, menos doctrinal pero no menos significativa. La elección de Christopher Olah como interlocutor en la presentación tampoco es casual. Anthropic, la empresa que cofundó, es la única de las grandes compañías de IA que ha hecho de la seguridad y la interpretabilidad técnica el centro declarado de su misión. Es decir: la Iglesia, al elegir a Olah, no está condenando la IA ni bendiciendo a Silicon Valley. Está señalando con quién prefiere dialogar y por qué. Está marcando una diferencia entre los actores de la industria que aceptan restricciones éticas y los que las eluden. Para América Latina, donde más del 40 por ciento de la población se identifica como católica practicante o cultural y donde los gobiernos están definiendo en este momento sus marcos regulatorios sobre IA, esa señal vaticana va a tener peso real. No únicamente espiritual.

¿Qué le ofrece Magnifica Humanitas específicamente al hispano en Estados Unidos? Tres cosas que vale la pena anticipar.

Una. Un marco doctrinal con autoridad moral universal para entender la propia ansiedad laboral. Cuando uno se enfrenta cada mañana al miedo de que el trabajo desaparezca por la automatización, esa angustia se vive en silencio, en términos individuales. La encíclica le va a dar nombre colectivo a esa angustia. La va a inscribir en una continuidad histórica que viene desde 1891. La va a tratar como cuestión moral, no como falla personal de adaptación al mercado.

Dos. Un argumento articulado para exigir regulación responsable. Quienes desde la sociedad civil hispana —cámaras, asociaciones profesionales, fundaciones, sindicatos— quieren empujar regulaciones estatales y federales sobre IA en empleo, vivienda, crédito y educación, ahora cuentan con un documento magisterial al que pueden citar. No es lo mismo discutir leyes de transparencia algorítmica con respaldo doctrinal vaticano que sin él. Para legisladores hispanos católicos —en California, Texas, Nueva York, Florida, Illinois— el documento va a ser una herramienta de presión política legítima.

Tres. Un puente entre la economía hispana y el debate ético global. Durante demasiado tiempo, la conversación sobre IA en Estados Unidos se ha hecho en inglés, en San Francisco, entre ingenieros y filósofos morales blancos formados en Stanford. La encíclica abre una puerta para que la conversación se haga también en español, en el sur de Florida, en El Paso, en Phoenix, en Chicago, entre comunidades que hasta ahora estaban del lado receptor de la tecnología, no del lado de su gobernanza ética.

El lunes 25 va a ser un día denso. Habrá quienes lean la encíclica como mero ejercicio doctrinal sin consecuencias prácticas. Habrá quienes la lean como entrometimiento del Vaticano en cuestiones que no le corresponden. Habrá quienes la lean, simplemente, como la pieza más importante que el magisterio papal ha producido sobre tecnología desde Laudato Si’ de Francisco en 2015. Yo voy a leerla, claro está, con la atención que merece. Pero también voy a leer con cuidado quién participa en la presentación, qué declara cada uno de los ponentes y, sobre todo, qué reacciones genera en los siguientes días en Anthropic, en OpenAI, en Microsoft y Google. Porque la prueba real de una encíclica no es el aplauso de los obispos. Es el silencio o la respuesta de los actores a los que interpela.

Hasta el lunes, entonces. La conversación global sobre inteligencia artificial está a punto de ganar una voz que no estaba en la sala hasta hoy. Y para los 62 millones de hispanos en Estados Unidos —católicos practicantes o culturales, creyentes o no— esa voz va a tener algo que decir directamente sobre cosas que ya están en su vida cotidiana, hoy. No en el futuro. Hoy.

Lo sabremos el 25.

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