Inciso
Un sistema que no se corrige inventa atajos
Un atajo administrativo funciona como un analgésico: quita el dolor que habría obligado a operar. Por eso los parches duran más que los problemas que vinieron a resolver.
Hay una pregunta que casi nunca se hace y que explica bastante: ¿por qué un trámite que debería tardar dos años tarda doce, y nadie lo arregla?
La respuesta obvia es falta de recursos. Es cierta y es insuficiente. Hay algo más, y es más incómodo.
Cuando un sistema administrativo no puede atender la demanda que recibe, tiene dos caminos. El primero es aumentar su capacidad: más personal, más presupuesto, mejores procesos. Es caro, es lento y exige una decisión política difícil.
El segundo es inventar un mecanismo que haga la espera soportable.
Estados Unidos eligió sistemáticamente el segundo, y no por maldad ni por descuido. Lo eligió porque cada vez que lo hizo estaba resolviendo un problema real.
Alguien que no puede obtener un número de seguro social igual genera ingresos, y el Estado quiere cobrar impuestos sobre esos ingresos. Solución razonable: se crea un número tributario alternativo. Alguien cuyo caso lleva cuatro años sin resolverse tiene que comer mientras espera. Solución razonable: se le concede un permiso de trabajo provisional. Un documento vence antes de que la agencia alcance a renovarlo. Solución razonable: se otorga una prórroga automática. El comprobante de que se recibió una solicitud empieza a funcionar, en la práctica, como si fuera el documento mismo.
Vistos de uno en uno, ninguno de esos mecanismos es reprochable. Todos aliviaron a alguien. Yo mismo los defendería en el momento en que se crearon.
El problema aparece cuando se miran juntos y con perspectiva de tiempo.
Porque un atajo administrativo funciona como un analgésico. Quita el dolor que, de no quitarse, habría obligado a operar. Y cuando el dolor se va, la operación se pospone. No se cancela: se pospone indefinidamente, que es una forma más elegante de cancelarla.
Cada uno de esos mecanismos redujo exactamente la presión que habría forzado la reforma de fondo. Si la gente puede trabajar mientras espera, la espera deja de ser una emergencia. Si puede pagar impuestos sin estar regularizada, su irregularidad deja de ser un problema fiscal. Si su documento vencido sigue sirviendo, el vencimiento deja de tener consecuencias visibles.
Y así, durante dos o tres décadas, se construyó una arquitectura completa cuya función no es resolver casos sino hacer tolerable que no se resuelvan.
Hay un segundo efecto, y es el que menos se discute.
Cada mecanismo paralelo crea su propia clientela. Alrededor de la demora creció una industria de abogados, gestores, tramitadores y notarios que factura precisamente por acompañar la espera. No estoy diciendo que ese trabajo sea ilegítimo: hace falta y quienes lo hacen bien prestan un servicio. Estoy diciendo algo distinto y verificable: en esa cadena, nadie tiene un incentivo económico para que los plazos se acorten.
Un trámite que se resuelve en seis meses genera un honorario. El mismo trámite estirado ocho años genera actualizaciones, renovaciones, prórrogas, consultas y representaciones sucesivas.
Cuando un sistema construye una economía encima de su propia ineficiencia, esa ineficiencia deja de ser un defecto. Pasa a ser un modelo de negocio del que dependen personas que votan, que pagan impuestos y que tienen quien las represente.
De ahí que la reforma de fondo nunca llegue, gobierne quien gobierne. No es que a nadie se le ocurra. Es que arreglar el sistema le quita ingresos a mucha gente y le quita el analgésico a mucha más.
Y aquí llego a lo que quería decir.
Cuando finalmente se decide corregir la irregularidad, uno esperaría que se corrigiera donde se produjo: en la capacidad de respuesta. Acortar los plazos. Resolver los casos represados. Contratar oficiales de asilo. Publicar tiempos de procesamiento y cumplirlos.
En cambio se está actuando sobre las personas que viven dentro de la estructura que el propio sistema construyó para ellas. Personas que hicieron exactamente lo que se les indicó: presentar la solicitud, obtener el número tributario, pagar los impuestos, renovar el permiso, asistir a la cita, esperar.
Se les está cobrando el haber confiado en un mecanismo que el Estado creó.
No pido indulgencia ni excepciones. Pido una cosa concreta y comprobable, que además no cuesta un dólar: que cada agencia publique cuánto está tardando realmente en cada tipo de caso, se fije una meta y rinda cuentas de si la cumplió.
Un sistema que publica sus plazos es un sistema que puede ser exigido. Uno que no los publica solo puede ser padecido.
Ese sería el primer indicio serio de que se quiere arreglar el fondo y no administrar el síntoma. Todo lo demás son atajos, y los atajos ya demostraron a dónde llevan.
Una precisión que corresponde hacer. Los mecanismos que describo existen y cualquiera que haya pasado por un trámite migratorio los reconoce, pero no los nombro con su denominación oficial a propósito: las siglas cambian, los programas se renombran y este texto no trata de un formulario sino de un hábito administrativo. Si algo de lo que aquí sostengo no corresponde con su experiencia, escríbame. Es la clase de cosa que se corrige leyendo a quien la vivió.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el jueves 10 de septiembre de 2026
Alfredo Yánez
9 libros que te cambian la perspectiva
Finanzas, emprendimiento, migración y más — disponibles en Amazon
VER LIBROS →Inciso
Renunciar al trabajo para no tener que manejar
Las detenciones se cuentan. Las deportaciones se cuentan. Lo que nadie cuenta es cuánto dinero está dejando de ganar la gente por no salir a la calle.
Me llegó un mensaje de una conversación privada que no puedo atribuir a nadie. No conozco a quien lo escribió, no puedo verificar el caso concreto y no voy a publicar un nombre. Lo que sí puedo hacer es leerlo con cuidado, porque tiene adentro una economía completa.
Dice, en resumen, que una mujer tuvo que renunciar a su trabajo para no andar rodando por la ciudad. Que al final le permitieron trabajar desde la casa, por menos dinero. Que una vecina les ayuda buscando al niño en el colegio. Y una frase que se me quedó pegada: como si uno fuera un criminal.
Piense en la ecuación que se despeja desde esas cuatro líneas.
Una persona renunció a un empleo. No la despidieron, no cerró la empresa, no le faltó trabajo. Renunció ella, y renunció por una razón que no tiene nada que ver con el trabajo: por no manejar. La palabra que usa es rodar. Andar rodando. Ese es el riesgo que decidió no correr.
Después recuperó parte del ingreso trabajando desde su casa, pero por menos dinero. Esa diferencia entre lo que ganaba y lo que gana es una cifra concreta, mensual, que sale de un presupuesto familiar y no entra en ningún indicador. No es desempleo, porque trabaja. No es despido, porque renunció. No es informalidad, porque tiene patrón. Es una rebaja voluntaria de sueldo pagada a cambio de no estar en la calle.
Y hay una tercera persona en el cuadro que casi nadie ve: la vecina. Alguien que no tiene ese problema está buscando a un niño que no es suyo en el colegio, todos los días. Eso también es un costo. Es tiempo, es gasolina, es un favor que se acumula y que alguien va a tener que devolver. La comunidad está absorbiendo con trabajo gratuito lo que la política pública produjo.
Nada de eso aparece en ninguna estadística.
Contamos detenciones. Contamos deportaciones. El Departamento de Seguridad Nacional publica su balance mensual de arrestos y los medios lo reproducimos, yo incluido. Un reporte local de Doral registra que los arrestos migratorios en esa ciudad pasaron de tres en diciembre a diecisiete en julio, y esa cifra circuló porque es una cifra.
Pero no hay una casilla en ninguna planilla oficial que diga cuántas personas dejaron de manejar. Cuántas cambiaron un trabajo por otro peor pagado. Cuántas dejaron de ir al supermercado grande y empezaron a comprar en el de la esquina, más caro. Cuántas suspendieron una cita médica. Cuántos niños no fueron a la escuela porque no había quién los llevara.
Ese es el volumen real del asunto, y es invisible por diseño. No porque alguien lo esconda, sino porque nuestras herramientas de medición fueron construidas para contar eventos y esto no es un evento. Es una sustracción. Es todo lo que dejó de pasar.
Quiero ser preciso en algo, porque es donde este razonamiento se puede torcer. No estoy diciendo que no deba existir control migratorio. Ningún país renuncia a eso y este medio no ha sostenido nunca lo contrario. Lo que estoy diciendo es más estrecho y creo que más difícil de rebatir: cuando una política produce que una persona sin antecedentes, con su proceso en trámite, decida ganar menos dinero a cambio de no salir de su casa, esa política está generando un costo económico que sus propios promotores no están midiendo.
Y si no lo miden, no lo pueden defender. Porque para defender una medida hay que poder decir cuánto cuesta y cuánto rinde. Aquí tenemos la mitad de la ecuación publicada en una nota de prensa mensual y la otra mitad repartida en conversaciones de WhatsApp que nadie va a tabular nunca.
Hay algo más en ese mensaje, y es lo que más me incomoda. La frase «como si uno fuera un criminal» no describe un miedo a la ley. Describe un daño a la identidad. Quien la escribió no está diciendo que teme una consecuencia legal; está diciendo que le duele ser mirado de una manera. Esa distinción importa, porque una consecuencia legal se enfrenta con un abogado y una mirada no se enfrenta con nada.
En 2024, un sector muy grande de la comunidad venezolana en Estados Unidos apoyó una política de mano dura contra la inmigración irregular, convencida de que esa dureza estaba dirigida a otros. Lo digo sin ánimo de reproche, porque el reproche no le sirve a nadie a estas alturas y porque hay gente que está pagando con su sueldo una decisión que tomó de buena fe. Pero el hecho está ahí y forma parte de la historia.
Lo que corresponde ahora no es discutir el voto de hace dos años. Es exigir que se mida. Que alguien —una universidad, una cámara de comercio, un gobierno local, una organización comunitaria— se siente a calcular cuánto dinero está dejando de circular en estas ciudades porque la gente decidió no moverse.
Ese número existe. Está ahí, repartido en miles de casas, en sueldos rebajados y en favores de vecinos. Solo hace falta que alguien lo sume.
Mientras tanto, hay una mujer que trabaja desde su casa por menos plata y una vecina que recoge a un niño ajeno todos los días. Eso no está en ninguna estadística, pero está pasando, y alguien lo está pagando.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS
Contexto relacionado: Un concejal de Doral pidió al Congreso revisar los operativos migratorios.
Inciso
El venezolano dejó de dar margen
Lo más revelador de la última medición no es quién sube o quién baja. Es la velocidad con que suben y bajan todos, incluido el gobierno. Un electorado que ya no otorga crédito por anticipado.
La encuesta que AtlasIntel hizo para Bloomberg entre el 30 de agosto y el 3 de septiembre de 2026, sobre 1.922 adultos en todo el territorio venezolano, se ha leído en las últimas horas como se leen casi todas las encuestas: buscando el nombre propio que gana y el que pierde. María Corina Machado sigue siendo la figura con la imagen más positiva del país. Delcy Rodríguez sigue arrastrando el rechazo. Titular servido.
Pero lo que a mí me llamó la atención no está en el ranking. Está en la velocidad.
Mire la serie completa de este año, que es lo que casi nadie hace. En enero, la intención de voto por Machado se ubicaba en 38,2%. En julio había subido a 57,4%. Su imagen positiva pasó de 53% en junio a 72% en julio: diecinueve puntos en treinta días. Su imagen negativa cayó de 28% a 14% en el mismo mes. Y del otro lado, la desaprobación de Rodríguez subió de 58,7% en mayo a 64,5% en julio, su récord, y ahora, en esta medición, bajó cuatro puntos después de haber crecido de forma sostenida desde enero.
Cuatro puntos. Hacia abajo. En el mismo estudio donde 47% de los encuestados dice que su gobierno carece de legitimidad para negociar acuerdos de largo plazo sobre los recursos naturales del país.
Ahí está lo que importa. No es que un liderazgo suba y otro baje. Es que todos se mueven, todo el tiempo, y en las dos direcciones. Incluido el gobierno.
Eso describe algo que no es lealtad. Es evaluación.
Durante veinticinco años se explicó la política venezolana como un problema de adhesiones: la gente estaba con alguien, y estar con alguien implicaba aceptar lo que ese alguien decidiera. El referente hablaba y la base repetía. Quien no repetía era traidor. Los números de 2026 describen otra cosa. Describen a un ciudadano que sigue y evalúa en el mismo movimiento, sin intervalo entre las dos acciones. Que no otorga crédito por anticipado. Que si el referente mueve su postura, aunque sea poco, lo registra de inmediato y lo refleja en la respuesta del mes siguiente.
Hay una prueba fina de esto en la misma encuesta, y es la parte que más me gusta. Alrededor de 38% se declaró en contra del acuerdo petrolero y 35% a favor: prácticamente empatados, con 27% que no está seguro. La mitad exacta dijo que el acuerdo beneficiará más a Estados Unidos que a Venezuela, y apenas 10% cree que el principal beneficiario será su propio país. Y sin embargo, cerca de seis de cada diez esperan que ese mismo acuerdo tenga un impacto positivo o neutro en su vida cotidiana.
Léalo despacio, porque parece una contradicción y no lo es. Un mismo ciudadano puede sostener a la vez que el trato es malo para el país y que quizá le sirva a su casa. Eso no es incoherencia. Es exactamente lo que hace alguien que evalúa en lugar de creer: separa el juicio sobre el conjunto del cálculo sobre lo propio, y no necesita que las dos cosas coincidan para dormir tranquilo.
Y hay una segunda prueba, esta por el lado del esfuerzo que no rinde. Henrique Capriles volvió al método que lo hizo grande: el casa por casa, el video de teléfono, la insistencia territorial. En mayo, su rechazo se ubicaba en 74%. El método no es el problema. El método funciona. Lo que este electorado está evaluando no es cuánto camina alguien, sino desde dónde camina. Volver a tocar puertas no compra de vuelta una posición; la posición se juzga primero y el trabajo se acredita después. Es duro y es sano: significa que ya no hay forma de comprar respaldo con kilometraje.
Machado es el liderazgo más sólido de Venezuela y la encuesta lo confirma sin ambigüedad. Pero conviene decir la otra mitad: su solidez tampoco es inmovilidad. Sus propios números se movieron diecinueve puntos en un mes. La diferencia es que cuando ella se mueve, se mueve hacia arriba. Eso no es un depósito en el banco. Es una renovación mensual de un contrato, y los contratos que se renuevan cada mes también se dejan de renovar cada mes.
De todo esto se desprende algo que va más allá de la política, y es la razón por la que estoy escribiendo esta columna. Un ciudadano que evalúa mes a mes necesita, mes a mes, información verificada. No relato, no consigna, no la interpretación de nadie sobre lo que conviene sentir. Necesita saber qué dice exactamente el documento, qué firmó exactamente quién, y qué se puede comprobar de lo que le prometieron en marzo.
Esa exigencia no la inventó el periodismo. La creó el propio electorado cuando dejó de dar margen. Y es la mejor noticia que ha dado Venezuela en mucho tiempo.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS
Inciso
Dos expedientes se movieron en direcciones contrarias por el mismo motivo
La transición venezolana se invocó hacia arriba para remover un obstáculo legal y hacia abajo para remover un fundamento legal. Las dos decisiones son del mismo gobierno y de la misma semana.
El mismo hecho abrió una puerta y cerró otra. Las dos decisiones son del mismo gobierno y ninguna de las dos es irregular por separado.
Hay una manera de leer la última semana de agosto y la primera de septiembre de 2026 que no aparece en ningún titular, porque exige poner al lado dos expedientes que nadie pondría juntos.
El primero es el de un empresario. Alejandro Betancourt López dirige North American Blue Energy Partners, la compañía que acaba de recibir concesiones a cien años sobre diecisiete campos petroleros venezolanos y de la cual el Departamento de Defensa de Estados Unidos tomó una participación del treinta y cinco por ciento. Durante una década, distintas jurisdicciones lo investigaron. En los últimos meses, según reportaron The Washington Post y Axios, fiscales federales de Miami cerraron su investigación por instrucción de la oficina del entonces vicesecretario de Justicia. Funcionarios estadounidenses, incluida la entonces fiscal general, plantearon a las autoridades suizas que se abstuvieran, porque el hombre era una figura importante de política exterior y no podía salir de su residencia en el Reino Unido para reunirse en Washington y en Caracas. En una de esas llamadas, cuando los suizos dijeron que el caso estaba en sus primeras etapas, un funcionario estadounidense respondió que el caso tenía diez años. El 13 de mayo la fiscalía de Zúrich retiró la solicitud de extradición, atribuyéndolo a particularidades del derecho británico, sin cerrar el expediente penal y sin levantar la orden internacional. El 27 de junio Betancourt viajó a Caracas. La organización suiza Public Eye llamó a la secuencia muy inusual y pidió explicaciones. Corresponde decirlo con precisión, porque es lo que corresponde siempre: no ha sido acusado formalmente, no ha sido condenado en ninguna jurisdicción, y un portavoz del Departamento de Justicia negó que el vicesecretario interviniera personalmente. Lo que está documentado no es su culpabilidad. Es lo que hizo el gobierno de Estados Unidos.
El segundo expediente es el de una mujer cuyo nombre no conocemos, identificada en la jurisprudencia por sus iniciales. Llegó a Estados Unidos en 2014 con una visa de estudiante. Su esposo pidió asilo en 2015 y la incluyó. Ambos habían participado en actividades de oposición; a él lo agredieron; a ella le anularon el pasaporte en octubre de 2025 y siguió expresando en público su rechazo al gobierno que la había expulsado de su propio documento. Un juez de inmigración le concedió el asilo. El 4 de septiembre de 2026, la Junta de Apelaciones de Inmigración le anuló esa concesión y devolvió el caso, estableciendo con carácter de precedente que la salida de Maduro y la transferencia de la autoridad ejecutiva constituyen un cambio en las condiciones de Venezuela que debe pesar en la evaluación de su temor. Y para probar ese cambio, la decisión enumera la reapertura de la embajada estadounidense en Caracas, la cooperación entre Washington y el gobierno de Delcy Rodríguez, y los avances hacia la transición democrática según los describe el Departamento de Estado.
Ahí está el punto. El mismo hecho. Dos direcciones.
Que Venezuela cambió sirvió, hacia arriba, para remover un obstáculo legal que impedía cerrar un negocio. Y sirve, hacia abajo, para remover un fundamento legal que sostenía una protección. En un caso, la transición es una oportunidad. En el otro, es una prueba en contra.
No estoy diciendo que alguna de las dos decisiones sea ilegal. Ninguna lo es. Cerrar una investigación es una facultad discrecional del ministerio público. Fijar criterio sobre las condiciones de un país es exactamente la función de la Junta de Apelaciones. Cada decisión tiene su marco, su lógica y sus defensores, y podría defenderse en público sin sonrojo. Lo que no tiene defensa es la asimetría. Porque las dos personas afectadas por la misma invocación de la misma transición no están en igualdad de condiciones para responderla. Una tiene abogados en tres países y una participación del Pentágono en su empresa. La otra tiene un pasaporte anulado y una audiencia por delante.
Y hay una fecha que vuelve todo esto menos abstracto. El 2 de octubre vencen los documentos de un grupo de venezolanos amparados por el Estatus de Protección Temporal, los que recibieron su permiso de trabajo antes del 5 de febrero de 2025. No aparecen en ningún expediente célebre. No los llamó nadie de la Casa Blanca a las pocas horas de la captura para pedirles ayuda. Van a descubrir la transición venezolana de la manera más concreta posible: cuando su patrón les pida un documento vigente y no lo tengan.
Un país cambia para todos o no cambia. Esa es la parte incómoda. Si Venezuela es ya un lugar suficientemente distinto como para que una mujer tenga que volver a probar su miedo, también es un lugar suficientemente distinto como para que la reconstrucción de su economía se decida con ella y no sobre ella. Y si no lo es —si todavía hay trescientas veintiocho personas presas por razones políticas, según el conteo verificado de Foro Penal al cierre de agosto, y una lista oficial de excarcelados que nadie ha publicado—, entonces el argumento que se está usando en los tribunales de inmigración de Estados Unidos necesita, por lo menos, ser revisado con la misma diligencia con la que se revisó el otro expediente.
Escribo esto un sábado por la mañana, veintisiete días antes del 2 de octubre. Es tiempo suficiente para hacer preguntas. No lo es para conseguir un abogado.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS
-
Entrevistas3 meses agoZair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»
-
Política2 meses agoDelcy Rodríguez enfrenta a la prensa internacional: la rueda de prensa que no cerró la brecha
-
Política4 meses agoEl economista, los bonos y Citgo
-
Política4 meses agoRoberto Smith Perera: «La reconstrucción no puede esperar a la elección»
-
Especiales3 meses agoMedia vuelta… mar.
-
Política2 meses agoEl semáforo de las estructuras: qué significa cada color tras el terremoto
-
Inciso4 meses agoLa paciencia de Washington
-
Inciso3 semanas agoMárquez sabe qué pasó el 28 de julio
