Inciso
La línea
Hay una frontera que se cruza con pasaporte y otra que se cruza con documentación. La segunda decide más cosas.
INCISO
Por Alfredo Yánez Mondragón
Estuve leyendo el capítulo 4 del tratado comercial de América del Norte. No es una lectura que recomiende para el domingo. Es un texto árido, lleno de porcentajes y de anexos sectoriales, escrito por abogados para abogados.
Y sin embargo, en algún momento me di cuenta de que estaba leyendo un tratado sobre la pertenencia.
Las reglas de origen responden a una sola pregunta: ¿este producto es de aquí? No es una pregunta geográfica. Un automóvil ensamblado en Puebla puede no ser mexicano si demasiadas de sus piezas vinieron de otra parte. Un tornillo fabricado en Ohio puede no contar como estadounidense si el acero no lo era. La respuesta no depende del lugar donde está la cosa. Depende de si se puede documentar de dónde viene.
Llevaba cuarenta minutos con eso cuando levanté la vista y pensé en la otra pregunta que se hace en este país todos los días, sobre otra clase de sujeto, con la misma estructura gramatical.
¿Esta persona es de aquí?
Y la respuesta funciona igual. No depende de dónde está. No depende de cuántos años lleva, ni de dónde nacieron sus hijos, ni de si paga impuestos, ni de si su negocio sostiene una cuadra entera de la ciudad donde vive. Depende de si puede documentar de dónde viene y bajo qué condiciones llegó.
No estoy proponiendo que las personas y las mercancías sean lo mismo. Sería una frivolidad y además sería falso: a un contenedor no le duele que lo devuelvan. Lo que digo es más limitado y más incómodo. Digo que las dos preguntas se resuelven con el mismo instrumento, y que ese instrumento es el papel.
Hay una cifra que no se me quita de la cabeza desde que la leí. Entre enero y mayo de este año, México recibió más dinero en remesas que en el mismo periodo del año pasado. Dos coma ocho por ciento más. Un titular de recuperación.
Pero el número de operaciones cayó dos coma tres por ciento. Y el envío promedio de mayo subió a 404 dólares.
Menos gente. Más dinero por cabeza.
Le di vueltas a eso buscando la explicación amable —que ganan más, que les está yendo mejor— y no la encontré. La explicación que sostiene el peso es la otra: hay menos personas mandando, y las que quedan están cargando con lo que antes se repartía entre varios. Un hermano menos. Un primo menos. Un cuñado que ya no está. Y alguien en Michoacán o en Zacatecas que sigue necesitando lo mismo cada mes, y alguien aquí que hace la cuenta y manda el doble.
Eso no aparece en ningún indicador de la Reserva Federal. No hay una serie que se llame «obligaciones redistribuidas por deportación». Y sin embargo mueve el consumo de un barrio entero en Los Ángeles, mueve el flujo de divisas de un país de 130 millones de habitantes, y mueve la decisión de si un negocio en un corredor comercial abre el sábado o no abre.
Un estudio de UCLA publicado el 22 de julio le puso número al primero de esos efectos: tres coma dieciséis millones de dólares perdidos en dos semanas, en nueve calles de una sola ciudad. Un año después, el noventa y cinco por ciento de esos negocios sigue en estrés financiero.
Nadie cobró ese costo. Nadie lo pagó tampoco, en el sentido de que nadie lo asumió. Simplemente se distribuyó entre gente que no participó de la decisión que lo produjo.
Vuelvo al capítulo 4.
Lo que me interesa de las reglas de origen no es su contenido, que cambiará en septiembre y volverá a cambiar. Es su método. Para modificar el resultado económico de un tratado no hace falta subir un arancel ni anunciar nada. Basta con mover la línea que define qué está dentro. Nadie sube el impuesto: cambia quién lo evita.
Es una técnica limpísima. Produce el efecto sin producir el titular.
Y es exactamente la técnica que se está aplicando en la otra frontera, la que no está en el mapa. No hace falta cambiar una ley migratoria para reducir la población trabajadora de un sector. Basta con mover la intensidad de la aplicación de la ley que ya existe. Nadie prohibió nada: cambió quién puede quedarse.
Escribo esto desde un país que no es el mío y en el que llevo el tiempo suficiente como para que esa frase ya no sea del todo cierta. Llevo más de veinte libros escritos para explicarle a gente como yo cómo funciona este sistema, y sigo descubriendo que la parte que más importa nunca está donde uno la busca. No está en el discurso. Está en el anexo.
El martes se cumplen dos años del 28 de julio venezolano. Una elección cuyos resultados desagregados nunca se publicaron. Otra vez el papel: no la discusión sobre quién ganó, sino la ausencia del documento que permitiría comprobarlo.
Y el viernes pasado, el presidente de Estados Unidos dijo que Venezuela todavía no está lista para votar.
Tres cosas distintas, en tres lugares distintos, con la misma arquitectura: un porcentaje de contenido regional, una prueba de residencia legal, un acta electoral. En los tres casos, alguien con poder decide dónde va la línea y alguien sin poder descubre después de qué lado quedó.
No tengo un cierre luminoso para esto. Lo que tengo es una recomendación práctica, que es lo único que sé ofrecer.
Aprendan a leer los anexos. En serio. La política que va a cambiarles la vida no se anuncia en una conferencia de prensa: se publica en un documento técnico que nadie cubre porque es aburrido. El porcentaje de contenido regional del capítulo 4. La fecha de la cuarta ronda. El requisito de documentación del programa de asistencia energética. La diferencia entre estar consultado y estar sentado.
Ahí es donde se mueve la línea.
Y saber dónde está la línea no es lo mismo que poder moverla. Pero es la única condición para intentarlo.
Alfredo Yánez
9 libros que te cambian la perspectiva
Finanzas, emprendimiento, migración y más — disponibles en Amazon
VER LIBROS →Inciso
La burla
Washington negocia. Caracas anuncia. Venezuela espera. La asimetría que expone la semana de Venezuela en Nueva York.
Delcy Rodríguez llegó de madrugada a Nueva York y fue recibida por John Barrett, encargado de negocios de Estados Unidos en Venezuela. Es decir: viajó hasta Nueva York para que la recibiera el funcionario estadounidense que puede ver cualquier día en Caracas.
Nadie de la administración Trump fue a recibirla.
Después vinieron las reuniones. Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, António Guterres. Fotos, saludos, conversaciones sobre deuda, petróleo, reconstrucción y futuro.
Y llegó el martes.
Rodríguez tuvo que sentarse frente al podio de Naciones Unidas a escuchar a Donald Trump reivindicar la operación del 3 de enero que terminó con Nicolás Maduro preso en Nueva York.
El mismo Trump que aquel día, desde Mar-a-Lago, resumió en cinco palabras lo que vendría después:
“We’re going to run the country.”
Nosotros vamos a administrar ese país.
Delcy se quedó sentada.
La delegación cubana, cuando Trump habló de Cuba, recogió sus cosas y abandonó el recinto. Rodríguez no. Permaneció allí, acompañada por Jorge Arreaza, Félix Plasencia y parte de su delegación, escuchando al hombre que ordenó entrar en Caracas y llevarse preso al jefe del gobierno del cual ella era vicepresidenta.
Después recorrió el hemiciclo para acercarse a Pedro Sánchez y conseguir otro saludo, otra conversación breve, otra fotografía.
Mientras tanto, otros hablaban de Venezuela.
Lula pedía elecciones. También desde Chile se reclamaba que los venezolanos pudieran expresarse mediante el voto. Y María Corina Machado recibía en Nueva York el Concordia Leadership Award.
Todos hablando de Venezuela.
Menos los venezolanos decidiendo sobre Venezuela.
Y todavía queda una escena.
Trump y Rodríguez tienen previsto encontrarse este martes 22 de septiembre, al final de la agenda del presidente estadounidense en Nueva York. No será una reunión bilateral formal. Será un encuentro al margen de la Asamblea General. Si ocurre, habrá seguramente fotografía.
La asimetría será difícil de esconder.
De un lado, el presidente que ordenó la operación militar del 3 de enero, capturó a Maduro y anunció: “We’re going to run the country.”
Del otro, quien era su vicepresidenta y hoy administra Venezuela.
Y aquí aparece la verdadera burla.
Porque Washington negocia lo que se anuncia en Caracas; Caracas es negociada en Washington.
Petróleo. Oro. Deuda. Inversiones. Sanciones. Presos. Poder.
Todo está sobre alguna mesa.
Mientras tanto, el país que debería decidir sigue esperando.
Rodríguez todavía tendrá su turno ante Naciones Unidas. Subirá al mismo podio desde el cual hoy habló Trump. Pero difícilmente encontrará al presidente estadounidense sentado frente a ella escuchándola, como ella tuvo que escucharlo a él.
Al final, la burla no es contra Delcy Rodríguez.
Ella forma parte de ella.
La burla es contra un país al que unos dicen administrar, otros dicen representar y otros dicen defender, mientras su gente continúa esperando poder decidir.
Washington negocia. Caracas anuncia. Venezuela espera.
Esa es la burla.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el martes 22 de septiembre de 2026
Inciso
La fecha
Una semana, cuatro escenarios y la misma ausencia: la fecha de la elección venezolana.
Una semana, cuatro escenarios y la misma ausencia.
Por Alfredo Yánez Mondragón
Hay semanas en que la política venezolana se escribe sola, y basta con ordenar los hechos para que digan lo que dicen. Esta es una de ellas.
El viernes 18 de septiembre, The Wall Street Journal publicó la entrevista en la que María Corina Machado anuncia que vuelve. No dice cuándo. Dice para qué: para empujar una elección. Y dice lo único que, a su juicio, puede ordenar las tensiones del país: que alguien fije una fecha. No pide cargos, no pide la silla que no le dieron en la mesa del 1 de agosto. Pide un día en el calendario.
El sábado 19, Santiago Peña entró a Miraflores. El mismo presidente que en enero de 2025 reconoció a Edmundo González Urrutia como ganador de la elección de 2024 posó veinte meses después junto a Delcy Rodríguez, con las dos banderas en la puerta. Nadie en Asunción ha explicado todavía qué queda de aquel reconocimiento. No hace falta que lo expliquen. La foto lo dice.
El martes 22, Donald Trump verá a Rodríguez en Nueva York. No será una reunión con delegaciones y comunicado conjunto, será un encuentro al paso. El jueves 24, ella hablará desde el atril de la Asamblea General como jefa de Estado. En la lista de oradores, junto a su nombre, la ONU dejó escrita una nota que ningún discurso podrá borrar: su gobierno aún no ha fijado fecha para elecciones.
Mientras tanto, en Ginebra, la misma organización que le presta el atril recibió un informe que dice que el aparato que persiguió, torturó y encarceló sigue en pie. Sesenta y cuatro casos de tortura después del 3 de enero. Diecinueve funcionarios señalados que siguen en sus cargos. Y un mandato que vence en octubre, en una sala donde Washington, que se retiró del Consejo, no tiene voto.
Cuatro escenarios, entonces, y una sola pieza faltante.
Lo que sí tiene fecha es otra cosa. El acuerdo petrolero de agosto tiene cifras, porcentajes, un operador y un plazo —de 25 o de 100 años, según quién lo cuente—. El petróleo tiene calendario. La democracia, no.
No escribo esto para negar lo que cambió. Hay cientos de presos que salieron. Hay menos desapariciones prolongadas. Hay protestas que antes no se toleraban. Lo reconoce hasta la Misión de la ONU, que no se caracteriza por la indulgencia. Pero la propia Misión advierte que esos cambios son frágiles y reversibles, porque nadie tocó las instituciones que los hicieron posibles. Un cambio que depende de la voluntad de quien lo concede no es una garantía. Es un permiso.
La fecha es lo que convierte un permiso en un derecho. Sin fecha, la transición es una promesa administrada por quien la administra. Con fecha, es un compromiso que se puede exigir, medir y reclamar.
Por eso la pregunta de esta semana no es si Machado vuelve, ni cuánto dura el encuentro de Trump con Rodríguez, ni qué dirá ella el jueves. La pregunta es quién, en Caracas, en Washington o en Nueva York, va a escribir el día.
Mientras nadie lo escriba, todos los demás días del calendario seguirán perteneciendo a otros.
Inciso
Un saludo de pasillo que nadie tendrá que explicar
Los dos necesitan la foto. Y los dos necesitan poder decir que no fue una reunión. Por eso será un saludo.
Escribí esta columna cuando el encuentro todavía se evaluaba. Mientras la escribía, la Casa Blanca lo confirmó a periodistas. Y confirmó también el formato.
Será un pull aside.
Vale la pena detenerse en el término, porque no es un detalle de protocolo: es la definición exacta del asunto.
Un pull aside es, literalmente, apartarse. Es el encuentro que ocurre al margen de otro evento, sin agenda previa, sin delegaciones sentadas, sin comunicado conjunto y sin acta. Dos jefes de gobierno que se cruzan en un pasillo y hablan unos minutos de pie.
No es una cumbre. No es una reunión bilateral. Y precisamente por eso se eligió.
Esa informalidad no es descuido de agenda. Es el punto.
Porque los dos necesitan la foto y los dos necesitan poder decir que no hubo reunión.
Piénselo desde cada lado.
Él tiene que explicarle a su propio electorado por qué le da la mano a una dirigente socialista que fue canciller y vicepresidenta del gobierno que su partido pasó veinte años describiendo como enemigo. Una mujer que desde tribunas internacionales habló del imperio, que defendió causas que en Washington son línea de fractura, y sobre la que pesaban sanciones que se levantaron el 1 de abril de este año.
Y tiene que explicárselo en septiembre, a siete semanas de una elección, cuando una congresista de su propio partido acaba de decirle en español que algunas de sus medidas fueron demasiado lejos.
Ella tiene el problema simétrico y peor.
Tiene que explicarle a lo que queda de su base por qué estrecha la mano del presidente del país al que Hugo Chávez mandó al carajo desde un atril, en un discurso que todavía circula. Del país cuyo gobierno dijo, el 3 de enero, en Mar-a-Lago, que iba a administrar Venezuela. Y del país que mantiene preso, en una cárcel de esa misma ciudad, al hombre del que ella fue vicepresidenta.
Un saludo de pasillo resuelve las dos cosas a la vez.
Él se lleva la imagen y puede sostener que no fue una negociación. Ella se lleva la interlocución y puede sostener que no fue una reunión bilateral. Cada uno cuenta en su casa una historia distinta con el mismo material.
No es la primera vez que la diplomacia inventa un formato para que dos actores hagan algo que ninguno puede admitir del todo. Para eso existe el pull aside, y por eso tiene nombre propio: porque se usa seguido.
Lo que sí es nuevo aquí es la velocidad. Veinte años de antagonismo y ocho meses de otra cosa.
Ahora bien, hay algo que me interesa más que la paradoja, porque la paradoja es fácil y se agota en un tuit.
Lo que me interesa es lo que ese saludo dice sobre dónde estamos.
Reparen en un detalle que se publicó esta semana y que casi nadie subrayó. Dentro de la Casa Blanca hay reservas sobre el encuentro, y el motivo no es que legitime a Caracas. El motivo es el temor de que una imagen de excesiva cercanía con Washington la debilite a ella allá.
Deténganse ahí un segundo.
Eso significa que quien la sostiene calcula que su viabilidad depende de no parecer demasiado sostenida. Y significa, aunque nadie lo diga con esas palabras, que lo que piense el venezolano de a pie entró en el cálculo de alguien en Washington.
Es poco. Pero hace un año no estaba ni en la lista.
También significa otra cosa, menos alentadora. Que la relación es lo bastante estrecha como para que la cercanía sea un riesgo reputacional. Uno no teme parecer demasiado cerca de alguien con quien no lo está.
Hay una frase en ese mismo reporte que describe el asunto mejor que cualquier análisis. Un funcionario dijo que Venezuela es un éxito para el presidente, y que ella es fundamental para ese éxito.
Ahí está todo. Venezuela no es, en ese cálculo, un país con treinta millones de personas, con una economía por reconstruir y con trescientas cuarenta y cuatro personas detenidas por motivos políticos. Es un resultado que se exhibe en campaña. Un logro de gestión.
Y a un logro no se le hacen preguntas incómodas.
Por eso creo que lo que hay que mirar de ese encuentro no es el encuentro.
Es lo que se diga alrededor. El martes hay discurso ante la Asamblea. Ahí caben, si alguien quiere, tres palabras que todavía no se han dicho en ese escenario: cronograma, garantías, excarcelación.
Si en toda esa semana ninguna de las tres aparece, habremos aprendido algo definitivo sobre esta relación, y no hará falta que nadie nos lo explique.
Un pull aside es exactamente lo que dos gobiernos acuerdan cuando quieren avanzar sin comprometerse. Tiene nombre técnico porque el problema que resuelve es viejo.
El problema es que el país que está en el medio sí está comprometido. Lleva veintisiete años comprometido.
Y a nosotros no nos alcanza con un café.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
Publicado el viernes 18 de septiembre de 2026
-
Entrevistas4 meses agoZair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»
-
Política3 meses agoDelcy Rodríguez enfrenta a la prensa internacional: la rueda de prensa que no cerró la brecha
-
Política4 meses agoEl economista, los bonos y Citgo
-
Política4 meses agoRoberto Smith Perera: «La reconstrucción no puede esperar a la elección»
-
Política2 meses agoEl semáforo de las estructuras: qué significa cada color tras el terremoto
-
Especiales3 meses agoMedia vuelta… mar.
-
Inciso5 meses agoLa paciencia de Washington
-
Inciso1 mes agoMárquez sabe qué pasó el 28 de julio
