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Inciso

El que no está contra nosotros

Una escena breve del Evangelio de Marcos sobre el bien que viene de manos ajenas. Inciso de Alfredo Yánez Mondragón.

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Inciso · Columna del editor

Alfredo Yánez Mondragón · Editor en jefe de INCÍSOS · 5 de junio de 2026


Hay una escena breve en el Evangelio de Marcos que suele pasar inadvertida. Los discípulos llegan inquietos: han visto a un desconocido expulsar demonios en nombre de Jesús, y se lo han querido impedir. No es de los nuestros, argumentan. No camina con nosotros, no fue convocado, no rinde cuentas a nadie del grupo. La respuesta los desarma: no se lo prohíban. El que no está contra nosotros, por nosotros está.

El reflejo de los discípulos es profundamente humano. Suponen que el bien solo es legítimo cuando lleva el sello correcto, cuando lo ejecuta la mano autorizada, cuando pasa por el filtro de los que se consideran dueños de la causa. Lo que los incomoda no es el resultado —el hombre estaba haciendo el bien— sino la procedencia. El beneficio les parece sospechoso porque no salió de ellos.

Conviene mirar ese reflejo de cerca, porque no caducó. Buena parte de lo que nos sostiene lo sostienen terceros que no conocemos y que jamás nos consultaron. El que mantiene un servicio del que dependemos sin saber que existimos. El que defiende un principio que nos protege sin habernos pedido permiso. El que repara, sin ruido, algo que ni sabíamos roto. El bien rara vez llega con credenciales en la mano.

Y sin embargo abundan las disputas por la pertenencia. Alguien defiende una causa sin ser de la causa, sin consultar a los afectados, y el primer impulso de algunos no es preguntarse si el aporte sirve, sino si el aportante tiene derecho a darlo. La discusión se desplaza del fondo al carnet. Importa menos qué se hizo que quién lo hizo y con qué autoridad.

La pregunta incómoda es la de Jesús, vuelta del revés: ¿qué falta, exactamente, para aceptar un bien que no controlamos? Si la respuesta es «que lo hagamos nosotros», entonces lo que defendemos no es la causa: es la propiedad de la causa. Y son cosas distintas.

Quizá la madurez consista en eso: en soltar la idea de que solo vale lo que pasa por nuestras manos. El desconocido del Evangelio siguió su camino sin saber que había provocado una discusión. Hizo el bien y se fue. Los discípulos se quedaron con la lección. Nosotros, a veces, todavía no.

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El hormigón y la memoria

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INCÍSOS Inciso · Cierre del especial
Inciso
La red que no se cerró · §04 · Cierre del especial

El hormigón y la memoria

Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe de INCÍSOS
5 de junio de 2026

El Helicoide es una mole de hormigón que nunca fue lo que prometió ser. Lo concibieron en los años cincuenta como un centro comercial del futuro, una espiral ascendente abierta al automóvil y al progreso. Nunca se terminó como tal. Terminó siendo otra cosa: el edificio que cualquier venezolano nombra cuando quiere decir, sin decirlo, la palabra miedo. Ahora se anuncia que será un centro deportivo. La espiral cambia de uso por tercera vez, y otra vez por decreto.

Hay algo casi tentador en la imagen. Convertir un sitio de tortura en un lugar donde jueguen niños tiene la forma exacta de la redención. El problema es que la redención de un edificio no es la redención de un país, y conviene no confundirlas. El hormigón se puede repintar. Lo que ocurrió dentro de él no se repinta: se investiga, se juzga o se entierra. Y enterrar no es lo mismo que reparar.

Este especial recorrió lo que el anuncio dejó fuera. El mapa de los más de noventa centros que la ONU y las organizaciones documentaron, de los cuales el cierre alcanza a uno. La cadena de mando que un organismo internacional puso por escrito, con niveles y responsabilidades que no se diluyen hacia abajo. Las prácticas, que referimos con sobriedad porque su prueba importa más que su detalle. Todo eso sigue donde estaba el 29 de enero. El 30 cambió un edificio, no la estructura.

Vuelvo entonces a la pregunta que ha ordenado cada pieza, porque es la única que no admite anuncio por respuesta: ¿qué falta, exactamente, para que esto sea justicia y no gesto? Falta abrir todos los recintos, no uno, a observadores independientes. Falta verificar que los centros que la CIDH dice activos dejaron de estarlo. Falta desmontar las cadenas de mando, no reubicar a quienes las integraron. Y falta que los procesos alcancen a los responsables que los informes nombran, por alto que figuren hoy. Ninguno de esos pasos cabe en una ceremonia.

Un edificio se cierra en un día. Una impunidad se cierra con justicia, o no se cierra: solo se muda de dirección.

Y aquí entra lo que está verdaderamente en juego, que no es el inmueble sino la memoria. Cada víctima documentada en esos informes es una persona con nombre, una familia que esperó noticias durante semanas sin saber dónde estaba el suyo. Si el hormigón se reconvierte mientras esos nombres siguen sin respuesta, el riesgo no es estético: es que el símbolo borre lo que debía recordar. Que la cancha nueva sea, sin querer, una lápida sin inscripción.

No escribo esto para negar el gesto. Un símbolo de represión clausurado tiene valor, y sería mezquino fingir que no. Lo escribo para que el gesto no se tome por el destino. Cerrar El Helicoide puede ser el primer paso de una reconstrucción o el último de un encubrimiento, y la diferencia entre ambos no la decide el anuncio: la deciden los pasos que vengan después, o que no vengan. La memoria es paciente, pero no es ingenua. Sabe distinguir una puerta que se cierra de una herida que se cose.

El desconocido del concreto seguirá ahí, repintado, lleno de gente que quizá no sepa lo que pisó. Está bien que así sea, si antes hubo verdad. Está mal, si la pintura llegó primero. Ese orden —verdad antes que pintura, justicia antes que cancha— es todo lo que este especial ha querido pedir. No es mucho. Es, apenas, lo mínimo.

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La red que no se cerró · Especial INCÍSOS · 06

INCÍSOS · Especiales · incisos.com

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La institución del ser

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Hablamos mucho de instituciones. De las que faltan, de las que se capturaron, de las que se reconstruyen. Esta edición está atravesada por ese tema: un especial sobre la institucionalidad democrática, un tribunal que mantuvo dieciséis años a una jueza para escarmentar al resto, una muerte bajo custodia que el Estado no explica, un modo de gobernar en el que el poder se confunde con una persona. Pero hay una institución de la que casi nunca hablamos, y sin la cual ninguna de las otras se sostiene. No tiene sede, ni estatutos, ni presupuesto. Es la institución del ser: la que cada uno construye, o no, dentro de sí mismo.

La idea parece abstracta y es de lo más concreta. Una institución, en el fondo, no es un edificio ni un organismo: es una regla que se sostiene en el tiempo, una conducta que no depende del humor del día ni de quién mira. Un tribunal es una institución cuando falla por la ley y no por la orden que llegó por teléfono. Y una persona es una institución cuando hace lo correcto también cuando nadie la ve, cuando mantiene su palabra aunque cambie su conveniencia, cuando es la misma en la plaza y en la intimidad. Eso —la coherencia sostenida entre lo que se cree, lo que se dice y lo que se hace— es lo que vuelve a alguien confiable. Y de personas confiables, y solo de ellas, se hacen las instituciones confiables.

Conocerse y gobernarse es el trabajo de toda una vida, y no se delega. Construir la institución del ser exige lo más difícil: mirarse de frente, sin los maquillajes con que solemos perdonarnos. Exige aprender, que es aceptar que no se sabe. Exige errar —no por descuido ni por gusto, sino como parte del intento sostenido de mejorar— y luego corregir, que es la parte que casi nadie quiere hacer. Exige dominar los propios impulsos, que es quizá la única forma honesta de poder: la del que manda sobre sí mismo antes de pretender mandar sobre otros. Quien no se gobierna por dentro termina, tarde o temprano, gobernado por sus miedos, su vanidad o su codicia. Y un país lleno de personas así es terreno fértil para los que ofrecen gobernarlas desde afuera.

Aquí está el vínculo que esta edición deja ver, casi sin proponérselo. El personalismo que captura un Estado no nace de la nada: prospera donde las instituciones del ser son débiles, donde demasiados prefieren la comodidad de obedecer a la incomodidad de pensar, donde se confunde lealtad con sumisión. La crueldad que mantiene presa a una jueza durante dieciséis años necesita, para funcionar, de muchos que firmen sin preguntar, que cumplan órdenes que saben injustas, que callen lo que vieron. Cada uno de esos silencios es una institución del ser que no se construyó, o que se dejó caer. Por el contrario, la dignidad de una madre que reclama por su hijo muerto, la firmeza de quien resiste sin claudicar, son instituciones de una sola persona que ningún régimen ha logrado clausurar. Resulta que las instituciones de afuera y las de adentro están hechas de la misma materia, y se sostienen o se derrumban juntas.

No es, lo sé, el tema habitual de un noticiero, y puede sonar demasiado filosófico para una casa que se dedica a desarmar titulares. Pero una edición como esta lo pedía, porque todo lo que contamos hoy apunta, en el fondo, hacia el mismo lugar. La pregunta de esta casa, la que le hacemos a cada hecho, vale también —y sobre todo— hacia adentro: ¿qué falta, exactamente, para que pase? ¿Qué falta para tener instituciones sólidas y duraderas? Faltan leyes, contrapesos, memoria, sí. Pero antes que todo eso, y por debajo de todo eso, faltan personas que se hayan vuelto, ellas mismas, instituciones: gente que se conozca, que se exija, que cumpla su palabra, que sea la misma en público y a solas. Las leyes se escriben en un día; el carácter que las hace respetar se construye en una vida. La única institución que depende enteramente de cada uno, de su auténtica individualidad y de su convicción, es la institución del ser. Y quizá esa sea, al final, la madre de todas las demás: la primera que hay que fundar, y la última que se debería permitir caer.

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Inciso

Hágase la luz

Tarde, muy tarde se les prendió el bombillo: que vengan otros, con su dinero, a reparar lo que tres lustros destruyeron por desidia y corrupción.

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Tarde, muy tarde se les prendió el bombillo: que vengan otros, con su dinero, a reparar lo que tres lustros destruyeron por desidia y corrupción.

Inciso · Columna firmada por Alfredo Yánez Mondragón

Tarde, muy tarde se les «prendió» el bombillo a esta gente: que vengan otros, con su dinero, a reparar lo que tres lustros destruyeron por desidia, corrupción, falta de mantenimiento, iguanas y demás.

Que se haga la luz no es un mandato divino. Tampoco una decisión de sensatez en el marco de una transición que no se cuestiona, sino que se enmarca en el tutelaje que requiere tanto de profundas reformas que apunten a la seguridad jurídica como de infraestructura eléctrica, para que estas y otras inversiones puedan desarrollarse.

La oscurana socialista se cobra y se da el vuelto con esta «reforma» mágica. Esa misma oscurana que dejó un reguero que ninguna ley borra: retrasos empresariales y quiebras; pacientes muertos porque sus máquinas de hemodiálisis se detuvieron —quince en un solo apagón, el de marzo de 2019, según Codevida, entre las más de cuarenta muertes que las ONG atribuyeron a aquellos días sin luz—; quirófanos paralizados a media operación; cadenas de frío rotas y alimentos descompuestos; clases suspendidas y escuelas a oscuras; comercios que no podían cobrar porque no había punto de venta; agua que no llegaba porque las bombas no encendían; teléfonos e internet caídos, dejando a familias enteras incomunicadas. Para unos, la salida fue la vela; para otros, la planta eléctrica que solo el que podía pagaba. La pobreza, también aquí, se midió en vatios.

La luz del día deja al descubierto lo que esta oscura noche chavista nunca pudo esconder: su oportunismo para servirse la mejor tajada, y la compra de tiempo para maquillar con narrativas el desastre de su nefasta gestión en todos los órdenes. Llaman «eficiencia» a lo que es, apenas, un lavabo que pretende dejar las manos limpias.

Toca ahora, como siempre, aferrarse a la oración para que esta reforma —y quizá alguna más, en función de las garantías jurídicas para los inversionistas— atraiga al capital necesario. Para eso hace falta mucha fe. Por lo que conviene recordar al Hermano Cocó: «si no ten fe, no ten luz».

Alfredo Yánez Mondragón

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