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Inciso

Renunciar al trabajo para no tener que manejar

Las detenciones se cuentan. Las deportaciones se cuentan. Lo que nadie cuenta es cuánto dinero está dejando de ganar la gente por no salir a la calle.

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Calle residencial al atardecer.

Me llegó un mensaje de una conversación privada que no puedo atribuir a nadie. No conozco a quien lo escribió, no puedo verificar el caso concreto y no voy a publicar un nombre. Lo que sí puedo hacer es leerlo con cuidado, porque tiene adentro una economía completa.

Dice, en resumen, que una mujer tuvo que renunciar a su trabajo para no andar rodando por la ciudad. Que al final le permitieron trabajar desde la casa, por menos dinero. Que una vecina les ayuda buscando al niño en el colegio. Y una frase que se me quedó pegada: como si uno fuera un criminal.

Piense en la ecuación que se despeja desde esas cuatro líneas.

Una persona renunció a un empleo. No la despidieron, no cerró la empresa, no le faltó trabajo. Renunció ella, y renunció por una razón que no tiene nada que ver con el trabajo: por no manejar. La palabra que usa es rodar. Andar rodando. Ese es el riesgo que decidió no correr.

Después recuperó parte del ingreso trabajando desde su casa, pero por menos dinero. Esa diferencia entre lo que ganaba y lo que gana es una cifra concreta, mensual, que sale de un presupuesto familiar y no entra en ningún indicador. No es desempleo, porque trabaja. No es despido, porque renunció. No es informalidad, porque tiene patrón. Es una rebaja voluntaria de sueldo pagada a cambio de no estar en la calle.

Y hay una tercera persona en el cuadro que casi nadie ve: la vecina. Alguien que no tiene ese problema está buscando a un niño que no es suyo en el colegio, todos los días. Eso también es un costo. Es tiempo, es gasolina, es un favor que se acumula y que alguien va a tener que devolver. La comunidad está absorbiendo con trabajo gratuito lo que la política pública produjo.

Nada de eso aparece en ninguna estadística.

Contamos detenciones. Contamos deportaciones. El Departamento de Seguridad Nacional publica su balance mensual de arrestos y los medios lo reproducimos, yo incluido. Un reporte local de Doral registra que los arrestos migratorios en esa ciudad pasaron de tres en diciembre a diecisiete en julio, y esa cifra circuló porque es una cifra.

Pero no hay una casilla en ninguna planilla oficial que diga cuántas personas dejaron de manejar. Cuántas cambiaron un trabajo por otro peor pagado. Cuántas dejaron de ir al supermercado grande y empezaron a comprar en el de la esquina, más caro. Cuántas suspendieron una cita médica. Cuántos niños no fueron a la escuela porque no había quién los llevara.

Ese es el volumen real del asunto, y es invisible por diseño. No porque alguien lo esconda, sino porque nuestras herramientas de medición fueron construidas para contar eventos y esto no es un evento. Es una sustracción. Es todo lo que dejó de pasar.

Quiero ser preciso en algo, porque es donde este razonamiento se puede torcer. No estoy diciendo que no deba existir control migratorio. Ningún país renuncia a eso y este medio no ha sostenido nunca lo contrario. Lo que estoy diciendo es más estrecho y creo que más difícil de rebatir: cuando una política produce que una persona sin antecedentes, con su proceso en trámite, decida ganar menos dinero a cambio de no salir de su casa, esa política está generando un costo económico que sus propios promotores no están midiendo.

Y si no lo miden, no lo pueden defender. Porque para defender una medida hay que poder decir cuánto cuesta y cuánto rinde. Aquí tenemos la mitad de la ecuación publicada en una nota de prensa mensual y la otra mitad repartida en conversaciones de WhatsApp que nadie va a tabular nunca.

Hay algo más en ese mensaje, y es lo que más me incomoda. La frase «como si uno fuera un criminal» no describe un miedo a la ley. Describe un daño a la identidad. Quien la escribió no está diciendo que teme una consecuencia legal; está diciendo que le duele ser mirado de una manera. Esa distinción importa, porque una consecuencia legal se enfrenta con un abogado y una mirada no se enfrenta con nada.

En 2024, un sector muy grande de la comunidad venezolana en Estados Unidos apoyó una política de mano dura contra la inmigración irregular, convencida de que esa dureza estaba dirigida a otros. Lo digo sin ánimo de reproche, porque el reproche no le sirve a nadie a estas alturas y porque hay gente que está pagando con su sueldo una decisión que tomó de buena fe. Pero el hecho está ahí y forma parte de la historia.

Lo que corresponde ahora no es discutir el voto de hace dos años. Es exigir que se mida. Que alguien —una universidad, una cámara de comercio, un gobierno local, una organización comunitaria— se siente a calcular cuánto dinero está dejando de circular en estas ciudades porque la gente decidió no moverse.

Ese número existe. Está ahí, repartido en miles de casas, en sueldos rebajados y en favores de vecinos. Solo hace falta que alguien lo sume.

Mientras tanto, hay una mujer que trabaja desde su casa por menos plata y una vecina que recoge a un niño ajeno todos los días. Eso no está en ninguna estadística, pero está pasando, y alguien lo está pagando.

Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS

Contexto relacionado: Un concejal de Doral pidió al Congreso revisar los operativos migratorios.

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La pieza que faltaba

El regreso de María Corina Machado incorpora presencia territorial a una fuerza que no depende de una invitación a la mesa, pero que deberá convertir respaldo ciudadano en influencia efectiva dentro de una transición aún en disputa.

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«Estoy aquí. Con ustedes». María Corina Machado regresa a Venezuela y su presencia obliga a mirar el proceso político más allá de quienes se sientan a negociar. La mesa tiene dos delegaciones venezolanas. El país tiene un tercer factor cuyo peso no depende de una invitación.

El gobierno encargado de Delcy Rodríguez conserva el aparato estatal y sus instrumentos de poder. La Asamblea Nacional de 2015 ocupa la representación opositora reconocida para el diálogo. Machado tiene una fuerza de otra naturaleza: una relación con una parte importante de la población que ha sobrevivido a la persecución, a la distancia y a su exclusión de las decisiones. Esas tres capacidades son desiguales, pero ninguna lectura seria del momento puede prescindir de alguna de ellas.

El Acuerdo de Panamá había previsto para Machado la conducción de la negociación. Las cosas tomaron otro camino. Esa diferencia merece quedar registrada porque revela hasta dónde el reconocimiento de un liderazgo se traduce —o deja de traducirse— en capacidad para decidir. Los mismos sectores que reconocieron su conducción han terminado participando en un mecanismo en el que ella no ocupa ese lugar.

Sin embargo, la composición de una mesa no agota la representación de un país. Quienes negocian pueden acordar procedimientos, revisar leyes y organizar la renovación de instituciones. Necesitan también que lo que acuerden encuentre reconocimiento entre los ciudadanos. Allí pesa Machado: en la confianza de quienes esperan que la transición tenga un desenlace democrático y que las etapas anunciadas conduzcan, efectivamente, a él.

La movilización del 22 de octubre recordó que esa expectativa conserva capacidad de convocatoria. Sería un error confundir la paciencia de una población golpeada con la aceptación indefinida de cualquier plazo. También sería un error suponer que el respaldo a Machado puede transferirse automáticamente a decisiones tomadas sin ella. La confianza política tiene destinatarios y razones; quienes pretendan contar con ella tendrán que responder a ambos.

Su regreso ocurre, además, dentro de una realidad incómoda: Venezuela transita un proceso tutelado por Estados Unidos. Washington dispone de medios para condicionar al gobierno encargado, ordenar la negociación y establecer prioridades. El plan de tres fases de Marco Rubio expresa esa capacidad. Pero el poder de organizar una transición desde fuera tendrá que encontrarse con la voluntad de quienes deberán vivir sus resultados.

Machado vuelve a ese escenario con una responsabilidad enorme. Tendrá que convertir respaldo en influencia efectiva, sostener la exigencia sin agotar a quienes la acompañan y encontrar espacio para intervenir en una ruta cuyos controles no están en sus manos. Su liderazgo será medido también por esa capacidad: cuánto consigue acercar las decisiones a las aspiraciones de la gente.

Su presencia no garantiza que el proceso cambie de rumbo ni que adopte sus tiempos. Sí modifica las condiciones en las que los demás actores deberán desenvolverse. Una dirigente dentro del país puede escuchar, organizar, convocar y exigir desde una proximidad que la distancia limitaba. También queda más expuesta y asume de manera directa el costo de sus decisiones.

Machado estuvo políticamente presente durante su ausencia. Ahora esa presencia tiene otra densidad. El gobierno encargado, la representación de la Asamblea de 2015 y Washington tendrán que contar con ella, aunque prefieran conservar la composición actual de la mesa.

Ese es el alcance de su regreso: incorpora al terreno una fuerza que ya existía y que puede pesar sobre lo que viene. El rumbo sigue en disputa. El tercer factor está aquí.

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El calendario no elige a los jueces

Una fecha permite exigir que el proceso avance. Un criterio público permite preguntar hacia dónde.

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La fecha tiene una virtud: obliga a mirar el reloj. Después de tantas promesas sin día, saber cuándo comienza una postulación y cuándo se prevé entregar una lista permite formular preguntas precisas. ¿Se abrió el proceso? ¿Se recibieron los expedientes? ¿Se cumplió la etapa anunciada? El calendario convierte una intención en algo que puede ser observado.

Pero el reloj no responde quién merece administrar justicia. Esa respuesta necesita otra clase de precisión: qué se exige, cómo se comprueba y por qué una credencial vale más que otra. El procedimiento puede avanzar puntualmente y dejar intacta la duda sobre la calidad de su resultado.

Un aspirante no se vuelve independiente porque llegue a tiempo. Tampoco una hoja de vida se vuelve intachable por acumular páginas. Entre el documento y la decisión hay un juicio que debe poder explicarse. Allí está la importancia del baremo: no como una palabra técnica para especialistas, sino como una regla que permita seguir la comparación.

La sociedad necesita saber qué contará como mérito, qué impedirá avanzar y cómo podrá objetar una candidatura. Necesita, además, reconocer el uso de esas reglas cuando aparezca la lista final. Una tabla publicada y luego ignorada sería apenas otra forma de cumplir con la apariencia.

La expectativa de un tribunal distinto merece algo más sólido que la satisfacción de tachar casillas. Merece expedientes examinables, respuestas a las objeciones y decisiones cuyos argumentos sobrevivan a la pregunta más sencilla: ¿por qué esta persona?

Celebrar que haya calendario es razonable. Vigilar qué ocurre dentro de él es indispensable. La credibilidad del nuevo tribunal comenzará a construirse antes de que sus integrantes ocupen una sala: en la manera de escogerlos, en lo que se permita conocer y en lo que sus responsables estén dispuestos a explicar.

El calendario puede decirnos cuándo termina una selección. La confianza dependerá de que podamos entender cómo se hizo.

Fuentes y documentos

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La recuperación tiene destinatario

La recuperación se vuelve real cuando una familia puede reconocerla en su propia vida. Los acuerdos necesitan resultados que puedan comprobar quienes esperan salarios, servicios y derechos.

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La recuperación se vuelve real cuando una familia puede reconocerla en su propia vida. Los acuerdos necesitan resultados que puedan comprobar quienes esperan salarios, servicios y derechos.

Una familia no vive dentro de un indicador. Vive en una casa que hay que pagar, compra comida, se enferma, necesita luz y agua, hace cuentas. Puede escuchar que la producción mejora y seguir sin saber cómo llegará al final del mes. Las dos experiencias pueden coexistir. La pregunta política empieza cuando se pretende que una borre a la otra.

La exhortación de los obispos devuelve la discusión a ese lugar. Reconocer avances no obliga a abandonar la pregunta por sus destinatarios. Tampoco pedir resultados convierte a quien los pide en enemigo de la recuperación. Una mejora que no se puede examinar termina dependiendo de la confianza que se tenga en quien la anuncia.

Lo que una familia puede comprobar

El lenguaje de los acuerdos tiene sus razones: inversión, producción, etapas, garantías. El de una familia también las tiene: cuánto alcanza, cuánto tarda, qué cambió. Hacer política exige conectar esos lenguajes. Si se quedan separados, el éxito puede ser verdadero en una presentación y todavía remoto en una cocina.

Por eso el seguimiento no debería terminar en la firma ni en la visita a una instalación. Debe continuar por las preguntas incómodas: qué ingresó, quién lo administra, cómo se distribuye y en qué servicio puede verse. Preguntas sencillas de formular y, precisamente por eso, difíciles de sustituir con una consigna.

Pedir cuentas también es participar

La misma exigencia alcanza a las instituciones. La promesa de un árbitro distinto necesita reglas comprensibles y resultados verificables. La persona que espera votar debe poder saber qué falta, quién decide y qué se ha cumplido. Esa información no es un premio para los pacientes: forma parte de sus derechos.

Con frecuencia se les pide a los ciudadanos que entiendan procesos complejos. Es una petición razonable si viene acompañada de explicaciones y de cuentas. Se vuelve una carga injusta cuando entender significa aceptar que las respuestas siempre están reservadas para después.

La recuperación necesita tiempo, trabajo y recursos. También necesita que sus beneficiarios puedan reconocerla. No todos la sentirán al mismo ritmo ni de la misma manera. Esa diferencia hace más necesaria la información sobre sus resultados, no menos.

El destinatario no puede quedar para la última fase. Es la razón por la que todo el proceso debería valer la pena.

Para leer más en INCISOS


Documento de referencia: Documento de referencia · Exhortación de la CEV · 23 de octubre.

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