Inciso
La institución del ser
Hablamos mucho de instituciones. De las que faltan, de las que se capturaron, de las que se reconstruyen. Esta edición está atravesada por ese tema: un especial sobre la institucionalidad democrática, un tribunal que mantuvo dieciséis años a una jueza para escarmentar al resto, una muerte bajo custodia que el Estado no explica, un modo de gobernar en el que el poder se confunde con una persona. Pero hay una institución de la que casi nunca hablamos, y sin la cual ninguna de las otras se sostiene. No tiene sede, ni estatutos, ni presupuesto. Es la institución del ser: la que cada uno construye, o no, dentro de sí mismo.
La idea parece abstracta y es de lo más concreta. Una institución, en el fondo, no es un edificio ni un organismo: es una regla que se sostiene en el tiempo, una conducta que no depende del humor del día ni de quién mira. Un tribunal es una institución cuando falla por la ley y no por la orden que llegó por teléfono. Y una persona es una institución cuando hace lo correcto también cuando nadie la ve, cuando mantiene su palabra aunque cambie su conveniencia, cuando es la misma en la plaza y en la intimidad. Eso —la coherencia sostenida entre lo que se cree, lo que se dice y lo que se hace— es lo que vuelve a alguien confiable. Y de personas confiables, y solo de ellas, se hacen las instituciones confiables.
Conocerse y gobernarse es el trabajo de toda una vida, y no se delega. Construir la institución del ser exige lo más difícil: mirarse de frente, sin los maquillajes con que solemos perdonarnos. Exige aprender, que es aceptar que no se sabe. Exige errar —no por descuido ni por gusto, sino como parte del intento sostenido de mejorar— y luego corregir, que es la parte que casi nadie quiere hacer. Exige dominar los propios impulsos, que es quizá la única forma honesta de poder: la del que manda sobre sí mismo antes de pretender mandar sobre otros. Quien no se gobierna por dentro termina, tarde o temprano, gobernado por sus miedos, su vanidad o su codicia. Y un país lleno de personas así es terreno fértil para los que ofrecen gobernarlas desde afuera.
Aquí está el vínculo que esta edición deja ver, casi sin proponérselo. El personalismo que captura un Estado no nace de la nada: prospera donde las instituciones del ser son débiles, donde demasiados prefieren la comodidad de obedecer a la incomodidad de pensar, donde se confunde lealtad con sumisión. La crueldad que mantiene presa a una jueza durante dieciséis años necesita, para funcionar, de muchos que firmen sin preguntar, que cumplan órdenes que saben injustas, que callen lo que vieron. Cada uno de esos silencios es una institución del ser que no se construyó, o que se dejó caer. Por el contrario, la dignidad de una madre que reclama por su hijo muerto, la firmeza de quien resiste sin claudicar, son instituciones de una sola persona que ningún régimen ha logrado clausurar. Resulta que las instituciones de afuera y las de adentro están hechas de la misma materia, y se sostienen o se derrumban juntas.
No es, lo sé, el tema habitual de un noticiero, y puede sonar demasiado filosófico para una casa que se dedica a desarmar titulares. Pero una edición como esta lo pedía, porque todo lo que contamos hoy apunta, en el fondo, hacia el mismo lugar. La pregunta de esta casa, la que le hacemos a cada hecho, vale también —y sobre todo— hacia adentro: ¿qué falta, exactamente, para que pase? ¿Qué falta para tener instituciones sólidas y duraderas? Faltan leyes, contrapesos, memoria, sí. Pero antes que todo eso, y por debajo de todo eso, faltan personas que se hayan vuelto, ellas mismas, instituciones: gente que se conozca, que se exija, que cumpla su palabra, que sea la misma en público y a solas. Las leyes se escriben en un día; el carácter que las hace respetar se construye en una vida. La única institución que depende enteramente de cada uno, de su auténtica individualidad y de su convicción, es la institución del ser. Y quizá esa sea, al final, la madre de todas las demás: la primera que hay que fundar, y la última que se debería permitir caer.
Alfredo Yánez
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Hágase la luz
Tarde, muy tarde se les prendió el bombillo: que vengan otros, con su dinero, a reparar lo que tres lustros destruyeron por desidia y corrupción.
Tarde, muy tarde se les prendió el bombillo: que vengan otros, con su dinero, a reparar lo que tres lustros destruyeron por desidia y corrupción.
Inciso · Columna firmada por Alfredo Yánez Mondragón
Tarde, muy tarde se les «prendió» el bombillo a esta gente: que vengan otros, con su dinero, a reparar lo que tres lustros destruyeron por desidia, corrupción, falta de mantenimiento, iguanas y demás.
Que se haga la luz no es un mandato divino. Tampoco una decisión de sensatez en el marco de una transición que no se cuestiona, sino que se enmarca en el tutelaje que requiere tanto de profundas reformas que apunten a la seguridad jurídica como de infraestructura eléctrica, para que estas y otras inversiones puedan desarrollarse.
La oscurana socialista se cobra y se da el vuelto con esta «reforma» mágica. Esa misma oscurana que dejó un reguero que ninguna ley borra: retrasos empresariales y quiebras; pacientes muertos porque sus máquinas de hemodiálisis se detuvieron —quince en un solo apagón, el de marzo de 2019, según Codevida, entre las más de cuarenta muertes que las ONG atribuyeron a aquellos días sin luz—; quirófanos paralizados a media operación; cadenas de frío rotas y alimentos descompuestos; clases suspendidas y escuelas a oscuras; comercios que no podían cobrar porque no había punto de venta; agua que no llegaba porque las bombas no encendían; teléfonos e internet caídos, dejando a familias enteras incomunicadas. Para unos, la salida fue la vela; para otros, la planta eléctrica que solo el que podía pagaba. La pobreza, también aquí, se midió en vatios.
La luz del día deja al descubierto lo que esta oscura noche chavista nunca pudo esconder: su oportunismo para servirse la mejor tajada, y la compra de tiempo para maquillar con narrativas el desastre de su nefasta gestión en todos los órdenes. Llaman «eficiencia» a lo que es, apenas, un lavabo que pretende dejar las manos limpias.
Toca ahora, como siempre, aferrarse a la oración para que esta reforma —y quizá alguna más, en función de las garantías jurídicas para los inversionistas— atraiga al capital necesario. Para eso hace falta mucha fe. Por lo que conviene recordar al Hermano Cocó: «si no ten fe, no ten luz».
Alfredo Yánez Mondragón
Inciso
Pronto
Una vez más hay que decirlo. Sabemos que María Corina Machado lo sabe. Ella misma, con todo lo que le ha tocado vivir, es testimonio vivo de la madurez política del pueblo venezolano.
Es verdad que todavía hay mucho de simbolismo. Es verdad que la sentencia según la cual esto es una lucha espiritual, y los rosarios, y los papelitos, y que vamos de la mano de Dios, tiene su inmensa carga populista y emocional. Pero también es verdad que el millón de personas que hizo posible la cadena de custodia del voto, hasta convertirlo en prueba inequívoca del triunfo de Edmundo González el 28 de julio de 2024, tiene una enorme carga de civismo. Ni es lo mismo ni se escribe igual.
Hay civismo, mucho. Y hay emoción —por ahora contenida—. Entonces no se valen esas promesas al aire. «Pronto» es mañana, la semana que viene. Pronto no puede ser el equivalente al «algún día» que dijo Delcy.
La madurez cívica está preparada para aceptar y asumir la realidad que vivimos, que no es normal, que no se define en función de tiempos finitos. Por tanto, se cae muy bajo cuando se habla de un pronto que no se controla. Pero no se cae bajo por la táctica política del emisario, del custodio, del depositario de esa emocionalidad colectiva: se cae muy bajo porque se minusvalora la madurez de la gente, y no se le reconoce la fuerza real demostrada.
Con todo el respeto que se merece María Corina Machado, le pido que ya no anuncie su pronto retorno hasta el día que diga «Ya estoy aquí». Le pido que no siga alimentando un monstruo de frustración y burla, que no le dé argumentos a sus detractores, que no desperdicie —aunque hoy no se note— su fuerza y credibilidad.
Ya no más pronto, hasta que sea. Porque cada cosa llega a su tiempo, y de eso ya sabemos bastante los venezolanos.
Alfredo Yánez Mondragón
Inciso
0800 Cinismo
Sobre la línea 0800 contra la extorsión policial y el cinismo del régimen venezolano.
Primero, lo fáctico. Un anuncio sobre una línea, una plataforma de denuncia que no explica de qué va, cómo funciona, qué tipo de registro se obtendría ni —fundamentalmente— cuál sería el alcance de esas denuncias. Solo por ahí ya opera el cinismo.
Pero es que, después de 27 años de extorsión sistemática convertida en modelo de negocio por esa mafia que se enquistó en el poder, el asunto casi daría risa. Lo cruel del anuncio y lo cínico del planteamiento no lo permiten.
Quieren acabar con la «matraca». Habría que preguntarles entonces cómo fue «el acuerdo» para que Edmundo González terminara en un avión rumbo a España en septiembre de 2024. Cómo se llaman las comparsas de PDVAL, la famosa llamada a aquel presidente del Banco Provincial, los intentos de compra de RCTV, el método Cha-Az. Cómo se llama, si no extorsión, supeditar a un «voto» la bolsita maltrecha de comida de los CLAP.
Porque si algo saben hacer ellos, desde antes y también ahora, es extorsionar. La propia ONU lo dijo con todas sus letras a propósito del caso de la jueza María Lourdes Afiuni: lo que le hicieron funcionó como un mecanismo de extorsión psicológica contra todo el poder judicial. Le pusieron nombre: el «efecto Afiuni». La extorsión no es aquí una metáfora indignada; es la categoría técnica con que se describe el método.
Así que conviene preguntar a quién va dirigida esta iniciativa extorsionadora. ¿Es un reclamo hacia lo interno, una advertencia entre ellos? ¿A quién creen que van a convencer de que están dispuestos a erradicar prácticas que se riñen con la probidad, cuando esas prácticas son su gramática?
¿Quieren mostrar algún propósito de enmienda? Liberen definitivamente a María Lourdes Afiuni. Cierren ese caso de extorsión —no por ella, que ya cumplió la pena tres veces y un poquito más, según sus propias palabras, sino porque es la factura política a una jueza que prefirió la línea recta de la justicia a la línea impuesta—. Su solicitud de amnistía sigue engavetada con el pretexto de siempre: que la ley «excluye delitos de corrupción», la misma etiqueta fabricada en 2009.
¿No quieren más extorsión? Liberen a los presos políticos y acaben con la cantidad de delitos conexos que rodean las visitas, la comida, las medicinas.
Nada más desdibujado. Nada más cruel. Nada más exacto a lo que han sido y siguen siendo.
0800 Cinismo. Eso son ustedes: con su call center, con su cara e’ tabla, con su desvergüenza.
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