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Especiales

Chávez prometió enterrar a los partidos y se quedó veinticinco años

Chávez no mintió sobre lo que haría con los partidos: cumplió. El problema fue lo que vino en su lugar.

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Ficha 6W

Pregunta Respuesta
Qué El triunfo de Hugo Chávez en 1998 como el caso extremo de un outsider que destruyó el sistema de partidos y lo sustituyó por un poder personalista.
Quién Hugo Chávez, los partidos Acción Democrática y COPEI, el electorado del hartazgo.
Cuándo La elección del 6 de diciembre de 1998 y las décadas que siguieron.
Dónde Venezuela, con un efecto que aún define la región.
Por qué Demostró que demoler la representación no garantiza algo mejor: puede traer algo mucho peor.
Cómo Un discurso de refundación total, una Constituyente y el desmontaje progresivo de los contrapesos.

El hombre que nadie tomó en serio

A mediados de 1998, los medios internacionales le daban a Hugo Chávez entre cuatro y ocho por ciento de intención de voto. Era un ex teniente coronel que seis años antes había intentado un golpe de Estado, había ido preso por ello y salía ahora a pedir votos con el mismo argumento con que antes había pedido fusiles: que el sistema estaba podrido y había que empezar de cero. La élite política no lo veía como amenaza. Lo veía como folclor.

Se equivocaron por una razón que este especial viene desarrollando pieza a pieza: no midieron el tamaño del hueco. Para 1998, el electorado venezolano ya había completado un giro contra los partidos que venía gestándose desde 1993. La campaña de aquel año estuvo dominada por candidatos que se presentaban como ajenos al aparato. Chávez no creó ese estado de ánimo; lo encarnó mejor que nadie. Llegó a acuñar consignas que resumían el hartazgo de una época: las cúpulas podridas, el viejo modelo debe morir. No era un programa. Era un certificado de defunción que el votante estaba ansioso por firmar.

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El sistema se suicidó tratando de sobrevivir

Lo que ocurrió en las semanas finales de la campaña de 1998 es la imagen más exacta de lo que la antipolítica le hace a un sistema de partidos. Acción Democrática y COPEI, las dos organizaciones que se habían repartido el poder desde 1958, comprendieron tarde que iban a perder. Y entonces hicieron algo extraordinario: retiraron a sus propios candidatos y se refugiaron, a última hora, en el apoyo a otro outsider, el empresario Henrique Salas Römer, con tal de frenar a Chávez.

El gesto fue una confesión. Los partidos que durante cuarenta años habían sido el sistema admitieron, con esa maniobra, que ya no podían ganar como partidos. Necesitaban, ellos también, un hombre de afuera. La partidocracia se desfondó no porque Chávez la empujara, sino porque al primer temblor descubrió que estaba hueca. Chávez ganó el 6 de diciembre de 1998 con 56,2% de los votos. Pero la elección la había perdido el sistema mucho antes, el día en que dejó de creer en sí mismo.

Lo que vino no fue lo prometido

Aquí está la lección que vuelve a esta pieza imprescindible en este especial. Chávez no mintió sobre lo que iba a hacer con los partidos: cumplió. El día mismo de su toma de posesión, el 2 de febrero de 1999, firmó el decreto que activaba la Asamblea Constituyente. En menos de un año, el viejo entramado institucional —el Congreso, los partidos, las reglas de la Cuarta República— había sido sustituido. La promesa de demolición se ejecutó al pie de la letra.

El problema es lo que vino en su lugar. Donde había un sistema de partidos imperfecto, capturado y desprestigiado, no se levantó uno mejor. Se levantó un poder cada vez más personal, que con los años fue desmontando los contrapesos uno por uno hasta desembocar en lo que Venezuela vive hoy: una transición tutelada desde el exterior tras la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026, el desenlace último de un proceso que empezó con un votante harto de los partidos en 1998. Veinticinco años separan una cosa de la otra. El hilo que las une es la idea de que bastaba con barrer lo viejo para que apareciera lo nuevo.

La advertencia para el presente

Ninguna de las figuras independientes que hoy circulan en la política venezolana es Hugo Chávez, y sería deshonesto sugerirlo. Pero el mecanismo que lo llevó al poder sigue intacto, porque el hueco que lo aupó nunca se cerró del todo. El votante que en 1998 quiso enterrar a los partidos consiguió enterrarlos, y lo que recibió a cambio fue un cuarto de siglo que terminó peor de lo que empezó.

Es exactamente lo que advierte la filósofa Corina Yoris cuando recuerda que el rechazo a la partidocracia fue el catalizador del colapso de 1998. No porque criticar a los partidos sea ilegítimo —lo es, y con razones de sobra—, sino porque entre la crítica que reforma y la demolición que arrasa hay una frontera fácil de cruzar y casi imposible de desandar. Chávez es lo que está del otro lado de esa frontera. Cualquier proyecto que hoy invoque la refundación total, el borrón y cuenta nueva, el «que se vayan todos», debería mirar ese precedente antes de prometer el paraíso a la salida del incendio.


FUENTES PRINCIPALES: Registro histórico de la elección del 6 de diciembre de 1998 · análisis histórico de la campaña de 1998 · Gaceta Oficial (Decreto N.º 3, 2 de febrero de 1999) · hemerografía de la época.

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Columna

El aplauso que no es amor, es factura

La antipolítica no es entusiasmo por el de afuera: es despecho con el de adentro. El inciso que abre el especial.

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Hay un malentendido cómodo en la manera en que se cuenta el ascenso de los outsiders. Se dice que la gente se enamoró del que venía de afuera. Que lo siguió por su carisma, por su discurso, por su promesa de barrer con todo. Y hay algo de eso. Pero la palabra está mal elegida. Lo que el votante siente cuando aplaude al recién llegado casi nunca es amor. Es despecho. Y el despecho, a diferencia del amor, siempre tiene una dirección: apunta a alguien.

Apunta al partido que prometió y no cumplió. Al dirigente que llegó hablando del pueblo y se fue hablando de sí mismo. A la estructura que pidió el voto cada cinco años y devolvió silencio los otros cuatro. El outsider no entra por la puerta que abre su propio mérito. Entra por la que dejaron abierta los que estaban adentro. Es, antes que nada, un hueco con forma de hombre.

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Por eso conviene leer el fenómeno al revés de como suele leerse. El que vota contra los partidos no está votando por una idea nueva: está pasando una factura vieja. Y la factura se acumuló durante años de representación que se volvió trámite, de militancia que se volvió nómina, de programa que se volvió eslogan. Cuando por fin aparece alguien que dice «yo no soy de ellos», el votante no examina demasiado qué es. Le basta con que no sea eso.

El problema empieza después. Porque la factura se cobra una sola vez, pero el país sigue ahí al día siguiente, con sus instituciones, sus equilibrios, su necesidad aburrida de que alguien gobierne. Y entonces el outsider tiene que decidir qué hace con el poder que le prestaron en un arranque de bronca. Algunos descubren que gobernar se parece sospechosamente a lo que hacían los que vinieron a reemplazar. Otros deciden que, ya que llegaron rompiendo, lo coherente es seguir rompiendo. Ninguno de los dos caminos es gratis.

Este especial no viene a celebrar la antipolítica ni a condenarla de entrada. Viene a tomarle la temperatura. A entender por qué un votante en Pensilvania, otro en la provincia de Buenos Aires y otro en Caracas llegaron, por rutas distintas, a la misma conclusión: que el sistema de partidos dejó de hablarles. Esa coincidencia no es casualidad ni contagio. Es síntoma. Y los síntomas no se curan gritándoles que se callen; se curan averiguando qué los produce.

Venezuela conoce esta historia mejor que casi nadie, y no desde ahora. Tuvo su antipolítico de la televisión antes de que la televisión fuera el medio natural de los antipolíticos. Tuvo su outsider que arrasó las encuestas y terminó devorada por otro outsider más hábil. Tuvo, sobre todo, al hombre que prometió barrer la partidocracia y se quedó veinticinco años. Quien quiera entender lo que se juega hoy, cuando vuelven a circular nombres que se presentan como ajenos al aparato, haría bien en mirar ese archivo antes de aplaudir o de descalificar.

Hay una pregunta que recorrerá todas las piezas que siguen, y conviene dejarla planteada desde la primera línea. No toda renovación es demolición, y no todo el que viene de afuera viene a destruir. Hay quien tiene ideas en función del país y simplemente no milita en ningún partido, y llamarlo «antipolítico» como insulto es una manera barata de defender lo indefendible. Pero también hay quien usa el lenguaje de la renovación para justificar que no quede nada en pie. Distinguir entre los dos no es un lujo intelectual. Es, probablemente, la tarea política más urgente de la década.

El aplauso, ya lo dijimos, no es amor. Es una factura. La pregunta es quién la cobra, a nombre de quién, y qué piensa hacer con lo que recaude.

Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS


FUENTES PRINCIPALES: Inciso de autor. Pieza de opinión firmada.

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Especiales

El votante no abandonó la política, la política lo abandonó primero

La desafección con los partidos es global y simultánea. El outsider es su consecuencia, no su causa.

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Ficha 6W

Pregunta Respuesta
Qué La confianza ciudadana en los partidos tradicionales cayó a mínimos históricos en EE.UU., Europa y América Latina de forma simultánea.
Quién Votantes desafectos, partidos en erosión, encuestadoras (Fundación BBVA, UnidosUS, V-Dem, Latinobarómetro).
Cuándo El desencanto se profundiza entre 2024 y 2026, con datos de los primeros cinco meses de 2026.
Dónde España, Estados Unidos y América Latina como casos paralelos; el votante hispano de EE.UU. como foco.
Por qué Corrupción, distancia entre élite y base, promesas incumplidas y una representación que se volvió trámite.
Cómo Caída de afiliación, abstención, fuga hacia el «independiente» y reciclaje del descontento en voto antiestablishment.

El número que retrata una época

En una escala del cero al diez, los ciudadanos españoles le ponen a sus partidos políticos un 2,5. No es una nota baja: es un suspenso humillante, por debajo del gobierno, del parlamento y de los gobiernos autonómicos, según la encuesta de confianza de la Fundación BBVA difundida a comienzos de 2026. Ninguna institución política aprueba, pero los partidos son los últimos de la fila.

Ese número no es una rareza española. Es el rostro local de un fenómeno que los politólogos llaman desafección democrática y que en 2026 dejó de ser una preocupación de seminario para volverse el dato dominante de la política occidental. El instituto V-Dem documentó que cerca de un cuarto de la población mundial vivió algún retroceso democrático durante 2025, y que entre los países en regresión aparecen, por primera vez en mucho tiempo, democracias del centro de Europa y de América del Norte. La desconfianza ya no apunta solo a los gobiernos: alcanza a los partidos, a los medios, a las universidades, a los expertos. A todo lo que media entre el ciudadano y el poder.

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Qué se rompió, exactamente

La desafección no es apatía. El votante desencantado no es alguien a quien la política dejó de importarle; al contrario, suele importarle demasiado. Lo que se rompió es más preciso: el vínculo de representación. La sensación, repetida en encuestas de tres continentes, de que el partido pide el voto cada cierto número de años y desaparece en el intervalo. De que la militancia se volvió una nómina y el programa, un eslogan.

Tres factores aparecen una y otra vez en los estudios. El primero es la corrupción, que en sondeos recientes de América Latina escaló hasta los primeros lugares de preocupación ciudadana, desplazando a problemas que durante años la superaron. El segundo es la distancia: la percepción de una élite desconectada que se reparte cargos mientras la vida cotidiana se encarece. El tercero es la promesa incumplida, el residuo acumulado de campañas que ofrecieron transformación y entregaron administración.

Cuando esos tres factores se juntan, producen un vacío. Y el vacío, en política, nunca queda vacío mucho tiempo.

El votante hispano: el laboratorio del desencanto

Hay un caso que vale más que cualquier abstracción europea, porque ocurre dentro de Estados Unidos. El votante hispano —más de treinta y seis millones con derecho a voto— se convirtió en el ejemplo más nítido de lo que la desafección produce cuando madura.

Durante décadas, el electorado latino funcionó como un bloque previsible. Eso terminó. El consultor republicano Mike Madrid lo resumió en una frase que vale como diagnóstico de toda una era: lo que vive el votante hispano no es un realineamiento, es un desalineamiento. No se está mudando ordenadamente de un partido a otro: se está fragmentando en identidades políticas que ya no responden a ninguna lealtad partidaria estable. Cerca de un tercio se declara independiente. Las prioridades —costo de vida, empleo, vivienda— cruzan las líneas ideológicas y dejan a los dos grandes partidos hablándole a un electorado que ya no los escucha como antes.

El dato más elocuente llegó en mayo de 2026. Según una encuesta de UnidosUS, uno de cada cuatro hispanos que respaldó a Donald Trump en 2024 sugiere ahora que se arrepiente de ese voto. El porcentaje de arrepentidos casi se duplicó en pocos meses, de un 13% en noviembre a un 25% en la primavera. No es un dato sobre Trump: es un dato sobre la volatilidad. El mismo votante que castigó a un establishment votando por el outsider está dispuesto, poco después, a castigar también al outsider. La factura, una vez que el votante aprende a emitirla, no se archiva.

Por qué esto importa antes de hablar del outsider

Aquí está la tesis que ordena todo este especial. El outsider no es la causa del desencanto: es su consecuencia. Llega después, no antes. Quien quiera entender por qué un empresario sin partido, un economista que insulta a «la casta» o un militar que prometía refundar el país lograron movilizar a millones, tiene que empezar por el agujero que los precedió. El antiestablishment es una oferta que solo prospera donde ya existía la demanda.

Esa demanda hoy es global y es simultánea. Un votante en Madrid que le pone 2,5 a sus partidos, uno en Texas que se declara independiente y arrepentido, y uno en Caracas que lleva veinticinco años viendo cómo un outsider que prometió barrerlo todo terminó construyendo su propia maquinaria, comparten algo más que el malestar. Comparten la intuición de que el sistema de partidos dejó de representarlos. En las piezas siguientes, este especial examina qué hacen los políticos de afuera con esa intuición. Pero el punto de partida es este: el desencanto es real, está medido, y no se va a curar pidiéndole al votante que vuelva a confiar sin darle una razón.


FUENTES PRINCIPALES: Fundación BBVA (confianza institucional, 2026) · V-Dem Institute (informe de regresión democrática 2025) · UnidosUS (encuesta de votantes latinos, mayo de 2026) · Axios / Mike Madrid (fragmentación del voto hispano, febrero de 2026) · Latinobarómetro.

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Especiales

El outsider no nace: se fabrica donde los partidos dejaron un hueco

El outsider no es un fenómeno espontáneo: es un ensamblaje de vacío, canal directo y discurso de ajenidad.

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Ficha 6W

Pregunta Respuesta
Qué El conjunto de condiciones que permiten que un liderazgo antiestablishment se construya y prospere.
Quién Outsiders políticos, asesores de campaña, ciudadanías hiperconectadas, partidos debilitados.
Cuándo Un patrón consolidado en el ciclo electoral 2024-2026.
Dónde América Latina, Estados Unidos y Europa, con el caso latinoamericano como modelo.
Por qué La crisis de los partidos eliminó la mediación entre el líder y la sociedad.
Cómo Comunicación directa por redes, un discurso de ajenidad y la promesa de no deber nada a nadie.

Una oferta necesita una demanda

La pieza anterior de este especial dejó establecido el diagnóstico: el desencanto con los partidos es real, está medido y precede al outsider. Esta pieza explica el paso siguiente. Porque el vacío de representación es condición necesaria pero no suficiente. El hueco, por sí solo, no produce un líder. Hace falta alguien que sepa ocuparlo, y un método para hacerlo. El outsider no es un fenómeno espontáneo: es un ensamblaje.

La politóloga argentina María Matilde Ollier lo formuló con precisión: la crisis de las fuerzas tradicionales hizo que los liderazgos ya no se construyan a través de los partidos, sino mediante otros instrumentos, como los medios y las redes sociales. En una ciudadanía hiperconectada, sostiene, desaparece la mediación entre el líder y la sociedad. Ese es el primer ingrediente del mecanismo: un canal directo. Donde antes el partido filtraba, organizaba y traducía el mensaje, ahora el líder habla solo, sin intermediarios, a una audiencia que lo recibe sin filtro.

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El que dice lo que la gente siente

El segundo ingrediente es el mensaje, y su fórmula es vieja pero eficaz. Se ve favorecido, explica Ollier, quien dice en voz alta lo que la gente percibe como su problema más urgente: la corrupción, la inseguridad, el estancamiento. El outsider no necesita tener razón en el diagnóstico técnico; necesita nombrar el malestar antes y más fuerte que nadie. Su ventaja sobre el político tradicional no es programática, es emocional: llega sin la mochila de las promesas incumplidas que arrastra el aparato.

De ahí la consigna que define a toda la categoría: yo no soy de la casta. El antiestablishment se ofrece como lo único que el sistema no puede ofrecer de sí mismo: distancia respecto de sí mismo. Un análisis reciente sobre la nueva generación de outsiders latinoamericanos —la que vino después del fenómeno de Nayib Bukele— detecta un giro revelador. El outsider de hoy ya no necesita venir literalmente de fuera de la política. Le basta con posicionarse como ajeno a la política existente. Puede llevar años en cargos públicos y aun así presentarse como el que viene a romper la baraja. La ajenidad dejó de ser una biografía para volverse una postura.

El método tiene límites

Conviene no idealizar el mecanismo, porque también falla. El mismo análisis advierte un error recurrente: confundir la popularidad digital con la traducción electoral. Las métricas de redes no votan. Convertir una audiencia en votos exige un trabajo de activación territorial que ningún truco comunicacional elimina. Por eso no todo influencer indignado llega a ningún lado, y por eso varios que parecían imbatibles en las redes se desinflaron en las urnas.

Hay también una distinción que esta pieza necesita dejar sentada, porque será decisiva al final del especial. No todos los que entran al sistema como outsiders se quedan afuera de él. El francés Emmanuel Macron y el chileno Sebastián Piñera fueron calificados de outsiders en su momento, y ambos terminaron ingresando al sistema y jugando con sus reglas. Ese es un destino posible: el de afuera que se institucionaliza. El otro destino —el del que llega para romper y sigue rompiendo— es el que este especial examinará en sus casos venezolanos. La diferencia entre ambos no está en cómo llegan, sino en qué hacen una vez adentro.

La carta de Venezuela

Carmen Beatriz Fernández, analista venezolana de comunicación política, aporta el marco regional. En contextos de alta fragmentación partidaria, sostiene, la polarización y el populismo encuentran terreno fértil porque los propios sistemas electorales premian la confrontación. Es decir: el mecanismo del outsider no opera en el vacío, sino sobre reglas de juego que muchas veces lo incentivan. Donde el sistema de partidos está fragmentado y las instituciones premian al que grita más fuerte, el político de afuera no es una anomalía. Es la consecuencia lógica del diseño.

Venezuela conoce ese terreno mejor que casi nadie, porque ya vio el mecanismo funcionar hasta sus últimas consecuencias. Las piezas que siguen reconstruyen esa historia: la de un país que tuvo outsiders mucho antes de que el mundo les pusiera ese nombre, y que aprendió, del modo más duro, lo que ocurre cuando la oferta antiestablishment gana y no sabe —o no quiere— transformarse en otra cosa.


FUENTES PRINCIPALES: María Matilde Ollier, Escuela de Política y Gobierno (UNSAM), vía La Nación · Carmen Beatriz Fernández, ensayo sobre polarización y populismo en América Latina (febrero de 2026) · análisis sobre la nueva generación de outsiders latinoamericanos posterior a Bukele (junio de 2026) · literatura académica sobre populismo y redes.

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