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Inciso

Le bailarán las paraparas de los ojos

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Man in suit with shocked expression in a destroyed urban area with smoke and debris

El miércoles 6 de mayo, Donald Trump, en una de sus frecuentes intervenciones ante periodistas, dijo que la gente en Venezuela está bailando en las calles por lo bien que va el proceso desde el 3 de enero. Lo dijo como quien describe una postal: una fiesta nacional ininterrumpida, salsa en cada esquina, alegría desbordada.

Yo me quedé pensando en ese verbo. Bailar.

Lamentablemente, el presidente Trump no ha superado las imágenes de Maduro bailando en tarimas mientras el país se caía a pedazos, mientras sus serviles segundones robaban, mataban, contrabandeaban, extorsionaban, torturaban, a su ritmo, siguiendo su compás y su tumbao.

Esos son los bailes a los que quizá se refiere Trump. Quienes bailan ahora son los mismos que le hacían comparsa a Maduro y hoy están en la primera fila de esa coreografía.

La gente no.

La gente de verdad verdad no tiene ánimos para bailar. Los 28 millones de venezolanos retratados en la más reciente encuesta Encovi de la Universidad Católica Andrés Bello no tienen una cuenta en Citibank que pueden activar bajo tutela, ni reciben directrices de tres fases, ni pueden operar un parlamento gatopardiano que desempolva leyes para que los cambios sirvan para que todo siga igual.

La gente, esa gente, está en otra cosa.

Mientras Trump describía un país festivo desde Washington, tres funcionarios de la Policía de Chacao narraron ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos cómo se cosieron la boca en El Helicoide para no morir tragando lo que les daban, cómo les forraron la cabeza con periódico y cinta adhesiva para torturarlos, cómo aprendieron por qué las personas se suicidan. Una de ellas, Venus Medina, contó que la celda de las mujeres estaba debajo de la celda de castigo y que se quedaban en silencio escuchando las torturas. Un silencio, dijo, que es temor pero también respeto. Eso no es ritmo. Es mortaja.

No se puede bailar cuando un encarcelado, desaparecido en alguna cárcel, muere bajo custodia del Estado, lo entierran y no ofrecen información-decenas de veces solicitadas por su madre- sino hasta diez meses después del hecho. Víctor Quero, el nuevo rostro de la barbarie que sale a bailar, y luego pide superar los hechos, perdonar y regresar.

Los trabajadores marcharon en Caracas hacia la embajada de Estados Unidos para entregar una carta. No fueron a Miraflores, donde está el gobierno. Fueron a la embajada que recién reabrió. Allí pidieron lo que el salario mínimo les niega: que con 130 bolívares al mes, equivalentes a 0,27 dólares, no se puede vivir. Eso no es un tema de tarima.

En Carabobo, los apagones se intensificaron después de los 45 días de racionamiento. En Falcón, los pacientes temen que cierre la unidad de diálisis por falta de personal. En Jesús de Nazareth, San Juan de los Morros, llevan tres días sin electricidad. En Barinas, los partidos opositores se reorganizan. En Mérida, en Maracaibo, en El Tigre. En cada esquina del mapa, lo mismo.

A la gente en Venezuela sí le gusta bailar y sí está lista para una fiesta de varios días, con música de todos los calibres y géneros. Pero este vals hablado de los últimos meses es música luctuosa. Invita al luto.

En el país están pasando cosas. Y muchos ya están escogiendo las playlists. Cuando el DJ —que ni ha querido revelar su nombre artístico— haga sonar la música que este país quiere oír, ahí sí se va a maravillar Trump por el movimiento de caderas en ritmo de joropo, tamunangue, merengue, salsa y tambor.

Y él, al ver aquello, cambiará sus ya famosos pasos porque le comenzarán a bailar las paraparas de los ojos.

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La transición que no llega o la transición sin nosotros

Cuando el lenguaje «estabilización-recuperación-transición» se prolonga sin fechas, deja de ser cronograma para convertirse en estado permanente. Análisis editorial sobre el momento venezolano.

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Hace 132 días que Nicolás Maduro fue capturado en Caracas. Hace 132 días que Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada. Hace 132 días que la administración Trump opera en Venezuela el plan de tres fases que Marco Rubio articula como «estabilización, recuperación, transición».

Y hace 132 días que no hay cronograma electoral.

No hay fecha de fase. No hay meta verificable. No hay convocatoria del Consejo Nacional Electoral. No hay calendario público de cuándo se cierra la fase de estabilización y comienza la fase de recuperación, ni cuándo de la recuperación se pasa a la transición. Lo que sí hay es Estado 51 funcional —cuentas en Nueva York auditadas por KPMG, salarios pagados con dinero del petróleo, Repsol cuantificando un aumento del 10% en gas ante su Junta de Accionistas mientras Delcy Rodríguez camina flanqueada por Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello al regreso de La Haya—.

Cuando un lenguaje de fases se prolonga sin fechas, deja de ser cronograma. Se convierte en estado permanente.

La distinción que importa

Hay dos formas de leer lo que está ocurriendo en Venezuela durante estos 132 días. La primera lectura es positiva: las condiciones materiales mejoraron, el petróleo fluye, las sanciones se desmontan, los acuerdos petroleros operan, la cooperación con Washington produce resultados verificables. En esta lectura, el Plan Rubio funciona como diseño y la pausa en el cronograma electoral es paciencia razonable. Marco Rubio mismo lo formuló así el martes 12 de mayo desde el Air Force One: «apenas han pasado cuatro meses, deberíamos estar satisfechos».

La segunda lectura es distinta. La fase dos del plan ofrece beneficios materiales inmediatos —ingresos petroleros, salarios pagados, importaciones reactivadas— que generan inercia política. Mientras esos beneficios fluyan, ninguno de los actores con poder de decisión tiene incentivo para forzar el avance a la fase tres. Ni Washington, que prefiere cooperación operativa estable. Ni Caracas, que prefiere mantener el aparato sin elecciones competitivas. Ni los inversionistas, que prefieren contratos firmados con la presidenta encargada actual antes que arriesgar el reordenamiento que vendría con cualquier transición real.

En esta segunda lectura, la fase dos no es etapa transitoria. Es modelo operativo.

Lo que la frase del título dice

«La transición que no llega o la transición sin nosotros» nombra los dos escenarios que la diáspora venezolana en Estados Unidos —cerca de 900.000 personas, una proporción significativa con TPS o ajustando estatus migratorio— debe considerar como reales en mayo de 2026.

El primer escenario: la transición no llega. La fase dos se prolonga indefinidamente. El rodrigato consolida cohesión interna —la caminata del 13 de mayo de Delcy con Jorge y Diosdado es la imagen literal de esa cohesión—. Las fechas electorales no se anuncian. El Consejo Nacional Electoral sigue sin pronunciamiento. María Corina Machado queda como referencia simbólica sin participación operativa. Trump se «satisface» con cuatro meses de avance. Rubio define que «no queremos esperar demasiado, pero tampoco quieres moverte demasiado rápido». Y en algún punto del segundo semestre del 2026 o del 2027, la fase dos deja de presentarse como transitoria y empieza a operar como statu quo.

El segundo escenario: la transición llega, pero sin los venezolanos que esperaron afuera. Llega con un cronograma definido por Washington y Caracas, sin participación efectiva de la oposición democrática, sin garantías reales de competencia política, sin posibilidad de retorno seguro para profesionales y familias que construyeron vida en Estados Unidos durante los últimos diez años. Llega como ratificación del modelo operativo actual, no como apertura democrática. Y la diáspora descubre que la conversación sobre Venezuela no la incluyó.

El cálculo de la diáspora

Para los profesionales venezolanos que se reubican durante 2026 —los que dejan Miami por Houston, Charlotte, Nashville, los que toman decisiones de comprar casa, inscribir hijos en escuelas, construir carrera, naturalizarse— el cálculo se hace sin esperar la transición. Se hace asumiendo que la transición, si llega, llegará en términos que no controlamos.

Esa decisión no es derrotismo. Es honestidad. Operar la vida con expectativa de retorno próximo a Venezuela en mayo de 2026 sería autoengaño con costo personal alto. Operar la vida construyendo de manera permanente en Estados Unidos no significa renunciar al país de origen. Significa reconocer que el calendario venezolano no está bajo nuestro control.

Lo que esta edición documenta

INCÍSOS no inventa este cuadro. Lo documenta. Las 31 piezas y el Especial «La Cara B de la transición» que componen la edición de hoy ofrecen evidencia con fechas, fuentes y métricas verificables: la confirmación de Rubio en Fox News del mecanismo financiero, el retrato oficial de Delcy en la FANB, la caminata del triunvirato, la cuantificación de Imaz del 10% en gas, los 132 días sin cronograma electoral. Cada pieza, sola, es noticia. La edición completa, sumada, es diagnóstico.

El diagnóstico no es esperanza ni desesperanza. Es información sobre dónde estamos.

Lo que viene

La fase tres del plan Rubio puede activarse en cualquier momento durante los próximos doce a veinticuatro meses. Puede activarse de manera que incluya a la oposición democrática. Puede activarse de manera que la excluya. Puede no activarse y consolidar el modelo actual como permanente.

La diáspora venezolana en Estados Unidos tiene una sola tarea operativa frente a estos tres escenarios: mantener la conversación. No la nostálgica. La política. La que documenta, analiza, exige claridad, denuncia cuando corresponde, y construye espacios donde el caso venezolano no se reduce a transacciones petroleras entre Washington y Caracas.

Esa conversación es la razón de ser de INCÍSOS. Y por eso esta edición, este viernes 15 de mayo, cierra con esta frase: la transición que no llega o la transición sin nosotros. Cualquiera de los dos escenarios exige que sigamos hablando.

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Inciso

De facto

Una periodista dijo al aire que el de Delcy Rodríguez es un gobierno de facto. Al día siguiente se disculpó. La disculpa ratifica el calificativo.

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Una periodista dijo al aire que el de Delcy Rodríguez es un gobierno de facto. Al día siguiente se disculpó. Esa disculpa, de facto, refrendó el calificativo del día anterior.

Lo que ocurrió fue lo siguiente. Una periodista venezolana, al aire, en una señal abierta, dijo lo que la gramática política venezolana viene dejando flotar desde el 3 de enero: que el de Delcy Rodríguez es un gobierno de facto. Veinticuatro horas después, la misma periodista, en la misma señal, pidió disculpas. Reformuló. Bajó el calificativo. Dijo otra cosa, más prudente, menos exacta.

La disculpa, sin proponérselo, ratificó lo dicho.

Porque lo que ratifica un calificativo no es la insistencia. Es la corrección.

Si el adjetivo hubiese sido injusto, la rectificación habría sido suficiente y el público habría seguido adelante. Pero el adjetivo había tocado un punto vivo. Y al día siguiente, la voz que lo había usado tuvo que retroceder. La retirada operativa, en política del lenguaje, es la confirmación más elocuente de que el adjetivo daba en la diana. Si no diera en la diana, nadie tendría que pedir disculpas por usarlo.

Crisis de significado

En las páginas de Incisos —el libro, no el medio— alguien describe una crisis particular: la de las palabras que dejan de querer decir lo que decían. Esa crisis no es metafórica. Tiene un costo concreto. Cuando una sociedad pierde la posibilidad de nombrar lo que ve, pierde simultáneamente la posibilidad de transformarlo. Lo innombrable no se reforma, no se vota, no se discute en mesa pública. Se administra desde las sombras.

Venezuela atraviesa, desde antes del 3 de enero, una crisis de significado. La transición democrática se nombra «tutelaje». La administración encargada se llama «interina» cuando lo cómodo, y «de facto» cuando lo incómodo. Los presos políticos son «detenidos» en el comunicado oficial, «excarcelables» en los anuncios de Arreaza, y «moneda de canje» en los análisis francos. El petróleo en custodia se describe como «medida temporal». Las elecciones se proyectan como «cuando estén dadas las condiciones». Y la palabra «soberanía» —que el chavismo histórico convirtió en cláusula universal de su retórica— aparece ahora en comunicados que celebran la operación que sacó a Maduro por la fuerza desde Caracas.

Cada una de esas palabras, leída despacio, esconde un eufemismo. Y cada eufemismo es una pieza del mismo dispositivo: la negativa colectiva a nombrar, en términos políticos precisos, lo que está pasando.

Qué significa, exactamente, «gobierno de facto»

El concepto no es retórica. Es categoría jurídica y politológica con bibliografía. Un gobierno de facto es aquel que ejerce el poder sin un mandato derivado de un proceso electoral libre, verificable y reconocido por la ciudadanía bajo cuya soberanía gobierna. Puede ejercerse con violencia o sin ella. Puede tener apoyo internacional o no. Puede operar con eficiencia administrativa o no. Lo que lo define no es la calidad de su gestión: es el origen no electoral de su autoridad.

Delcy Rodríguez no fue electa para ser presidenta encargada de Venezuela. Fue ungida —el verbo es de la propia tradición chavista— por una secuencia operativa: la captura de Maduro el 3 de enero, la negociación de Doha en la que la oposición electa no participó, el reconocimiento de Washington a cambio de petróleo y deuda. La cadena legal por la cual ella ejerce el poder no se reconstruye a partir de un voto. Se reconstruye a partir de una operación.

Eso no es un juicio moral. Es una descripción categorial. La palabra técnica que la describe se llama «gobierno de facto». La incomodidad que el término genera no viene de su inexactitud. Viene de que es exacto.

Por qué causa angustia

Hay una pregunta que la disculpa de la periodista vuelve obligatoria. ¿Por qué la palabra «de facto» genera tanta ofensa en sus destinatarios?

No es porque sea inexacta. Hay rangos enteros de la descripción venezolana —los presos políticos, las muertes bajo custodia, la opacidad presupuestaria— frente a los cuales el régimen, encargado o el anterior, ha mostrado una paciencia notable. Las cifras de Foro Penal no han generado disculpas de ninguna periodista. Las muertes documentadas tampoco. La fragilidad del marco jurídico de la transición tampoco.

«De facto» causa angustia porque desnuda la pretensión de continuidad institucional. La administración encargada necesita ser leída como «presidente legítimo en circunstancias excepcionales». No como «autoridad sin mandato electoral». La primera lectura permite recibir embajadores, firmar acuerdos de deuda, ungir reestructuraciones. La segunda obliga a una pregunta más incómoda: ¿quién, exactamente, autorizó a esa autoridad a comprometer el patrimonio futuro de un país?

La construcción «de facto» activa esa pregunta. Por eso quien la usa, en la señal abierta de un país que vive bajo régimen administrado, recibe la presión institucional para retirarla. No porque el adjetivo sea falso. Porque es funcional.

La rectificación que confirma

Hay un viejo principio del periodismo, y una vieja regla del análisis del discurso, que dicen lo mismo con distintos vocabularios. La corrección al aire de un adjetivo previamente emitido no neutraliza el adjetivo: lo subraya. Lo coloca en el plano de la disputa. Lo convierte en término marcado.

Cuando la periodista volvió al día siguiente a pedir disculpas, hizo algo distinto de lo que quería hacer. Pretendía cerrar un episodio. Lo que produjo fue documentación pública de que el episodio era real. Si el calificativo hubiese sido casual, anodino, sin carga política, ninguna disculpa habría sido necesaria. La disculpa es la evidencia del peso del adjetivo. Y, por extensión, evidencia de la precisión del adjetivo.

«De facto» pasó, por la vía de la rectificación, de ser un término técnico a ser un término marcado. Lo seguirá siendo. La próxima vez que una voz en señal abierta lo use, sabrá que lo está usando. Y cuando lo evite, sabrá que lo está evitando. La autocensura, una vez activada, no se vuelve a desactivar fácilmente.

Cómo dejar de ser un gobierno de facto

La pregunta de fondo es la que ningún comunicado oficial venezolano se hace en público. Si hoy la administración encargada es —por origen, por procedimiento, por reconocimiento— un gobierno de facto, ¿cuáles serían las condiciones para que dejara de serlo?

La lista es corta. Una. Convocatoria formal a elecciones libres, transparentes, observadas internacionalmente, con todos los partidos compitiendo y todos los candidatos elegibles. Dos. Calendario electoral con fechas concretas, no condicionadas a «cuando estén dadas las condiciones» que la misma administración define. Tres. Plena participación de la oposición que ganó el 28 de julio de 2024, en particular del candidato cuyo triunfo fue documentado con actas. Cuatro. Liberación completa de los presos políticos antes de la convocatoria, no como ofrenda final del proceso. Cinco. Ratificación, por el gobierno electo, de los compromisos firmados durante el período encargado, sin clausula de irreversibilidad. Seis. Auditoría pública de los ingresos petroleros y de los acuerdos comerciales firmados durante la administración encargada.

Cumplidos esos seis puntos, la siguiente autoridad de Venezuela no se llamará «de facto». Se llamará «gobierno». Sin apellido. Sin tutela. Sin asterisco.

Ninguno de los seis puntos está, al cierre de mayo de 2026, en agenda visible.

De ahí la angustia. De ahí la disculpa. De ahí también la repetición exacta del adjetivo en este texto: porque hay que decirlo en voz alta una vez más antes de que la autocensura cierre del todo la puerta del lenguaje.

Si esto es lo que un país puede permitirse llamar «administración», entonces sí: la pregunta del Inciso es real. ¿Cómo se deja de ser un gobierno de facto, sin apellido, ni tutelado, ni interino?

De la respuesta dependen muchas cosas. Entre ellas, no sobresaltarse por una licencia léxica que habría podido escurrirse entre tanta razón sobreexpuesta. Pero que, de facto, la han hecho sobresalir.


Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe · INCÍSOS

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Inciso

Decíamos ayer, decimos hoy

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Hay frases que solo se entienden cuando el tiempo las explica. Una de ellas la dijo la madre de Hugo Marino al periodista César Batiz, en El Pitazo, el 8 de mayo: «No quisiera que ninguna otra madre tenga que pasar por este calvario que nos ha tocado vivir». La frase se dijo dos días después de que el régimen confirmara, después de diez meses de silencio, que Víctor Hugo Quero Navas había muerto bajo custodia.

El domingo siguiente fue Día de la Madre en Venezuela. El lunes, 31 expresidentes del Grupo IDEA emitieron declaración formal exigiendo el cese del poder de los responsables identificados por Naciones Unidas. El martes, el Secretario General de la ONU dijo desde Nairobi que la caída de Maduro fue posible por «grandes complicidades dentro del sistema político venezolano». Esa misma noche, María Corina Machado le dijo a NPR que la nueva elección venezolana es una concesión a Trump y Rubio. El miércoles, Trump firmó licencias para que más empresas estadounidenses operen sobre el petróleo venezolano.

En cinco días, cinco frentes simultáneos. Y en el centro, sin embargo, una sola pregunta: ¿qué hace una madre que lleva 2.579 días contando los días en que no ha vuelto a ver a su hijo?

Hace lo que ha hecho cada día durante siete años. Publica el conteo. Exige fe de vida. Nombra al desaparecido. Y nos recuerda, sin pretenderlo, que detrás de cada acuerdo internacional firmado en otro idioma, detrás de cada licencia OFAC, detrás de cada análisis geopolítico, detrás de cada concesión negociada, hay personas que esperan. Personas para quienes ningún acuerdo de petróleo, ninguna firma diplomática, ningún cambio de presidente, va a cerrar el agujero.

Decíamos ayer que el mundo se mueve rápido. Decimos hoy que algunas heridas no se mueven a esa misma velocidad. Que el rodrigato puede firmar contratos, que la Cancillería puede invocar artículos de la Carta, que Washington puede ejecutar fases. Pero que en una casa de Caracas, una mujer va a despertarse mañana, va a tomar su celular, va a abrir Twitter, y va a escribir, con la disciplina de quien sabe que es lo único que puede hacer: día 2.580.

Y que es a ella, no a Trump, no a Xi, no a Rubio, no a Delcy, a quien al final de todo, esta historia debe responder.

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