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Inciso

Entre aguas no se nada, se sobrevive

** Cuando Saab subió al avión del sábado, alguien en Caracas pensó en quién subiría al siguiente. La columna del editor sobre lealtad, traición y reacomodo.

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** Cuando Alex Saab subió al avión del sábado, alguien en Caracas pensó en quién subirá al siguiente. La pregunta no es de morbo. Es de hidráulica. Hay un sistema que está reasentando su peso.

A las nueve y cuarto de la noche del sábado, Alex Saab pisó la pista de Opa-locka escoltado por agentes federales. La operación había empezado mucho antes del despegue. Empezó el 16 de enero, cuando Delcy Rodríguez fusionó dos ministerios para sacarlo del gabinete con una frase ambigua sobre nuevas responsabilidades que nunca llegaron. Empezó antes, el 3 de enero, cuando Nicolás Maduro fue capturado en su propia casa por militares estadounidenses. Empezó incluso antes, en 2018, cuando cuatro periodistas de Armando.info dejaron Venezuela porque habían investigado a Saab y la única forma de seguir investigándolo era irse.

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Lo que terminó este sábado tiene más años que el Gulfstream que aterrizó en Miami. Lo que sigue tiene más nombres que el que descendió del avión.

Hay un verbo que el oficialismo venezolano sabe pronunciar como pocos: pertenecer. La frase «patria, socialismo o muerte» pertenece a esa familia. La frase «yo me la juego», también. La narrativa interna del chavismo, en sus distintas etapas, ha producido durante un cuarto de siglo el lenguaje de la pertenencia como condición. Saab perteneció. Maduro lo protegía, y Saab le respondía. Esa relación tenía un nombre dentro del oficialismo: lealtad. Era el nombre que cubría la operación financiera, la inmunidad diplomática inventada, el cargo en el Centro Internacional de Inversión Productiva, el ministerio en octubre de 2024. Era el nombre que cubría hasta los reportajes de Armando.info: cuando alguien le investiga a tu hombre, defiendes a tu hombre.

Pero la lealtad, dentro de un aparato de poder, no es virtud. Es contrato. Y los contratos vencen cuando una de las partes desaparece. El 3 de enero, una de las partes desapareció. La cárcel federal en Nueva York convirtió a Maduro en una persona, sin atributos políticos, sin capacidad de protección. Cilia Flores también. Lo que quedó en Caracas no es chavismo en el sentido de los últimos veinte años. Es un sistema con la misma estructura institucional, con la misma constitución, con las mismas banderas, pero sin el centro de mando que daba sentido al lenguaje de la pertenencia.

Saab descubrió esa diferencia el 16 de enero. Delcy Rodríguez no es enemiga del chavismo: es de la casa. Pero no es Maduro. Y cuando le pidieron a Saab que entendiera la frase sobre nuevas responsabilidades, le estaban diciendo que el contrato ya no estaba vigente. Diecinueve días después lo detuvieron. Cuatro meses después lo subieron a un avión. Ninguno de esos pasos requirió ruptura ideológica. Requirió aritmética.

La aritmética del rodrigato es esta. Hay un universo finito de nombres con capacidad de hacer daño desde fuera y desde dentro. Cada nombre tiene un costo de retención y un costo de entrega. Cuando el costo de retención supera al de entrega, el nombre sube al avión. Cuando el costo de entrega es mayor, se queda. A Saab lo entregaron. A Raúl Gorrín lo retienen en una celda subterránea de Plaza Venezuela. A Álvaro Pulido, socio histórico de Saab, lo retienen preso en Venezuela desde abril de 2022. La aritmética opera persona por persona, no por bloque.

Lo que está pasando, lo que entró en una fase más visible este sábado, es la limpieza interna del oficialismo. Limpieza no en el sentido moral. Limpieza en el sentido de inventario. Quién sirve, quién pesa, quién es entregable, quién es retenible, quién es desechable. La pregunta que los analistas suelen formular como «hay división en el chavismo» es una pregunta que no captura el momento. No hay división. Hay reacomodo. Que es otra cosa.

En el reacomodo, lo que define no es la lealtad ni la traición. Es la utilidad funcional del momento. Cada figura del oficialismo está siendo, ahora mismo, reevaluada. Quien ha dicho una frase pública sobre la transición, quien ha guardado silencio, quien ha aparecido en una foto con un funcionario extranjero, quien ha tenido reuniones discretas, quien ha movido familia fuera del país, quien ha movido familia hacia adentro: todo es información en el inventario. Lo que el rodrigato hace cada semana es ordenar ese inventario.

Saab era una variable conocida. Entró en la columna de entregables porque su capacidad de daño doméstico era baja y su capacidad de costo internacional era alta. Eso es todo. No hubo emoción. No hubo despedida porque no había nada que despedir.

Lo difícil del momento, para el lector hispano que sigue Venezuela, es no leer esto con el vocabulario que el chavismo nos enseñó a usar. Ese vocabulario habla de revolución, de pertenencia, de traición. Ese vocabulario no describe lo que está pasando. Lo que está pasando es más banal y por eso más grave: un aparato de poder está procesando, en frío, a sus propios cuadros, en función del cálculo de quién le sirve y quién no le sirve, en términos puramente operativos, para sobrevivir a la próxima fase.

La próxima fase, hay que decirlo, no está clara. El plan Rubio enmarca, pero no obliga. Las elecciones que en algún momento se anuncien tendrán que ser organizadas por algún cuerpo, y ese cuerpo todavía no está definido. El gabinete actual fue armado sobre la marcha. Las decisiones económicas se toman en una sala que no comparece. La sucesión, si la hay, será procesada con la misma aritmética que procesó a Saab.

Para los que están en el oficialismo y todavía no han sido evaluados, esta semana es ansiedad. Para los que ya saben que están en la columna de entregables, esta semana es supervivencia. Para los que pertenecen al núcleo Rodríguez, esta semana es trabajo. Decisiones a la mañana, ejecuciones a la tarde. Cada nombre tiene su carpeta. Cada carpeta tiene su semana en el calendario.

Yo no tengo simpatía por nadie del aparato chavista. Eso lo he dicho desde el primer Inciso de este medio. Pero también sé, porque Venezuela lo ha probado una y otra vez, que la peor manera de leer una transición desde fuera es proyectar morales propias sobre la lógica interna del aparato que se desarma. Esa proyección termina sorprendiéndose con cada movimiento, porque espera que el aparato se rompa por donde se rompería un sistema democrático: por contradicción ideológica. Los sistemas como el venezolano no se rompen por ideología. Se reorganizan por costo.

Cuando uno está entre aguas, no se nada. Se sobrevive. Eso es lo que aprendieron Saab antes del sábado, Gorrín desde febrero, Pulido desde 2022. Eso es lo que están aprendiendo, ahora mismo, una docena de figuras del oficialismo cuyos nombres ya están sobre la mesa de quienes deciden. El que entendió primero el verbo nuevo, sobrevive. El que sigue conjugando lealtad, no.

El avión del sábado fue una clase de gramática.

Alfredo Yánez Mondragón es periodista venezolano radicado en Estados Unidos, fundador y editor en jefe de INCÍSOS, autor de nueve libros disponibles en Amazon.

Alfredo Yánez Mondragón
Editor de INCÍSOS

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El Inciso

El limbo

No es dictadura ni es democracia, no es ocupación ni es autogobierno. Venezuela habita un limbo que ningún término existente alcanza a nombrar.

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INCISO

Hay una palabra que la teología medieval inventó para nombrar lo que no tenía nombre: limbo. El lugar de los que no estaban condenados ni salvados, de los que quedaban en el borde, esperando una resolución que no dependía de ellos. Venezuela, en el verano de 2026, vive en un limbo así.

No es una dictadura, porque el usurpador que la gobernó por la fuerza está preso en una celda extranjera desde el 3 de enero. Pero tampoco es una democracia, porque nadie llegó a donde está por el voto. Es un país conducido por una presidenta encargada que no ganó elección alguna y respaldada por una potencia extranjera que diseña la hoja de ruta desde miles de kilómetros. No es una ocupación, porque nadie ha anexado nada ni izado otra bandera. Pero tampoco es autogobierno, porque las decisiones de fondo se toman en despachos de Washington y la cara visible apenas administra lo que otros deciden. Cada término que uno intenta ponerle se queda corto por un lado y le sobra por el otro.

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De ahí nace la incomodidad que muchos sentimos y que pocos se atreven a decir en voz alta. Una exmagistrada lo dijo hace poco, en una plaza, sin eufemismos: ya no hay gobierno. Se puede discutir su conclusión —yo mismo creo que confunde el deseo con el diagnóstico— pero es difícil no reconocer la pregunta que hay debajo. Si quien manda no fue electo, y quien fue electo no manda, y quien realmente decide no es venezolano, ¿de quién es esta soberanía? La pregunta incomoda porque no tiene una respuesta cómoda.

Los que celebraron enero como una liberación empiezan a sentir el sabor de la espera. No es que la caída del usurpador no importara; importó, y mucho. Pero la euforia de una madrugada no es lo mismo que la construcción paciente de una república, y entre una cosa y otra hay un desierto que se cruza a pie. En ese desierto estamos. El plan tiene tres fases y no tiene fechas de cierre. Las asambleas se sientan a negociar mientras la líder que ganó los votos mira desde afuera. El dinero empieza a llegar, pero no se sabe todavía por qué manos pasa. Todo se mueve, y sin embargo nada termina de ocurrir.

He aprendido a desconfiar tanto del optimismo fácil como del derrotismo cómodo. No voy a decir que esto es una traición, porque no lo sé, y porque quienes lo gritan suelen tener menos información de la que aparentan. Tampoco voy a decir que todo va bien, porque sería mentirle al lector que confía en que aquí no se le endulza nada. Lo que puedo decir es lo que veo: un país suspendido, que dejó de ser lo que era sin haber llegado a ser lo que quiere. Un país en el borde.

El limbo, decían los teólogos, no era un castigo. Era una espera. Lo terrible del limbo no es el dolor, es la indefinición: no saber cuánto durará ni hacia dónde se sale. Venezuela sabe de dónde viene. Todavía no sabe adónde va, ni quién tiene derecho a decidirlo. Y mientras esa pregunta siga sin respuesta, ninguna cifra del Fondo Monetario ni ningún comunicado del Departamento de Estado alcanzará para sacarla del borde. De ahí no se sale con dinero ni con avales. Se sale con soberanía, esa palabra que hoy anda extraviada, buscando de quién es.

Alfredo Yánez Mondragón

Alfredo Yánez Mondragón · Fundador y editor en jefe, INCÍSOS

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El Inciso

La casa que se reconstruye sin su arquitecta

Se pretende levantar de nuevo la casa de la democracia venezolana, pero sin la arquitecta que diseñó sus planos y unió a quienes la habitan. Un Inciso sobre la paradoja de una transición que intenta reconstruir la institucionalidad dejando fuera a la fuerza política más articulada en 27 años, la que lideró María Corina Machado.

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Imaginemos una casa que se derrumbó. Durante años, alguien trabajó en sus planos: midió cada muro, calculó cada carga, convenció a los dueños enfrentados de que valía la pena levantarla juntos, y logró lo que nadie había conseguido en mucho tiempo: que todos los que iban a habitarla se pusieran de acuerdo en cómo construirla. Esa persona es la arquitecta. Y ahora, cuando por fin llega el momento de reconstruir, se convoca a los albañiles, se reparten las tareas, se anuncia la obra con fecha de inicio para el 1 de agosto. Solo falta una en la reunión: la arquitecta. A ella no la llamaron. La casa que se va a reconstruir es la institucionalidad democrática de Venezuela, y la arquitecta que quedó fuera se llama María Corina Machado.

No es una metáfora exagerada. Machado hizo, en la política venezolana, exactamente lo que hace una arquitecta: diseñó un plano común donde antes había ruinas y divisiones. Unificó a una oposición que llevaba dos décadas fragmentada en personalismos y estrategias contrapuestas. Ganó las primarias de manera abrumadora. Construyó una estructura política y social como no se había visto en veintisiete años, con una capacidad de convocatoria que hizo temblar al poder. Y cuando la inhabilitaron, no se aferró al protagonismo: cedió su lugar de candidata a Edmundo González, que reivindica haber ganado las presidenciales de 2024. Todo eso lo hizo, además, desde la clandestinidad, perseguida, amenazada. Si hay alguien que diseñó los planos de la casa que Venezuela quiere reconstruir, es ella.

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Y sin embargo, la obra empieza sin la arquitecta. La mesa que se instala el 1 de agosto la integran el chavismo de Jorge Rodríguez y la Asamblea de 2015 de Dinorah Figuera, con el aval y el reposteo del secretario de Estado estadounidense. Se hablará de un nuevo Consejo Nacional Electoral, de garantías, de reformas. Se hablará, en fin, de reconstruir la casa. Pero la persona que diseñó cómo unir a sus habitantes no fue invitada a la reunión donde se decide cómo levantarla. La Plataforma Unitaria la había escogido a ella para encabezar la negociación; el poder prefirió a otra. Y conviene decir con todas sus letras lo que esto significa: se está intentando reconstruir la institucionalidad venezolana dejando afuera a la fuerza política más articulada y más votada que ha tenido el país en más de un cuarto de siglo.

Quienes defienden esta manera de proceder ofrecen un argumento que merece ser escuchado: dicen que es pragmatismo. Que el chavismo jamás se sentaría a la mesa con Machado, a quien ha vetado con saña, y que avanzar por un canal menos confrontativo es la única forma realista de destrabar reformas. Puede que haya algo de cierto en eso. Pero cuidado, porque ese mismo argumento tiene una trampa: si la vara para participar en la reconstrucción de la democracia es no incomodar a quienes la destruyeron, entonces no estamos hablando de una transición, sino de una administración del statu quo con mejores modales. Una casa reconstruida a la medida de lo que toleran quienes la dejaron caer no es una casa nueva: es la misma casa, apenas repintada.

Hay aquí una paradoja que debería inquietarnos a todos, más allá de las simpatías por una u otra figura. Se nos dice que Venezuela avanza hacia la democracia. Pero la democracia es, antes que nada, el gobierno de la voluntad mayoritaria. Y la voluntad mayoritaria de los venezolanos tiene un nombre y un rostro conocidos, expresados en primarias y en las urnas. Dejar a esa voluntad fuera de la mesa donde se decide el futuro del país, en nombre de la democracia, es una contradicción que ninguna retórica alcanza a disolver. No se construye una casa democrática excluyendo a quien tiene el respaldo de la mayoría de sus habitantes. Se construye, en el mejor de los casos, una fachada.

Que quede claro: nada de esto significa que Machado sea infalible, ni que su regreso al centro de la escena esté libre de riesgos, ni que quienes hoy negocian carezcan de toda legitimidad. La política real es más complicada que los símbolos, y una transición necesita muchos actores. Pero una cosa es sumar actores y otra muy distinta es prescindir de la principal. Se puede construir con muchos; no se debería construir sin la arquitecta. Porque cuando se levanta una casa ignorando a quien conoce sus planos, se corre el riesgo de que los muros no encajen, de que la estructura no aguante, y de que, a la primera sacudida, todo vuelva a caer.

Venezuela ya sabe demasiado de casas que se derrumban. Ha visto colapsar edificios de concreto en el terremoto, y ha visto colapsar, durante años, el edificio de su institucionalidad. Merece, esta vez, una reconstrucción hecha con todos sus planos sobre la mesa. Merece que la arquitecta esté en la reunión. No por deferencia hacia una persona, sino por respeto hacia los millones que la eligieron para diseñar el futuro. Reconstruir la casa sin ella no es un atajo hacia la democracia: es el riesgo de volver a levantar, con otros nombres, la misma vieja estructura que se vino abajo. Y esa, para un país que ha sufrido tanto, sería la más amarga de las ironías.

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y director de INCÍSOS.

Nota: El Inciso es la columna de opinión firmada por el director de INCÍSOS. Comenta hechos verificables y expresa una perspectiva editorial; no sustituye la cobertura informativa, regida por criterios de verificación y equilibrio.

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El Inciso

Los miserables quedarán enterrados

«Los miserables quedarán enterrados», dijo Delcy Rodríguez para insultar a sus críticos, mientras a pocos kilómetros aún se recuperaban cuerpos de entre los escombros. Un Inciso sobre una frase que, sin quererlo, retrató al país que gobierna.

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Hay frases que dicen mucho más de lo que su autor quiso decir. El jueves 9 de julio, en un acto con militares en Caraballeda —una de las zonas donde el mar y la montaña se tragaron edificios enteros—, la presidenta encargada Delcy Rodríguez lanzó una de esas frases. Molesta por las críticas a la respuesta del gobierno ante el terremoto, dijo: «Los miserables quedarán enterrados en su perversidad, en su indolencia, en no tener misericordia para aquel que lo necesita». Ella hablaba de sus críticos. Quería insultarlos. Pero pronunció esas palabras —»quedarán enterrados»— en un país donde, a pocos kilómetros de allí, aún se recuperaban cuerpos de entre los escombros. Y así, sin proponérselo, entregó la metáfora más brutal y más certera de estos meses.

Porque los que están enterrados en Venezuela no son los críticos. Son los muertos. Más de cuatro mil, según el último recuento, y la cifra sigue subiendo. Están enterrados bajo el concreto de edificios que no debieron caer, muchos de ellos levantados con la promesa de una vivienda digna. Están enterrados los desaparecidos que nadie termina de contar. Y están, de otro modo, enterrados los vivos: los diecinueve mil que duermen en campamentos, en plazas, en aceras, sin saber si volverán a tener casa; los que esperan una indemnización cuyo monto nadie ha precisado; los que aguardan un plan de reconstrucción cuyo mando y cuyos plazos nadie ha explicado con claridad. Ese es el país enterrado. No el de los «miserables» que señalan el dedo, sino el de las víctimas que el dedo pretende hacer callar.

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La frase tiene, además, una crueldad de fondo que conviene nombrar. Fue dicha para defender el honor de una institución antes que para consolar a un pueblo. Fue dicha para atacar a quienes denuncian la lentitud, la improvisación, la falta de prevención que agravó la tragedia, en lugar de responderles con hechos. Es la vieja gramática del poder que confunde la crítica con la traición y el reclamo con la ofensa. Cuando un gobierno, en medio de miles de muertos, dedica su energía a maldecir a quienes lo cuestionan en vez de a enterrar dignamente a sus muertos y a levantar a sus vivos, algo se ha invertido gravemente en el orden de sus prioridades.

Han pasado poco más de seis meses desde aquel 3 de enero en que cayó la usurpación de Maduro, y el país está atrapado en una extraña penumbra. No es ya la larga noche de antes, pero tampoco es el amanecer que muchos esperaron. Es una madrugada incierta en la que las viejas costumbres del poder conviven con una tragedia nueva. La misma soberbia de siempre, ahora frente a los escombros. El mismo desprecio por la crítica, ahora sobre las ruinas. La transición prometida avanza en los papeles y en los comunicados, pero en el lenguaje de quienes gobiernan asoma, intacta, la vieja lógica: la de dividir el país entre los leales, que estarán «en el altar de la historia», y los miserables, que quedarán enterrados.

Yo prefiero quedarme con la otra lectura de la frase, la que ella no quiso pronunciar pero pronunció. Sí: hay algo que debería quedar enterrado en Venezuela. No las personas —ni las víctimas, ni los críticos, ni nadie—, sino esa manera de gobernar que ve enemigos donde hay dolientes y que responde a las preguntas con anatemas. Ojalá quede enterrada esa indolencia que ella, sin querer, se atribuyó a sí misma al describirla. Porque el país que de verdad quiere renacer sobre sus escombros —y Venezuela quiere, y puede— no lo hará sepultando a quienes preguntan, sino desenterrando la verdad, a los muertos para honrarlos y a los vivos para levantarlos. Lo demás es perversidad. Lo demás es, con su propia palabra, miseria.

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y director de INCÍSOS.

Nota: El Inciso es la columna de opinión firmada por el director de INCÍSOS. Comenta una declaración pública verificable y expresa una perspectiva editorial; no sustituye la cobertura informativa, regida por criterios de verificación y equilibrio. La cita de Delcy Rodríguez corresponde a su intervención del 9 de julio de 2026 en Caraballeda, recogida por diversos medios.

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