Inciso
El país en una cifra
Le pedimos al Banco Mundial que contara escombros. Terminó contándonos quiénes somos. Un inciso sobre la cifra que resume al país.
INCISO
El país en una cifra
Le pedimos al Banco Mundial que contara escombros. Terminó contándonos quiénes somos.
El informe que publicó esta semana tenía un encargo modesto y técnico: medir cuánto costó, en dólares, el doble terremoto del 24 de junio. Setenta y seis páginas de metodología, tablas y mapas satelitales para llegar a una cifra: diecinueve mil seiscientos millones. Es una cantidad enorme y, al mismo tiempo, es lo menos interesante del documento. Porque un país no se explica por lo que perdió, sino por cómo lo perdió. Y ahí, entre gráficos de barras y coeficientes, el informe escribió sin querer algo que ningún funcionario venezolano se atrevería a firmar: el retrato moral de esta nación.
Voy a detenerme en una sola cifra, porque no hacen falta más.
El informe dice que en el estado La Guaira el daño equivale al diecisiete por ciento de todo su capital físico. No el diecisiete por ciento de lo que se cayó: el diecisiete por ciento de todo lo que existía. Uno de cada seis dólares de casas, hospitales, calles y edificios del estado desapareció en treinta y nueve segundos. En el Distrito Capital, con una economía mucho mayor, la misma tierra temblando produjo apenas un dos por ciento de daño.
Detengámonos en esa desproporción, porque no es geología. Es historia.
El terremoto fue el mismo. La falla que se rompió es la misma. Lo que cambió entre un dos por ciento y un diecisiete por ciento no fue la fuerza de la naturaleza, sino la calidad de lo que la naturaleza encontró en pie. La Guaira —la que fue Vargas, la que ya se había ahogado en 1999 sobre el mismo suelo— llegó a 2026 con lo más frágil, lo peor construido, lo levantado con más prisa y menos estudio. Cuando la tierra pregunta, cada país responde con lo que construyó. Venezuela respondió con La Guaira.
Y aquí el informe hace algo que me detuvo. En lugar de quedarse en el mapa del daño, se pregunta quién habitaba esos edificios. La respuesta está en una tabla que parece contable y es, en realidad, un acta de acusación. Los hogares que más perdieron no fueron los que tenían más que perder. Fueron los encabezados por una mujer sola. Los que cuidaban a un anciano enfermo. Los de la trabajadora doméstica, los del ayudante familiar, los de quien apenas terminó la primaria. La gente que ya vivía en el borde fue, exactamente, la que la tierra empujó al vacío.
Un terremoto parece el más democrático de los desastres: la tierra no distingue, tiembla para todos igual. Es mentira. Tiembla igual, pero no destruye igual. Destruye según lo que encontró, y lo que encontró es el mapa de nuestras desigualdades dibujado en concreto y cabilla. El Banco Mundial no lo dice con estas palabras —dice «el desastre puede profundizar desigualdades preexistentes», que es la forma cortés de decir lo mismo—. Pero lo que sus tablas describen es un país donde el que menos tenía vivía, además, en lo que menos aguantaba. La pobreza no solo es tener poco. Es que lo poco que tienes se cae primero.
Hay una segunda cosa que el informe dice y que duele por distinta razón.
Para reconstruir todo esto, escribe el Banco Mundial, Venezuela necesita ingenieros, médicos, arquitectos, maestros de obra. Y a continuación, con la frialdad de quien no tiene nada personal en juego, anota el dato: siete millones novecientos mil venezolanos se fueron desde 2015, y se fueron sobre todo los ingenieros, los médicos, los arquitectos. El país necesita, para levantarse, exactamente a la gente que expulsó. Los hospitales que se derrumbaron en horas ya estaban vacíos de especialistas antes del temblor: setenta de cada cien plazas, sin cubrir. No los vació el terremoto. Los había vaciado el país, año tras año, salida tras salida, hasta que la tierra vino a mostrar el hueco.
Pienso en eso y pienso en ustedes, los que leen esto desde Madrid, desde Santiago, desde Bogotá, desde una cocina en Houston a las once de la noche. Un organismo que no tiene ninguna simpatía que ganar acaba de poner por escrito lo que muchos sienten y pocos se atreven a formular: que el país no puede reconstruirse sin ustedes. No como nostalgia, no como culpa. Como ingeniería. El que revisa un cálculo estructural por videollamada, la que forma enfermeras a distancia, el que manda un plano corregido: eso también es reconstruir. La diáspora dejó de ser una herida para volverse, si alguien la organiza, una herramienta. Ese «si alguien la organiza» es toda la pregunta.
Termino con lo que el informe no dice, porque no es su trabajo decirlo.
El documento traza dos futuros. En uno, Venezuela consigue el dinero, lo invierte con prisa y buen juicio, y en 2032 vuelve a estar de pie. En el otro, no hace nada distinto, y en 2036 sigue caída, más pobre, más vacía. El Banco Mundial calcula cuánto cuesta cada camino con una precisión admirable. Lo que no puede calcular —porque no se calcula, se decide— es si el dinero que haga falta llegará a las manos correctas. Toda la econometría del mundo se estrella contra esa única variable venezolana: la de siempre, la de quién administra y con qué vigilancia.
Porque la cifra del informe, los diecinueve mil seiscientos millones, tiene una gemela oscura que el propio documento roza sin nombrar: reconstruir de verdad, con edificios que la próxima vez no se caigan, costará cerca de cincuenta mil millones. Es la mayor suma de dinero que verá esta generación de venezolanos. Y va a moverse, toda, sobre un país que todavía no ha aprendido a mostrar en qué gasta lo que recibe. Ahí está el nudo. No en cuánto perdimos. En si seremos capaces de reconstruir sin que el saqueo, que ya conocemos, se disfrace esta vez de solidaridad.
El Banco Mundial nos midió. Nos midió bien, con satélites que no mienten y tablas que no adulan. Pero medir no es curar. La cifra está sobre la mesa, exacta y fría. Lo que hagamos con ella no lo decide ningún modelo. Lo decidimos nosotros, los que quedamos y los que se fueron, en la única pregunta que un informe jamás podrá responder por un país: si esta vez, por fin, vamos a hacer las cosas bien.
Que la tierra descanse. Y que nosotros, no.
Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe de INCÍSOS
PIEZA RELACIONADA
Este inciso se apoya en el informe GRADE del Grupo Banco Mundial, que INCÍSOS desglosó en el especial «El expediente del Banco Mundial».
→ [Enlace al hub del especial]
Este inciso se apoya en el informe GRADE del Grupo Banco Mundial, que INCÍSOS desglosó en el especial El expediente del Banco Mundial →
Alfredo Yánez
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Renunciar al trabajo para no tener que manejar
Las detenciones se cuentan. Las deportaciones se cuentan. Lo que nadie cuenta es cuánto dinero está dejando de ganar la gente por no salir a la calle.
Me llegó un mensaje de una conversación privada que no puedo atribuir a nadie. No conozco a quien lo escribió, no puedo verificar el caso concreto y no voy a publicar un nombre. Lo que sí puedo hacer es leerlo con cuidado, porque tiene adentro una economía completa.
Dice, en resumen, que una mujer tuvo que renunciar a su trabajo para no andar rodando por la ciudad. Que al final le permitieron trabajar desde la casa, por menos dinero. Que una vecina les ayuda buscando al niño en el colegio. Y una frase que se me quedó pegada: como si uno fuera un criminal.
Piense en la ecuación que se despeja desde esas cuatro líneas.
Una persona renunció a un empleo. No la despidieron, no cerró la empresa, no le faltó trabajo. Renunció ella, y renunció por una razón que no tiene nada que ver con el trabajo: por no manejar. La palabra que usa es rodar. Andar rodando. Ese es el riesgo que decidió no correr.
Después recuperó parte del ingreso trabajando desde su casa, pero por menos dinero. Esa diferencia entre lo que ganaba y lo que gana es una cifra concreta, mensual, que sale de un presupuesto familiar y no entra en ningún indicador. No es desempleo, porque trabaja. No es despido, porque renunció. No es informalidad, porque tiene patrón. Es una rebaja voluntaria de sueldo pagada a cambio de no estar en la calle.
Y hay una tercera persona en el cuadro que casi nadie ve: la vecina. Alguien que no tiene ese problema está buscando a un niño que no es suyo en el colegio, todos los días. Eso también es un costo. Es tiempo, es gasolina, es un favor que se acumula y que alguien va a tener que devolver. La comunidad está absorbiendo con trabajo gratuito lo que la política pública produjo.
Nada de eso aparece en ninguna estadística.
Contamos detenciones. Contamos deportaciones. El Departamento de Seguridad Nacional publica su balance mensual de arrestos y los medios lo reproducimos, yo incluido. Un reporte local de Doral registra que los arrestos migratorios en esa ciudad pasaron de tres en diciembre a diecisiete en julio, y esa cifra circuló porque es una cifra.
Pero no hay una casilla en ninguna planilla oficial que diga cuántas personas dejaron de manejar. Cuántas cambiaron un trabajo por otro peor pagado. Cuántas dejaron de ir al supermercado grande y empezaron a comprar en el de la esquina, más caro. Cuántas suspendieron una cita médica. Cuántos niños no fueron a la escuela porque no había quién los llevara.
Ese es el volumen real del asunto, y es invisible por diseño. No porque alguien lo esconda, sino porque nuestras herramientas de medición fueron construidas para contar eventos y esto no es un evento. Es una sustracción. Es todo lo que dejó de pasar.
Quiero ser preciso en algo, porque es donde este razonamiento se puede torcer. No estoy diciendo que no deba existir control migratorio. Ningún país renuncia a eso y este medio no ha sostenido nunca lo contrario. Lo que estoy diciendo es más estrecho y creo que más difícil de rebatir: cuando una política produce que una persona sin antecedentes, con su proceso en trámite, decida ganar menos dinero a cambio de no salir de su casa, esa política está generando un costo económico que sus propios promotores no están midiendo.
Y si no lo miden, no lo pueden defender. Porque para defender una medida hay que poder decir cuánto cuesta y cuánto rinde. Aquí tenemos la mitad de la ecuación publicada en una nota de prensa mensual y la otra mitad repartida en conversaciones de WhatsApp que nadie va a tabular nunca.
Hay algo más en ese mensaje, y es lo que más me incomoda. La frase «como si uno fuera un criminal» no describe un miedo a la ley. Describe un daño a la identidad. Quien la escribió no está diciendo que teme una consecuencia legal; está diciendo que le duele ser mirado de una manera. Esa distinción importa, porque una consecuencia legal se enfrenta con un abogado y una mirada no se enfrenta con nada.
En 2024, un sector muy grande de la comunidad venezolana en Estados Unidos apoyó una política de mano dura contra la inmigración irregular, convencida de que esa dureza estaba dirigida a otros. Lo digo sin ánimo de reproche, porque el reproche no le sirve a nadie a estas alturas y porque hay gente que está pagando con su sueldo una decisión que tomó de buena fe. Pero el hecho está ahí y forma parte de la historia.
Lo que corresponde ahora no es discutir el voto de hace dos años. Es exigir que se mida. Que alguien —una universidad, una cámara de comercio, un gobierno local, una organización comunitaria— se siente a calcular cuánto dinero está dejando de circular en estas ciudades porque la gente decidió no moverse.
Ese número existe. Está ahí, repartido en miles de casas, en sueldos rebajados y en favores de vecinos. Solo hace falta que alguien lo sume.
Mientras tanto, hay una mujer que trabaja desde su casa por menos plata y una vecina que recoge a un niño ajeno todos los días. Eso no está en ninguna estadística, pero está pasando, y alguien lo está pagando.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS
Contexto relacionado: Un concejal de Doral pidió al Congreso revisar los operativos migratorios.
Inciso
El venezolano dejó de dar margen
Lo más revelador de la última medición no es quién sube o quién baja. Es la velocidad con que suben y bajan todos, incluido el gobierno. Un electorado que ya no otorga crédito por anticipado.
La encuesta que AtlasIntel hizo para Bloomberg entre el 30 de agosto y el 3 de septiembre de 2026, sobre 1.922 adultos en todo el territorio venezolano, se ha leído en las últimas horas como se leen casi todas las encuestas: buscando el nombre propio que gana y el que pierde. María Corina Machado sigue siendo la figura con la imagen más positiva del país. Delcy Rodríguez sigue arrastrando el rechazo. Titular servido.
Pero lo que a mí me llamó la atención no está en el ranking. Está en la velocidad.
Mire la serie completa de este año, que es lo que casi nadie hace. En enero, la intención de voto por Machado se ubicaba en 38,2%. En julio había subido a 57,4%. Su imagen positiva pasó de 53% en junio a 72% en julio: diecinueve puntos en treinta días. Su imagen negativa cayó de 28% a 14% en el mismo mes. Y del otro lado, la desaprobación de Rodríguez subió de 58,7% en mayo a 64,5% en julio, su récord, y ahora, en esta medición, bajó cuatro puntos después de haber crecido de forma sostenida desde enero.
Cuatro puntos. Hacia abajo. En el mismo estudio donde 47% de los encuestados dice que su gobierno carece de legitimidad para negociar acuerdos de largo plazo sobre los recursos naturales del país.
Ahí está lo que importa. No es que un liderazgo suba y otro baje. Es que todos se mueven, todo el tiempo, y en las dos direcciones. Incluido el gobierno.
Eso describe algo que no es lealtad. Es evaluación.
Durante veinticinco años se explicó la política venezolana como un problema de adhesiones: la gente estaba con alguien, y estar con alguien implicaba aceptar lo que ese alguien decidiera. El referente hablaba y la base repetía. Quien no repetía era traidor. Los números de 2026 describen otra cosa. Describen a un ciudadano que sigue y evalúa en el mismo movimiento, sin intervalo entre las dos acciones. Que no otorga crédito por anticipado. Que si el referente mueve su postura, aunque sea poco, lo registra de inmediato y lo refleja en la respuesta del mes siguiente.
Hay una prueba fina de esto en la misma encuesta, y es la parte que más me gusta. Alrededor de 38% se declaró en contra del acuerdo petrolero y 35% a favor: prácticamente empatados, con 27% que no está seguro. La mitad exacta dijo que el acuerdo beneficiará más a Estados Unidos que a Venezuela, y apenas 10% cree que el principal beneficiario será su propio país. Y sin embargo, cerca de seis de cada diez esperan que ese mismo acuerdo tenga un impacto positivo o neutro en su vida cotidiana.
Léalo despacio, porque parece una contradicción y no lo es. Un mismo ciudadano puede sostener a la vez que el trato es malo para el país y que quizá le sirva a su casa. Eso no es incoherencia. Es exactamente lo que hace alguien que evalúa en lugar de creer: separa el juicio sobre el conjunto del cálculo sobre lo propio, y no necesita que las dos cosas coincidan para dormir tranquilo.
Y hay una segunda prueba, esta por el lado del esfuerzo que no rinde. Henrique Capriles volvió al método que lo hizo grande: el casa por casa, el video de teléfono, la insistencia territorial. En mayo, su rechazo se ubicaba en 74%. El método no es el problema. El método funciona. Lo que este electorado está evaluando no es cuánto camina alguien, sino desde dónde camina. Volver a tocar puertas no compra de vuelta una posición; la posición se juzga primero y el trabajo se acredita después. Es duro y es sano: significa que ya no hay forma de comprar respaldo con kilometraje.
Machado es el liderazgo más sólido de Venezuela y la encuesta lo confirma sin ambigüedad. Pero conviene decir la otra mitad: su solidez tampoco es inmovilidad. Sus propios números se movieron diecinueve puntos en un mes. La diferencia es que cuando ella se mueve, se mueve hacia arriba. Eso no es un depósito en el banco. Es una renovación mensual de un contrato, y los contratos que se renuevan cada mes también se dejan de renovar cada mes.
De todo esto se desprende algo que va más allá de la política, y es la razón por la que estoy escribiendo esta columna. Un ciudadano que evalúa mes a mes necesita, mes a mes, información verificada. No relato, no consigna, no la interpretación de nadie sobre lo que conviene sentir. Necesita saber qué dice exactamente el documento, qué firmó exactamente quién, y qué se puede comprobar de lo que le prometieron en marzo.
Esa exigencia no la inventó el periodismo. La creó el propio electorado cuando dejó de dar margen. Y es la mejor noticia que ha dado Venezuela en mucho tiempo.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS
Inciso
Dos expedientes se movieron en direcciones contrarias por el mismo motivo
La transición venezolana se invocó hacia arriba para remover un obstáculo legal y hacia abajo para remover un fundamento legal. Las dos decisiones son del mismo gobierno y de la misma semana.
El mismo hecho abrió una puerta y cerró otra. Las dos decisiones son del mismo gobierno y ninguna de las dos es irregular por separado.
Hay una manera de leer la última semana de agosto y la primera de septiembre de 2026 que no aparece en ningún titular, porque exige poner al lado dos expedientes que nadie pondría juntos.
El primero es el de un empresario. Alejandro Betancourt López dirige North American Blue Energy Partners, la compañía que acaba de recibir concesiones a cien años sobre diecisiete campos petroleros venezolanos y de la cual el Departamento de Defensa de Estados Unidos tomó una participación del treinta y cinco por ciento. Durante una década, distintas jurisdicciones lo investigaron. En los últimos meses, según reportaron The Washington Post y Axios, fiscales federales de Miami cerraron su investigación por instrucción de la oficina del entonces vicesecretario de Justicia. Funcionarios estadounidenses, incluida la entonces fiscal general, plantearon a las autoridades suizas que se abstuvieran, porque el hombre era una figura importante de política exterior y no podía salir de su residencia en el Reino Unido para reunirse en Washington y en Caracas. En una de esas llamadas, cuando los suizos dijeron que el caso estaba en sus primeras etapas, un funcionario estadounidense respondió que el caso tenía diez años. El 13 de mayo la fiscalía de Zúrich retiró la solicitud de extradición, atribuyéndolo a particularidades del derecho británico, sin cerrar el expediente penal y sin levantar la orden internacional. El 27 de junio Betancourt viajó a Caracas. La organización suiza Public Eye llamó a la secuencia muy inusual y pidió explicaciones. Corresponde decirlo con precisión, porque es lo que corresponde siempre: no ha sido acusado formalmente, no ha sido condenado en ninguna jurisdicción, y un portavoz del Departamento de Justicia negó que el vicesecretario interviniera personalmente. Lo que está documentado no es su culpabilidad. Es lo que hizo el gobierno de Estados Unidos.
El segundo expediente es el de una mujer cuyo nombre no conocemos, identificada en la jurisprudencia por sus iniciales. Llegó a Estados Unidos en 2014 con una visa de estudiante. Su esposo pidió asilo en 2015 y la incluyó. Ambos habían participado en actividades de oposición; a él lo agredieron; a ella le anularon el pasaporte en octubre de 2025 y siguió expresando en público su rechazo al gobierno que la había expulsado de su propio documento. Un juez de inmigración le concedió el asilo. El 4 de septiembre de 2026, la Junta de Apelaciones de Inmigración le anuló esa concesión y devolvió el caso, estableciendo con carácter de precedente que la salida de Maduro y la transferencia de la autoridad ejecutiva constituyen un cambio en las condiciones de Venezuela que debe pesar en la evaluación de su temor. Y para probar ese cambio, la decisión enumera la reapertura de la embajada estadounidense en Caracas, la cooperación entre Washington y el gobierno de Delcy Rodríguez, y los avances hacia la transición democrática según los describe el Departamento de Estado.
Ahí está el punto. El mismo hecho. Dos direcciones.
Que Venezuela cambió sirvió, hacia arriba, para remover un obstáculo legal que impedía cerrar un negocio. Y sirve, hacia abajo, para remover un fundamento legal que sostenía una protección. En un caso, la transición es una oportunidad. En el otro, es una prueba en contra.
No estoy diciendo que alguna de las dos decisiones sea ilegal. Ninguna lo es. Cerrar una investigación es una facultad discrecional del ministerio público. Fijar criterio sobre las condiciones de un país es exactamente la función de la Junta de Apelaciones. Cada decisión tiene su marco, su lógica y sus defensores, y podría defenderse en público sin sonrojo. Lo que no tiene defensa es la asimetría. Porque las dos personas afectadas por la misma invocación de la misma transición no están en igualdad de condiciones para responderla. Una tiene abogados en tres países y una participación del Pentágono en su empresa. La otra tiene un pasaporte anulado y una audiencia por delante.
Y hay una fecha que vuelve todo esto menos abstracto. El 2 de octubre vencen los documentos de un grupo de venezolanos amparados por el Estatus de Protección Temporal, los que recibieron su permiso de trabajo antes del 5 de febrero de 2025. No aparecen en ningún expediente célebre. No los llamó nadie de la Casa Blanca a las pocas horas de la captura para pedirles ayuda. Van a descubrir la transición venezolana de la manera más concreta posible: cuando su patrón les pida un documento vigente y no lo tengan.
Un país cambia para todos o no cambia. Esa es la parte incómoda. Si Venezuela es ya un lugar suficientemente distinto como para que una mujer tenga que volver a probar su miedo, también es un lugar suficientemente distinto como para que la reconstrucción de su economía se decida con ella y no sobre ella. Y si no lo es —si todavía hay trescientas veintiocho personas presas por razones políticas, según el conteo verificado de Foro Penal al cierre de agosto, y una lista oficial de excarcelados que nadie ha publicado—, entonces el argumento que se está usando en los tribunales de inmigración de Estados Unidos necesita, por lo menos, ser revisado con la misma diligencia con la que se revisó el otro expediente.
Escribo esto un sábado por la mañana, veintisiete días antes del 2 de octubre. Es tiempo suficiente para hacer preguntas. No lo es para conseguir un abogado.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS
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