Inciso
La cuenta ajena
Hay una cifra que explica el año: 13.000 millones cobrados, 300 reportados. Y hay una experiencia hispana que se parece demasiado a eso.
Por Alfredo Yánez Mondragón
Hay una pregunta que un periodista aprende a hacer temprano y que casi nunca tiene respuesta rápida: ¿quién lleva la cuenta?
No quién manda. No quién decide. Quién anota. Porque en cualquier asunto donde hay dinero o hay personas, el que lleva el libro tiene un poder distinto al de todos los demás, y es un poder que casi nunca se discute porque parece administrativo.
En los últimos días esa pregunta tuvo dos respuestas y ninguna de las dos me deja tranquilo.
La primera. El presidente de Estados Unidos confirmó el lunes 27 de julio que su gobierno ha recaudado más de trece mil millones de dólares por la venta de petróleo venezolano desde enero. Le preguntaron dónde está ese dinero y respondió, a bordo del avión presidencial, que va para administrar el país y que quizá pueda ir al Ejército.
El portal del mecanismo, seis meses después de arrancar, mostraba una transferencia. Trescientos millones.
Trece mil contra trescientos. No estoy afirmando que falte dinero: no lo sé y nadie que lo afirme lo sabe tampoco. Estoy señalando algo más simple y más grave. Que no existe el documento que permitiría saberlo.
Trece mil millones equivalen a casi el noventa y siete por ciento de todo lo que Venezuela exportó en seis meses. Es, aproximadamente, cinco meses de producción nacional completa. Y la única razón por la que conocemos la cifra es que una empresa privada rastrea buques por satélite y una agencia estima precios, y un periódico británico cruzó ambas cosas.
Es decir: lo supimos por vigilancia comercial, no por contabilidad pública. El Congreso estadounidense acaba de abrir una auditoría precisamente porque no hay saldos, ni comisiones, ni desembolsos publicados.
La segunda respuesta es de otra escala y la vivo más cerca.
El TPS de Haití venció el 27 de julio. El de hondureños y nicaragüenses fue eliminado por una corte. El de venezolanos sobrevive parcialmente, en un grupo definido por una fecha de emisión de documentos —antes del 5 de febrero de 2025— y con vencimiento el 2 de octubre. Un tribunal de apelaciones dijo que la administración se excedió. La Corte Suprema todavía no dice si va a revisar el caso.
Le pido al lector que se detenga en lo que eso significa para una persona concreta. Su derecho a trabajar el mes que viene depende de si un tribunal acepta o no revisar una petición. No de lo que haga, no de lo que pague, no de a quién le pida ayuda. De un trámite en una corte donde nadie lo conoce y donde su nombre no aparece.
Alguien lleva esa cuenta también. Alguien tiene un expediente con su domicilio, sus huellas, su historial y los nombres de sus hijos. Ese expediente no desaparece cuando desaparece el beneficio que lo originó.
No estoy comparando trece mil millones de dólares con el permiso de trabajo de una persona. Sería una frivolidad y además sería falso: una cosa es dinero y la otra es una vida.
Lo que digo es que comparten una estructura. En los dos casos hay un libro. En los dos casos el libro lo lleva alguien más. Y en los dos casos, quien está anotado no tiene derecho a ver la página donde está su nombre.
Llevo años escribiendo sobre sistemas para gente que vive dentro de ellos sin manual. Y si algo aprendí es que la parte que decide casi nunca está en el discurso. Está en el anexo, en el formulario, en la fecha de emisión de un documento, en la línea de un estado de cuenta que no se publica.
La gente cree que pierde por no entender la política. Pierde por no ver la contabilidad.
Por eso no me interesa demasiado si el diálogo que empezó el 1 de agosto fue una instalación o una llamada telefónica. Fue una llamada, dicho sea de paso, y las conversaciones empiezan después. Me interesa más otra cosa: que ninguno de los dos comunicados publicó el cronograma. Se anunciaron metas verificables sin decir cuáles ni cuándo.
Otra vez el libro cerrado. Otra vez la palabra de que las cuentas están bien.
Y quiero ser justo, porque el reproche fácil no sirve. Es verdad que en siete meses hay cosas que mejoraron y que hace un año parecían imposibles. Volvieron petroleras, volvieron vuelos, hay más dólares circulando. Quien niegue eso está mintiendo tanto como quien niega lo otro.
Pero una recuperación que no se puede auditar no es una recuperación verificada: es un anuncio con buenos indicadores alrededor. Y la diferencia entre las dos cosas la paga siempre el mismo: el que no lleva la cuenta.
No tengo un cierre elegante. Tengo una petición, y es concreta.
Un estado de cuenta. Ingresos, comisiones, saldo, desembolsos con fecha y destinatario. Ese papel existe necesariamente, porque ningún fondo opera sin contabilidad. Lo que no existe es su publicación.
Y del otro lado, lo mismo en escala humana: que a una persona que entregó sus datos para acogerse a una protección se le diga con claridad qué pasa con esos datos cuando la protección termina.
Dos documentos. Ninguno de los dos es imposible. Ninguno de los dos requiere una negociación internacional ni un fallo de la Corte Suprema.
Solo requieren que alguien decida que el libro se abre.
Mientras tanto, seguimos siendo una anotación en la cuenta de otro. Y la única forma de dejar de serlo, que yo sepa, es seguir preguntando quién la lleva.
Alfredo Yánez
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INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
Machado y González firmaron un plan en el que Delcy Rodríguez sigue en el cargo hasta declarar su propia ausencia. Habrá quien lo llame traición. Es otra cosa: aceptar un camino imperfecto porque tiene fechas, y comprometerse a vigilarlo.
Durante años, la oposición venezolana fue experta en decir que no. No a las elecciones amañadas, no al diálogo con trampa, no a las mesas que servían para ganar tiempo. Muchas veces tuvo razón. Por eso llama la atención lo que firmaron María Corina Machado y Edmundo González el jueves 5 en la Declaración de Madrid: un «sí».
Un sí a un plan que no diseñaron ellos, que viene de Washington y que tiene un paso incómodo: que la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, siga en el cargo hasta declarar la falta absoluta de la Presidencia. Ya hay quien lo lee como rendición. No lo es.
Lo que se gana
Lo que se gana es un calendario. Nuevo TSJ y nuevo CNE antes de que termine el año, falta absoluta después, elecciones seis meses más tarde. Con fechas, se puede medir. Sin fechas, cada anuncio es una promesa y cada retraso, una excusa. Machado y González cambiaron la consigna por un cronograma, y un cronograma tiene la virtud de que cualquiera puede revisarlo.
La semana lo mostró. El canciller Oliver Blanco prometió en Madrid un TSJ para finales de 2026. Ese mismo día, la fecha en que debían aprobarse los criterios de la entrevista de los magistrados pasó sin que se publicaran. Las dos cosas son ciertas, y por eso existe Verificable: para que la promesa y el retraso queden en la misma página.
Lo que no se puede ceder
Avalar un plan no es avalarlo todo. No es aceptar que la lista de presos políticos siga siendo un secreto, ni que la Ley contra el Odio se reforme en lugar de derogarse, ni que la entrevista del TSJ se decida con reglas que nadie conoce. El mismo viernes en que la declaración circulaba, Machado fue a El Rodeo a sentarse con las familias de los presos. Esa es la otra mitad del sí: estar en la mesa sin dejar de estar en la calle.
Lo dijeron ellos mismos: «La estabilidad del futuro se levanta sobre los acuerdos del presente». La frase tiene una condición escondida. Los acuerdos solo construyen algo si se cumplen.
¿Qué falta, exactamente, para que pase? Que cada fecha del plan se cumpla o se explique en público, y que quienes lo firmaron sean los primeros en señalar cuando no.
— Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Declaración de Madrid, Vente Venezuela; notas de INCÍSOS del 6 de noviembre de 2026: la Declaración, Blanco en Madrid, el TSJ y El Rodeo; Verificable.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
En la primera semana de noviembre se anunciaron tres avances: una ley sin cárcel, portales liberados y un TSJ con baremo. Los tres son reales, y ninguno es lo que dice el anuncio. Entre la crítica que todo lo niega y el gobierno que todo lo exagera, hay una vara: los datos.
El martes 3 escribimos aquí que medir por hechos aplica en las dos direcciones, y que hay quien prefiere no ver los avances porque recibió tantos golpes que ya no cree en nada. Ahora toca la otra mitad de esa idea. Porque si a la crítica le pedimos que reconozca lo que avanza, al gobierno hay que pedirle lo mismo: que no anuncie más de lo que hizo.
Jorge Rodríguez dijo el martes 3 que «ya se liberaron todos los portales de los medios de comunicación». No es cierto. VE sin Filtro cuenta 140 dominios todavía bloqueados en al menos un proveedor. Pero también es cierto que hace dos meses no se podía abrir X, ni Signal, ni Efecto Cocuyo, y hoy sí. Las dos cosas son verdad a la vez. Lo dicho y lo medido caben en la misma nota.
La reforma de la Ley contra el Odio quita la cárcel. Es un avance enorme para quien podía pasar veinte años preso por un tuit. Pero la ley sigue ahí, con el Estado decidiendo qué es odio, con multas que pueden cerrar un medio y con un ministerio político, el de Diosdado Cabello, como juez. Sin cárcel, pero con ley.
El TSJ tiene ahora un baremo público y siete juristas con nombre y apellido revisando credenciales. Nunca habíamos tenido eso. Pero falta un lapso para que cualquiera pueda objetar a un aspirante, y faltan criterios para quienes fueron parte del tribunal capturado. Quien revisa no escoge.
La vara
Lo que une las tres historias no es que el gobierno mienta ni que la oposición exagere. Es que hay una forma de salir de esa discusión eterna: los números que cualquiera puede revisar. Una lista de dominios. Un texto de ley publicado. Una lista de aspirantes con sus credenciales. Cuando existen, la pelea se acaba, porque ya no es tu palabra contra la mía.
Por eso existe Verificable. No para aplaudir ni para torpedear, sino para que cada compromiso tenga una fecha, una fuente y un estado. Si el gobierno dice que liberó todos los portales, que lo pruebe con la misma herramienta que usa VE sin Filtro. Si la oposición dice que nada cambia, que mire la misma lista.
Anunciar es fácil. Medir es lo que convierte un anuncio en un hecho. Y un país que aprende a medir es un país al que ya no se le puede contar cualquier cosa.
¿Qué falta, exactamente, para que pase? Que cada anuncio del gobierno venga acompañado de su prueba: la lista, el texto, la Gaceta. Y que quienes critican se tomen el trabajo de revisarla antes de opinar.
— Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Notas de INCÍSOS del 5 de noviembre de 2026: Ley contra el Odio, TSJ y desbloqueos; Inciso del 3 de noviembre; Verificable.
INCISO
Durante diez meses, la transición venezolana se decidió entre la Casa Blanca, el Departamento de Estado y Miraflores, sin nadie que preguntara. Desde enero, un Congreso demócrata tendrá las llaves de las citaciones y del presupuesto. No es una buena ni una mala noticia. Es una oportunidad, y un riesgo.
Por Alfredo Yánez Mondragón
Hay una palabra que en Venezuela se evita y que, sin embargo, describe mejor que ninguna lo que vivimos desde el 3 de enero: tutela. El país tiene una presidenta encargada que gobierna con el visto bueno de Washington, un plan de tres fases escrito en el Departamento de Estado, un acuerdo petrolero en el que el Pentágono es socio y una hoja de ruta que fija el orden de las instituciones antes que la fecha de la elección. Se puede discutir si esa tutela es necesaria, conveniente o temporal. Lo que no se puede es negar que existe.
Hasta el martes, esa tutela tenía un solo supervisor: la Casa Blanca. Desde el 3 de enero tendrá dos.
El circuito cerrado
Durante diez meses, las decisiones sobre Venezuela se tomaron en un circuito estrecho. El presidente fijó el plan, el secretario de Estado lo explicó por partes, el secretario del Tesoro promete ahora reconectar las finanzas, y en Miraflores se negoció con todos ellos. El Congreso, con mayoría republicana, miró poco. Cuando los demócratas preguntaron por el contrato de NABEP, nadie les respondió en público. Cuando preguntaron con qué autorización se atacan lanchas en el Caribe, tampoco.
Ese silencio tuvo una consecuencia que los venezolanos conocemos bien: nos enteramos de las decisiones sobre nuestro país por comunicados escuetos, por fuentes anónimas o por lo que publica un diario de Nueva York. Así supimos que el ataque en Apure tuvo drones e inteligencia estadounidenses.
Lo que cambia
Un Congreso con mayoría propia puede citar a quienes firmaron, pedir los documentos y condicionar el dinero. Puede preguntar qué dice el contrato de NABEP, por qué el Pentágono tiene el 35 %, qué plazos tiene el plan de tres fases y con qué base legal se usa la fuerza en territorio venezolano. Puede, también, legislar sobre el TPS, que hoy se decide semana a semana en los tribunales.
Nada de eso garantiza nada. Pero obliga a explicar. Y explicar es el primer paso para que lo pactado a puerta cerrada se vuelva público.
El riesgo
El peligro es el contrario. Que Venezuela deje de ser un asunto de política exterior y se convierta en munición de la pelea entre Trump y los demócratas. Que la transición se vuelva rehén de una investigación, de un veto o de una campaña presidencial que empieza dentro de un año. Los venezolanos ya vivimos lo que es que nuestra suerte dependa de la política interna de otros. No conviene repetirlo con otro nombre.
Hay también un riesgo para Caracas, y conviene decirlo con claridad. Un Washington dividido puede leerse en Miraflores como un Washington distraído. Sería un error de cálculo. Un Congreso que pregunta es menos predecible que un presidente que negocia, y no se compra con barriles.
Lo que nos toca
A los venezolanos, adentro y afuera, nos toca usar la oportunidad. Pedir que el contrato de NABEP se publique. Pedir que el plan de tres fases tenga fechas. Pedir que los presos políticos tengan nombres y que su liberación se pueda contar. Pedir que el TPS deje de depender de un panel de jueces. Ninguna de esas exigencias es de un partido estadounidense. Son nuestras.
La tutela no terminó el martes. Cambió de supervisor. Lo que hagamos con eso depende menos de Washington que de nosotros.
Fuentes principales: Notas de INCÍSOS citadas en el texto; resultados de las elecciones de medio término (3 de noviembre de 2026).
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