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La soga en la casa del ahorcado

La nueva estrategia de contraterrorismo nombra a Venezuela como pieza central. La soga sigue ahí.

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A dark, dilapidated room with a hanging noose, a burning candle, an open book, and a skull on the floor.

Hay frases que uno aprende temprano en la vida y vuelve a entender tarde. La de hablar de la soga en la casa del ahorcado es una de esas. La cita se usa para advertir contra la imprudencia de mencionar lo evidente donde más duele. Pero también significa otra cosa, menos comentada: a veces la soga se nombra porque sigue colgando.

El miércoles 6 de mayo, la Casa Blanca publicó la Estrategia de Contraterrorismo de Estados Unidos para 2026. La sección que abre el bloque por regiones se titula Counterterrorism by Region · Our Hemisphere. Antes de Indo-Pacífico, antes de Medio Oriente, antes de África, está nuestro hemisferio. La decisión de orden importa. Por primera vez en décadas, América Latina aparece como prioridad uno en un documento oficial de contraterrorismo estadounidense. Y dentro de la sección, Venezuela ocupa el espacio que la cobertura global venía intuyendo: el de pieza central.

El documento describe a Nicolás Maduro como cartel boss in league with terror-sponsor Iran and its terror proxy Hezbollah. Eso ya no es retórica de campaña. Es lenguaje codificado en política de Estado.

La pregunta que me hago, escribiendo desde Columbus para los venezolanos estén donde estén, no es si la advertencia es exagerada. La pregunta es por qué se hace ahora.

Venezuela está bajo tutela. Maduro y Cilia Flores están presos en territorio estadounidense. Delcy Rodríguez ejerce como presidenta encargada en Miraflores. Las relaciones diplomáticas se restablecieron en marzo. Laura Dogu llegó a Caracas el 31 de enero como encargada de negocios; el secretario de Energía Chris Wright el 11 de febrero; el general Francis Donovan, jefe del Comando Sur, el 18 de febrero; el secretario de Interior Doug Burgum el 4 de marzo; una delegación del Comité de Relaciones Exteriores del Senado el 19 de marzo; John Barrett llegó el 24 de abril. El martes 5 de mayo, Trump se reunió en la Casa Blanca con Chevron, ExxonMobil y ConocoPhillips para discutir la entrada de las majors a Venezuela. La normalización avanza.

Y sin embargo, el documento del 6 de mayo nombra a la soga.

Hay tres lecturas posibles. La primera es la institucional: Estados Unidos formaliza por escrito que la transición venezolana sigue siendo, hasta nuevo aviso, un asunto de seguridad antes que de diplomacia. La segunda es la disuasiva: el documento es advertencia hacia adentro de Caracas, hacia los actores del antiguo régimen que aún ocupan ministerios, hacia los socios externos que pudieran tentarse a recomponer la red. La tercera, la más incómoda, es la del recordatorio: el papel describe el peligro porque el peligro no se ha ido.

Hay otros peligros, sí. El Cartel de los Soles, aunque la acusación revisada del Departamento de Justicia haya matizado tratarlo como organización formal, sigue describiendo una red de corrupción militar enquistada que no se desmonta con un comunicado. La presencia iraní en infraestructura, en logística aérea y en negocios opacos, documentada durante años, no desaparece porque cambien los rostros visibles del poder. Hezbollah opera en la región desde hace décadas con apoyo logístico que precede y va a sobrevivir al gobierno actual de Caracas.

Cómo se combate eso se va a definir, leído con cuidado, dentro del marco que el documento codifica: con designaciones FTO, con cooperación interagencial, con presencia militar disuasiva, con condicionamiento económico, con accountability sostenida. No con una operación. Con persistencia.

Para los venezolanos, la advertencia no es alarma. Es alerta. La diferencia es importante. Una alarma pide reacción inmediata; una alerta pide vigilancia sostenida. Lo que el documento del 6 de mayo le dice al venezolano que vive afuera y al que sigue dentro del país es que la transición tutelada no es punto de llegada. Es etapa. Y como toda etapa, tiene la posibilidad de avanzar y la posibilidad de retroceder.

Hablar de la soga en la casa del ahorcado, leído así, no es imprudencia. Es honestidad. La soga sigue ahí. Reconocerla es la primera condición para retirarla.

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El Día del Trabajador, visto desde un país que dejó de celebrarlo

Estados Unidos celebra al trabajador en septiembre, no el primero de mayo. La diferencia no es de calendario. Es de mirada. Y los hispanos que vivimos aquí cargamos las dos.

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Estados Unidos no celebra al trabajador el 1 de mayo. Celebra al trabajador en septiembre, en el Labor Day, en un fin de semana largo que pertenece al final del verano y al inicio del año escolar. El 1 de mayo no es feriado federal. No hay desfile en Washington.

Las marchas que ocurren —y ocurren— las organizan sindicatos, organizaciones migrantes, comunidades que arrastran memorias de otra parte. La diferencia no es de calendario. Es de mirada. El 1 de mayo nació en Chicago, en 1886, en una huelga obrera que pidió jornada de ocho horas y terminó con muertos en Haymarket Square.

La fecha se internacionalizó porque el resto del mundo entendió lo que Chicago había pagado. Estados Unidos, paradójicamente, decidió no celebrarlo. Eligió otro día, sin sangre adentro. Septiembre.

Tranquilo. Los hispanos que vivimos aquí cargamos las dos miradas. La de la fecha que nuestros países sí celebran —porque vinimos de tradiciones donde el trabajador es categoría política— y la de la fecha que el país que ahora habitamos prefirió. Y no es contradicción menor.

Es marca de la mirada doble que el migrante carga toda la vida. Hay algo más. El 1 de mayo en 2026, en Estados Unidos, llega en un momento donde la palabra «trabajador hispano» pesa de manera particular. Doce meses del segundo giro migratorio Trump han endurecido el perímetro.

Un trabajador con papeles vive con ansiedad por auditorías I-9. Un trabajador sin papeles vive con miedo concreto a redadas en sitios de trabajo. Las dos categorías —documentado, indocumentado— se sienten iguales en el cuerpo cuando entra una camioneta de ICE al estacionamiento de la planta. La diferencia legal no se nota en el momento del miedo.

Y aún así, esos trabajadores siguen yendo a la planta, a la obra, al hotel, al restaurante. Siguen pagando taxes. Siguen mandando remesas. Siguen criando hijos que estudian en escuelas públicas estadounidenses.

Esa es la pieza que el discurso oficial sobre «trabajador» en Estados Unidos no nombra. Hay una clase trabajadora que sostiene una buena parte de la economía y que opera bajo amenaza permanente. No es retórica decirlo. Es descripción.

El 1 de mayo, leído desde aquí, no es nostalgia de otro calendario. Es un acto de memoria activa. Recuerda que el trabajador no es categoría abstracta sino persona concreta. Recuerda que los derechos laborales se ganaron, no se otorgaron.

Recuerda que en este país, hace casi siglo y medio, también hubo personas que pagaron con la vida para que ocho horas no fueran doce. Esa memoria no es ajena a Estados Unidos. Es de Estados Unidos. Solo que el país escogió no celebrarla.

Yo, venezolano de origen y residente de Estados Unidos hace ocho años, llevo años cargando las dos miradas. La del 1 de mayo y la del Labor Day. Las dos son verdad. Pero hoy, primer día del quinto mes de 2026, prefiero pararme en la del 1 de mayo.

Porque me parece que la mirada larga, la que conecta con Chicago de 1886 y con los trabajadores hispanos de hoy en plantas de Iowa o construcciones de Houston, la que ve al trabajador como sujeto histórico y no como variable en una ecuación de productividad, es la que mejor explica el momento. Y, sobre todo, porque el momento exige memoria. No nostalgia. Memoria.

La que permite saber que lo que está en juego no se perdió de un día para otro y que, por lo tanto, tampoco se recuperará en uno.

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