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Inciso

La lista

Un vuelo de deportación genera un manifiesto. Ese papel existe. Y mientras no se publique, cien familias no saben.

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# La lista

*Por Alfredo Yánez Mondragón*

El 24 de junio de 2026, un avión salió de Miami con 146 venezolanos a bordo. No iban de vacaciones. Iban deportados.

Aterrizaron por la mañana. Los llevaron a un hotel en La Guaira. Esa noche la tierra se movió dos veces y el hotel se cayó.

Más de cien de esas personas figuran como desaparecidas.

Llevo semanas escribiendo sobre esta tragedia. Sobre los 12,6% de despliegue estatal a las veinticuatro horas. Sobre los rescatistas que llegaron de veintinueve países. Sobre el hospital de campaña que mandó India desde catorce mil kilómetros. Y sin embargo este dato me detuvo de una manera distinta, y me costó entender por qué.

Creo que ya lo sé. Es porque de este grupo, a diferencia de todos los demás, **sí sabemos quiénes eran**.

Un vuelo de deportación no es un autobús. Genera un manifiesto. Nombres completos, números de documento, fecha de nacimiento. El país que los expulsa lo tiene porque sin él no despega el avión. El país que los recibe lo tiene porque sin él no los deja entrar. Y el programa que los alojó tiene su propio registro, porque asignó camas.

Tres registros. Tres listas. Existen.

De los miles de venezolanos que murieron o desaparecieron esa noche, la mayoría no tenía un papel previo que dijera dónde estaba a qué hora. Estas 146 personas sí.

Y nadie ha publicado esa lista.

No pido que se difundan datos sensibles ni que se exponga a nadie. Pido algo mucho más modesto: que exista un mecanismo por el cual una mujer en Doral, o en Houston, o en Chicago, pueda preguntar por su hermano y recibir una respuesta. Aparecido, fallecido, o todavía sin localizar. Las tres respuestas duelen. Ninguna duele tanto como no tener ninguna.

Porque eso es lo que hay ahora. Seis semanas después, no existe un conteo público que diga cuántos de los 146 fueron localizados con vida, cuántos murieron y cuántos siguen sin aparecer.

Y déjenme decir por qué esto no es un descuido administrativo, sino algo peor.

Cuando alguien es deportado, el Estado que lo expulsa deja de considerarlo su responsabilidad. Y el Estado que lo recibe lo procesa como un retorno, no como un ciudadano en riesgo. En ese espacio de nadie —el hueco entre dos administraciones que se están pasando personas— es donde estas 146 desaparecieron dos veces: una del hotel y otra del registro.

He escrito mucho, estos meses, sobre libros de cuentas que nadie abre. Sobre trece mil millones que se cuentan en un lado y trescientos que se reportan en el otro. Sobre expedientes migratorios que sobreviven a los beneficios que los originaron. Sobre actas que salieron de máquinas de un organismo que después no las reconoció.

Empiezo a pensar que todo lo que he cubierto este año es la misma historia contada con distintos protagonistas: **hay un papel, alguien lo tiene, y no lo enseña.**

Con el dinero, la consecuencia es que no sabemos cuánto llegó. Con las actas, que no sabemos qué se contó. Con esta lista, la consecuencia es que cien familias no saben si esperar o enterrar.

De las tres, esta es la única que se resuelve en días si alguien decide resolverla. No requiere una negociación internacional, ni un fallo judicial, ni un cronograma electoral. Requiere que un funcionario tome tres archivos que ya existen, los cruce, y publique un procedimiento de consulta.

Un día de trabajo. Quizá dos.

Y mientras tanto, el lunes 3 de agosto llegó a Venezuela el vuelo 165, con 147 personas a bordo. El primero desde Estados Unidos después de los terremotos. El corredor volvió a abrirse.

No pregunto si debe haber deportaciones: esa es una discusión de política migratoria que tiene sus foros y sus argumentos, y no la voy a zanjar en una columna. Pregunto otra cosa, que me parece anterior a cualquier posición.

Si un Estado organiza el traslado de una persona, la sube a un avión, la entrega y la aloja, **¿en qué momento exacto deja de deberle una respuesta a su familia?**

Yo diría que nunca. Pero admito que es una opinión.

Lo que no es opinión es que el papel existe.

Ciento cuarenta y seis nombres. Escritos, archivados, en tres lugares distintos.

Publíquenlos.

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Alfredo Yánez

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Se fue la luz donde se vendía la energía

El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.

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Calle de Caracas durante un apagón, imagen editorial.

INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN

Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.

El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.

Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.

Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.

La paradoja completa

Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.

Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.

La isla de luz

Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.

Eso no es recuperación. Es un enclave.

Lo que falta

La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?

No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.

La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.

Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.


Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.

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Inciso

Pasos en alguna dirección

Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.

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Weathered signpost marking two diverging country roads at sunset

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Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.

En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.

Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.

Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.

Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.

Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.

La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.

Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.

Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.

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Inciso

Palos de golf prestados en un país que paga cisternas

La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.

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Ilustración conceptual sobre producción petrolera y medición.

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Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.

El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.

Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.

No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.

El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.

Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.

Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.

Alfredo Yánez Mondragón


Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.

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