Inciso
El venezolano dejó de dar margen
Lo más revelador de la última medición no es quién sube o quién baja. Es la velocidad con que suben y bajan todos, incluido el gobierno. Un electorado que ya no otorga crédito por anticipado.
La encuesta que AtlasIntel hizo para Bloomberg entre el 30 de agosto y el 3 de septiembre de 2026, sobre 1.922 adultos en todo el territorio venezolano, se ha leído en las últimas horas como se leen casi todas las encuestas: buscando el nombre propio que gana y el que pierde. María Corina Machado sigue siendo la figura con la imagen más positiva del país. Delcy Rodríguez sigue arrastrando el rechazo. Titular servido.
Pero lo que a mí me llamó la atención no está en el ranking. Está en la velocidad.
Mire la serie completa de este año, que es lo que casi nadie hace. En enero, la intención de voto por Machado se ubicaba en 38,2%. En julio había subido a 57,4%. Su imagen positiva pasó de 53% en junio a 72% en julio: diecinueve puntos en treinta días. Su imagen negativa cayó de 28% a 14% en el mismo mes. Y del otro lado, la desaprobación de Rodríguez subió de 58,7% en mayo a 64,5% en julio, su récord, y ahora, en esta medición, bajó cuatro puntos después de haber crecido de forma sostenida desde enero.
Cuatro puntos. Hacia abajo. En el mismo estudio donde 47% de los encuestados dice que su gobierno carece de legitimidad para negociar acuerdos de largo plazo sobre los recursos naturales del país.
Ahí está lo que importa. No es que un liderazgo suba y otro baje. Es que todos se mueven, todo el tiempo, y en las dos direcciones. Incluido el gobierno.
Eso describe algo que no es lealtad. Es evaluación.
Durante veinticinco años se explicó la política venezolana como un problema de adhesiones: la gente estaba con alguien, y estar con alguien implicaba aceptar lo que ese alguien decidiera. El referente hablaba y la base repetía. Quien no repetía era traidor. Los números de 2026 describen otra cosa. Describen a un ciudadano que sigue y evalúa en el mismo movimiento, sin intervalo entre las dos acciones. Que no otorga crédito por anticipado. Que si el referente mueve su postura, aunque sea poco, lo registra de inmediato y lo refleja en la respuesta del mes siguiente.
Hay una prueba fina de esto en la misma encuesta, y es la parte que más me gusta. Alrededor de 38% se declaró en contra del acuerdo petrolero y 35% a favor: prácticamente empatados, con 27% que no está seguro. La mitad exacta dijo que el acuerdo beneficiará más a Estados Unidos que a Venezuela, y apenas 10% cree que el principal beneficiario será su propio país. Y sin embargo, cerca de seis de cada diez esperan que ese mismo acuerdo tenga un impacto positivo o neutro en su vida cotidiana.
Léalo despacio, porque parece una contradicción y no lo es. Un mismo ciudadano puede sostener a la vez que el trato es malo para el país y que quizá le sirva a su casa. Eso no es incoherencia. Es exactamente lo que hace alguien que evalúa en lugar de creer: separa el juicio sobre el conjunto del cálculo sobre lo propio, y no necesita que las dos cosas coincidan para dormir tranquilo.
Y hay una segunda prueba, esta por el lado del esfuerzo que no rinde. Henrique Capriles volvió al método que lo hizo grande: el casa por casa, el video de teléfono, la insistencia territorial. En mayo, su rechazo se ubicaba en 74%. El método no es el problema. El método funciona. Lo que este electorado está evaluando no es cuánto camina alguien, sino desde dónde camina. Volver a tocar puertas no compra de vuelta una posición; la posición se juzga primero y el trabajo se acredita después. Es duro y es sano: significa que ya no hay forma de comprar respaldo con kilometraje.
Machado es el liderazgo más sólido de Venezuela y la encuesta lo confirma sin ambigüedad. Pero conviene decir la otra mitad: su solidez tampoco es inmovilidad. Sus propios números se movieron diecinueve puntos en un mes. La diferencia es que cuando ella se mueve, se mueve hacia arriba. Eso no es un depósito en el banco. Es una renovación mensual de un contrato, y los contratos que se renuevan cada mes también se dejan de renovar cada mes.
De todo esto se desprende algo que va más allá de la política, y es la razón por la que estoy escribiendo esta columna. Un ciudadano que evalúa mes a mes necesita, mes a mes, información verificada. No relato, no consigna, no la interpretación de nadie sobre lo que conviene sentir. Necesita saber qué dice exactamente el documento, qué firmó exactamente quién, y qué se puede comprobar de lo que le prometieron en marzo.
Esa exigencia no la inventó el periodismo. La creó el propio electorado cuando dejó de dar margen. Y es la mejor noticia que ha dado Venezuela en mucho tiempo.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS
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La pieza que faltaba
El regreso de María Corina Machado incorpora presencia territorial a una fuerza que no depende de una invitación a la mesa, pero que deberá convertir respaldo ciudadano en influencia efectiva dentro de una transición aún en disputa.
«Estoy aquí. Con ustedes». María Corina Machado regresa a Venezuela y su presencia obliga a mirar el proceso político más allá de quienes se sientan a negociar. La mesa tiene dos delegaciones venezolanas. El país tiene un tercer factor cuyo peso no depende de una invitación.
El gobierno encargado de Delcy Rodríguez conserva el aparato estatal y sus instrumentos de poder. La Asamblea Nacional de 2015 ocupa la representación opositora reconocida para el diálogo. Machado tiene una fuerza de otra naturaleza: una relación con una parte importante de la población que ha sobrevivido a la persecución, a la distancia y a su exclusión de las decisiones. Esas tres capacidades son desiguales, pero ninguna lectura seria del momento puede prescindir de alguna de ellas.
El Acuerdo de Panamá había previsto para Machado la conducción de la negociación. Las cosas tomaron otro camino. Esa diferencia merece quedar registrada porque revela hasta dónde el reconocimiento de un liderazgo se traduce —o deja de traducirse— en capacidad para decidir. Los mismos sectores que reconocieron su conducción han terminado participando en un mecanismo en el que ella no ocupa ese lugar.
Sin embargo, la composición de una mesa no agota la representación de un país. Quienes negocian pueden acordar procedimientos, revisar leyes y organizar la renovación de instituciones. Necesitan también que lo que acuerden encuentre reconocimiento entre los ciudadanos. Allí pesa Machado: en la confianza de quienes esperan que la transición tenga un desenlace democrático y que las etapas anunciadas conduzcan, efectivamente, a él.
La movilización del 22 de octubre recordó que esa expectativa conserva capacidad de convocatoria. Sería un error confundir la paciencia de una población golpeada con la aceptación indefinida de cualquier plazo. También sería un error suponer que el respaldo a Machado puede transferirse automáticamente a decisiones tomadas sin ella. La confianza política tiene destinatarios y razones; quienes pretendan contar con ella tendrán que responder a ambos.
Su regreso ocurre, además, dentro de una realidad incómoda: Venezuela transita un proceso tutelado por Estados Unidos. Washington dispone de medios para condicionar al gobierno encargado, ordenar la negociación y establecer prioridades. El plan de tres fases de Marco Rubio expresa esa capacidad. Pero el poder de organizar una transición desde fuera tendrá que encontrarse con la voluntad de quienes deberán vivir sus resultados.
Machado vuelve a ese escenario con una responsabilidad enorme. Tendrá que convertir respaldo en influencia efectiva, sostener la exigencia sin agotar a quienes la acompañan y encontrar espacio para intervenir en una ruta cuyos controles no están en sus manos. Su liderazgo será medido también por esa capacidad: cuánto consigue acercar las decisiones a las aspiraciones de la gente.
Su presencia no garantiza que el proceso cambie de rumbo ni que adopte sus tiempos. Sí modifica las condiciones en las que los demás actores deberán desenvolverse. Una dirigente dentro del país puede escuchar, organizar, convocar y exigir desde una proximidad que la distancia limitaba. También queda más expuesta y asume de manera directa el costo de sus decisiones.
Machado estuvo políticamente presente durante su ausencia. Ahora esa presencia tiene otra densidad. El gobierno encargado, la representación de la Asamblea de 2015 y Washington tendrán que contar con ella, aunque prefieran conservar la composición actual de la mesa.
Ese es el alcance de su regreso: incorpora al terreno una fuerza que ya existía y que puede pesar sobre lo que viene. El rumbo sigue en disputa. El tercer factor está aquí.
Inciso
El calendario no elige a los jueces
Una fecha permite exigir que el proceso avance. Un criterio público permite preguntar hacia dónde.
La fecha tiene una virtud: obliga a mirar el reloj. Después de tantas promesas sin día, saber cuándo comienza una postulación y cuándo se prevé entregar una lista permite formular preguntas precisas. ¿Se abrió el proceso? ¿Se recibieron los expedientes? ¿Se cumplió la etapa anunciada? El calendario convierte una intención en algo que puede ser observado.
Pero el reloj no responde quién merece administrar justicia. Esa respuesta necesita otra clase de precisión: qué se exige, cómo se comprueba y por qué una credencial vale más que otra. El procedimiento puede avanzar puntualmente y dejar intacta la duda sobre la calidad de su resultado.
Un aspirante no se vuelve independiente porque llegue a tiempo. Tampoco una hoja de vida se vuelve intachable por acumular páginas. Entre el documento y la decisión hay un juicio que debe poder explicarse. Allí está la importancia del baremo: no como una palabra técnica para especialistas, sino como una regla que permita seguir la comparación.
La sociedad necesita saber qué contará como mérito, qué impedirá avanzar y cómo podrá objetar una candidatura. Necesita, además, reconocer el uso de esas reglas cuando aparezca la lista final. Una tabla publicada y luego ignorada sería apenas otra forma de cumplir con la apariencia.
La expectativa de un tribunal distinto merece algo más sólido que la satisfacción de tachar casillas. Merece expedientes examinables, respuestas a las objeciones y decisiones cuyos argumentos sobrevivan a la pregunta más sencilla: ¿por qué esta persona?
Celebrar que haya calendario es razonable. Vigilar qué ocurre dentro de él es indispensable. La credibilidad del nuevo tribunal comenzará a construirse antes de que sus integrantes ocupen una sala: en la manera de escogerlos, en lo que se permita conocer y en lo que sus responsables estén dispuestos a explicar.
El calendario puede decirnos cuándo termina una selección. La confianza dependerá de que podamos entender cómo se hizo.
Fuentes y documentos
Inciso
La recuperación tiene destinatario
La recuperación se vuelve real cuando una familia puede reconocerla en su propia vida. Los acuerdos necesitan resultados que puedan comprobar quienes esperan salarios, servicios y derechos.
INCISO
La recuperación se vuelve real cuando una familia puede reconocerla en su propia vida. Los acuerdos necesitan resultados que puedan comprobar quienes esperan salarios, servicios y derechos.
Una familia no vive dentro de un indicador. Vive en una casa que hay que pagar, compra comida, se enferma, necesita luz y agua, hace cuentas. Puede escuchar que la producción mejora y seguir sin saber cómo llegará al final del mes. Las dos experiencias pueden coexistir. La pregunta política empieza cuando se pretende que una borre a la otra.
La exhortación de los obispos devuelve la discusión a ese lugar. Reconocer avances no obliga a abandonar la pregunta por sus destinatarios. Tampoco pedir resultados convierte a quien los pide en enemigo de la recuperación. Una mejora que no se puede examinar termina dependiendo de la confianza que se tenga en quien la anuncia.
Lo que una familia puede comprobar
El lenguaje de los acuerdos tiene sus razones: inversión, producción, etapas, garantías. El de una familia también las tiene: cuánto alcanza, cuánto tarda, qué cambió. Hacer política exige conectar esos lenguajes. Si se quedan separados, el éxito puede ser verdadero en una presentación y todavía remoto en una cocina.
Por eso el seguimiento no debería terminar en la firma ni en la visita a una instalación. Debe continuar por las preguntas incómodas: qué ingresó, quién lo administra, cómo se distribuye y en qué servicio puede verse. Preguntas sencillas de formular y, precisamente por eso, difíciles de sustituir con una consigna.
Pedir cuentas también es participar
La misma exigencia alcanza a las instituciones. La promesa de un árbitro distinto necesita reglas comprensibles y resultados verificables. La persona que espera votar debe poder saber qué falta, quién decide y qué se ha cumplido. Esa información no es un premio para los pacientes: forma parte de sus derechos.
Con frecuencia se les pide a los ciudadanos que entiendan procesos complejos. Es una petición razonable si viene acompañada de explicaciones y de cuentas. Se vuelve una carga injusta cuando entender significa aceptar que las respuestas siempre están reservadas para después.
La recuperación necesita tiempo, trabajo y recursos. También necesita que sus beneficiarios puedan reconocerla. No todos la sentirán al mismo ritmo ni de la misma manera. Esa diferencia hace más necesaria la información sobre sus resultados, no menos.
El destinatario no puede quedar para la última fase. Es la razón por la que todo el proceso debería valer la pena.
Para leer más en INCISOS
- La Iglesia pide que la recuperación llegue a los venezolanos
- El seguimiento del acuerdo petrolero
- La discusión sobre las instituciones
Documento de referencia: Documento de referencia · Exhortación de la CEV · 23 de octubre.
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