Inciso
De facto
Una periodista dijo al aire que el de Delcy Rodríguez es un gobierno de facto. Al día siguiente se disculpó. La disculpa ratifica el calificativo.
Una periodista dijo al aire que el de Delcy Rodríguez es un gobierno de facto. Al día siguiente se disculpó. Esa disculpa, de facto, refrendó el calificativo del día anterior.
Lo que ocurrió fue lo siguiente. Una periodista venezolana, al aire, en una señal abierta, dijo lo que la gramática política venezolana viene dejando flotar desde el 3 de enero: que el de Delcy Rodríguez es un gobierno de facto. Veinticuatro horas después, la misma periodista, en la misma señal, pidió disculpas. Reformuló. Bajó el calificativo. Dijo otra cosa, más prudente, menos exacta.
La disculpa, sin proponérselo, ratificó lo dicho.
Porque lo que ratifica un calificativo no es la insistencia. Es la corrección.
Si el adjetivo hubiese sido injusto, la rectificación habría sido suficiente y el público habría seguido adelante. Pero el adjetivo había tocado un punto vivo. Y al día siguiente, la voz que lo había usado tuvo que retroceder. La retirada operativa, en política del lenguaje, es la confirmación más elocuente de que el adjetivo daba en la diana. Si no diera en la diana, nadie tendría que pedir disculpas por usarlo.
Crisis de significado
En las páginas de Incisos —el libro, no el medio— alguien describe una crisis particular: la de las palabras que dejan de querer decir lo que decían. Esa crisis no es metafórica. Tiene un costo concreto. Cuando una sociedad pierde la posibilidad de nombrar lo que ve, pierde simultáneamente la posibilidad de transformarlo. Lo innombrable no se reforma, no se vota, no se discute en mesa pública. Se administra desde las sombras.
Venezuela atraviesa, desde antes del 3 de enero, una crisis de significado. La transición democrática se nombra «tutelaje». La administración encargada se llama «interina» cuando lo cómodo, y «de facto» cuando lo incómodo. Los presos políticos son «detenidos» en el comunicado oficial, «excarcelables» en los anuncios de Arreaza, y «moneda de canje» en los análisis francos. El petróleo en custodia se describe como «medida temporal». Las elecciones se proyectan como «cuando estén dadas las condiciones». Y la palabra «soberanía» —que el chavismo histórico convirtió en cláusula universal de su retórica— aparece ahora en comunicados que celebran la operación que sacó a Maduro por la fuerza desde Caracas.
Cada una de esas palabras, leída despacio, esconde un eufemismo. Y cada eufemismo es una pieza del mismo dispositivo: la negativa colectiva a nombrar, en términos políticos precisos, lo que está pasando.
Qué significa, exactamente, «gobierno de facto»
El concepto no es retórica. Es categoría jurídica y politológica con bibliografía. Un gobierno de facto es aquel que ejerce el poder sin un mandato derivado de un proceso electoral libre, verificable y reconocido por la ciudadanía bajo cuya soberanía gobierna. Puede ejercerse con violencia o sin ella. Puede tener apoyo internacional o no. Puede operar con eficiencia administrativa o no. Lo que lo define no es la calidad de su gestión: es el origen no electoral de su autoridad.
Delcy Rodríguez no fue electa para ser presidenta encargada de Venezuela. Fue ungida —el verbo es de la propia tradición chavista— por una secuencia operativa: la captura de Maduro el 3 de enero, la negociación de Doha en la que la oposición electa no participó, el reconocimiento de Washington a cambio de petróleo y deuda. La cadena legal por la cual ella ejerce el poder no se reconstruye a partir de un voto. Se reconstruye a partir de una operación.
Eso no es un juicio moral. Es una descripción categorial. La palabra técnica que la describe se llama «gobierno de facto». La incomodidad que el término genera no viene de su inexactitud. Viene de que es exacto.
Por qué causa angustia
Hay una pregunta que la disculpa de la periodista vuelve obligatoria. ¿Por qué la palabra «de facto» genera tanta ofensa en sus destinatarios?
No es porque sea inexacta. Hay rangos enteros de la descripción venezolana —los presos políticos, las muertes bajo custodia, la opacidad presupuestaria— frente a los cuales el régimen, encargado o el anterior, ha mostrado una paciencia notable. Las cifras de Foro Penal no han generado disculpas de ninguna periodista. Las muertes documentadas tampoco. La fragilidad del marco jurídico de la transición tampoco.
«De facto» causa angustia porque desnuda la pretensión de continuidad institucional. La administración encargada necesita ser leída como «presidente legítimo en circunstancias excepcionales». No como «autoridad sin mandato electoral». La primera lectura permite recibir embajadores, firmar acuerdos de deuda, ungir reestructuraciones. La segunda obliga a una pregunta más incómoda: ¿quién, exactamente, autorizó a esa autoridad a comprometer el patrimonio futuro de un país?
La construcción «de facto» activa esa pregunta. Por eso quien la usa, en la señal abierta de un país que vive bajo régimen administrado, recibe la presión institucional para retirarla. No porque el adjetivo sea falso. Porque es funcional.
La rectificación que confirma
Hay un viejo principio del periodismo, y una vieja regla del análisis del discurso, que dicen lo mismo con distintos vocabularios. La corrección al aire de un adjetivo previamente emitido no neutraliza el adjetivo: lo subraya. Lo coloca en el plano de la disputa. Lo convierte en término marcado.
Cuando la periodista volvió al día siguiente a pedir disculpas, hizo algo distinto de lo que quería hacer. Pretendía cerrar un episodio. Lo que produjo fue documentación pública de que el episodio era real. Si el calificativo hubiese sido casual, anodino, sin carga política, ninguna disculpa habría sido necesaria. La disculpa es la evidencia del peso del adjetivo. Y, por extensión, evidencia de la precisión del adjetivo.
«De facto» pasó, por la vía de la rectificación, de ser un término técnico a ser un término marcado. Lo seguirá siendo. La próxima vez que una voz en señal abierta lo use, sabrá que lo está usando. Y cuando lo evite, sabrá que lo está evitando. La autocensura, una vez activada, no se vuelve a desactivar fácilmente.
Cómo dejar de ser un gobierno de facto
La pregunta de fondo es la que ningún comunicado oficial venezolano se hace en público. Si hoy la administración encargada es —por origen, por procedimiento, por reconocimiento— un gobierno de facto, ¿cuáles serían las condiciones para que dejara de serlo?
La lista es corta. Una. Convocatoria formal a elecciones libres, transparentes, observadas internacionalmente, con todos los partidos compitiendo y todos los candidatos elegibles. Dos. Calendario electoral con fechas concretas, no condicionadas a «cuando estén dadas las condiciones» que la misma administración define. Tres. Plena participación de la oposición que ganó el 28 de julio de 2024, en particular del candidato cuyo triunfo fue documentado con actas. Cuatro. Liberación completa de los presos políticos antes de la convocatoria, no como ofrenda final del proceso. Cinco. Ratificación, por el gobierno electo, de los compromisos firmados durante el período encargado, sin clausula de irreversibilidad. Seis. Auditoría pública de los ingresos petroleros y de los acuerdos comerciales firmados durante la administración encargada.
Cumplidos esos seis puntos, la siguiente autoridad de Venezuela no se llamará «de facto». Se llamará «gobierno». Sin apellido. Sin tutela. Sin asterisco.
Ninguno de los seis puntos está, al cierre de mayo de 2026, en agenda visible.
De ahí la angustia. De ahí la disculpa. De ahí también la repetición exacta del adjetivo en este texto: porque hay que decirlo en voz alta una vez más antes de que la autocensura cierre del todo la puerta del lenguaje.
Si esto es lo que un país puede permitirse llamar «administración», entonces sí: la pregunta del Inciso es real. ¿Cómo se deja de ser un gobierno de facto, sin apellido, ni tutelado, ni interino?
De la respuesta dependen muchas cosas. Entre ellas, no sobresaltarse por una licencia léxica que habría podido escurrirse entre tanta razón sobreexpuesta. Pero que, de facto, la han hecho sobresalir.
Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe · INCÍSOS
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Decíamos ayer, decimos hoy
Hay frases que solo se entienden cuando el tiempo las explica. Una de ellas la dijo la madre de Hugo Marino al periodista César Batiz, en El Pitazo, el 8 de mayo: «No quisiera que ninguna otra madre tenga que pasar por este calvario que nos ha tocado vivir». La frase se dijo dos días después de que el régimen confirmara, después de diez meses de silencio, que Víctor Hugo Quero Navas había muerto bajo custodia.
El domingo siguiente fue Día de la Madre en Venezuela. El lunes, 31 expresidentes del Grupo IDEA emitieron declaración formal exigiendo el cese del poder de los responsables identificados por Naciones Unidas. El martes, el Secretario General de la ONU dijo desde Nairobi que la caída de Maduro fue posible por «grandes complicidades dentro del sistema político venezolano». Esa misma noche, María Corina Machado le dijo a NPR que la nueva elección venezolana es una concesión a Trump y Rubio. El miércoles, Trump firmó licencias para que más empresas estadounidenses operen sobre el petróleo venezolano.
En cinco días, cinco frentes simultáneos. Y en el centro, sin embargo, una sola pregunta: ¿qué hace una madre que lleva 2.579 días contando los días en que no ha vuelto a ver a su hijo?
Hace lo que ha hecho cada día durante siete años. Publica el conteo. Exige fe de vida. Nombra al desaparecido. Y nos recuerda, sin pretenderlo, que detrás de cada acuerdo internacional firmado en otro idioma, detrás de cada licencia OFAC, detrás de cada análisis geopolítico, detrás de cada concesión negociada, hay personas que esperan. Personas para quienes ningún acuerdo de petróleo, ninguna firma diplomática, ningún cambio de presidente, va a cerrar el agujero.
Decíamos ayer que el mundo se mueve rápido. Decimos hoy que algunas heridas no se mueven a esa misma velocidad. Que el rodrigato puede firmar contratos, que la Cancillería puede invocar artículos de la Carta, que Washington puede ejecutar fases. Pero que en una casa de Caracas, una mujer va a despertarse mañana, va a tomar su celular, va a abrir Twitter, y va a escribir, con la disciplina de quien sabe que es lo único que puede hacer: día 2.580.
Y que es a ella, no a Trump, no a Xi, no a Rubio, no a Delcy, a quien al final de todo, esta historia debe responder.
Inciso
Pensar seriamente
Trump dice que está pensando seriamente en convertir a Venezuela en el Estado 51 de la unión americana. La pregunta es qué significa pensar seriamente. Y si alguien, en Washington o en Caracas, está pensando seriamente el país.
Para cuando comiencen los primeros clics sobre las notas que componen esta edición de INCÍSOS, el mundo tendrá horas leyendo y comentando el titular según el cual Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, está pensando seriamente en convertir a Venezuela en el Estado 51 de la unión americana.
Ya lo había dicho. Muchos lo tomaron como broma. En la rueda de prensa del 3 de enero, tras la captura de Maduro, lo había anunciado sin necesidad de llamarlo así.
Más allá de los pensamientos en voz alta transmitidos por la televisión nacional y amplificados por las redes en todo el mundo, la pregunta es qué significa pensar seriamente.
El Estado Libre Asociado de Puerto Rico lleva décadas pidiendo la estadidad y Washington no se la ha ofrecido en serio. Venezuela jamás la ha pedido y Washington la pone sobre la mesa por su cuenta. La asimetría es difícil de no notar.
Pensar seriamente, ¿implica un capricho, un desafío, un plan?
Pensar seriamente, ¿es una decisión unilateral de un presidente en ejercicio o es una propuesta que debe debatirse en el seno de un país, y obviamente dentro del otro?
¿Puede ser serio lanzar una propuesta de este calibre así, como quien plantea cambiar el nombre de una calle para rendir homenaje a algún héroe hasta entonces anónimo?
Y dentro de Venezuela, a lo interno de los venezolanos, ¿hay alguien que esté pensando seriamente en ser el Estado 51? Más todavía: ¿hay alguien que, más allá de las ambiciones personales y del reacomodo institucional —y también personal—, esté pensando seriamente el país?
No se trata de la falsa soberanía ni de la nostalgia por la visión de los libertadores. Esa visión hoy aparece vuelta rastrojos ante el pensamiento serio de quien ve baile donde hay dolor, de quien ve prosperidad donde solo se enumeran apagones, crisis disímiles y depauperación tutelada.
Sí. Es perentorio pensar seriamente.
—
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon orientados a la comunidad hispana en Estados Unidos.
Inciso
Irrelevante
El emprendedor real no compite contra mezquindades viejas. Compite contra el algoritmo y contra la inteligencia no artificial de quienes ya decidieron qué se lee, qué sirve como meme y cuál es la línea que hay que seguir.
Circula en redes la fábula amable de que cuando un amigo decide emprender, sus colegas lo acompañan con lo único que importa: la compra, la recomendación, el apoyo real. Bonita la fábula. Lo que sucede de verdad se parece más a la frase bíblica de que nadie es profeta en su tierra, y a la verdad menos confesable de que el buen corazón se sintetiza en «yo quiero que te vaya bien, pero no mejor que a mí».
Lo nuevo, sin embargo, no es la mezquindad ajena. Lo nuevo es el algoritmo.
El algoritmo no entiende del beneficio de la duda. Vive de la inmediatez, de la repetición, del titular que se lee en tres segundos. Y a su sombra opera lo que yo llamaría la inteligencia no artificial de quienes ya decidieron qué se lee, qué sirve como meme y cuál es la línea que hay que seguir. Esa decisión previa, tomada por audiencias que se reconocen por reflejo en la cancioncita pegajosa o en el remoquete de la marca personal, es la verdadera barrera para cualquier propuesta que no venga empacada con los códigos del momento.
Llevo veinte años proponiendo sistemas, contextos y explicaciones que el algoritmo no premia. Recientemente he sumado libros, un medio, una conversación sostenida. Sé de qué hablo cuando digo que romper el molde, intentar ganar un espacio con contexto, análisis y criterio, no es difícil por falta de propuesta. Es difícil porque cada propuesta concreta encuentra tres respuestas: se le denigra por incómoda, se le sobreevalúa para descartarla, o simplemente se le ignora.
Por años hemos repetido el «y tú, ¿qué propones?». Y cuando alguien propone, descubrimos que la pregunta era retórica.
Para quien emprende con convicción, eso pasa a ser otra cosa. No hobbie, no pérdida de tiempo, no acto contracorriente. Es aporte. Es legado frente al ruido. Es trabajo sostenido contra la sensación enfermiza de que los likes dicen más que el esfuerzo, y de que las métricas pesan más que la dedicación.
Pero también es verdad que en algún momento, sin aviso, alguien va a descubrir contenido real, contrastado, validado, sensato. Polémica y debate, a veces fuera de la caja. Y entonces, desde ese entonces, todo aquello que estaba pasando debajo de la mesa va a dejar de ser irrelevante.
Eso es lo que hace cualquiera que emprende en serio: trabajar para ese momento. No para el algoritmo.
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