Inciso
Pensar seriamente
Trump dice que está pensando seriamente en convertir a Venezuela en el Estado 51 de la unión americana. La pregunta es qué significa pensar seriamente. Y si alguien, en Washington o en Caracas, está pensando seriamente el país.
Para cuando comiencen los primeros clics sobre las notas que componen esta edición de INCÍSOS, el mundo tendrá horas leyendo y comentando el titular según el cual Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, está pensando seriamente en convertir a Venezuela en el Estado 51 de la unión americana.
Ya lo había dicho. Muchos lo tomaron como broma. En la rueda de prensa del 3 de enero, tras la captura de Maduro, lo había anunciado sin necesidad de llamarlo así.
Más allá de los pensamientos en voz alta transmitidos por la televisión nacional y amplificados por las redes en todo el mundo, la pregunta es qué significa pensar seriamente.
El Estado Libre Asociado de Puerto Rico lleva décadas pidiendo la estadidad y Washington no se la ha ofrecido en serio. Venezuela jamás la ha pedido y Washington la pone sobre la mesa por su cuenta. La asimetría es difícil de no notar.
Pensar seriamente, ¿implica un capricho, un desafío, un plan?
Pensar seriamente, ¿es una decisión unilateral de un presidente en ejercicio o es una propuesta que debe debatirse en el seno de un país, y obviamente dentro del otro?
¿Puede ser serio lanzar una propuesta de este calibre así, como quien plantea cambiar el nombre de una calle para rendir homenaje a algún héroe hasta entonces anónimo?
Y dentro de Venezuela, a lo interno de los venezolanos, ¿hay alguien que esté pensando seriamente en ser el Estado 51? Más todavía: ¿hay alguien que, más allá de las ambiciones personales y del reacomodo institucional —y también personal—, esté pensando seriamente el país?
No se trata de la falsa soberanía ni de la nostalgia por la visión de los libertadores. Esa visión hoy aparece vuelta rastrojos ante el pensamiento serio de quien ve baile donde hay dolor, de quien ve prosperidad donde solo se enumeran apagones, crisis disímiles y depauperación tutelada.
Sí. Es perentorio pensar seriamente.
—
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon orientados a la comunidad hispana en Estados Unidos.
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El venezolano dejó de dar margen
Lo más revelador de la última medición no es quién sube o quién baja. Es la velocidad con que suben y bajan todos, incluido el gobierno. Un electorado que ya no otorga crédito por anticipado.
La encuesta que AtlasIntel hizo para Bloomberg entre el 30 de agosto y el 3 de septiembre de 2026, sobre 1.922 adultos en todo el territorio venezolano, se ha leído en las últimas horas como se leen casi todas las encuestas: buscando el nombre propio que gana y el que pierde. María Corina Machado sigue siendo la figura con la imagen más positiva del país. Delcy Rodríguez sigue arrastrando el rechazo. Titular servido.
Pero lo que a mí me llamó la atención no está en el ranking. Está en la velocidad.
Mire la serie completa de este año, que es lo que casi nadie hace. En enero, la intención de voto por Machado se ubicaba en 38,2%. En julio había subido a 57,4%. Su imagen positiva pasó de 53% en junio a 72% en julio: diecinueve puntos en treinta días. Su imagen negativa cayó de 28% a 14% en el mismo mes. Y del otro lado, la desaprobación de Rodríguez subió de 58,7% en mayo a 64,5% en julio, su récord, y ahora, en esta medición, bajó cuatro puntos después de haber crecido de forma sostenida desde enero.
Cuatro puntos. Hacia abajo. En el mismo estudio donde 47% de los encuestados dice que su gobierno carece de legitimidad para negociar acuerdos de largo plazo sobre los recursos naturales del país.
Ahí está lo que importa. No es que un liderazgo suba y otro baje. Es que todos se mueven, todo el tiempo, y en las dos direcciones. Incluido el gobierno.
Eso describe algo que no es lealtad. Es evaluación.
Durante veinticinco años se explicó la política venezolana como un problema de adhesiones: la gente estaba con alguien, y estar con alguien implicaba aceptar lo que ese alguien decidiera. El referente hablaba y la base repetía. Quien no repetía era traidor. Los números de 2026 describen otra cosa. Describen a un ciudadano que sigue y evalúa en el mismo movimiento, sin intervalo entre las dos acciones. Que no otorga crédito por anticipado. Que si el referente mueve su postura, aunque sea poco, lo registra de inmediato y lo refleja en la respuesta del mes siguiente.
Hay una prueba fina de esto en la misma encuesta, y es la parte que más me gusta. Alrededor de 38% se declaró en contra del acuerdo petrolero y 35% a favor: prácticamente empatados, con 27% que no está seguro. La mitad exacta dijo que el acuerdo beneficiará más a Estados Unidos que a Venezuela, y apenas 10% cree que el principal beneficiario será su propio país. Y sin embargo, cerca de seis de cada diez esperan que ese mismo acuerdo tenga un impacto positivo o neutro en su vida cotidiana.
Léalo despacio, porque parece una contradicción y no lo es. Un mismo ciudadano puede sostener a la vez que el trato es malo para el país y que quizá le sirva a su casa. Eso no es incoherencia. Es exactamente lo que hace alguien que evalúa en lugar de creer: separa el juicio sobre el conjunto del cálculo sobre lo propio, y no necesita que las dos cosas coincidan para dormir tranquilo.
Y hay una segunda prueba, esta por el lado del esfuerzo que no rinde. Henrique Capriles volvió al método que lo hizo grande: el casa por casa, el video de teléfono, la insistencia territorial. En mayo, su rechazo se ubicaba en 74%. El método no es el problema. El método funciona. Lo que este electorado está evaluando no es cuánto camina alguien, sino desde dónde camina. Volver a tocar puertas no compra de vuelta una posición; la posición se juzga primero y el trabajo se acredita después. Es duro y es sano: significa que ya no hay forma de comprar respaldo con kilometraje.
Machado es el liderazgo más sólido de Venezuela y la encuesta lo confirma sin ambigüedad. Pero conviene decir la otra mitad: su solidez tampoco es inmovilidad. Sus propios números se movieron diecinueve puntos en un mes. La diferencia es que cuando ella se mueve, se mueve hacia arriba. Eso no es un depósito en el banco. Es una renovación mensual de un contrato, y los contratos que se renuevan cada mes también se dejan de renovar cada mes.
De todo esto se desprende algo que va más allá de la política, y es la razón por la que estoy escribiendo esta columna. Un ciudadano que evalúa mes a mes necesita, mes a mes, información verificada. No relato, no consigna, no la interpretación de nadie sobre lo que conviene sentir. Necesita saber qué dice exactamente el documento, qué firmó exactamente quién, y qué se puede comprobar de lo que le prometieron en marzo.
Esa exigencia no la inventó el periodismo. La creó el propio electorado cuando dejó de dar margen. Y es la mejor noticia que ha dado Venezuela en mucho tiempo.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS
Inciso
Dos expedientes se movieron en direcciones contrarias por el mismo motivo
La transición venezolana se invocó hacia arriba para remover un obstáculo legal y hacia abajo para remover un fundamento legal. Las dos decisiones son del mismo gobierno y de la misma semana.
El mismo hecho abrió una puerta y cerró otra. Las dos decisiones son del mismo gobierno y ninguna de las dos es irregular por separado.
Hay una manera de leer la última semana de agosto y la primera de septiembre de 2026 que no aparece en ningún titular, porque exige poner al lado dos expedientes que nadie pondría juntos.
El primero es el de un empresario. Alejandro Betancourt López dirige North American Blue Energy Partners, la compañía que acaba de recibir concesiones a cien años sobre diecisiete campos petroleros venezolanos y de la cual el Departamento de Defensa de Estados Unidos tomó una participación del treinta y cinco por ciento. Durante una década, distintas jurisdicciones lo investigaron. En los últimos meses, según reportaron The Washington Post y Axios, fiscales federales de Miami cerraron su investigación por instrucción de la oficina del entonces vicesecretario de Justicia. Funcionarios estadounidenses, incluida la entonces fiscal general, plantearon a las autoridades suizas que se abstuvieran, porque el hombre era una figura importante de política exterior y no podía salir de su residencia en el Reino Unido para reunirse en Washington y en Caracas. En una de esas llamadas, cuando los suizos dijeron que el caso estaba en sus primeras etapas, un funcionario estadounidense respondió que el caso tenía diez años. El 13 de mayo la fiscalía de Zúrich retiró la solicitud de extradición, atribuyéndolo a particularidades del derecho británico, sin cerrar el expediente penal y sin levantar la orden internacional. El 27 de junio Betancourt viajó a Caracas. La organización suiza Public Eye llamó a la secuencia muy inusual y pidió explicaciones. Corresponde decirlo con precisión, porque es lo que corresponde siempre: no ha sido acusado formalmente, no ha sido condenado en ninguna jurisdicción, y un portavoz del Departamento de Justicia negó que el vicesecretario interviniera personalmente. Lo que está documentado no es su culpabilidad. Es lo que hizo el gobierno de Estados Unidos.
El segundo expediente es el de una mujer cuyo nombre no conocemos, identificada en la jurisprudencia por sus iniciales. Llegó a Estados Unidos en 2014 con una visa de estudiante. Su esposo pidió asilo en 2015 y la incluyó. Ambos habían participado en actividades de oposición; a él lo agredieron; a ella le anularon el pasaporte en octubre de 2025 y siguió expresando en público su rechazo al gobierno que la había expulsado de su propio documento. Un juez de inmigración le concedió el asilo. El 4 de septiembre de 2026, la Junta de Apelaciones de Inmigración le anuló esa concesión y devolvió el caso, estableciendo con carácter de precedente que la salida de Maduro y la transferencia de la autoridad ejecutiva constituyen un cambio en las condiciones de Venezuela que debe pesar en la evaluación de su temor. Y para probar ese cambio, la decisión enumera la reapertura de la embajada estadounidense en Caracas, la cooperación entre Washington y el gobierno de Delcy Rodríguez, y los avances hacia la transición democrática según los describe el Departamento de Estado.
Ahí está el punto. El mismo hecho. Dos direcciones.
Que Venezuela cambió sirvió, hacia arriba, para remover un obstáculo legal que impedía cerrar un negocio. Y sirve, hacia abajo, para remover un fundamento legal que sostenía una protección. En un caso, la transición es una oportunidad. En el otro, es una prueba en contra.
No estoy diciendo que alguna de las dos decisiones sea ilegal. Ninguna lo es. Cerrar una investigación es una facultad discrecional del ministerio público. Fijar criterio sobre las condiciones de un país es exactamente la función de la Junta de Apelaciones. Cada decisión tiene su marco, su lógica y sus defensores, y podría defenderse en público sin sonrojo. Lo que no tiene defensa es la asimetría. Porque las dos personas afectadas por la misma invocación de la misma transición no están en igualdad de condiciones para responderla. Una tiene abogados en tres países y una participación del Pentágono en su empresa. La otra tiene un pasaporte anulado y una audiencia por delante.
Y hay una fecha que vuelve todo esto menos abstracto. El 2 de octubre vencen los documentos de un grupo de venezolanos amparados por el Estatus de Protección Temporal, los que recibieron su permiso de trabajo antes del 5 de febrero de 2025. No aparecen en ningún expediente célebre. No los llamó nadie de la Casa Blanca a las pocas horas de la captura para pedirles ayuda. Van a descubrir la transición venezolana de la manera más concreta posible: cuando su patrón les pida un documento vigente y no lo tengan.
Un país cambia para todos o no cambia. Esa es la parte incómoda. Si Venezuela es ya un lugar suficientemente distinto como para que una mujer tenga que volver a probar su miedo, también es un lugar suficientemente distinto como para que la reconstrucción de su economía se decida con ella y no sobre ella. Y si no lo es —si todavía hay trescientas veintiocho personas presas por razones políticas, según el conteo verificado de Foro Penal al cierre de agosto, y una lista oficial de excarcelados que nadie ha publicado—, entonces el argumento que se está usando en los tribunales de inmigración de Estados Unidos necesita, por lo menos, ser revisado con la misma diligencia con la que se revisó el otro expediente.
Escribo esto un sábado por la mañana, veintisiete días antes del 2 de octubre. Es tiempo suficiente para hacer preguntas. No lo es para conseguir un abogado.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe de INCÍSOS
Inciso
La Asamblea dejó de deliberar y empezó a despachar
Un parlamento que no discute, no examina y no inspecciona no es un poder lento. Es otra cosa, y conviene llamarla por su nombre.
La Asamblea dejó de deliberar y empezó a despachar
Cinco días.
Eso es lo que pasó entre la primera y la segunda discusión de la reforma que decide quién escoge a los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela. Cinco días para una ley que fija cómo se selecciona a las treinta y dos personas que van a decidir, durante los próximos doce años, sobre la propiedad, la libertad y los contratos de todo el mundo en ese país.
En ese mismo lapso, constitucionalistas, académicos y el gremio de abogados formularon una objeción concreta y documentada. Que la reforma toca el artículo que fija cuántos integran el comité y deja intacto el que define a qué poder pertenece. Que la Constitución dice que ese comité lo forman representantes de la sociedad y que la ley dice otra cosa.
No hizo falta que nadie los desmintiera. Bastó con no responderles.
Y en la misma jornada, ese cuerpo aprobó un acuerdo de respaldo al mayor compromiso petrolero que ha contraído el país en décadas. Un respaldo a un documento cuyo texto no se ha publicado, cuya regalía no se conoce, cuyos campos no se han identificado y cuyo foro de controversias nadie ha visto.
Yo entiendo la urgencia. Un país que lleva años detenido tiene derecho a tener prisa. Lo que no entiendo es para qué existe entonces la segunda discusión.
Porque una segunda discusión no es un trámite decorativo. Es el mecanismo por el cual un cuerpo colegiado revisa lo que aprobó apurado, escucha lo que le dijeron mientras tanto y corrige. Si el texto sale igual que entró, la segunda discusión no ocurrió. Se ejecutó.
Y aquí quiero decir la parte incómoda.
La Constitución venezolana le asigna al Parlamento tres funciones. Legislar, controlar y representar. La primera es la que todo el mundo conoce. La segunda es la que decide si un país tiene contrapesos: fiscalizar al Ejecutivo, investigar, citar, interpelar, autorizar contratos, exigir cuentas. La tercera es la razón por la que existe.
Una cámara que aprueba en cinco días y respalda lo que no ha leído no está ejerciendo la segunda función. Y sin la segunda, la primera se convierte en otra cosa.
Se convierte en una oficina de trámites.
No lo digo como insulto. Lo digo en sentido literal, porque es exactamente la descripción de lo que hace una oficina de trámites: recibe un documento, verifica que tenga los sellos y lo despacha. No lo examina. No pregunta de dónde viene. No tiene por qué. Su función es hacerlo pasar.
El problema es que un parlamento sí tiene por qué. Ese es todo su oficio.
Alguien me dirá que esto no es nuevo, que llevamos décadas con parlamentos que ratifican lo que ya está decidido en otra parte. Es verdad, y por eso mismo importa ahora.
Porque lo que se está aprobando esta vez no es una ley que un gobierno posterior pueda derogar en una tarde. Son magistrados que ejercen doce años en un solo período. Es un compromiso petrolero de veinticinco años. Son decisiones que van a seguir produciendo efectos cuando ninguno de los que las votaron esta semana esté en ese hemiciclo.
Ahí está la asimetría que me quita el sueño. La deliberación duró cinco días. Las consecuencias duran veinticinco años.
Y hay una diferencia entre las dos cosas que conviene tener presente: los cinco días fueron una elección. Nadie los impuso. No había un plazo constitucional venciendo, ni una emergencia que obligara. Se pudo haber tomado tres semanas y escuchar a los que objetaron, y el resultado habría sido el mismo texto con una legitimidad completamente distinta.
Porque eso es lo que se pierde cuando se despacha en vez de deliberar. No se pierde el contenido. Se pierde la única cosa que hace que una decisión sea difícil de revertir después: que nadie pueda decir que no lo dejaron hablar.
Un contrato aprobado sin examen se discute en tribunales. Una magistratura designada sin criterio público se impugna. Una ley sancionada sin responder objeciones se demanda.
La prisa de esta semana va a costar años de litigio. Y quien pague ese litigio no va a ser quien votó el martes.
Termino con lo único que me parece verdaderamente urgente decir.
Una asamblea que no discute, no examina y no inspecciona puede seguir llamándose asamblea. Puede tener hemiciclo, curules, reglamento y actas. Puede sesionar todos los martes.
Lo que no puede es cumplir la función para la que la gente votó.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el martes 1 de septiembre de 2026
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