Inciso
Decíamos ayer, decimos hoy
Hay frases que solo se entienden cuando el tiempo las explica. Una de ellas la dijo la madre de Hugo Marino al periodista César Batiz, en El Pitazo, el 8 de mayo: «No quisiera que ninguna otra madre tenga que pasar por este calvario que nos ha tocado vivir». La frase se dijo dos días después de que el régimen confirmara, después de diez meses de silencio, que Víctor Hugo Quero Navas había muerto bajo custodia.
El domingo siguiente fue Día de la Madre en Venezuela. El lunes, 31 expresidentes del Grupo IDEA emitieron declaración formal exigiendo el cese del poder de los responsables identificados por Naciones Unidas. El martes, el Secretario General de la ONU dijo desde Nairobi que la caída de Maduro fue posible por «grandes complicidades dentro del sistema político venezolano». Esa misma noche, María Corina Machado le dijo a NPR que la nueva elección venezolana es una concesión a Trump y Rubio. El miércoles, Trump firmó licencias para que más empresas estadounidenses operen sobre el petróleo venezolano.
En cinco días, cinco frentes simultáneos. Y en el centro, sin embargo, una sola pregunta: ¿qué hace una madre que lleva 2.579 días contando los días en que no ha vuelto a ver a su hijo?
Hace lo que ha hecho cada día durante siete años. Publica el conteo. Exige fe de vida. Nombra al desaparecido. Y nos recuerda, sin pretenderlo, que detrás de cada acuerdo internacional firmado en otro idioma, detrás de cada licencia OFAC, detrás de cada análisis geopolítico, detrás de cada concesión negociada, hay personas que esperan. Personas para quienes ningún acuerdo de petróleo, ninguna firma diplomática, ningún cambio de presidente, va a cerrar el agujero.
Decíamos ayer que el mundo se mueve rápido. Decimos hoy que algunas heridas no se mueven a esa misma velocidad. Que el rodrigato puede firmar contratos, que la Cancillería puede invocar artículos de la Carta, que Washington puede ejecutar fases. Pero que en una casa de Caracas, una mujer va a despertarse mañana, va a tomar su celular, va a abrir Twitter, y va a escribir, con la disciplina de quien sabe que es lo único que puede hacer: día 2.580.
Y que es a ella, no a Trump, no a Xi, no a Rubio, no a Delcy, a quien al final de todo, esta historia debe responder.
Alfredo Yánez
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INCISO
La presidenta encargada acusó a otros de estar desesperados por el poder desde una tarima, con el Estado detrás y sin fecha de elecciones. La desesperación no está en quien pide votar. Está en quien necesita que el día de votar no llegue.
El domingo, una mujer atravesó cinco estados en caravana. Once horas de carretera, peajes llenos, gente en las autopistas gritando «libertad». Nadie la llevó en autobús, nadie le pagó a nadie para que estuviera ahí. Llegó a Caracas de noche y dijo lo único que podía decir: cuánto necesitaba estar aquí.
El martes, otra mujer subió a una tarima en Guacara. Había música, un gobernador que anima como nadie, una comuna escogida por su votación y la transmisión del canal del Estado. Cantó, bailó, prometió salarios, luz y oro de Londres. Y desde esa tarima, con todo el aparato detrás, dijo que había visto a quienes están «desesperados por el poder».
Conviene detenerse en la frase, porque es de esas que se explican solas cuando se mira quién la dice.
Quién tiene qué
Delcy Rodríguez gobierna sin haber sido elegida para gobernar. Llegó a Miraflores por la captura de Nicolás Maduro, administra el petróleo con permiso de Washington, preside de hecho una mesa en la que su hermano negocia, controla el CNE que no se ha renovado y el TSJ que apenas se empieza a escoger. Tiene el poder. Lo que no tiene es un mandato.
María Corina Machado ganó una primaria con más del 92 % de los votos, fue inhabilitada para competir, vio cómo su candidato ganaba con actas en la mano y no se juramentaba, pasó un año en la clandestinidad, recibió un Nobel y volvió. Tiene el mandato que dan los votos. Lo que no tiene es una fecha para usarlo.
Una pide votar. La otra decide cuándo se vota. Basta poner las dos cosas una al lado de la otra para saber quién está desesperada.
La tarima para el show
Hay una frase más de aquel martes que no debería perderse. «Una cosa es la tarima para el show y otra cosa es el trabajo junto a la gente», dijo la presidenta encargada. Lo dijo en una tarima. Con un show. El lunes había llamado «show» a la caravana de Machado y le había recordado que «ahí están los aeropuertos». Como si el país no supiera por qué alguien que quiere volver a su casa no llega por Maiquetía.
Ese mismo martes, en Texas, Donald Trump llamaba «regalo» a un millón de barriles que su Gobierno pagó y proponía hacer de Venezuela el estado 51, con un gobernador en lugar de un presidente. Y en Washington, Marco Rubio hablaba de «plazos acordados» que nadie ha visto. Tres escenarios, una misma ausencia: en ninguno estuvo el día en que los venezolanos votarán.
Lo que delata la prisa
La desesperación por el poder no se nota en quien recorre carreteras pidiendo una fecha. Se nota en quien necesita llenar plazas con recursos públicos, usar el Mes Rosa como escenario y llamar show a lo ajeno mientras monta el propio. Se nota en quien prefiere un calendario secreto a uno público. Se nota en quien, teniéndolo todo, todavía no se atreve a medirse.
Si la presidenta encargada está tan segura del pueblo organizado que invocó en Guacara, la solución es sencilla y no requiere tarima: una fecha, un CNE nuevo, la habilitación de quien quiera competir y que gane quien saque más votos. Si no la pone, la frase de Guacara habrá quedado, para siempre, como una confesión.
Para leer más en INCÍSOS
- Delcy Rodríguez hace campaña sin haber fijado la fecha de elecciones: la tarima de Guacara.
- Machado cambia la carretera por la sede de su partido: la caravana y lo que viene.
Fuentes principales: teleSUR, Prensa Latina, Cactus24, Contrapunto y La Nación (26 y 27 de octubre de 2026); Infobae y Libertad Digital, sobre el regreso de Machado; Infobae y The Washington Post, sobre Trump; AP, sobre Rubio.
Inciso
La procesión por dentro
Llamar “show” al regreso de María Corina Machado evita responder por la ciudadanía que salió a recibirla. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Dicen que fue un show. Que dejen el show.
Lo dicen mientras caminan en cámara lenta para un video. Mientras cuidan el encuadre, administran el gesto y ensayan la serenidad. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello escogieron la misma palabra para descalificar el regreso de María Corina Machado. «Show». Una palabra cómoda: les permite hablar de la dirigente sin hacerse cargo de la gente.
Porque ahí está lo que les cuesta admitir.
El 25 de octubre hubo un escenario itinerante, impresionante, construido a lo largo de una carretera por ciudadanos que salieron a recibirla. Una manifestación de esperanza colectiva. Cada tramo añadía personas, voces, manos. Y algo que ningún aparato de propaganda puede producir por decreto: la voluntad de estar allí.
Reducir aquello a un espectáculo es despreciar a quienes participaron. Suponer que no tienen razones, memoria ni criterio. Que alguien los coloca, los mueve, los utiliza. Que el ciudadano solo adquiere dignidad política cuando aplaude al poder.
Ese desprecio tiene historia.
Durante años, el chavismo ha pretendido reservarse la representación del pueblo. Lo invoca, lo interpreta, habla en su nombre. Pero cuando ese mismo pueblo aparece por su cuenta, cuando ocupa la calle alrededor de un liderazgo que el poder no controla, lo rebaja a una escenografía.
Ellos deciden cuándo una multitud es pueblo y cuándo es un show.
Justo ellos. Los herederos de una política que convirtió el gobierno en una transmisión permanente. Los expertos en musicalizar la crisis, en bailar mientras tantas familias lloraban, en hacer de la humillación ajena un segmento de televisión.
Ahora les incomoda la puesta en escena.
Cabe preguntarse cuánto de esa descalificación intenta ocultar una inquietud más profunda. Quienes hoy detentan el poder administran una provisionalidad condicionada por Washington. Conservar el despacho, la escolta y la cadena de televisión no equivale a disponer libremente del futuro.
La cámara lenta puede alargar una caminata. No vuelve permanente un encargo.
Y el regreso de Machado introduce una presencia que no pueden resolver con un comunicado ni borrar con una burla. Hay una fuerza política y ciudadana que exige contar en las decisiones sobre Venezuela. Puede discutirse su estrategia, cuestionarse sus propuestas, exigirle respuestas. Eso es política. Despachar a sus seguidores como figurantes revela la dificultad de reconocerlos como ciudadanos.
Tampoco conviene confundir la emoción de una jornada con una transición consumada. La esperanza necesita organización, garantías, instituciones y votos que se cuenten. Ninguna multitud, por impresionante que sea, sustituye ese trabajo.
Pero ninguna negociación debería pretender sustituir a la gente.
Ese es el peso de lo ocurrido: recordar que el país tiene voz propia, que no cabe entero en una mesa y que no está obligado a esperar en silencio mientras otros deciden cuándo podrá elegir.
Pueden seguir llamándolo show.
El problema que tienen es que la gente salió del papel que le habían asignado.
Inciso
La pieza que faltaba
El regreso de María Corina Machado incorpora presencia territorial a una fuerza que no depende de una invitación a la mesa, pero que deberá convertir respaldo ciudadano en influencia efectiva dentro de una transición aún en disputa.
«Estoy aquí. Con ustedes». María Corina Machado regresa a Venezuela y su presencia obliga a mirar el proceso político más allá de quienes se sientan a negociar. La mesa tiene dos delegaciones venezolanas. El país tiene un tercer factor cuyo peso no depende de una invitación.
El gobierno encargado de Delcy Rodríguez conserva el aparato estatal y sus instrumentos de poder. La Asamblea Nacional de 2015 ocupa la representación opositora reconocida para el diálogo. Machado tiene una fuerza de otra naturaleza: una relación con una parte importante de la población que ha sobrevivido a la persecución, a la distancia y a su exclusión de las decisiones. Esas tres capacidades son desiguales, pero ninguna lectura seria del momento puede prescindir de alguna de ellas.
El Acuerdo de Panamá había previsto para Machado la conducción de la negociación. Las cosas tomaron otro camino. Esa diferencia merece quedar registrada porque revela hasta dónde el reconocimiento de un liderazgo se traduce —o deja de traducirse— en capacidad para decidir. Los mismos sectores que reconocieron su conducción han terminado participando en un mecanismo en el que ella no ocupa ese lugar.
Sin embargo, la composición de una mesa no agota la representación de un país. Quienes negocian pueden acordar procedimientos, revisar leyes y organizar la renovación de instituciones. Necesitan también que lo que acuerden encuentre reconocimiento entre los ciudadanos. Allí pesa Machado: en la confianza de quienes esperan que la transición tenga un desenlace democrático y que las etapas anunciadas conduzcan, efectivamente, a él.
La movilización del 22 de octubre recordó que esa expectativa conserva capacidad de convocatoria. Sería un error confundir la paciencia de una población golpeada con la aceptación indefinida de cualquier plazo. También sería un error suponer que el respaldo a Machado puede transferirse automáticamente a decisiones tomadas sin ella. La confianza política tiene destinatarios y razones; quienes pretendan contar con ella tendrán que responder a ambos.
Su regreso ocurre, además, dentro de una realidad incómoda: Venezuela transita un proceso tutelado por Estados Unidos. Washington dispone de medios para condicionar al gobierno encargado, ordenar la negociación y establecer prioridades. El plan de tres fases de Marco Rubio expresa esa capacidad. Pero el poder de organizar una transición desde fuera tendrá que encontrarse con la voluntad de quienes deberán vivir sus resultados.
Machado vuelve a ese escenario con una responsabilidad enorme. Tendrá que convertir respaldo en influencia efectiva, sostener la exigencia sin agotar a quienes la acompañan y encontrar espacio para intervenir en una ruta cuyos controles no están en sus manos. Su liderazgo será medido también por esa capacidad: cuánto consigue acercar las decisiones a las aspiraciones de la gente.
Su presencia no garantiza que el proceso cambie de rumbo ni que adopte sus tiempos. Sí modifica las condiciones en las que los demás actores deberán desenvolverse. Una dirigente dentro del país puede escuchar, organizar, convocar y exigir desde una proximidad que la distancia limitaba. También queda más expuesta y asume de manera directa el costo de sus decisiones.
Machado estuvo políticamente presente durante su ausencia. Ahora esa presencia tiene otra densidad. El gobierno encargado, la representación de la Asamblea de 2015 y Washington tendrán que contar con ella, aunque prefieran conservar la composición actual de la mesa.
Ese es el alcance de su regreso: incorpora al terreno una fuerza que ya existía y que puede pesar sobre lo que viene. El rumbo sigue en disputa. El tercer factor está aquí.
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