Inciso
El reloj de las 40 semanas
María Corina Machado dice que faltan 40 semanas para tener listas las elecciones en Venezuela. Delcy Rodríguez dice «no sé, algún día». Entre las dos respuestas hay un país entero que necesita un reloj para volver a contar el tiempo. Y la diáspora que somos también.
Cuarenta semanas. María Corina Machado, en una entrevista con el Financial Times, calculó que en cuarenta semanas se podían tener listos todos los aspectos técnicos para celebrar elecciones en Venezuela. Diez meses. Una gestación humana entera. La cifra tiene una poesía involuntaria. El país tendría que construir, durante el tiempo exacto que tarda un embarazo, las condiciones para parir su democracia. La metáfora se ofrece sola y casi pide perdón por ser tan obvia.
Pero ahí está. Cuarenta semanas, dijo Machado.
Cuatro días antes, Delcy Rodríguez había respondido al periodista Tyler Pager del New York Times la misma pregunta —cuándo— con tres palabras y dieciséis letras. «No sé, algún día». Cuatro meses sin cronograma, contó Pager. La presidenta encargada se retiró sin decir más.
Y ahí están los dos relojes que el venezolano carga adentro hoy. El de Machado, que es preciso, técnico, calculado en semanas. El de Delcy, que no marca hora porque le quitaron las manecillas. Cualquier venezolano que se pregunte hoy desde Caracas, Valencia, Maracaibo, Doral, Houston, Madrid, Buenos Aires o Columbus cuándo va a poder votar otra vez está intentando, en realidad, decidir cuál de los dos relojes le da la hora que necesita.
Habría sido más fácil que Machado hubiera dicho «pronto». Habría sido más fácil que Delcy hubiera dicho «el año que viene». Cualquiera de las dos respuestas, vagas y por eso cómodas, habría dejado a la gente más tranquila. Cuarenta semanas es incómodo precisamente porque es preciso. Diez meses no son mañana ni el año que viene. Son una unidad de tiempo que obliga a hacer cuentas. ¿Aguanta el bolsillo del migrante en Doral diez meses más? ¿Aguanta la madre en San Cristóbal diez meses más? ¿Aguanta el proyecto familiar en Houston, en Lima, en Bogotá, en Madrid, diez meses más antes de tomar decisiones que ya no se puedan deshacer?
El plan de Machado tiene componentes específicos. Reforma del Consejo Nacional Electoral, hoy bajo control del chavismo. Depuración del registro electoral. Registro de los millones de venezolanos en el exterior, que han sido durante años los grandes excluidos del voto. Observación internacional. Cuarenta semanas para construir todo eso, dijo. Y el detalle más interesante: «Esto se puede empezar mañana mismo».
El «mañana mismo» es, técnicamente, lo que queda al otro lado del «no sé, algún día» de Delcy. Si el delcismo decidiera mañana arrancar el reloj de Machado, en febrero o marzo de 2027 Venezuela podría votar. La hipótesis es real. Pero requiere que el delcismo decida, y por eso volvemos a la primera frase. Las cuarenta semanas son tiempo técnico. El «no sé» es decisión política. Lo que separa al uno del otro no es un calendario. Son ganas.
Hay que decir también, con honestidad, que el plan de las cuarenta semanas no está libre de cuestionamientos. Periodistas y analistas serios han preguntado, con razón, cómo se construye un registro biométrico paralelo al CNE actual sin caer en los mismos vicios que el chavismo construyó durante veinte años. La Lista de Tascón. El Carnet de la Patria. Las arquitecturas de datos que terminan controlando vidas. La diferencia entre un registro que sirve a la democracia y uno que la condiciona se mide en garantías técnicas, auditorías externas, transparencia institucional. La oposición venezolana tiene la obligación de responder esas preguntas con la misma severidad con la que las hicimos cuando el chavismo construyó las suyas. Lo escribo con respeto y con la convicción de que ese debate hace más fuerte a la transición, no más débil.
Pero el debate no anula el reloj. Y el reloj, hoy, es lo único que hay.
Mientras Machado calcula y Delcy evade, Maduro y Cilia Flores siguen en Brooklyn. Sus abogados pidieron ayer que la próxima audiencia se aplace dos meses, que se pase a julio o agosto, para tener tiempo de revisar la evidencia y preparar mociones. Otro reloj. Más ralentizado. El reloj judicial estadounidense también marca tiempos largos. Y el venezolano de a pie tiene que aprender a escuchar simultáneamente los tres relojes —el de Machado, el de Delcy, el de Hellerstein— para hacerse una idea de cuándo el país que recordaba va a aparecer otra vez.
Hoy, mientras escribo este Inciso, en Ohio se está votando. Primarias del 5 de mayo. Otra elección, otro país, otro calendario que sí funciona. Mañana se sabrá quiénes son los candidatos demócratas y republicanos para gobernador, para senador estatal, para Congreso, para juntas escolares. Habrá ganadores, habrá perdedores, habrá conteos certificados. Los relojes electorales de Estados Unidos funcionan con la regularidad mecánica que el reloj venezolano dejó de tener hace veintisiete años. Ahí también hay una metáfora que el venezolano que vive aquí carga adentro todos los días. Saber que la democracia funciona porque uno la ve funcionando, mientras se pregunta cuándo la propia volverá a hacerlo.
Cuarenta semanas, dijo Machado.
Mi instinto editorial me dice que esa cifra es la primera respuesta concreta que la oposición venezolana ha dado en mucho tiempo a la pregunta del cuándo. Que no es tarde para empezar a contar. Que diez meses son menos de lo que ya llevamos esperando, varias veces. Y que, frente al «no sé, algún día» del poder, cualquier respuesta concreta —incluso una que requiera más debate técnico, más exigencia ciudadana, más auditoría— es preferible al silencio.
Mi instinto humano me dice otra cosa. Me dice que la diáspora venezolana en Estados Unidos lleva años escuchando relojes que después no marcan. Que cuarenta semanas también puede ser una cifra que se diluya si no la sostiene la presión, la prensa, la organización ciudadana, la presencia internacional. Que la única diferencia entre un plan y un deseo es lo que pase entre la primera y la cuadragésima semana.
Lo único que sé es que ninguna familia venezolana en Doral, en Houston, en Madrid, en Buenos Aires, en Columbus, va a vivir las próximas cuarenta semanas como vivió las anteriores. Si el reloj de Machado se vuelve real, cada decisión —vivienda, trabajo, escuelas para los hijos, ahorros, regreso— se va a recalibrar contra ese reloj. Si se evapora, las cuarenta semanas serán otra promesa que se suma a la lista. Pero algo cambia desde el momento en que la cifra se pronuncia. Y ese algo es lo que conviene proteger.
Hoy es 5 de mayo. La fiesta cultural mexicano-estadounidense más visible del calendario hispano. Las margaritas, las taquerías, los mariachis, las banderas tricolores de México sobre las calles de Hialeah, Houston, Los Ángeles, Columbus. Y, debajo de todo eso, las primarias de Ohio decidiendo quién compite en noviembre por el voto hispano de un estado que nadie da por descontado. Y, debajo de eso, en otra hora del mundo, un reloj que apenas empezó a contar. Cuarenta semanas. La primera ya empezó.
Alfredo Yánez
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Lo que se abre a cuentagotas puede cerrarse de golpe
Efectividad fáctica sin efectividad jurídica: la transición venezolana avanza en gestos que pueden revertirse con la misma facilidad con que se concedieron.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
Los desbloqueos avanzan al ritmo de las excarcelaciones: uno a uno, sin norma que los sostenga. Lo que se concede por decisión administrativa se retira por la misma vía.
Hay una forma de hacer política que consiste en conceder sin comprometerse. Se abre una puerta, se anuncia que se abrió y se deja la llave del lado de adentro. Lo que se vio en Caracas entre el 17 y el 25 de septiembre de 2026 se parece mucho a eso.
El 16 de septiembre empezaron a desbloquearse portales de noticias. VE sin Filtro contó 18 dominios. Nueve días después, el Ministerio de Comunicación anunció otro levantamiento y, horas más tarde, cambió en su propio comunicado la palabra «desbloqueo» por la expresión «medidas administrativas». Esa noche se abrieron 66 dominios más, pero no en todos los proveedores, y al mediodía del sábado 26 seguían cerrados 149. No hay lista oficial de lo que se abrió, no hay explicación de por qué se cerró y no hay norma que impida volver a cerrarlo en cualquier momento con una llamada al proveedor. Que se hayan podido abrir tantos en una noche solo confirma que cerrarlos también toma una noche. Lo que se concedió tiene efectividad fáctica. No tiene efectividad jurídica. Y lo que existe solo de hecho se deshace de hecho.
Con los presos políticos ha ocurrido lo mismo, con un costo humano infinitamente mayor. El 14 de agosto se anunciaron 131 excarcelaciones; tres días después, las organizaciones solo habían podido verificar 81. Salen de a uno, de a pocos, cuando conviene, y casi siempre como excarcelaciones y no como libertades plenas: la causa sigue abierta, la obligación de presentarse ante el tribunal también, y el expediente queda en una gaveta que alguien puede volver a abrir. La jefa de la delegación opositora reconoció el 19 de septiembre, ante las familias, que el tema ni siquiera figura en la agenda formal de la mesa. El acta del 25 no lo menciona. Un día después salieron decenas de detenidos, sin lista oficial, sin comunicado y con cifras que no coinciden entre las organizaciones que las cuentan; la Plataforma Unitaria contabilizó 33 presos políticos liberados desde el 21 de agosto y más de 420 que siguen tras las rejas.
Los desbloqueos van al ritmo de las liberaciones. A cuentagotas. Y el cuentagotas no es un defecto del proceso: es el método. Quien administra el goteo administra también la sed.
El tiempo cuenta la misma historia. La mesa se instaló el 1 de agosto. El segundo ciclo debía empezar el 15 de septiembre y empezó el 17; debía terminar el 23 y terminó el 25, sin que nadie explicara la prórroga. De ese ciclo salieron siete nombres para un consejo que revisará credenciales y la promesa de designar, «en la próxima sesión ordinaria», una comisión preliminar que abre el proceso para renovar el TSJ. Esa sesión no tiene fecha. El tercer ciclo tampoco: será en octubre, dijo Jorge Rodríguez. El CNE, que es lo que al final importa para que los venezolanos vuelvan a decidir, quedó otra vez fuera del acta. El mismo día del cierre, cinco fuentes consultadas por Reuters situaron las elecciones no antes de finales de 2027.
Nadie sensato espera que una institucionalidad demolida durante más de dos décadas se reconstruya en dos ciclos de conversación. La lentitud, por sí sola, no es una acusación. Lo que inquieta es otra cosa: que cada avance llegue en un formato reversible. Un comunicado se puede corregir, una medida administrativa se puede reponer y una excarcelación se puede revocar. Una ley no. Una sentencia firme tampoco. Un cronograma publicado, con fechas y responsables, ya es otra cosa.
Esa es la vara que propongo para leer lo que viene. No cuántos portales se abrieron ni cuántas personas salieron en cada anuncio, sino cuántas de esas decisiones quedaron escritas en una norma que obligue a quien las tomó. Mientras la respuesta siga siendo ninguna, todo lo que se abre a cuentagotas podrá cerrarse de golpe. Y los venezolanos, adentro y afuera, ya aprendieron cuánto duele eso.
Fuentes principales: VE sin Filtro, reportes del 25 y el 26 de septiembre de 2026; Plataforma Unitaria vía EFE, 26 de septiembre de 2026; Comunicado del Ministerio de Comunicación e Información, 25 de septiembre de 2026; Espacio Público vía La Patilla, 28 de agosto de 2026; Comunicado conjunto de las delegaciones, 25 de septiembre de 2026; Reuters, 25 de septiembre de 2026.
El obstáculo nunca la detuvo. Tampoco va a detenerla este.
Por Alfredo Yánez Mondragón
Durante todo 2024, camino a la elección del 28 de julio, María Corina Machado construyó una épica que ningún adversario supo desmontar. No podía volar en aviones comerciales. No podía subir al ferry. Los hoteles donde iba a alojarse amanecían cerrados o multados. Hasta un local de carretera que la recibió terminó con el Seniat encima. Y llegó igual: a caballo, en curiara, en moto, a pie. Cada prohibición se convirtió en una imagen, y cada imagen en un argumento. Le creyeron cerrar las carreteras y lo que hicieron fue regalarle el relato.
Su salida clandestina del país en diciembre de 2025 para recibir el Nobel en Oslo fue la misma escuela, en su versión más fina: método, paciencia, filigrana. Cuando después se supo cómo se hizo, quedó claro que no había sido audacia improvisada sino ingeniería. Eso abrió una gira internacional cuyo alcance todavía no sabemos medir, porque el poder sigue sin estar en sus manos.
Ahora falta el capítulo del regreso. Y hay que decirlo sin adornos: se atascó. Siete intentos documentados desde finales de junio, tres de ellos en menos de 24 horas. Un barco que no zarpó por una falla mecánica. Dos vuelos que no despegaron porque no hubo permiso de aterrizaje en las islas. Nada de eso lleva la firma de nadie. No hay decreto, no hay orden, no hay funcionario que ponga la cara. Hay motores que fallan y permisos que no llegan. Sería cómodo culpar al gobierno panameño, que le dio documento de viaje, o a las autoridades de Aruba y Curazao, que administran su propio espacio aéreo. Alguien no quiere que llegue. Pero esa constatación no es todavía una respuesta.
Quien haya seguido esta historia sabe que aquí no termina nada. Al contrario: es exactamente el punto donde ella suele empezar.
Porque el tamaño de la piedra nunca le sirvió para explicar una ausencia. Le sirvió para explicar por qué había llegado de todos modos. Los obstáculos no fueron el final de sus trayectos: fueron el material con el que los construyó. Nadie recuerda el aeropuerto que le negaron; todos recuerdan la curiara.
Por eso el episodio de estos días no es el cierre de la épica. Es la antesala del capítulo que falta, y probablemente el que más va a pesar. Ella misma lo dijo al Wall Street Journal: ya no puede conducir un proceso desde fuera; su lugar en el tablero está dentro de Venezuela. Tiene razón. Y cuando eso ocurra, no será una foto más: será la prueba de que el poder para impedirlo era menos sólido de lo que aparentaba.
Conviene además recordar qué está en juego, para que la conversación no se quede en los vuelos. Venezuela sigue con la luz que se va, el agua que no llega, el servicio que no existe, la vialidad rota y la inseguridad intacta. Quien la espera no la espera por el gesto. La espera para que haya fecha, para que haya con quién votar, para que su regreso signifique que también pueden volver los millones que se fueron. Esa equivalencia es la más poderosa que ella tiene: su retorno como ensayo del retorno de todos.
Ese es el mensaje que el bloqueo no puede tocar. Se pueden negar permisos de aterrizaje; no se puede negar lo que representa una mujer que vuelve a su país después de que le dijeron que no podía.
Cuando aparezca —y va a aparecer—, no será un desafío a nadie. No será una piedra en el zapato de ninguna ruta ni la ruptura de ningún acuerdo. Será, sencillamente, la ratificación de lo único que la sostiene: que es capaz de estar donde dijo que iba a estar.
Le toca otra vez, con un obstáculo que ahora tiene forma de mar, de espacio aéreo, de motor averiado y de permiso negado. Ha vencido obstáculos peores, y con menos a favor.
Así que esta no es una columna sobre un regreso bloqueado. Es una columna sobre un regreso pendiente.
Allá nos vemos.
Inciso
La burla
Washington negocia. Caracas anuncia. Venezuela espera. La asimetría que expone la semana de Venezuela en Nueva York.
Delcy Rodríguez llegó de madrugada a Nueva York y fue recibida por John Barrett, encargado de negocios de Estados Unidos en Venezuela. Es decir: viajó hasta Nueva York para que la recibiera el funcionario estadounidense que puede ver cualquier día en Caracas.
Nadie de la administración Trump fue a recibirla.
Después vinieron las reuniones. Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, António Guterres. Fotos, saludos, conversaciones sobre deuda, petróleo, reconstrucción y futuro.
Y llegó el martes.
Rodríguez tuvo que sentarse frente al podio de Naciones Unidas a escuchar a Donald Trump reivindicar la operación del 3 de enero que terminó con Nicolás Maduro preso en Nueva York.
El mismo Trump que aquel día, desde Mar-a-Lago, resumió en cinco palabras lo que vendría después:
“We’re going to run the country.”
Nosotros vamos a administrar ese país.
Delcy se quedó sentada.
La delegación cubana, cuando Trump habló de Cuba, recogió sus cosas y abandonó el recinto. Rodríguez no. Permaneció allí, acompañada por Jorge Arreaza, Félix Plasencia y parte de su delegación, escuchando al hombre que ordenó entrar en Caracas y llevarse preso al jefe del gobierno del cual ella era vicepresidenta.
Después recorrió el hemiciclo para acercarse a Pedro Sánchez y conseguir otro saludo, otra conversación breve, otra fotografía.
Mientras tanto, otros hablaban de Venezuela.
Lula pedía elecciones. También desde Chile se reclamaba que los venezolanos pudieran expresarse mediante el voto. Y María Corina Machado recibía en Nueva York el Concordia Leadership Award.
Todos hablando de Venezuela.
Menos los venezolanos decidiendo sobre Venezuela.
Y todavía queda una escena.
Trump y Rodríguez tienen previsto encontrarse este martes 22 de septiembre, al final de la agenda del presidente estadounidense en Nueva York. No será una reunión bilateral formal. Será un encuentro al margen de la Asamblea General. Si ocurre, habrá seguramente fotografía.
La asimetría será difícil de esconder.
De un lado, el presidente que ordenó la operación militar del 3 de enero, capturó a Maduro y anunció: “We’re going to run the country.”
Del otro, quien era su vicepresidenta y hoy administra Venezuela.
Y aquí aparece la verdadera burla.
Porque Washington negocia lo que se anuncia en Caracas; Caracas es negociada en Washington.
Petróleo. Oro. Deuda. Inversiones. Sanciones. Presos. Poder.
Todo está sobre alguna mesa.
Mientras tanto, el país que debería decidir sigue esperando.
Rodríguez todavía tendrá su turno ante Naciones Unidas. Subirá al mismo podio desde el cual hoy habló Trump. Pero difícilmente encontrará al presidente estadounidense sentado frente a ella escuchándola, como ella tuvo que escucharlo a él.
Al final, la burla no es contra Delcy Rodríguez.
Ella forma parte de ella.
La burla es contra un país al que unos dicen administrar, otros dicen representar y otros dicen defender, mientras su gente continúa esperando poder decidir.
Washington negocia. Caracas anuncia. Venezuela espera.
Esa es la burla.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el martes 22 de septiembre de 2026
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