Inciso
El hormigón y la memoria
El hormigón y la memoria
El Helicoide es una mole de hormigón que nunca fue lo que prometió ser. Lo concibieron en los años cincuenta como un centro comercial del futuro, una espiral ascendente abierta al automóvil y al progreso. Nunca se terminó como tal. Terminó siendo otra cosa: el edificio que cualquier venezolano nombra cuando quiere decir, sin decirlo, la palabra miedo. Ahora se anuncia que será un centro deportivo. La espiral cambia de uso por tercera vez, y otra vez por decreto.
Hay algo casi tentador en la imagen. Convertir un sitio de tortura en un lugar donde jueguen niños tiene la forma exacta de la redención. El problema es que la redención de un edificio no es la redención de un país, y conviene no confundirlas. El hormigón se puede repintar. Lo que ocurrió dentro de él no se repinta: se investiga, se juzga o se entierra. Y enterrar no es lo mismo que reparar.
Este especial recorrió lo que el anuncio dejó fuera. El mapa de los más de noventa centros que la ONU y las organizaciones documentaron, de los cuales el cierre alcanza a uno. La cadena de mando que un organismo internacional puso por escrito, con niveles y responsabilidades que no se diluyen hacia abajo. Las prácticas, que referimos con sobriedad porque su prueba importa más que su detalle. Todo eso sigue donde estaba el 29 de enero. El 30 cambió un edificio, no la estructura.
Vuelvo entonces a la pregunta que ha ordenado cada pieza, porque es la única que no admite anuncio por respuesta: ¿qué falta, exactamente, para que esto sea justicia y no gesto? Falta abrir todos los recintos, no uno, a observadores independientes. Falta verificar que los centros que la CIDH dice activos dejaron de estarlo. Falta desmontar las cadenas de mando, no reubicar a quienes las integraron. Y falta que los procesos alcancen a los responsables que los informes nombran, por alto que figuren hoy. Ninguno de esos pasos cabe en una ceremonia.
Un edificio se cierra en un día. Una impunidad se cierra con justicia, o no se cierra: solo se muda de dirección.
Y aquí entra lo que está verdaderamente en juego, que no es el inmueble sino la memoria. Cada víctima documentada en esos informes es una persona con nombre, una familia que esperó noticias durante semanas sin saber dónde estaba el suyo. Si el hormigón se reconvierte mientras esos nombres siguen sin respuesta, el riesgo no es estético: es que el símbolo borre lo que debía recordar. Que la cancha nueva sea, sin querer, una lápida sin inscripción.
No escribo esto para negar el gesto. Un símbolo de represión clausurado tiene valor, y sería mezquino fingir que no. Lo escribo para que el gesto no se tome por el destino. Cerrar El Helicoide puede ser el primer paso de una reconstrucción o el último de un encubrimiento, y la diferencia entre ambos no la decide el anuncio: la deciden los pasos que vengan después, o que no vengan. La memoria es paciente, pero no es ingenua. Sabe distinguir una puerta que se cierra de una herida que se cose.
El desconocido del concreto seguirá ahí, repintado, lleno de gente que quizá no sepa lo que pisó. Está bien que así sea, si antes hubo verdad. Está mal, si la pintura llegó primero. Ese orden —verdad antes que pintura, justicia antes que cancha— es todo lo que este especial ha querido pedir. No es mucho. Es, apenas, lo mínimo.
INCÍSOS · Especiales · incisos.com
Alfredo Yánez
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Se fue la luz donde se vendía la energía
El país con más petróleo del mundo no pudo mantener encendida la sala donde se hablaba de su energía. Un Inciso sobre una paradoja que no es accidente.
INCISO · ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
Dos cortes de electricidad en la cumbre que debía convencer al mundo de invertir en la energía venezolana. No fue un accidente de la cumbre. Fue su mejor resumen.
El martes 29 de septiembre de 2026, en un salón del JW Marriott de Caracas, cientos de ejecutivos de la industria energética escuchaban por qué este es el momento de invertir en Venezuela. Y se fue la luz. Dos veces.
Hasta la planta del hotel, según reportó un medio internacional, cedió ante los bajones. Por unos momentos, la cumbre que debía vender la energía venezolana al mundo se quedó sin energía.
Sería fácil contarlo como anécdota. No lo es.
La paradoja completa
Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Quema en mechurrios gas que podría convertirse en electricidad. Y aun así arrastra, según Reuters, un déficit de más de 1.500 megavatios, con regiones que pasan hasta 10 horas diarias sin luz. Niños que no llegan a la escuela, negocios que no abren, noches enteras sin dormir por el calor.
Esa semana, por un rato, los ejecutivos vivieron lo que el venezolano vive a diario. La diferencia es que ellos se van el jueves.
La isla de luz
Hay una norma de enero que exige a los nuevos proyectos energéticos generar su propia electricidad. Tiene lógica para quien invierte: nadie pone un pozo a depender de una red que falla. Pero conviene ver el país que dibuja esa regla si se queda sola: un pozo iluminado y, al lado, una escuela a oscuras. Islas de luz para el negocio en un mar de apagones para la gente.
Eso no es recuperación. Es un enclave.
Lo que falta
La pregunta que conviene hacer es simple: ¿qué falta, exactamente, para que pase?
No faltan permisos: Washington renovó las licencias un día antes de la cumbre. No falta interés: sobraron ejecutivos y hubo lista de espera. Falta lo menos vistoso y lo más difícil. Falta quién pague el mantenimiento que no se hizo en años. Falta quién responda cuando no lleguen los 4.800 megavatios prometidos para fin de año. Falta que el gas que hoy se quema encienda casas antes que titulares.
La luz volvió al salón. En buena parte del país, esa misma noche, no volvió.
Ese es el tamaño de la paradoja: el petróleo puede atraer al mundo a Caracas, pero no puede, por sí solo, encender Venezuela. Para eso hacen falta instituciones que funcionen, y esas no se importan en un memorando.
Fuentes principales: Reuters, 30 de septiembre de 2026; Diario Las Américas, 30 de septiembre de 2026; Infobae (con EFE), 30 de septiembre de 2026.
Inciso
Pasos en alguna dirección
Los gestos se agradecen. Lo que mide una transición es si se convierten en reglas que nadie puede retirar.
INCISO
Excarcelaciones, desbloqueos, una amnistía y ahora la reforma de la ley contra el odio. Cada paso cuenta. Lo que todavía no se sabe es si caminan hacia algún lugar o en círculo.
En noviembre de 2017, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó por unanimidad la ley contra el odio. La presidía Delcy Rodríguez. Nueve años después, el 28 de septiembre de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez firmó un oficio para pedir que se despenalicen las conductas que esa ley castiga. Con urgencia.
Sería fácil quedarse en la ironía. Prefiero la pregunta que la ironía esconde: hacia dónde van estos pasos.
Porque son varios. Desde enero salieron presos políticos, aunque a cuentagotas y sin lista pública. Hubo una ley de amnistía. Se desbloquearon decenas de dominios, aunque otros tantos siguen cerrados. Se habla de elecciones, aunque sin fecha. Y ahora, una reforma para que opinar deje de ser un delito con pena de homicidio.
Cada uno de esos pasos cambió la vida de alguien. Eso no se discute ni se desprecia. Pero todos comparten un rasgo: fueron concedidos. Llegaron por decisión de quien gobierna, en el momento que eligió y en la medida que quiso. Y lo que se concede por voluntad se puede retirar por voluntad.
Una transición no se reconoce por la cantidad de gestos, sino por el momento en que los gestos se convierten en reglas. Cuando un preso sale porque la ley lo ordena y no porque alguien lo decidió esa semana. Cuando un medio publica sin calcular si lo van a bloquear. Cuando un partido existe sin que un funcionario pueda declararlo promotor del odio.
La reforma de la ley contra el odio puede ser eso o puede ser otra concesión. Lo sabremos por el texto: si despenaliza de verdad, si ordena revisar cada causa, si elimina las herramientas contra medios y partidos. Y lo sabremos por la forma: si se discute a la vista de quienes documentaron a sus víctimas, o se aprueba en familia.
Vladimir Petit escribió que una transición se mide por lo que el país puede preguntar sin miedo. Añado algo menos elegante: también se mide por lo que el país puede decir sin que alguien tenga que autorizarlo primero.
Los pasos se agradecen. La dirección todavía hay que exigirla.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Oficio de Delcy Rodríguez, 28 de septiembre de 2026.
Inciso
Palos de golf prestados en un país que paga cisternas
La reconstrucción se anuncia en el Country Club. La vida diaria se resuelve con cisternas.
INCISO
Para recibir a los ejecutivos del petróleo hubo que salir a buscar palos de golf. Para recibir agua, en Coro, en Margarita y en tantos otros lugares del país, hay que pagar una cisterna.
El lunes 28 de septiembre de 2026, decenas de ejecutivos petroleros jugaron un torneo de golf en el Caracas Country Club, la víspera de una cumbre de petróleo y gas con entradas agotadas: 650 asistentes y 150 en lista de espera. Los organizadores contaron a Bloomberg que días antes estaban en pánico. Tuvieron que llamar a todos los clubes y tiendas de la ciudad, pedir prestados juegos de palos y comprar otros. Caracas tiene tres clubes privados de golf y ningún campo público. «Muy pocos venezolanos juegan golf», explicó la dueña de la tienda que los sacó del apuro.
Ese mismo lunes, vecinos de Coro denunciaban dos meses sin agua y la obligación de pagar cisternas para llenar los tanques de sus casas. No es una excepción ni una emergencia pasajera: en Margarita, y en muchos otros lugares del país, pagar un camión de agua es desde hace años una partida más del presupuesto familiar.
No hay nada reprochable en que unos ejecutivos jueguen golf. Los negocios se hacen también así, y Venezuela necesita inversión. Lo que la escena retrata es otra cosa: la distancia entre el país que se anuncia y el país que se vive.
El país que se anuncia tiene 100.000 millones de dólares prometidos para el petróleo, licencias renovadas cada mes en Washington, una cumbre con lista de espera y un torneo para abrir el apetito. El país que se vive produce 1,2 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que producía en los noventa, sufre apagones que sacan a la gente a la calle y compra agua por camión.
Las dos imágenes caben en la misma semana porque la reconstrucción empezó por arriba. Primero los contratos, después las reglas; primero el crudo, después la luz y el agua. Es un orden defendible si los beneficios bajan. El problema es que nadie ha explicado cómo ni cuándo.
Mientras tanto, conviene recordar la frase de la tienda de golf. Muy pocos venezolanos juegan golf. Casi todos, en cambio, saben lo que cuesta una cisterna.
Alfredo Yánez Mondragón
Fuentes principales: Bloomberg vía Bloomberg Línea y La República, 28 de septiembre de 2026; La Patilla, 28 de septiembre de 2026.
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