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La vuelta cambia el problema, no lo resuelve

El regreso de María Corina Machado a Venezuela eleva las expectativas y abre una nueva fase de disputa política. Pero popularidad no equivale a capacidad efectiva de negociación, organización o cambio institucional.

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Por Orlando Viera Blanco

El regreso de María Corina Machado a Venezuela cambia el problema, pero no lo resuelve. Hay una diferencia sustantiva entre la dirigente que estaba en el extranjero y la que vuelve ahora al territorio: afuera era víctima de un sistema que la expulsó y, al mismo tiempo, voz de una diáspora que encontró en ella una referencia. Dentro del país le corresponde asumir un reto distinto: pasar de la resistencia y la presión internacional a una ofensiva política por el poder.

Eso no significa que haya llegado al epicentro de las decisiones. La transición avanza con centros de gravedad que no controla plenamente: Washington, el gobierno encargado que ejerce Delcy Rodríguez, los sectores institucionales y la mesa de Caracas. Su retorno le devuelve presencia y capacidad de iniciativa, pero no le entrega por sí solo una silla desde la cual decidir el rumbo del proceso.

Desde el exterior, su instrumento principal era la presión internacional. Podía sostener conversaciones, activar respaldos, fijar posiciones ante gobiernos y organismos y mantener el caso venezolano en la agenda. Desde Venezuela puede intentar combinar esa presión con organización política, movilización ciudadana y negociación directa. Esa combinación es más poderosa, pero también mucho más exigente.

El retorno la expone a las autoridades, a eventuales restricciones de actividad y a una responsabilidad inevitable frente a una población que espera resultados. Aumentan las expectativas y también el costo de no cumplirlas. El liderazgo que desde lejos podía ser visto como símbolo deberá medirse ahora por su capacidad de producir respuestas, ordenar fuerzas y sostener una estrategia en condiciones mucho más complejas.

El dilema es especialmente relevante porque el proceso de transición ha seguido avanzando sin que ella controle sus decisiones centrales. Su regreso le permite intentar recuperar espacio, pero no garantiza que Washington, Delcy Rodríguez, los sectores institucionales o incluso algunos aliados acepten su estrategia. Es posible imaginar escenarios en los que desde Washington se privilegien primero elecciones regionales o se postergue una elección presidencial. Que Machado esté en Venezuela no elimina esas tensiones; las vuelve más visibles y más urgentes.

La pregunta esencial, por tanto, no es si su popularidad subirá de inmediato. La pregunta es si puede transformar el capital político que conserva en capacidad efectiva de negociación, organización y cambio institucional. Si logra hacerlo, el regreso fortalecerá su liderazgo. Si no lo consigue, la distancia entre la expectativa y los resultados puede erosionar su credibilidad.

Hay, además, un terreno que exige especial cuidado: la agenda económica y la ansiedad de una población que quiere mejorar su calidad de vida. Para una mayoría que vive bajo presión cotidiana, la narrativa de «elecciones ya» no puede presentarse como si fuera la única prioridad. La nevera, el empleo, los servicios y la posibilidad de recomponer la vida material forman parte de la política. Ignorarlo sería renunciar a comprender el tamaño real del país que se pretende conducir.

Por eso conviene separar variables. Un eventual aumento de popularidad no equivale automáticamente a una apertura democrática. Del mismo modo, un desgaste temporal no demostraría que Machado ha perdido relevancia política. Popularidad, apertura institucional, poder de negociación y capacidad de imponer agenda son planos distintos. Habrá que observarlos por separado.

La consolidación o el desgaste de este nuevo momento dependerán de su capacidad de adaptación, de la calidad de sus respuestas y de la posibilidad de imponer prioridades en un proceso que ya tiene actores, intereses y ritmos propios. Vuelve a un país que la espera, pero también a una transición que no se detuvo mientras ella estaba fuera.

En todo caso, bienvenida a tu país. Mucho juicio y Dios te bendiga.


Orlando Viera Blanco

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Las 7 reglas de YouTube que rompí para conseguir cien mil suscriptores

Pablo Sánchez Noguera cuenta las siete reglas de YouTube que decidió romper para alcanzar cien mil suscriptores de forma orgánica.

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Tecnología y cambio - ilustración futurista

Por: Pablo Sánchez Noguera

— Ludwig van Beethoven (atribuida)

El 15 de enero de 2024 publiqué mi primer video en YouTube en un canal llamado @ClickIngles. Novecientos noventa y dos días después (el 3 de octubre de 2026), mi contador de suscriptores rompió la marca de los 100 mil seguidores.

No me voy a explayar en lo que significa tener una audiencia orgánica de 100 mil personas (en especial si tu canal es para dar a conocer tus servicios profesionales). Todos sabemos que es una de esas cosas que te pueden cambiar la vida para siempre.

Antes de aquel 15 de enero, yo ya había experimentado como creador en YouTube (más para conocer cómo funciona la plataforma que otra cosa), pero el 15 de enero de 2024 publiqué con un estado mental distinto: esta vez usaría Youtube como herramienta de marketing para promocionar mis clases de inglés (que es lo que me genera más del 90 % de mis ingresos actuales).

Llevaba años estudiando YouTube (y las redes sociales en general), así que en esta ocasión estaba decidido a seguir una estrategia definida. Estaba dispuesto a probar las recetas más populares, pero siempre con pensamiento crítico. Y ahí estuvo la clave.

Muchos gurús te dicen que hagas las cosas a su manera, pero pocos parecen recordar aquella famosa reflexión del filósofo Bertrand Russell, quien, cuando le preguntaron si estaría dispuesto a morir por sus ideas, respondió que no, porque podría estar equivocado.

Es por ello que, ante todo, mi principal norte sería guiarme por mi propia experiencia y mis propios resultados. Y, a nivel de audiencia, la cosa ha funcionado.

Lograr los 100k de suscriptores es un hito para cualquier creador de contenido. De acuerdo con un análisis publicado por vidIQ en julio de 2026, apenas el 1,3 % de los 61,2 millones de canales analizados había alcanzado esa cifra.

Yo lo logré en menos de 3 años y de un modo 100 % orgánico. Jamás invertí ni un centavo en publicidad para conseguir suscriptores.

Invertí tiempo, muchísimas horas de trabajo y no pocas de pensamiento y análisis.

Dicho esto, hay 7 cosas que hice de modo consistente y que contradicen algunos de los consejos más repetidos sobre cómo crecer en YouTube.

No pretendo demostrar que esos consejos sean equivocados. Simplemente quiero mostrar que existen otros caminos para alcanzar los mismos resultados.

Si tu objetivo es hacer crecer tu audiencia, te recomiendo que consideres estas siete decisiones, pero, pensando en Bertrand Russell, te digo: no le hagas caso a ningún gurú de Internet (ni siquiera a mí) si lo que te dicen no tiene sentido para ti.

Las 7 reglas que rompí

1. Enfócate en videos largos. Los cortos no sirven para fidelizar a la audiencia ni para conseguir seguidores.

Yo me enfoqué en videos cortos: formato vertical de menos de 3 minutos.

Es cierto que no vas a poder monetizar con la misma facilidad que con los videos largos, pero también es cierto que este formato puede conseguir un alcance extraordinario.

Y al principio, cuando tu principal objetivo es que te conozcan, los videos cortos pueden ser una de las mejores herramientas para alcanzar más gente en el menor tiempo posible.

El formato corto tiene un enorme potencial viral, se consume rápido y puede resultar muy satisfactorio para el espectador.

Yo solo tengo 4 videos largos en mi canal, pero más de mil videos cortos.

Es mentira que los Shorts no te traen seguidores. Yo llegué a los 100k gracias a que puse mi foco en ellos.

2. Publicar todos los días no es sostenible. Es mejor publicar contenido pocas veces a la semana para no agotarte.

Desde el 15 de enero de 2024 hasta la fecha de hoy (y contando), he publicado un video diario (como mínimo), sin faltar ni un solo día.

Es cierto que la mayoría de la gente piensa que publicar contenido a diario es algo insostenible y agotador. Muy pocos lo logran sin un equipo de trabajo.

Yo lo he hecho todo por mi cuenta: investigar, escribir los guiones, grabar, editar, manejar las redes, etc.

Y por eso sé, por experiencia, que no es imposible.

La cosa no es tratar de hacer algo imposible, sino lograr que sea parte de tu rutina semanal.

Si quieres crecer en serio, debes trabajar en serio. De otro modo, no se trata de un compromiso, sino de un pasatiempo.

El cansancio existe por supuesto… e incorporar un nuevo hábito de trabajo a tu vida es difícil, también. Pero si logras hacerlo de modo tal que simplemente sea parte de tu vida (como ir al mercado todas las semanas), entonces verás que sí se puede.

Y esa constancia te diferenciará de la inmensa mayoría de los creadores que abandonan sus proyectos mucho antes de ver resultados.

3. A la gente le gusta más la naturalidad. No leas guiones en cámara.

Yo hice videos 100 % guionizados. Nunca he dejado nada a la improvisación.

Quienes conocen mi trayectoria como periodista saben que trabajé más de 15 años en televisión (primero en Televen, Venezuela, y luego en HBO Latin America), y allí aprendí que en los programas más exitosos cada palabra que se dice está planificada, revisada y corregida antes de salir al aire.

No discuto que ser natural y espontáneo funciona para muchos, pero yo soy vieja escuela.

A este particular, me gusta mucho una famosa anécdota que suele atribuirse a Winston Churchill.

Se cuenta que una periodista le preguntó cuánto tiempo necesitaba para preparar un discurso de cinco minutos. Churchill habría respondido que unas ocho o nueve horas.

Luego le preguntó cuánto le tomaría preparar uno de treinta minutos y respondió que unas dos o tres horas serían suficientes.

Finalmente, la periodista le preguntó:

—¿Y si el discurso no tuviera límite de tiempo?

A lo que Churchill supuestamente respondió:

—Un discurso así puedo recitártelo de inmediato, si quieres.

Aunque no he podido confirmar la autenticidad de esta anécdota, ilustra perfectamente algo en lo que creo: cuanto más breve y preciso debe ser un mensaje, más importante resulta prepararlo cuidadosamente.

4. No uses material con derechos de autor porque te vas a meter en problemas.

El 99 % de mis videos contiene material protegido por derechos de autor (en especial, de Los Simpson).

En Estados Unidos existe una doctrina legal llamada fair use, que permite determinados usos de obras protegidas por derechos de autor, especialmente en contextos como la crítica, el comentario y la enseñanza.

Yo simplemente utilicé pequeños clips (generalmente de menos de 10 segundos) porque me parecen una herramienta excelente para crear microlecciones de inglés basadas en el uso real del idioma y no en los típicos audios artificiales diseñados para estudiantes.

Confieso que tuve miedo de tener problemas por mucho tiempo, hasta que pude asistir a una sesión con gente de YouTube que explicaba cómo debía abordarse el uso de material de terceros.

YouTube está lleno de creadores exitosos que utilizan material protegido por derechos de autor para comentarlo, analizarlo o crear contenido educativo a partir de él.

La cosa es aportar verdadero valor sobre el material original y no dedicarse a plagiarlo o exhibirlo sin ningún tipo de transformación.

Eso no elimina automáticamente los riesgos legales ni las posibles reclamaciones de derechos de autor, pero sí marca una diferencia fundamental entre simplemente reproducir una obra y crear contenido nuevo a partir de ella.

5. No hagas producción compleja ni edición elaborada porque la tendencia actual es mostrarte como alguien de la audiencia.

Yo hice justo lo opuesto.

Prácticamente todos mis videos fueron grabados con pantalla verde, con mucho cuidado en el proceso de edición, cuidando la posproducción de sonido e iluminando del modo más profesional que mis equipos y mi experticia me lo permiten.

Vengo de un medio tradicional en donde el cuidado de los detalles es fundamental, y es ahí donde me siento más cómodo.

No digo que la tendencia de mostrarse natural, sin demasiada producción, sea incorrecta. De hecho, funciona extraordinariamente bien para muchos creadores.

Pero creo que ser fiel a lo que te gusta y sabes hacer debe estar por encima de las modas de producción de contenido.

Si te gusta hacer videos elaborados, hazlos. Si prefieres algo más espontáneo, también está bien.

La cuestión es encontrar un estilo de producción con el que te sientas cómodo y que puedas mantener a largo plazo. No escuches las modas si ya sabes quién eres.

6. Haz contenido rápido y que no te represente mucho tiempo de trabajo para que te puedas dedicar a otras cosas.

Yo he trabajado una cantidad absurda de tiempo para hacer cada video corto que he publicado.

Y es que, si haces exactamente lo mismo que hace todo el mundo, ¿qué razones tendrá la audiencia para prestarte atención a ti y no a cualquier otro creador?

En una Internet saturada de gente que se apunta con el teléfono y habla de lo que le sale en el momento, tu video puede distinguirse si está cuidadosamente investigado, escrito, producido y editado.

Yo creo en el valor del trabajo.

No creo que dedicar más horas garantice mejores resultados. Pero sí creo que dedicar el tiempo necesario para hacer las cosas bien puede convertirse en una ventaja competitiva.

Si a mí me toma tiempo investigar una buena idea, escribir un guion que funcione y editarlo cuidadosamente, a los demás también les tomará tiempo conseguir un resultado similar.

Eso te ayuda a diferenciarte.

Todo el mundo quiere los resultados, pero muy pocos están dispuestos a trabajar para conseguirlos.

Y mientras más difícil sea reproducir la calidad de lo que haces, más difícil será para los demás copiarte.

7. Habla de tus opiniones, de tu vida íntima. Eso conecta más que ninguna otra cosa con la audiencia.

Yo jamás hablé de mi vida personal, de mis opiniones políticas, de mi mundo interno, de mis crisis, de mis problemas, de lo que tengo o de mis motivaciones más íntimas.

Yo creo firmemente en esto: las cosas más importantes de la vida no se dicen sino se hacen, porque al hacerlas se dicen solas.

Si alguien decidió seguirme en 2024 y me ha visto a diario durante mil días o más, sabe mucho de mis valores sin que yo tenga que andarlos pregonando.

El ejemplo habla.

Creo que haber publicado más de mil videos durante más de mil días consecutivos habla mucho más de lo que pienso sobre el trabajo, la constancia y el estar siempre de este lado de la pantalla de lo que un video egocéntrico podría haber dicho.

No creo que sea necesario exhibir tu intimidad para conectar con las personas.

También puedes hacerlo a través de tu trabajo, de lo que enseñas, de la manera en que tratas a tu audiencia y, sobre todo, de tu constancia.

La regla más importante de todas

Si algo aprendí durante estos 992 días es que las reglas no son leyes de la naturaleza. Son recomendaciones que pueden funcionar para unos y no funcionar para otros. Conocerlas es importante. Entender por qué existen, todavía más. Pero lo verdaderamente importante es desarrollar el criterio suficiente para decidir cuándo seguirlas y cuándo no.

Yo no sé si mi manera de hacer las cosas es la mejor. Lo que sí sé es que me ha funcionado, que es sostenible para mí y que me ha permitido construir una audiencia de más de cien mil personas sin invertir un solo centavo en publicidad para conseguir seguidores.

Así que mi recomendación final es esta: estudia a los expertos, aprende de quienes ya consiguieron lo que tú quieres conseguir, pero no renuncies nunca a pensar por tu cuenta.

Pablo Sánchez Noguera · Colaborador invitado.

Imagen destacada: ilustración conceptual de tecnología y cambio, archivo editorial de INCÍSOS.

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Colaboradores Invitados

Seres de fogata en la era del cristal: La conversación como acto de resistencia

La conversación frente a frente como acto de resistencia cultural en una época dominada por pantallas, algoritmos y distancia digital.

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Retrato de Maigualida Gamero

Por: Maigualida Gamero

Hay olores que tienen la extraña facultad de detener el tiempo. El del café recién colado por la mañana es uno de ellos: ese hilo oscuro que sube en espiral, anunciando que el mundo puede esperar un ratito más mientras acomodamos las ideas. Porque seamos honestos, ¿cuándo fue la última vez que una revelación profunda o una confesión que nos cambió el curso del día ocurrió frente a la frialdad de un monitor?

Las mejores conversaciones —las de verdad, esas que dejan rescoldos— siempre exigen un ritual. Necesitan el vapor subiendo entre dos rostros, el sonido de la taza apoyándose en la mesa y, sobre todo, la certeza de que al otro lado de la mesa hay alguien respirando al mismo ritmo.

Somos, por definición, criaturas de tribu. Llevamos el eco de la fogata ancestral grabado en las manos y en la urgencia de mirarnos a los ojos para saber que existimos. Sin embargo, nos tocó habitar una época extraña donde la pantalla promete conectarnos con todo el planeta, pero a menudo termina dejándonos en una cornisa de soledad digital. El cristal ilumina, sí, pero no abre. Nos absorbemos cuando confundimos el «visto» con la complicidad y el algoritmo con el afecto.

Nuestra propia tradición literaria ya lo intuía mucho antes de que la inmediata de los algoritmos amenazara con desdibujar el encuentro humano. En sus célebres crónicas y Leyendas históricas , el sabio Arístides Rojas inmortalizó aquel emblemático episodio de la primera taza de café servida en el valle de Caracas, cosechada en la hacienda Blandín por allá en 1786. Rojas nos revela que aquel hito no fue un acto solitario ni puramente comercial, sino una auténtica fiesta de la palabra. Bajo la sombra de los bucares de Chacao, con la música de cámara de la Escuela de Chacao impulsada por el Padre Sojo y la complicidad de figuras como el cura José Antonio Mohedano y Don Bartolomé Blandín, la primera cafetera de porcelana no solo sirvió un elixir: inauguró una tertulia. El vapor del café fue el pretexto ideal para celebrar la tierra, el intelecto y, sobre todo, la comunión de las ideas.

Ese gesto seminal de la caraqueñidad —donde el aroma del grano se marida con la música,la poesía y la conversación franca—nos recuerda que en nuestra memoria colectiva la palabra siempre ha requerido de un fuego compartido.Desde el testimonio de Rojas hasta las reflexiones contemporáneas que indagan en nuestra identidad, el café ha funcionado como ese entrañable lubricante del alma que afloja la prisa y convoca al diálogo honesto. Retomar hoy ese ritual no es un ejercicio de nostalgia folclórica; es un acto de resistencia cultural. Es reclamar el derecho a sentarnos a la mesa y mirarnos a los ojos sin la intermediación de una pantalla, tal como lo hicieron aquellos visionarios bajo el cielo caraqueño,descubriendo que la verdadera riqueza nunca estuvo en el consumo acelerado,sino en el milagro de estar juntos.

Por eso el café —o una excelente compañía que sabe sostener el silencio sin incomodarse— se vuelve una trinchera contra la deshumanización. Sentarse a conversar con propósito es un acto de resistencia. Es recordarnos que ninguna notificación de la app más sofisticada del mercado va a igualar jamás el temblor de una risa compartida o la pausa cómplice antes de decir una verdad difícil.

Al final, mientras sepamos encontrarnos —café de por medio y la mirada limpia—, las pantallas seguirán siendo solo herramientas, y nosotros, por fortuna, seguiremos siendo humanos.

Hoy, ya sea en el recodo entrañable de una esquina caraqueña bajo la sombra perpetua de El Ávila, o en cualquiera de las latitudes del mundo donde la diáspora venezolana ha tejido su nuevo mapa de resistencia, el café sigue cumpliendo su antiguo milagro. No importa si los afectos se reparten entre continentes o si intentamos tiernos puentes entre bits y humanoides a través de una videollamada: mientras abramos una paréntesis en la rutina para compartir el vapor de una taza, la distancia se desvanece. Al final, ese sorbo amargo y caliente es nuestro pasaporte más fiel, la excusa perfecta para convocarnos, reconocernos y rescatar, taza a taza, la inquebrantable calidez de nuestra venezolanidad.

Nos leemos en el siguiente sorbo de café.

Maigualida Gamero,

Caracas, 24 de octubre de 2026

Maigualida Gamero · Caracas, 24 de octubre de 2026.

Imagen destacada: retrato proporcionado por Maigualida Gamero para su ficha de colaboradora en INCÍSOS.

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La teatralidad ante el desafío tecnológico

La tecnología enriquece la escena. El cuerpo y el encuentro siguen siendo insustituibles.

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Voces reunidas en un escenario frente a un auditorio

FIRMAS · MAIGUALIDA GAMERO

Entre la memoria escénica y la búsqueda poética: de una pieza de 1997 sobre el último hombre en la Tierra a la inteligencia artificial, el recurso técnico nunca sustituyó lo esencial del teatro, el cuerpo y el encuentro.

El teatro del siglo XX experimentó transformaciones profundas en la concepción de la representación y la puesta en escena, buscando nuevas formas de traducir y crear imágenes. En el siglo XXI, este proceso se ha acelerado de manera vertiginosa bajo la influencia de las tecnologías de la información y la comunicación. Sin embargo, antes de abordar el debate teórico sobre lo que se ha denominado «teatro tecnológico», resulta imprescindible remontarme a mi propia trayectoria dramatúrgica y de dirección para comprender cómo la virtualidad y el hecho técnico han atravesado mi praxis artística.

De Huma(qui)nidad a Pathmon Producciones

Pensar como dramaturga una obra donde se aborde lo tecnológico responde a una necesidad de reflexionar sobre el entorno que nos habita. Mi acercamiento inicial a este ámbito se remonta a 1997, durante un taller de dramaturgia con el profesor Frank Spano. De allí surgió mi primer ejercicio dramático: Huma(qui)nidad, una pieza para dos actores donde él encarnaba al último hombre sobre la Tierra y ella representaba a la tecnología: una humanoide que comercializaba un teléfono celular de última generación. La obra se situaba el 31 de diciembre de 1999, vislumbrando la incertidumbre del cambio de milenio y el destino de lo humano frente al avance genético y tecnológico. En aquel momento me había influido la lectura sobre la clonación de la oveja Dolly.

Llevada a escena al año siguiente sin el recurso de la palabra hablada en vivo (los actores interpretaban sobre voces grabadas previamente por el profesor Spano y por mí), Huma(qui)nidad fue galardonada en 2005 con el Premio a Mejor Dramaturgia en el festival del Instituto Universitario Pedagógico de Caracas (IUPC), bajo la dirección de Claudia Campos.

Esta búsqueda se consolidó tras la fundación de la A.C. Pathmon Producciones, donde asumí la dirección general. Desde nuestro primer montaje en 2002, Las criadas de Jean Genet (dirigido por José Gregorio Franquiz), concebimos lo multimedia como la integración armónica del video en función de la representación y la música en vivo. Le siguieron la adaptación infantil de la obra de Mary Shelley Frankenstein, el juego (2003), mi primer trabajo de dirección con la agrupación; mi obra para niños SOS Navidad en peligro (escrita en 2005) y la versión de La madre pasota de Darío Fo (2006).

En cada una de estas puestas en escena nos orientó una premisa ética y estética: el recurso tecnológico no debía ser un mero efecto vistoso, sino un elemento en permanente equilibrio con la belleza, la verdad actoral y el lenguaje poético.

La dirección escénica en la sociedad del conocimiento

El rol del director teatral como traductor de ideas implica comprender que transitamos un nuevo paradigma signado por la incertidumbre. Como señala John Maeda (2007) en Las leyes de la simplicidad, la vida cotidiana une el diseño, la tecnología y los negocios en herramientas simplificadas donde caben capacidades insospechadas de información. La humanidad ha cambiado sus hábitos, y nos encontramos ante reflexiones que ya no pertenecen únicamente a la ciencia ficción, sino a la llamada civilización poshumana.

Al abordar el teatro tecnológico, nos encontramos con dos posturas divergentes que Pablo Iglesias Simón (2006) describe con los conceptos de tecnofilia y tecnofobia: por un lado, quienes consideran la tecnología una necesidad imperiosa e ineludible; por el otro, quienes la rechazan y le atribuyen la pérdida de la esencia humana.

Frente a esta polarización, el investigador Fulvio Vaglio (1996) nos ofrece un punto de encuentro al afinar el concepto de teatro tecnológico:

«El teatro es un juego de simulación completamente interactivo, en el que experimentamos indirectamente lo que sería demasiado costoso vivir personalmente. En esta luz el teatro aparece, desde el principio, y por su propia naturaleza, como la verdadera realidad virtual. Si aceptamos este principio, el auxiliar de los ordenadores para la representación teatral se puede considerar como una mejora útil y legítima de las herramientas comunicativas y cognitivas…» (p. 3).

No se trata de que el director o creador escénico deba convertirse en un ingeniero robótico o en un experto en tecnologías de la información. Su labor consiste en rodearse de especialistas, como lo hizo Pathmon Producciones al contar con la gestora audiovisual Claudia Campos, y articular un diálogo interdisciplinario donde la técnica sirva al sentido de la obra.

Asimismo, como apunta Agustín Iglesias (citado por Almela, 2000):

«Trabajar como antaño es condenarse al anacronismo, ignorar la tecnología es dormir en la ignorancia, y confiar en un teatro exclusivamente discursivo es hacer el ridículo» (p. 18).

El cuerpo como vehículo y el teatro como refugio

A la par que avanzan las sociedades, mutan sus sistemas de signos y sus procesos de semiosis. Roland Barthes definió el teatro como un engranaje de signos, y ya en la Antigüedad de Sófocles o en la época de Lope de Vega se echaba mano de las herramientas técnicas de su tiempo para traducir la tragedia humana.

En el contexto actual, Marshall McLuhan, citado por Humberto Valdivieso (2006), concebía al artista como un ser capaz de lidiar impunemente con la tecnología gracias a su facultad de percibir los cambios sensoriales que producen los nuevos medios. E incluso al analizar fenómenos más avanzados, como la incorporación de androides en escena, Jean Baudrillard (2007) advierte:

«El robot es interesante por más de un concepto todavía. Porque es el fin mitológico del objeto, reúne en sí todos los fantasmas que pueblan nuestras relaciones profundas con el entorno» (p. 139).

Sin embargo, frente a cualquier simulacro o avatar, el eje insustituible del teatro sigue siendo el cuerpo humano. Es el cuerpo el vehículo primario a través del cual se transmiten emociones y acciones físicas. La tecnología, los celulares, los iPods, las proyecciones o la robótica son extensiones y antiambientes que enriquecen el marco comunicativo, pero no sustituyen el convivio entre seres vivos.

Como señalaba David Mamet (1995), no es el teatro el que está muriendo, sino la sociedad; y mientras esta cambia, los artistas actúan como exploradores cuyos informes mueven la sensibilidad de los pueblos.

El teatro tecnológico no debe ser una etiqueta vacía ni una búsqueda puramente experimental. Es, ante todo, un escenario para el encuentro: una excusa imprescindible para comunicar, emocionar y recordar que, en la era de la información, la palabra viva y la presencia humana continúan siendo nuestra mayor certeza.

Desde 2026

Mirando este recorrido desde el presente, compruebo cómo aquellas reflexiones que planteé en mis investigaciones hacia 2007 resultaron ser una apuesta innovadora. Quizás sea esa impronta acuariana la que me ha impulsado siempre a explorar los procesos comunicacionales y escénicos. Hoy, la comunidad científica coincide en un diagnóstico contundente: estamos más conectados que nunca, pero, paradójicamente, más solos.

Ante esa realidad hiperconectada, el teatro se erige, sobre todo en nuestras latitudes latinoamericanas, como la excusa perfecta e insustituible para el abrazo, el convivio y el compartir genuino entre seres humanos. Y resulta fascinante contemplar las fronteras que hoy nos abre la inteligencia artificial: un horizonte lleno de posibilidades que, lejos de cerrar la discusión, nos desafía a formularnos preguntas aún más profundas sobre la creación, la identidad y el futuro de nuestra propia humanidad.

Maigualida Gamero

Referencias bibliográficas

  1. Almela, M. (2000). «Puestas en escena fin de siglo». En: Signa: Revista de la Asociación Española de Semiótica, n.º 9, p. 18.
  2. Baudrillard, J. (2007). El sistema de los objetos. México: Siglo XXI Editores, p. 139.
  3. Iglesias Simón, P. (2006). «Tecnofilias y tecnofobias». En: ADE-Teatro, n.º 109, pp. 49-53.
  4. Maeda, J. (2007). Las leyes de la simplicidad. España: Editorial Gedisa.
  5. Mamet, D. (1995). Profesión de putas. Cita en: El Malpensante, Bogotá, 2006, p. 90.
  6. Sassone, R. (2005). «Inscripción de la escena teatral en el contexto de la escena «neotecnológica»». En: ADE-Teatro, n.º 106, pp. 49-59.
  7. Vaglio, F. (1996). «Actores, personajes y tecnología: apuntes sobre el teatro tecnológico». En: Razón y Palabra, n.º 2, año 1, p. 3.
  8. Valdivieso, H. (2006). «Ambiente y antiambiente en la contemporaneidad». En: Revista Baciyelmo, Ediciones de la Escuela de Letras, UCAB, Venezuela, p. 130.

Fuentes principales: Referencias bibliográficas de la autora, listadas arriba.

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