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Inciso

Una represa que se ajusta al pecho

Cuatro hilos tensaron la semana venezolana: Machado en Milken, el silencio de Delcy ante el New York Times, la licencia a PDVSA que las majors no usan, y la reunión de los obispos con León XIV en el Vaticano. Lo que sostiene la esperanza, hoy, no son las negociaciones bilaterales. Es una camiseta de béisbol.

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Hay semanas en las que Venezuela se entiende mejor por lo que no pasa que por lo que pasa. Esta es una de esas.

No ha habido estallido social. Lo dijo María Corina Machado el lunes en el Milken Institute, frente a inversionistas, fondos soberanos y filántropos globales reunidos en Beverly Hills. La frase exacta importa: «En Venezuela no ha ocurrido un estallido social porque la gente confía en que habrá un evento electoral que canalizará pacíficamente el cambio que deseamos». Lo que dijo no es observación. Es advertencia. La contención existe, pero tiene fecha de vencimiento. Si la vía electoral se cierra, la represa se desborda.

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A miles de kilómetros, en el otro extremo de la conversación, Tyler Pager del New York Times le hizo a Delcy Rodríguez la pregunta concreta: cuándo serán las elecciones. La presidenta encargada respondió «no sé, algún día» y se retiró. Tres palabras. Dieciséis letras. Toda una posición política. La represa que Machado describió en Beverly Hills tiene un cronómetro. La presidenta interina que despacha en Miraflores se niega a leerlo en voz alta.

Mientras tanto, las empresas observan. La administración Trump otorgó licencia a PDVSA. El gesto fue celebrado en titulares como apertura. Pero las majors —Chevron, Eni, Repsol— no se han movido con la velocidad que el discurso oficial sugería. No por falta de interés comercial. Por falta de garantías. Las salas corporativas en Houston, Roma y Madrid leen lo mismo que lee la diáspora: magistrados del Tribunal Supremo designados sin comité de postulaciones, fiscal nombrada sin procedimiento constitucional, defensora del pueblo elegida por una asamblea de origen dudoso. Sin instituciones legítimas no hay árbitro para los contratos. Y sin árbitro para los contratos, no hay capital que se mueva.

Esa es la fotografía completa del lunes 4 de mayo. Una represa cargada de frustración cívica que se sostiene por una promesa electoral. Una promesa electoral que el Ejecutivo encargado se niega a fijar. Y una recuperación económica que las empresas no aceleran porque saben que la institucionalidad no se construye con licencias, se construye con derecho.

Tres hilos tensados. Y un cuarto, el más improbable, sosteniendo la esperanza.

Este lunes, los obispos venezolanos se reunieron con León XIV en el Vaticano. La fotografía circuló rápido: el primer papa estadounidense de la historia, sonriendo, sosteniendo entre sus manos una camiseta blanca con líneas azul marino y la palabra «Venezuela» cruzando el pecho. Es la camiseta de la selección de béisbol —vigente campeona del mundo después de derrotar a Estados Unidos en el Clásico Mundial. Los obispos podrían haber llevado una imagen religiosa, una placa, un rosario. Llevaron la camiseta. Y el papa la recibió abierta, frontal, como quien sabe lo que está aceptando.

No fue protocolo. Fue señal. La selección de béisbol es probablemente lo único que une a un venezolano de Caracas con uno de Maracaibo, a uno de Nueva Esparta con uno de la diáspora en Madrid o en Houston o en Columbus. La camiseta no representa al gobierno encargado, ni a la oposición, ni a Estados Unidos. Representa al país sin sus divisiones políticas. Y un papa que la recibe así está diciendo, sin palabras, que entiende de qué se trata Venezuela ahora mismo.

Esa camiseta es la represa. Lo que aguanta la presión y lo que define la forma. Lo que se ajusta al pecho de un país que no ha estallado. La política venezolana se decide en negociaciones que no controlamos. La esperanza, todavía, sí.

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Alfredo Yánez

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Columna

El aplauso que no es amor, es factura

La antipolítica no es entusiasmo por el de afuera: es despecho con el de adentro. El inciso que abre el especial.

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Hay un malentendido cómodo en la manera en que se cuenta el ascenso de los outsiders. Se dice que la gente se enamoró del que venía de afuera. Que lo siguió por su carisma, por su discurso, por su promesa de barrer con todo. Y hay algo de eso. Pero la palabra está mal elegida. Lo que el votante siente cuando aplaude al recién llegado casi nunca es amor. Es despecho. Y el despecho, a diferencia del amor, siempre tiene una dirección: apunta a alguien.

Apunta al partido que prometió y no cumplió. Al dirigente que llegó hablando del pueblo y se fue hablando de sí mismo. A la estructura que pidió el voto cada cinco años y devolvió silencio los otros cuatro. El outsider no entra por la puerta que abre su propio mérito. Entra por la que dejaron abierta los que estaban adentro. Es, antes que nada, un hueco con forma de hombre.

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Por eso conviene leer el fenómeno al revés de como suele leerse. El que vota contra los partidos no está votando por una idea nueva: está pasando una factura vieja. Y la factura se acumuló durante años de representación que se volvió trámite, de militancia que se volvió nómina, de programa que se volvió eslogan. Cuando por fin aparece alguien que dice «yo no soy de ellos», el votante no examina demasiado qué es. Le basta con que no sea eso.

El problema empieza después. Porque la factura se cobra una sola vez, pero el país sigue ahí al día siguiente, con sus instituciones, sus equilibrios, su necesidad aburrida de que alguien gobierne. Y entonces el outsider tiene que decidir qué hace con el poder que le prestaron en un arranque de bronca. Algunos descubren que gobernar se parece sospechosamente a lo que hacían los que vinieron a reemplazar. Otros deciden que, ya que llegaron rompiendo, lo coherente es seguir rompiendo. Ninguno de los dos caminos es gratis.

Este especial no viene a celebrar la antipolítica ni a condenarla de entrada. Viene a tomarle la temperatura. A entender por qué un votante en Pensilvania, otro en la provincia de Buenos Aires y otro en Caracas llegaron, por rutas distintas, a la misma conclusión: que el sistema de partidos dejó de hablarles. Esa coincidencia no es casualidad ni contagio. Es síntoma. Y los síntomas no se curan gritándoles que se callen; se curan averiguando qué los produce.

Venezuela conoce esta historia mejor que casi nadie, y no desde ahora. Tuvo su antipolítico de la televisión antes de que la televisión fuera el medio natural de los antipolíticos. Tuvo su outsider que arrasó las encuestas y terminó devorada por otro outsider más hábil. Tuvo, sobre todo, al hombre que prometió barrer la partidocracia y se quedó veinticinco años. Quien quiera entender lo que se juega hoy, cuando vuelven a circular nombres que se presentan como ajenos al aparato, haría bien en mirar ese archivo antes de aplaudir o de descalificar.

Hay una pregunta que recorrerá todas las piezas que siguen, y conviene dejarla planteada desde la primera línea. No toda renovación es demolición, y no todo el que viene de afuera viene a destruir. Hay quien tiene ideas en función del país y simplemente no milita en ningún partido, y llamarlo «antipolítico» como insulto es una manera barata de defender lo indefendible. Pero también hay quien usa el lenguaje de la renovación para justificar que no quede nada en pie. Distinguir entre los dos no es un lujo intelectual. Es, probablemente, la tarea política más urgente de la década.

El aplauso, ya lo dijimos, no es amor. Es una factura. La pregunta es quién la cobra, a nombre de quién, y qué piensa hacer con lo que recaude.

Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS


FUENTES PRINCIPALES: Inciso de autor. Pieza de opinión firmada.

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Columna

Los que vuelven y los que miramos desde lejos

Ver volver a los que se fueron despierta una pregunta incómoda en la diáspora: ¿y nosotros? Una reflexión sobre el regreso, la distancia y la patria que ya no es la misma.

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Hoy volvió a Caracas una mujer que llevaba siete años sin pisarla. Dinorah Figuera, médica, dirigente, presidenta de una Asamblea que durante años sesionó por una pantalla, bajó de un avión y volvió a respirar el aire del país que tuvo que dejar a la fuerza. No la conozco en persona. Pero confieso que la noticia me removió algo que creía mejor guardado, y que sospecho no soy el único en sentir.

Porque los que estamos afuera tenemos una relación complicada con las noticias de los que vuelven. Nos alegran, de verdad. Cada exiliado que regresa sin que lo detengan es una pequeña victoria, una grieta en el muro que nos separó de casa. Y sin embargo, junto a la alegría, asoma una pregunta que casi nunca decimos en voz alta, porque da un poco de vergüenza y un poco de miedo: ¿y yo? ¿Y nosotros? ¿Cuándo, si es que alguna vez?

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Llevo años en Columbus. Aquí construí una vida, eché raíces, aprendí a querer un invierno que no entendía. Mis hijos crecen con un acento que no es el mío. Y aun así, cada vez que leo que alguien volvió, una parte de mí hace las cuentas imposibles: las de qué dejaría, las de qué encontraría, las de si el país al que querría volver todavía existe o se quedó congelado en la memoria del que se fue. Porque esa es la trampa de la distancia: uno no extraña el país real, extraña el país que dejó, y ese país ya no está. Cambió. Como cambiamos nosotros.

He aprendido a desconfiar de las dos tentaciones que acechan al que mira la patria desde lejos. La primera es el optimismo fácil: creer que porque vuelven algunos, ya se puede volver, que todo se arregló, que es cuestión de comprar el pasaje. No es así. Los mismos que regresan denuncian, a los pocos días, que los amenazan. El aparato que nos echó sigue ahí, agazapado. La apertura es real, pero es frágil, y confundirla con una garantía sería ingenuo y hasta peligroso.

La segunda tentación es la contraria: el cinismo del que decide, para no sufrir, que nada cambia nunca, que todo es teatro, que los que vuelven son ilusos o cómplices. También es mentira. Algo se movió. Que una Dinorah Figuera pueda pisar Caracas, después de siete años con una orden de captura encima, no es lo mismo que el año pasado. Negarlo por miedo a ilusionarse es otra forma de dejarse derrotar.

Vivo, como tantos, en la incómoda tierra de en medio. Ni el optimismo del pasaje comprado ni el cinismo del «nada cambia». La tierra del que mira con esperanza y con cautela a la vez, del que celebra cada regreso sin sentirse obligado a imitarlo, del que sabe que volver —o no volver— es una decisión tan íntima y tan cargada que nadie tiene derecho a juzgarla desde afuera. Cada quien sabe lo que dejó, lo que construyó, lo que puede arriesgar.

Y pienso, sobre todo, en algo que me cuesta admitir: que quedarse también es una forma de querer a Venezuela. Que el que manda remesas cada mes, el que cría hijos que hablan de su país aunque no lo conozcan del todo, el que sostiene desde lejos a los que se quedaron, también está haciendo patria. Que no todos los que aman a Venezuela tienen que volver, ni todos los que vuelven aman más. Hay mil maneras de pertenecer a un país, y la distancia no anula ninguna.

A las nueve de la noche en Columbus, cuando la casa se queda en silencio, a veces pienso en esa frase tan nuestra: «cuando esto se arregle, vuelvo». La he dicho. La hemos dicho todos. Y hoy, viendo volver a Dinorah Figuera, me pregunto si esa frase es una promesa o un consuelo. Quizás sea las dos cosas. Quizás esté bien que lo sea.

Lo que sé es que cada regreso me obliga a mirar de frente la pregunta que prefiero esquivar, y que mirarla —aunque no la responda— es más honesto que fingir que no existe. A los que volvieron, mi respeto y mi alegría. A los que seguimos mirando desde lejos, calculando lo incalculable, mi compañía. No estamos solos en esta espera rara, hecha de esperanza y de cautela. Y mientras tanto, desde aquí, seguimos haciendo lo único que sabemos: no soltar a Venezuela, vuelva uno o se quede. Que al final, eso también es una manera de no irse nunca del todo.

Por Alfredo Yánez Mondragón
Director de INCÍSOS

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Inciso

El arte de no cambiar de tema

Hay una destreza política que consiste en mover la conversación de renglón justo cuando aprietan las preguntas incómodas. Una reflexión sobre lo urgente y lo importante.

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El arte de no cambiar de tema

Hay una destreza que los políticos hábiles dominan y que rara vez se enseña en los manuales: el arte de cambiar de tema sin que se note. Consiste en abrir, justo cuando aprietan las preguntas incómodas, una conversación nueva, grande, noble, que absorba la atención de todos. No se niega lo que se preguntaba; simplemente se deja de hablar de ello, porque ahora hay algo más importante sobre la mesa. Y como lo nuevo suele ser, en efecto, importante, casi nadie advierte que se le acaba de mover el piso.

Lo pensé esta semana al leer que un dirigente —de credenciales discutidas, todo hay que decirlo— llevó ante una comisión del gobierno una propuesta de reforma constitucional. Bicameralidad, fin de la reelección indefinida, menos ministerios. Cosas serias, defendibles, que en otro momento aplaudiría sin reservas. Y sin embargo, una incomodidad me quedó rondando, de esas que uno tarda en nombrar.

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No es solo cruzar. Es todo lo que viene después.

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La incomodidad era de calendario, no de contenido. Porque mientras se nos invita a debatir la arquitectura del Estado que viene, siguen sin respuesta las preguntas del Estado que tenemos. ¿Bajo qué legalidad se firman los acuerdos que comprometen el patrimonio de las próximas generaciones? ¿Quién gobierna, en nombre de quién y con qué legitimidad? ¿Qué pasa con los que siguen presos? Son preguntas feas, concretas, que no se prestan a la solemnidad de un debate constitucional. Y precisamente por eso, son las que más conviene no responder.

He aprendido, con los años, a desconfiar de los cambios de tema que llegan en el momento justo. No porque las grandes reformas no importen —importan, y mucho—, sino porque el orden en que se abordan las cosas casi nunca es inocente. Hay una diferencia abismal entre una transición que primero aclara quién manda y bajo qué reglas, y luego se sienta a rediseñar la república, y otra que empieza por la república ideal para no tener que hablar de la república real. La primera construye sobre piso firme. La segunda construye sobre humo.

Lo mismo vale, y lo escribo a propósito en esta misma edición, para la manera en que se reparte lo que queda del Estado empresario. Da igual el discurso que lo envuelva: lo que define si una venta de activos públicos es reconstrucción o saqueo no es la palabra que se le ponga encima, sino si se hace a la luz —en subasta, con cuentas auditables, ante todos— o en la penumbra de un despacho, amparada en el secreto. La transparencia incomoda porque obliga a responder. La opacidad seduce porque permite cambiar de tema.

Soy, lo confieso, un optimista cansado. Cansado de ver cómo, una y otra vez, los venezolanos nos dejamos llevar hacia la conversación grande y noble mientras la pequeña y sucia se resuelve sin nosotros. Optimista porque creo que esta vez podemos no caer. Que podemos aplaudir el debate sobre la bicameralidad y, al mismo tiempo, no soltar la pregunta sobre la legalidad de lo que se firma hoy. Que se puede sostener más de una idea a la vez: lo importante y lo urgente, sin dejar que lo uno nos haga olvidar lo otro.

Porque al final, el arte de no cambiar de tema es también una forma de dignidad ciudadana. Es negarse a que nos administren la atención. Es decir, con calma pero con firmeza: hablemos de la Constitución que viene, sí, con gusto; pero primero, o al menos a la vez, hablemos de lo que está pasando ahora. No después. Ahora.

Que cada quien, con sus grandes proyectos y sus nobles reformas, sepa que del otro lado hay una ciudadanía que aprendió a no soltar la pregunta. Que tomó nota del orden. Y que, esta vez, no piensa cambiar de tema.

Por Alfredo Yánez Mondragón

Director de INCÍSOS

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