Inciso
La institucionalidad que se quedó afuera
Convocaron a la prensa y luego dijeron que solo fotógrafos. La palabra institucionalidad estaba en el glosario de esa misma reunión.
Por Alfredo Yánez Mondragón
Este jueves 6 de agosto de 2026 se instaló finalmente la mesa. Del lado que dice representar a la Asamblea Nacional electa en 2015, el equipo que encabeza Dinorah Figuera. Del otro, la delegación del gobierno con Jorge Rodríguez como coordinador.
Lo que van a hacer ahí, según ellos mismos, es ayudar a reinstitucionalizar el país. La palabra institucionalidad forma parte del glosario de esta mesa. Aparece en los comunicados, en el respaldo del Departamento de Estado y en las palabras de la propia Figuera, que escribió ese día que instalaban el proceso que marcará la ruta hacia la democracia y la reinstitucionalización de Venezuela.
Y entonces convocaron a la prensa para la una de la tarde en La Carlota.
Casi a medianoche avisaron que la convocatoria era solo para fotógrafos. Que no habría declaraciones. Al equipo de Venevisión no lo dejaron acreditarse. Los canales no podían transmitir. No hubo espacio para preguntas.
Foto sí. Palabra no.
Quiero detenerme aquí, porque me parece que este es exactamente el punto, y los anteriores eran solamente contexto.
Una institución no es un edificio ni un membrete. Es un conjunto de reglas que sobreviven a las personas que las ejecutan. Y el periodismo —con todos sus defectos, que son muchos y los conozco desde adentro— es una de esas instituciones. No porque los periodistas seamos importantes: no lo somos. Sino porque el derecho de una sociedad a preguntar es lo que convierte un acto de poder en un acto público.
Cuando alguien se sienta a rediseñar el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia, y decide en esa misma jornada que nadie puede preguntar nada, no está cometiendo un error de logística. Está enunciando un criterio.
Y el criterio es este: la institucionalidad que nos interesa es la que se decide adentro; la que se ejerce afuera, no.
Lo que más me inquieta no es el hermetismo de un día. Es el meta-mensaje.
Porque este país lleva veintisiete años aprendiendo que la información se administra. Que hay un canal oficial y que ese canal es suficiente. Que la pregunta incómoda es un obstáculo del proceso y no parte del proceso. Que si el resultado es bueno, el método da igual.
Y ahora resulta que quienes vienen a corregir eso empiezan aplicando el mismo manual.
Sé lo que se responde, porque ya lo escuché: que era una primera reunión, que había que proteger la conversación, que la negociación exige discreción. Y admito que en una negociación hay etapas que no se transmiten en vivo. Eso es cierto y no lo discuto.
Lo que no acepto es la sustitución.
Y hay algo más, que supe después de empezar a escribir esta columna y que la vuelve más difícil de responder.
Dos semanas antes de la instalación, una comisión de esa misma delegación contactó al Colegio Nacional de Periodistas. Se reunieron hora y media. El tema fue la libertad de expresión y el ejercicio libre del periodismo, con la petición expresa de que entrara en la agenda de la mesa. El gremio lo hizo público el 4 de agosto y respaldó el proceso.
Dos días después cerraron la puerta.
No estoy diciendo que se hayan burlado de nadie. Estoy diciendo que no fue un descuido por desconocimiento. Alguien de ese equipo dedicó noventa minutos a escuchar por qué la libertad de prensa importa, y cuarenta y ocho horas más tarde el equipo decidió que los periodistas no entraban.
Eso no se arregla explicando. Se arregla haciéndolo distinto la próxima vez.
Porque no es que no hubiera comunicación ese día. La hubo.
Los periodistas Rory Branker y Gabriel Bastidas reportaron que, mientras algunos reporteros gestionaban acceso para hacer su trabajo, la delegación se reunió con el creador de contenido conocido como Kilómetro. Hay fotografía de ese encuentro.
Quiero ser muy claro en algo, porque en Venezuela todo se convierte en linchamiento y no es lo que busco: no tengo nada contra ese muchacho. Hace contenido, lo hace bien, y si lo invitan, va. Yo también iría. Lo que me interesa no es quién entró, sino quién decidió quién entra.
Y esa decisión dice algo. Hubo mensaje, hubo publicación, hubo relato. Lo que no hubo fue nadie con la obligación profesional de hacer la segunda pregunta.
Ese es el patrón que conviene vigilar: cuando se cierra el canal que repregunta y se deja abierto el que solo difunde, la información sigue circulando. Circula sin resistencia. Se eligió, sin decirlo, el canal que no incomoda.
Ahí está el fondo del asunto. No se trata de que la prensa tenga privilegios: no los tiene ni debe tenerlos. Se trata de que la función que cumple —insistir, contrastar, volver sobre lo que quedó sin responder— no la cumple nadie más. Un influencer puede tener más audiencia que un diario, y con frecuencia la tiene. Lo que no tiene es la obligación profesional de hacer la segunda pregunta.
Y la segunda pregunta es toda la diferencia.
He escrito estos meses sobre trece mil millones de dólares que se cobraron y trescientos que se reportaron. Sobre treinta mil doscientas seis actas que salieron de máquinas de un organismo que después no las reconoció. Sobre ciento cuarenta y seis deportados que llegaron horas antes del terremoto y de los que nadie ha publicado la lista.
Los tres casos tienen la misma forma: existe un papel, alguien lo tiene, y no lo enseña.
Lo de este jueves es la versión anticipada de eso. No es que hayan escondido un documento: es que se instaló, desde el primer día, el hábito de que preguntar no forma parte del procedimiento.
Y aquí viene lo que de verdad quiero plantear, y lo planteo como pregunta abierta porque no tengo la respuesta.
Si esto es lo que ocurre en la reunión inaugural del proceso que va a rediseñar el árbitro electoral de Venezuela, ¿qué institucionalidad estamos construyendo?
¿Una nueva? ¿O la misma con otros nombres?
Porque el chavismo no destruyó las instituciones venezolanas de un golpe. Las vació. Mantuvo los edificios, los cargos y los membretes, y fue retirando de a poco lo que las hacía funcionar: la independencia, el contrapeso, la obligación de responder. Al final quedaron las formas.
Yo quiero creer que esto es distinto. Quiero creer que es un error de una tarde, que alguien lo corrija y que la próxima reunión tenga sala de prensa.
Pero no lo voy a dar por hecho. Y lo voy a preguntar cada vez.
Porque una transición se mide en resultados, sí. También se mide en hábitos. Y el hábito que se instaló este 6 de agosto, en la primera sesión, con la palabra reinstitucionalización en todos los comunicados, fue el de decidir a puerta cerrada.
Que la próxima vez entre la prensa. No por nosotros.
Por lo que significa que pueda entrar.
Alfredo Yánez
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El delito imaginario
Usar inteligencia artificial no es un delito. Usarla sin criterio, sí puede serlo. La diferencia importa, y confundirla castiga primero al que menos lo merece.
Usar inteligencia artificial no es un delito. Usarla sin criterio, sí puede serlo. La diferencia importa, y confundirla castiga primero al que menos lo merece.
En los últimos meses ha ocurrido algo curioso en la conversación pública sobre inteligencia artificial. La palabra IA dejó de nombrar una tecnología y empezó a nombrar una sospecha. Cuando un profesor la menciona, casi siempre es para acusar. Cuando un empleador la menciona, casi siempre es para desconfiar. Cuando un lector la ve mencionada en el pie de una nota, la mayoría de las veces la lee como si fuera una confesión. En algún punto de este año, sin que ningún tribunal lo decretara, usar una herramienta de inteligencia artificial se convirtió, en el imaginario público, en algo parecido a un delito.
Y ese delito, hay que decirlo con claridad, es imaginario. No existe. Nunca ha existido.
Lo que sí existe —y lo que la conversación seria sobre estas herramientas debería estar tratando de nombrar con precisión— es una diferencia entre dos usos que la mayoría de la gente todavía trata como equivalentes. Un uso legítimo, en el que la máquina asiste a un proceso conducido por una persona con criterio. Y un uso fraudulento, en el que la máquina reemplaza el proceso y una persona se atribuye el resultado. Los dos usos parecen iguales desde afuera. Producen textos, imágenes, respuestas, decisiones. Pero son actos morales distintos. Y la salud del debate público en lengua española depende, en buena medida, de que empecemos a distinguirlos con seriedad.
Por qué la sospecha tiene fundamento
Empiezo por reconocer lo que hay de razón en la sospecha, porque hacer como si no existiera sería tramposo.
La sospecha sobre el uso de IA tiene raíces reales. Existen sitios de noticias generados enteramente por máquinas y publicados como si tuvieran redacción propia. La empresa NewsGuard, que audita fiabilidad de fuentes informativas, contó más de mil doscientos de estos sitios operando en dieciséis idiomas en mayo de 2025. Existen estudiantes que entregan trabajos escritos por asistentes automáticos como si fueran propios. Existen profesionales que presentan análisis producidos por modelos como conclusiones de su experiencia. Existen medios que llenan sus secciones con contenido generado sin supervisión y lo publican con firma humana. Todo eso es fraude. No merece defensa. La sospecha que despierta esa práctica —esa desconfianza generalizada que se ha instalado en aulas, oficinas y redacciones— es una respuesta razonable a un fenómeno real.
El problema no es la sospecha. El problema es su ejecución.
Porque la sospecha, cuando se aplica sin criterio, castiga primero al que menos lo merece. En 2023, siete detectores automáticos de inteligencia artificial evaluaron 91 ensayos escritos por estudiantes que rendían el examen TOEFL, la prueba estándar de inglés como lengua extranjera. Los siete programas concluyeron, en promedio, que el 61 por ciento de esos textos habían sido generados por una máquina. Los 91 los escribieron personas. El estudio fue publicado en la revista Patterns y lo dirigió el profesor James Zou de la Universidad de Stanford. Con ensayos de estudiantes estadounidenses de octavo grado, los mismos programas acertaron casi siempre.
La razón del error, explicada en el paper, es simple. Los detectores miden qué tan predecible es un texto. Quien aprendió el idioma en un salón de clases escribe con vocabulario más simple y estructuras más formales, porque así se enseña un idioma. El programa lee eso como máquina. La consecuencia práctica es que en el mundo actual, un estudiante hispano que escribe un ensayo en inglés tiene una probabilidad estadísticamente alta de ser acusado de tramposo por su profesor. No porque haya tramado nada. Porque escribió honestamente en su segundo idioma.
Anthropic anunció este mes que sus modelos nuevos incorporan una marca imperceptible en todo lo que generan. La marca indica que un texto pasó por el modelo, no que el modelo lo escribiera. La propia empresa lo aclara sin ambigüedad. Pero conviene tener presente lo que va a pasar cuando esa marca llegue a manos de profesores, empleadores, editores y evaluadores que ya desconfían: la van a leer como prueba de autoría. Y no lo es. Un estudiante que use la herramienta para corregir la gramática de su ensayo —exactamente el uso que la propia empresa reconoce como legítimo— entregará un trabajo que sí llevará la marca. Escribió cada idea. La marca no lo distingue.
Esa es la injusticia estructural que hoy está en curso. Y contra ella hay que decir con toda claridad: no, usar inteligencia artificial no es un delito. Ni cuando se declara ni cuando no se declara. El delito es reemplazar el criterio propio por el de una máquina y presentar el resultado como propio. Son cosas distintas. Cualquier medio, cualquier institución educativa, cualquier lugar de trabajo que las trate como equivalentes está condenando por adelantado a las personas que menos podrían defenderse.
Qué distingue un uso del otro
Conviene formularlo sin retórica, porque en la práctica la distinción es más precisa de lo que la conversación pública deja creer.
Un uso legítimo de inteligencia artificial es aquel en que la máquina asiste un proceso conducido por una persona con criterio propio. La persona sabe lo que busca. Elige qué se acepta y qué se descarta. Verifica los datos contra fuente primaria. Decide el ángulo. Responde por el resultado. La máquina hace lo que le fue pedido, cuando fue pedido, dentro de límites que la persona controla. Si el resultado tiene errores, la responsabilidad no se desplaza hacia la herramienta: es de quien la usó sin verificar. Si el resultado tiene aciertos, tampoco se le atribuyen a la máquina: son de quien supo qué pedir y qué hacer con la respuesta. La analogía más honesta no es con un cerebro; es con una calculadora sofisticada. Nadie acusa a un ingeniero de fraude por usar una calculadora, aunque el ingeniero no haga los cálculos a mano. Nadie duda de la autoría de un texto porque el autor use un procesador de palabras en lugar de una máquina de escribir. La herramienta es herramienta. El criterio es del que la maneja.
Un uso fraudulento es aquel en que la máquina reemplaza el proceso. La persona no dirige: firma. No verifica: acepta. No decide el ángulo: recibe uno. No responde por el resultado: se lo atribuye. Cuando un estudiante pide a un asistente que le escriba un ensayo entero y lo entrega como propio, eso es fraude. Cuando un medio publica sin supervisión textos generados por máquina y los presenta con firma humana, eso es fraude. Cuando un profesional entrega un informe que no leyó y que no puede defender, eso es fraude. El fraude no está en usar la herramienta. Está en el acto de sustitución: en que la persona que firma no dirigió el proceso ni asume la responsabilidad de lo firmado.
La diferencia entre las dos cosas no es técnica. Es moral. Y como toda diferencia moral, exige algo que ninguna tecnología puede resolver: un ser humano dispuesto a distinguir.
Cómo se hace INCÍSOS
Este medio ha declarado su método públicamente. La página de metodología del sitio —accesible en incisos.com/metodologia— explica cómo se produce cada pieza que aquí se publica. La transcribo en su idea central, no por autoreferencia sino porque el especial El Contenido al que este Inciso está vinculado exige que quien opina sobre estas cuestiones también responda por ellas.
INCÍSOS usa inteligencia artificial. Lo hace para investigar, estructurar, redactar borradores, contrastar datos, buscar antecedentes, revisar coherencia interna, pulir una redacción. Usa varios asistentes, no uno solo, porque contrastar entre ellos es en sí mismo una forma de control. Lo que la máquina no hace, nunca, es decidir sola. No elige qué se publica. No determina el ángulo editorial. No valida un dato como verdadero. No firma. Cada cifra que aparece en una nota fue contrastada contra su fuente primaria por una persona. Cada nombre propio, verificado. Cada afirmación delicada, sostenida en algo más sólido que la respuesta de un asistente. Una pieza anterior de INCÍSOS jamás se usa como fuente de otra: todo se vuelve a verificar contra el origen. Si un dato no se puede confirmar, no se publica. Esa regla no la ejecuta un algoritmo. La ejecuta el criterio de quien edita.
He escrito sobre este tema con más profundidad de la que cabe en un Inciso. Mi ensayo La inteligencia NO es artificial, publicado a comienzos de este año, argumenta que el problema no es la máquina: es lo que el ser humano deja de hacer cuando la usa sin criterio. El libro distingue asistencia de sustitución, y sostiene que la delegación de una tarea es distinta de la delegación de una parte del proceso mental. La primera es uso de herramienta. La segunda es abdicación. Vale la pena leerlo con calma en un momento en que la conversación pública sobre estas cuestiones tiende, con demasiada facilidad, a los dos extremos: entusiasmo tecnológico sin matices, o criminalización sin distinción.
Qué hay que exigir en lugar de sospechar
Termino con lo operativo, porque los Incisos que solo diagnostican y no proponen no sirven.
En vez de sospechar del uso de IA, hay que exigir tres cosas concretas. Se pueden exigir en una redacción, en un salón de clases, en una oficina. Son las mismas.
Uno. Declaración del uso. Cuando una persona usa una herramienta de IA en la producción de un trabajo firmado, debería declararlo. No como confesión, sino como transparencia. No para pedir perdón, sino para permitir al lector, al profesor o al empleador entender qué está evaluando. INCÍSOS lo hace en su página de metodología y lo repite en cada nota que trata directamente el tema. Cualquier medio o institución seria puede hacer lo mismo.
Dos. Responsabilidad por el resultado. Quien firma responde. Si un dato está mal, la responsabilidad es de quien lo publicó, no de la herramienta que lo generó. Si un análisis es débil, la responsabilidad es de quien lo firmó, no de la máquina que ayudó a estructurarlo. La firma es un compromiso, no un adorno. Y ese compromiso no se delega.
Tres. Criterio para distinguir. Antes de acusar, hay que preguntar. ¿La persona dirigió el proceso? ¿Verificó los datos contra fuente primaria? ¿Puede defender lo firmado ante preguntas incómodas? ¿Puede reconstruir el razonamiento sin la ayuda de la máquina? Si las respuestas son afirmativas, no hubo fraude, aunque hubiera asistencia. Si las respuestas son negativas, hubo fraude, aunque no hubiera asistencia alguna. Un ensayo escrito enteramente a mano, sin ninguna herramienta digital, puede ser fraude si la persona que lo firma no puede defender lo que escribió.
El delito imaginario es cómodo porque no requiere pensar. Basta con reaccionar. Basta con desconfiar. Basta con acusar en bloque, sin distinguir, sin escuchar, sin verificar. Es la versión adulta del pánico. Y como todo pánico, castiga primero al que menos merece el castigo: al estudiante que aprendió el idioma en clase, al trabajador que traduce su currículum, al profesional que corrige su gramática antes de entregar un informe.
La conversación seria sobre inteligencia artificial —la conversación que este medio ha tratado de sostener durante todo el especial El Contenido— no empieza pidiendo la abolición de la herramienta ni celebrando su llegada. Empieza distinguiendo. Y quien no está dispuesto a distinguir no debería estar acusando.
Fuentes principales
- Liang et al., GPT detectors are biased against non-native English writers, revista Patterns, 2023.
- Anthropic, documentación sobre marcado de contenido, publicada el 10 de agosto de 2026.
- NewsGuard, seguimiento de sitios de noticias generados por IA, mayo de 2025.
- Alfredo Yánez Mondragón, La inteligencia NO es artificial, 2026.
- INCÍSOS, Cómo se hace INCÍSOS, página de metodología del medio.
Sobre el autor
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon, entre ellos La inteligencia NO es artificial, ensayo dedicado precisamente a las cuestiones que este Inciso trata en formato breve.
Especiales
La pregunta que queda
La pregunta no es si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica. La pregunta es si tenemos la disciplina para sostenerla.
La pregunta no es si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica. La pregunta es si tenemos la disciplina para sostenerla.
En las páginas anteriores de este número se reunieron ocho miradas distintas sobre el mismo problema. La anatomía del consumo hispanohablante actual. El falso debate entre profundidad y superficie. La pregunta sobre el criterio y quién es responsable de formarlo. La cuestión incómoda sobre los creadores y lo que efectivamente crean. El algoritmo como rey sin firma. La máquina que escribe sin entender lo que dice. El mapa de los lectores que migraron y el mapa de los medios que se están reorganizando. No hay una conclusión única que las cosa porque ese no era el propósito. El especial empezaba con la imagen de un trono vacío, y un trono vacío no se llena con un solo discurso.
Pero hay una pregunta que sí queda y que merece respuesta directa, aunque sea provisional: ¿es romántica la idea de un contenido que informe, forme, estimule, rete? La pregunta importa porque encierra una sospecha. La sospecha de que pedirle al periodismo todo eso al mismo tiempo es pedirle algo de otra época, algo que el mercado actual ya no puede sostener, algo que tal vez nunca pudo sostener bien. Si es romántica, hay que decirlo. Si no lo es, hay que defenderlo con argumentos.
Mi respuesta es que no es romántica. Pero la respuesta exige una matización que vale la pena hacer despacio.
Lo romántico sería pretender que un solo medio, una sola pieza, una sola voz, cumpla simultáneamente las cuatro funciones. Que la misma nota informe el dato, forme criterio en quien lo lee, estimule curiosidad sobre lo que vendrá y rete una creencia previa. Eso sí es ilusión. Las piezas que intentan hacer las cuatro cosas a la vez suelen no hacer ninguna bien. Las piezas que se proponen una función con honestidad pueden hacerla con excelencia. Una buena nota informativa no necesita formar criterio si está construida con rigor: la información bien presentada forma criterio sin proponérselo. Una buena columna no necesita informar de cero si parte de un dato verificado: el dato hace el trabajo informativo y la voz hace el resto.
Lo no romántico, lo realista, es entender que esas cuatro funciones se distribuyen en el ecosistema, no en cada pieza. Un medio con criterio combina, en su oferta semanal, piezas que informan, piezas que forman, piezas que estimulan y piezas que retan. No le pide a cada nota que sea las cuatro cosas. Le pide al conjunto del trabajo que cumpla las cuatro. Eso sí se puede sostener. Eso sí se está haciendo. En lugares dispersos, en escalas pequeñas, frecuentemente sin la atención del algoritmo. Pero se está haciendo.
La conclusión incómoda del especial es esta: el problema no es que el buen contenido haya desaparecido. El problema es que dejó de ser el centro económico del sistema. Y un sistema cuyo centro económico está en otro lugar tarde o temprano deja de producir lo que no le paga. Los medios que sobreviven hoy haciendo periodismo serio lo hacen a contracorriente de los incentivos del mercado, no gracias a ellos. Y eso es frágil. No es romántico decirlo: es contable.
Hay tres cosas concretas que se pueden defender desde acá, sin caer en la nostalgia ni en el catastrofismo.
La primera es que el lector hispanohablante de hoy no es un consumidor degradado. Es un lector cambiado. Consume distinto, en plataformas distintas, en formatos distintos, y sus razones para consumir como consume son legítimas. Si el periodismo serio quiere encontrarlo, tiene que ir a donde está, no quejarse de que se fue. Eso no es traición a los formatos largos. Es honestidad con el ecosistema actual.
La segunda es que la calidad no se mide en extensión. Se mide en honestidad del formato con su propósito. Un hilo de X bien armado, con datos verificados y argumento claro, puede ser periodismo de la mejor especie. Un reportaje de cuatro mil palabras lleno de relleno y sin investigación nueva puede ser, en términos editoriales, fraude. La defensa del periodismo serio no es la defensa de los formatos antiguos. Es la defensa del rigor en cualquier formato.
La tercera es que la responsabilidad se reparte. Los medios deben hacer mejor periodismo del que están haciendo, sí. Pero los lectores deben hacer también mejores decisiones de consumo de las que están haciendo, sí. Y las plataformas deben rendir cuentas por las reglas con las que distribuyen contenido a millones de personas, sí. Si una de las tres patas del banco se rompe, el banco se cae. Echarle la culpa solo a una es perder de vista que el problema es estructural.
Este especial no se dedicó a un tema porque sí. Se dedicó al contenido porque la conversación pública en lengua española depende, literalmente, de la calidad del contenido al que tiene acceso. El voto del 5 de noviembre del año pasado en Estados Unidos se decidió, en parte, por lo que millones de hispanos leyeron, vieron y compartieron en las semanas previas. La forma en que la diáspora venezolana entiende la transición tutelada del año en curso depende, también, de qué medios siguen produciendo análisis y cuáles solo replican comunicados. La decisión de un trabajador hispano en Texas sobre si renueva su empleo, monta su negocio o cambia de estado se construye, también, sobre el contenido que llega a su pantalla cada mañana. La interpretación que un lector en Madrid hace del cambio político en Buenos Aires, la lectura que un mexicano hace de la economía estadounidense, el modo en que un colombiano lee la transición venezolana, dependen todas de lo mismo. No es una conversación abstracta. Es la conversación más concreta posible.
La pregunta que queda, entonces, no es si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica. La pregunta es si tenemos la disciplina, los lectores y la voluntad para sostenerla. La respuesta no la da un especial. La dan los próximos doce meses de trabajo.
Especiales
El trono vacío
Si el contenido fue rey en 1996, hoy el trono está vacío. Y eso, lejos de ser una buena noticia, es el problema.
Si el contenido fue rey en 1996, hoy el trono está vacío. Y eso, lejos de ser una buena noticia, es el problema.
En 1996, Bill Gates publicó un ensayo de cinco páginas titulado Content is King. Sostenía allí que en internet, lo que generaría dinero a largo plazo no serían las plataformas ni los dispositivos, sino el contenido que circulara por ellos. La frase prendió. Treinta años después se sigue repitiendo en presentaciones de marketing, en facultades de comunicación, en discursos de quienes lanzan un nuevo medio. El contenido es el rey. La repiten ejecutivos que nunca leyeron el ensayo y editores que tampoco. Se repite porque suena bien y porque legitima un oficio que necesita sentirse central. Pero hace mucho que dejó de ser verdad.
Lo que Gates no podía prever en 1996 era que el verdadero negocio no estaría en el contenido sino en la atención que el contenido capta. Y que esa atención, una vez convertida en mercancía, dejaría de pertenecer al lector, al espectador, al usuario, para pasar a manos de quien decide qué se le muestra. El contenido es, en este sistema, el cebo. El producto eres tú. La frase exacta la dijo Andrew Lewis en 2010. Quince años después, sigue siendo la única descripción honesta del modelo de negocio que sostiene casi todo lo que consumimos.
Esto no es un debate de la industria. No es una conversación entre periodistas que se quejan de los algoritmos en un café. Es la pregunta de fondo sobre qué entiende, qué decide, qué vota, qué consume y qué cree un hispanohablante en cualquier parte del mundo en el año 2026. Es una pregunta sobre el voto del 5 de noviembre del año pasado en Estados Unidos, sobre el dinero que se manda a casa cada mes desde Madrid o desde Houston, sobre la decisión de firmar o no firmar un contrato de alquiler, sobre si la abuela que vive en Maracaibo entiende lo que está pasando en Venezuela cuando su nieto en Buenos Aires le manda un video de TikTok que vio entre dos paradas del metro.
El especial que abre con este texto se dedica a un solo tema durante ocho bloques. La pregunta que organiza todo el número es esta: si el contenido fue rey alguna vez, ¿quién reina hoy? Las respuestas posibles son varias y ninguna inocente. Reina el algoritmo, dirán algunos, y tendrán razón a medias. Reina la plataforma, dirán otros, y también acertarán parcialmente. Reina la atención, dirá la lectura más cínica del problema, y esa probablemente sea la más exacta. Pero hay una respuesta que casi nadie ofrece y que es la que este especial quiere instalar: hoy no reina nadie. El trono está vacío. Y eso, lejos de ser una buena noticia, es precisamente el problema.
Cuando el contenido era rey, había un editor que firmaba
Cuando el contenido era rey, había una jerarquía editorial. Alguien decidía qué llegaba al lector y por qué. Esa decisión era criticable, parcial, frecuentemente equivocada y a veces directamente corrupta, pero era una decisión humana, identificable, refutable. Hoy ninguna decisión sobre lo que un hispanohablante en Dallas, en Madrid o en Bogotá verá mañana en su pantalla la toma una persona. La toma un sistema de optimización que premia ciertas señales y castiga otras, y que no responde por sus errores porque, técnicamente, no comete errores: hace exactamente lo que fue programado para hacer, que es maximizar el tiempo de pantalla. Lo que el lector aprende, lo que cree, lo que decide a partir de eso, es un efecto secundario. No un objetivo.
Tres actores, tres roles, una sola etiqueta
En este vacío de jerarquía operan tres actores que se suelen confundir y que conviene separar antes de seguir. El primero es el productor de contenido: quien efectivamente investiga, escribe, filma o edita una pieza original. El segundo es el curador: quien selecciona, jerarquiza y contextualiza piezas existentes para una audiencia específica. El tercero es el agregador: quien recoge contenido producido por otros y lo redistribuye, con o sin valor añadido. En el ecosistema hispanohablante hoy, los tres roles existen, pero la economía del sistema premia desproporcionadamente al tercero. Producir cuesta. Curar exige criterio. Agregar es lo barato.
El falso debate entre profundidad y superficie
Hay una segunda confusión que el especial intentará desmontar a lo largo de sus ocho bloques: la idea de que el problema es la superficie y la solución es la profundidad. Esa lectura es perezosa. Un titular bien hecho puede salvar una decisión política. Un reportaje de cuatro mil palabras puede no decir nada. La pregunta no es la extensión, es la honestidad del formato con su propósito. Cuándo basta un dato suelto y cuándo hace falta un contexto largo, cuándo un hilo de X cumple su función y cuándo es trampa para evitar el trabajo duro de explicar. Las plataformas no son el problema. El problema es producir como si el formato fuera el contenido.
Lo que cambió no es la calidad disponible
Hay una tercera idea que el especial se propone discutir sin caer en el lamento. La que dice que antes había buen periodismo y hoy no. Esa idea es falsa. Hay periodismo serio hoy y lo había antes; había también basura entonces y la hay ahora. Lo que cambió no es la calidad disponible: es la economía de su distribución. El buen contenido sigue produciéndose. Llega a menos gente y compite con más ruido. Y compite mal porque las reglas del juego no fueron diseñadas para que ganara la pieza más rigurosa: fueron diseñadas para que ganara la pieza más viral. Esto no es un defecto del sistema. Es su definición.
Por qué este especial, por qué ahora
A los hispanohablantes que viven en países distintos esta conversación nos toca de una manera particular. Por una parte, habitamos ecosistemas donde la oferta de contenido en español es vastísima pero desigual, atravesada por intereses comerciales, políticos y culturales que rara vez se hacen explícitos. Por otra parte, mantenemos vínculos cruzados entre países, conversaciones que pasan de Caracas a Madrid, de Buenos Aires a Houston, de Ciudad de México a Bogotá, con una intensidad informativa que ninguna generación anterior conoció. Venezuela, sin ir más lejos, atraviesa desde enero de este año una transición tutelada cuya cobertura informativa fuera del país depende casi por completo de medios producidos por venezolanos en la diáspora. La calidad de lo que se publica para esos lectores no es un asunto secundario: es la diferencia entre entender el momento o atravesarlo a ciegas.
Lo que sigue en estas páginas no es una denuncia. No es una elegía por el periodismo de antes ni una celebración del de ahora. Es un mapa. Ocho bloques que intentan describir, con la mayor precisión posible, qué está pasando con el contenido que llega al hispanohablante en 2026: quién lo produce, quién lo consume, qué valores transmite, qué algoritmos lo distribuyen, qué medios lo sostienen y qué brechas dejan abiertas.
La pregunta del trono vacío no se resuelve poniendo a alguien encima. Se resuelve entendiendo, primero, cómo se vació. Y para qué.
Fuentes principales
- Bill Gates · Content is King (1996)
- Andrew Lewis · sobre el usuario convertido en producto (2010)
Sobre el autor
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon, la mayoría orientados a la comunidad hispana en Estados Unidos.
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