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Política

Hoy le toca a Venezuela en La Haya

Las audiencias orales sobre el fondo iniciaron el lunes y concluyen el 11 de mayo. Guyana abrió con el argumento de que el laudo de 1899 es válido y vinculante. Venezuela presenta sus argumentos esta semana mientras su gobierno interino, encabezado por Delcy Rodríguez, ya anunció en agosto pasado que ignorará el fallo. Es el caso territorial más consecuente de la región y uno de los más vigilados del derecho internacional contemporáneo.

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Recuadro 6W P3

El caso 171 del registro de la Corte Internacional de Justicia se llama formalmente «Arbitral Award of 3 October 1899 (Guyana v. Venezuela)». La denominación es técnica y conviene retenerla. Lo que está en juego en La Haya esta semana no es la frontera entre dos países amigos —es la validez de un laudo arbitral firmado hace ciento veintisiete años, en una época anterior al sistema de derecho internacional actual, por jueces que ya no existen, en representación de imperios que ya no existen. Y al mismo tiempo, lo que está en juego es petróleo, territorio, soberanía y la pregunta más incómoda del derecho internacional contemporáneo: qué hace la comunidad internacional cuando una de las partes anuncia, antes del fallo, que no lo va a acatar.

El laudo de 1899 y la matemática del territorio

En octubre de 1899, un tribunal arbitral compuesto por dos jueces británicos, dos jueces estadounidenses y un quinto miembro ruso —Frederic de Martens— decidió por unanimidad la frontera entre la entonces colonia de la Guayana Británica y Venezuela. Cinco mil páginas de argumentos. Doscientas horas de audiencias orales. El laudo asignó a Guyana el territorio entre los ríos Esequibo y Cuyuní y mantuvo para Venezuela la desembocadura del Orinoco. En 1905, ambas partes firmaron un acuerdo que delimitó físicamente la frontera.

Durante seis décadas, Venezuela respetó el laudo. Incluyó la frontera en sus mapas oficiales y en su legislación. En 1962, en vísperas de la independencia de Guyana, Venezuela cambió de posición. Argumentó que el laudo había sido producto de colusión entre los árbitros británicos y el árbitro ruso, basándose en una nota privada de uno de los abogados estadounidenses publicada póstumamente. En 1966, justo antes de la independencia de Guyana, ambos países y el Reino Unido firmaron el Acuerdo de Ginebra para resolver bilateralmente la controversia que Venezuela había abierto.

Por más de cinco décadas, las negociaciones bajo el Acuerdo de Ginebra no produjeron resultado. En 2018, el secretario general de Naciones Unidas determinó que la vía adecuada era la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia. Guyana presentó su demanda en marzo de ese año. El proceso ha avanzado por dos fases previas —jurisdicción y admisibilidad— ambas resueltas a favor de Guyana en 2020 y 2023 respectivamente. La fase actual —audiencias orales sobre los méritos— es la última antes del fallo.

El argumento que abrió Guyana el lunes

El canciller guyanés Hugh Hilton Todd inauguró las audiencias el lunes 4 de mayo describiendo el caso con una expresión que conviene retener: «cualidad existencial». Es la frase que sintetiza la posición jurídica del país. La región del Esequibo representa setenta por ciento del territorio actual de Guyana. Su pérdida no sería un ajuste fronterizo. Sería el desmembramiento del Estado. La embajadora Donnett Street agregó cifras: 313.175 personas viven en la región, incluyendo nueve grupos indígenas, y la zona contiene la reserva forestal de Iwokrama —que el equipo guyanés llamó «el corazón verde» del país— además de yacimientos minerales y petroleros.

El argumento jurídico de Guyana se construye sobre dos pilares. Primero: el laudo de 1899 es válido en derecho internacional. La vinculación procesal de Venezuela durante la arbitración fue voluntaria, los procedimientos cumplieron con los estándares de la época, y Venezuela aceptó el resultado durante seis décadas. Segundo: las acciones venezolanas posteriores —el referendo consultivo de diciembre de 2023, la Ley Orgánica para la Defensa de la Guayana Esequiba de abril de 2024, los decretos administrativos creando dependencias en territorio guyanés, la actividad militar en la frontera— constituyen violaciones tanto de las medidas provisionales emitidas por la Corte como del derecho internacional general.

Pierre d’Argent, integrante del equipo legal de Guyana, fue directo: calificó los argumentos venezolanos como extensos, innecesariamente controvertidos y confusos, y agregó que ninguno es nuevo y que la Corte ya los rechazó en fases previas.

El argumento que presentará Venezuela esta semana

Yván Gil, canciller venezolano y jefe de la delegación, anunció el 2 de mayo —dos días antes del inicio de las audiencias— que Venezuela participaría en el proceso «para presentar su verdad histórica» pero reiterando que «no reconoce la jurisdicción de la Corte sobre la disputa». Es una posición jurídicamente compleja: comparecer ante una corte cuya jurisdicción se rechaza es una contradicción que el sistema internacional contemporáneo permite pero que erosiona la posición procesal del país.

Los argumentos venezolanos giran en torno a cuatro líneas principales que pueden anticiparse a partir de los escritos previos. Primera: el Acuerdo de Ginebra de 1966 anuló jurídicamente el laudo de 1899 y solo establece negociación bilateral como vía de resolución. Segunda: la nota Mallet-Prevost —publicada en 1949 y atribuida a uno de los abogados estadounidenses de Venezuela en el arbitraje original— prueba que hubo un acuerdo previo entre los árbitros británicos y el ruso. Tercera: el laudo es nulo desde su origen por presunto fraude procesal. Cuarta: la incorporación del Reino Unido como tercero indispensable invalida la jurisdicción de la Corte sin su participación.

Esos argumentos han sido desestimados o no acogidos por la Corte en sus dos sentencias previas (jurisdicción 2020, admisibilidad 2023). Volverlos a presentar en la fase de méritos es una continuidad estratégica más que una novedad jurídica.

Lo que dijo Delcy Rodríguez en agosto

El elemento que distingue este caso de cualquier otro litigio territorial reciente es la declaración pública de la presidenta interina Delcy Rodríguez en agosto de 2025: Venezuela ignorará el fallo final de la Corte. Es una declaración con tres lecturas combinadas que conviene desagregar.

Primera lectura: continuidad de la posición chavista. Maduro había declarado lo mismo varias veces antes de su captura el 3 de enero de 2026. La transición tutelada que comenzó con Rodríguez al frente del Ejecutivo no modificó esta posición. La razón es política: la posición sobre el Esequibo es uno de los pocos puntos de consenso entre el chavismo residual y la oposición democrática venezolana. Ningún gobierno venezolano —de cualquier color— puede ceder territorialmente sin pagar costo político interno enorme.

Segunda lectura: Delcy Rodríguez tiene razones personales para sostener la posición. Como vicepresidenta de Maduro entre 2018 y enero de 2026, supervisó directamente el caso ante la Corte. Su nombre y su firma están en los escritos venezolanos. Modificar la posición ahora la pondría en una situación insostenible.

Tercera lectura: el desafío al sistema multilateral es funcional para Caracas en el corto plazo, pero costoso en el mediano. Una vez que la Corte falle, si Venezuela no acata, el caso pasa al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Allí Estados Unidos —que apoya a Guyana— tiene asiento permanente. Y Venezuela ya no tiene la red de aliados internacionales que tuvo en años anteriores.

El símbolo del broche

Un detalle de abril cobró peso simbólico esta semana. Delcy Rodríguez, durante su primera gira internacional como presidenta interina —visitas a Granada y Barbados después de la captura de Maduro—, lució un broche con la forma de Venezuela incluyendo el Esequibo. El presidente de Guyana, Irfaan Ali, escribió formalmente al presidente de turno de CARICOM, Terrance Drew, protestándolo. Funcionarios venezolanos, presentadores de televisión estatal y legisladores han incorporado el broche en apariciones públicas desde la captura de Maduro. La continuidad simbólica entre el régimen anterior y la administración interina queda así explícita.

El factor petrolero

Guyana produce hoy aproximadamente setecientos cincuenta mil barriles diarios de petróleo. Su economía creció sesenta y tres por ciento en 2022 y cuarenta y tres por ciento en 2024. La mayor parte de esa producción proviene de yacimientos en y alrededor del Esequibo, descubiertos por ExxonMobil, Hess Corporation y CNOOC en la década pasada. La región contiene además depósitos de oro, diamantes y bauxita significativos.

Para entender la matemática económica: Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo pero su producción ha caído por décadas de subinversión, sanciones y gestión deficiente. Guyana, en cambio, tiene infraestructura de producción nueva, contratos con majors internacionales y una trayectoria de quince años de cumplimiento contractual estable. Si la Corte fallara a favor de Venezuela —escenario que los observadores jurídicos consideran improbable—, la inversión en el área entraría en limbo regulatorio durante años. La predictibilidad jurídica que las majors necesitan para sostener producción a esta escala desaparecería.

Es por eso que Estados Unidos, la Unión Europea, la Comunidad Británica de Naciones, la Organización de Estados Americanos y CARICOM han respaldado la posición guyanesa. No es solidaridad caribeña abstracta —es interés económico concreto en preservar la zona como territorio jurisdiccionalmente claro.

El factor estadounidense

La administración Trump tiene una posición incómoda. Por un lado, ha respaldado a Guyana —el secretario de Estado Marco Rubio sostuvo encuentros con el presidente Irfaan Ali a inicios del año— y ha tratado el Esequibo como zona estratégica. Por otro lado, ha optado por trabajar con la transición tutelada en Caracas, incluyendo el reconocimiento formal de Delcy Rodríguez como presidenta interina el 9 de marzo de 2026 y la concesión de licencias de OFAC sobre el sector petrolero venezolano.

Esa contradicción se resolverá probablemente con el fallo. Si la Corte ratifica el laudo de 1899, Washington tendrá que decidir qué precio está dispuesto a pagar para que Caracas acate. Si Venezuela no acata, las herramientas son sanciones petroleras, reactivación de la presión militar regional, o uso del Consejo de Seguridad. Cada una de esas decisiones afecta el delicado equilibrio que la transición tutelada en Caracas ha alcanzado en los últimos cuatro meses.

Lo que el fallo no resolverá

Conviene cerrar con una nota analítica que el debate periodístico tiende a omitir. El fallo de la Corte —que se espera en los meses posteriores al cierre de las audiencias— resolverá la cuestión jurídica del laudo de 1899. Lo más probable es que confirme su validez. Pero el fallo no resolverá automáticamente la cuestión territorial. Esa requiere acatamiento. Y el acatamiento requiere una combinación de presión internacional, voluntad política interna, y costo aceptable de la cesión.

Para Venezuela —cualquier gobierno venezolano, hoy y en el escenario electoral del plan de cuarenta semanas que María Corina Machado ha planteado— ceder territorio reclamado durante seis décadas tiene costo político imposible de asumir sin garantías compensatorias significativas. Esas garantías no existen en el menú actual de la diplomacia internacional.

Lo que se decide en La Haya esta semana es el primer paso de una negociación que durará años. La Corte dará el marco jurídico. Lo que ocurra con ese marco depende de variables políticas que están fuera del Palacio de la Paz.

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Política

Trump llega a Beijing más débil de lo que admite, y el hemisferio entero lo nota

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Hay viajes presidenciales que se hacen para celebrar una posición. Y hay viajes que se hacen porque no quedaba otro remedio. La visita de Donald Trump a Beijing los días 14 y 15 de mayo de 2026 pertenece a la segunda categoría, por más que la Casa Blanca trabaje el relato en sentido contrario.

Es la primera visita de un presidente estadounidense a China en casi nueve años. Y es también la primera vez en este segundo mandato que Trump llega a una mesa de negociación sin las herramientas con las que construyó su política exterior durante el primer año. Sin aranceles ilimitados, porque la Suprema Corte se los tumbó en febrero. Sin guerra comercial en curso, porque la perdió en 2025 cuando Xi amenazó con cortar tierras raras y Trump retrocedió. Sin precios de petróleo bajos, porque la guerra con Irán mantiene el Estrecho de Hormuz tensionado. Y sin la popularidad doméstica que sostenía la doctrina de imprevisibilidad. Lo que llega a Beijing no es el Trump del «arte del deal». Es un presidente que necesita la cumbre más de lo que querría admitirlo.

Ficha 6W · Lo esencial
Qué Donald Trump realiza visita de Estado a la República Popular China los días 14 y 15 de mayo de 2026. Es la primera visita de un presidente estadounidense a China desde 2017. La agenda formal incluye comercio, Taiwán, la guerra de Irán, inteligencia artificial, tierras raras y minerales críticos.
Quién Donald Trump, Xi Jinping. Delegación empresarial estadounidense: Elon Musk (Tesla), Tim Cook (Apple), Larry Fink (BlackRock), Kelly Ortberg (Boeing), directivos de Citigroup, entre otros. En la antesala diplomática: el canciller iraní Abbas Araghchi (visita Beijing la semana anterior). Después del viaje: visita prevista de Vladimir Putin a Beijing.
Cuándo Llegada miércoles 13 de mayo por la noche. Ceremonia oficial y reuniones jueves 14 y viernes 15. Cumbre originalmente prevista para marzo-abril, pospuesta tras el inicio de la guerra contra Irán el 28 de febrero.
Dónde Beijing. Gran Salón del Pueblo, Templo del Cielo, residencia oficial china para banquetes de Estado.
Por qué El reordenamiento global que opera la administración Trump en su segundo mandato necesita estabilizar la relación con China para sostener el resto de su arquitectura geopolítica, incluida la negociación venezolana. Beijing llega con cartas que no tenía en 2017: tierras raras, control de cadenas de electrotech, posición sobre Irán y peso financiero. Washington llega con menos cartas de las que tenía hace dieciocho meses.
Cómo Análisis construido sobre reportes de CSIS, Council on Foreign Relations, Washington Post, CNBC, Time, South China Morning Post, Reuters y EFE, contrastados con declaraciones oficiales recientes de Wang Yi, Marco Rubio.

Lo que Xi ganó antes de recibirlo

Para entender el viaje, hay que entender qué pasó durante 2025. Trump empezó su segundo mandato con la herramienta de la primera presidencia ampliada al extremo: aranceles «recíprocos» que llegaron a superar el 140% sobre bienes chinos. Xi respondió con lo que en Beijing se llama informalmente la «break glass tool»: amenaza explícita de cortar el suministro de tierras raras y de magnetos que las industrias estadounidenses necesitan para fabricar desde autos eléctricos hasta sistemas de defensa. Lo amenazó en abril de 2025. Lo amenazó otra vez en octubre. En ambas ocasiones, Trump cedió.

En febrero de 2026, la Suprema Corte de Estados Unidos declaró inconstitucional el régimen de aranceles «recíprocos». Trump perdió la herramienta arancelaria que era central a su política exterior. Y en el momento en que la perdió, Xi adoptó una medida adicional: suspendió exportaciones de una gama amplia de tierras raras y prohibió la venta de semiconductores de la china Nexperia al mercado estadounidense. Las cadenas industriales europeas, japonesas, surcoreanas y norteamericanas se vieron afectadas de inmediato. Beijing demostró, en términos prácticos, que controla nodos críticos de la economía manufacturera global que ninguna alternativa cercana puede sustituir en plazos cortos.

Por eso Trump va a Beijing. No para celebrar. Para tratar de estabilizar.

La guerra que ningún lado ganó (todavía)

El otro elemento del cuadro es Irán. La administración Trump, junto con Israel, inició operaciones militares contra Irán el 28 de febrero de 2026. La predicción inicial era una campaña de cuatro a seis semanas. Lleva más de dos meses y medio. El Estrecho de Hormuz, por donde pasa una porción significativa del petróleo y gas global, está bajo bloqueo dual. Los precios de la energía están elevados. Y China, que es el mayor socio comercial de Irán y el principal comprador de su petróleo, es uno de los pocos actores con capacidad real de mover la aguja diplomáticamente.

La semana pasada, el canciller iraní Abbas Araghchi visitó Beijing. La semana siguiente al viaje de Trump, Putin tiene previsto visitar también la capital china. Xi está orquestando deliberadamente una secuencia: recibe a Irán antes que a Estados Unidos, recibe a Estados Unidos en el medio, y recibe a Rusia después. El mensaje es claro y se entiende en cualquier idioma: las piezas críticas del tablero global pasan por mi mesa, no por la tuya.

Para Trump, esto significa que llega a la cumbre necesitando que Xi presione a Teherán para reabrir el Estrecho de Hormuz. No es una solicitud cualquiera. Es un favor que Beijing puede cobrar caro en otras divisas: Taiwán, acceso a tecnología de inteligencia artificial, levantamiento de sanciones sobre empresas chinas, condiciones favorables en el comercio bilateral.

La delegación empresarial como acto declarativo

A esta cumbre Trump no llega solo. Lo acompañan Elon Musk, Tim Cook, Larry Fink, Kelly Ortberg y directivos de Citigroup, entre otros. Más de una docena de líderes empresariales. La presencia de esta delegación cumple varias funciones simultáneas. La primera, decorativa: poblar el viaje de imágenes que sugieren oportunidad. La segunda, transaccional: que cada CEO traiga compromisos de compra o de inversión que permitan a ambos gobiernos anunciar «victorias» sustanciales al final del encuentro. La tercera, y probablemente la más importante, es de presión interna: cuando los CEO de las principales empresas estadounidenses sienten que necesitan acceso al mercado chino, la lógica de «desacoplamiento» predicada por una porción del Partido Republicano se vuelve difícil de sostener.

Conviene leer este detalle: la delegación es más pequeña que la que acompañó a Trump en su visita a Arabia Saudita el año pasado, cuando viajaron más de treinta líderes corporativos. Una delegación de doce o trece nombres es delegación de trabajo, no de espectáculo. Indica que las empresas estadounidenses están dispuestas a acompañar el viaje siempre y cuando produzca resultados concretos, pero que el entusiasmo del sector privado por la doctrina trumpista hacia China no es tan robusto como hace dieciocho meses.

Lo que China hará y lo que no hará

El análisis más sereno de la cumbre proviene del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales y del Council on Foreign Relations, dos centros de pensamiento donde la tradición de leer a China sin entusiasmo trumpista pero también sin hostilidad ideológica está bien establecida. Su lectura combinada es la siguiente. China llegará con capacidad para resistir a Trump en sanciones, controles tecnológicos, minerales críticos e Irán. Pero la disposición misma de Xi a recibir al presidente estadounidense en una visita de Estado, con todo el aparato ceremonial chino, indica que Beijing necesita esa cumbre menos que Washington pero más de lo que aparenta. Una economía china desacelerada, presiones demográficas internas, tensiones financieras en el sector inmobiliario y un sector exportador buscando estabilidad, hacen que Xi prefiera, en este momento, un equilibrio negociado a una confrontación abierta.

Lo que no hará Xi es ceder en los puntos donde tiene ventaja estructural. No abrirá el flujo de tierras raras sin condiciones. No reducirá el control sobre las cadenas de electrotech. No aceptará restricciones operativas a sus empresas en sectores de inteligencia artificial. Y, sobre todo, no negociará Taiwán a la baja. Wang Yi, principal diplomático chino, le dijo a Marco Rubio en una llamada del 30 de abril que Taiwán es «el mayor punto de riesgo» en la relación bilateral, y le exigió a Washington «cumplir sus promesas» y «tomar las decisiones correctas».

Lo que sí hará China es ofrecer concesiones simbólicas y comerciales que ambos lados puedan presentar como victoria: compras de soya, eventualmente algunas concesiones puntuales en aviación o energía, acuerdos generales sobre uso de inteligencia artificial en armas nucleares (que ya existía con Biden y puede reactivarse), comunicados conjuntos sobre cooperación en clima y salud pública. Lo suficiente para que el viaje produzca titulares positivos y para que la relación bilateral se estabilice durante al menos los próximos seis meses.

El hilo venezolano

Hay una pieza menor en esta cumbre que conviene seguir, porque conecta directamente con el resto de la edición. Venezuela. China prestó a Caracas más de sesenta mil millones de dólares en créditos respaldados por petróleo entre 2007 y 2015. Buena parte de esa deuda nunca fue pagada en términos del principal. Cuando Maduro fue capturado el 3 de enero, Beijing perdió bruscamente al deudor con el que había negociado durante quince años. Las estimaciones más conservadoras hablan de unos veinte mil millones de dólares de deuda activa que China quiere asegurar en cualquier reestructuración. La administración Rodríguez, tutelada por Washington, no tiene ni la autonomía ni el incentivo para reconocer esa deuda automáticamente.

Trump ha sugerido que China y Rusia pueden seguir comprando crudo venezolano mientras Estados Unidos administre la transición. La frase suena generosa pero esconde una posición negociadora dura: el crudo que Beijing quiera comprar será administrado por las empresas estadounidenses que ahora retoman concesiones en Venezuela. Es decir, China compra, pero no controla. Y la deuda histórica queda como pieza de negociación.

En la cumbre de Beijing, Venezuela no será tema central. Pero será uno de los muchos asuntos donde Xi puede preguntar discretamente, sin presionar, qué espacio queda para los intereses chinos en el rediseño del hemisferio occidental. La respuesta de Trump, sea cual sea, marcará la línea de lo que Washington está dispuesto a conceder en su patio trasero para sostener la estabilidad del Pacífico. Y la lectura que haga Beijing de esa respuesta determinará si la «asociación estratégica a largo plazo» entre Caracas y Washington puede consolidarse sin obstrucción china, o si Xi prefiere recordarle a Trump, por vías indirectas, que aún tiene cartas que jugar en América Latina.

El nuevo orden, sin entusiasmo

Lo que ocurra en Beijing los próximos dos días no resolverá la relación bilateral más importante del mundo. Pero sí marcará la temperatura. Si la cumbre produce comunicados conjuntos, concesiones simbólicas y un calendario regular de reuniones futuras —Xi en Washington en septiembre, Trump en el APEC de Shenzhen en noviembre, Xi otra vez en el G20 de Miami en diciembre—, lo que se estará dibujando es un nuevo equilibrio basado en la administración mutua del desacuerdo, no en su resolución. China y Estados Unidos no van a hacerse aliados. Van a aprender a coexistir mientras compiten por nodos críticos de la economía global.

Para el resto del mundo, incluido el hemisferio occidental, lo que se juega en esa coexistencia es relevante. Significa que las potencias medias —Brasil, México, Argentina, Colombia, Venezuela también— operarán durante los próximos años en un sistema donde las dos grandes capitales negocian bilateralmente, donde los foros multilaterales pesan cada vez menos, y donde cada país tendrá que escoger con qué velocidad y con qué condiciones se inserta en cuál de las dos cadenas de valor. El mundo de Bretton Woods está cerrado. El mundo que lo reemplaza no tiene nombre todavía. Pero los primeros contornos se están firmando, con tinta provisional, en mesas como la del Gran Salón del Pueblo esta semana.

Trump llega con menos cartas de las que querría. Xi lo sabe. La diplomacia china, paciente como pocas, lleva décadas esperando exactamente este momento.

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Política

Una semana después: el método Venezuela, ensayado sobre México

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Una semana es tiempo suficiente. El miércoles 6 de mayo de 2026, en una alocución desde la Casa Blanca, Donald Trump dijo dos frases que merecen ser leídas en conjunto: que «los cárteles gobiernan México» y que, si el gobierno mexicano «no va a hacer el trabajo», lo hará Estados Unidos. La primera define al adversario. La segunda anuncia la herramienta. Entre las dos, queda enunciado un programa político que en otras circunstancias hubiera sido recibido como amenaza diplomática extrema, pero que ahora se procesa como una declaración más en una serie que se va volviendo rutinaria. El problema con esa normalización es que oculta lo que efectivamente está ocurriendo. Una semana después de las declaraciones, con la respuesta de Claudia Sheinbaum ya emitida y el ciclo informativo desplazado hacia otros frentes, conviene preguntarse no qué pasó esta semana sino qué viene. Y para entender qué viene, hay que reconocer el método.

Ficha 6W · Lo esencial
Qué El 6 de mayo de 2026, Donald Trump afirmó desde la Casa Blanca que «los cárteles gobiernan México» y advirtió que Estados Unidos ejecutará acciones terrestres si el gobierno mexicano no actúa contra el narcotráfico. La presidenta Claudia Sheinbaum respondió al día siguiente con cifras de su estrategia de seguridad. Una semana después, la administración estadounidense prepara nuevas acusaciones formales contra funcionarios mexicanos.
Quién Donald Trump, Claudia Sheinbaum, Marco Rubio (Secretario de Estado), Todd Blanche (Fiscal General interino de EE.UU.), Ronald Johnson (embajador de EE.UU. en México). Cárteles designados como organizaciones terroristas extranjeras: Cártel de Sinaloa, CJNG. Funcionarios mexicanos formalmente acusados: gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya y nueve funcionarios más.
Cuándo Designación de cárteles como organizaciones terroristas: principios de 2025. Inicio de ataques marítimos en el Caribe y Pacífico: mediados de 2025 (190 muertos en ocho meses). Acusación formal a Rocha Moya y otros: 9 de abril de 2026. Declaraciones de Trump sobre «los cárteles gobiernan México» y la fase terrestre: 6 de mayo de 2026.
Dónde Frontera México-Estados Unidos. Estados mexicanos con mayor concentración del conflicto: Sinaloa, Chihuahua, Jalisco, Tamaulipas. Aguas internacionales del Caribe y Pacífico oriental.
Por qué La administración Trump ha construido un patrón de presión sobre gobiernos que considera incapaces o cómplices del crimen organizado. Ese patrón —el «método» probado en Venezuela durante 2024 y 2025 hasta la operación del 3 de enero— se está aplicando hoy sobre México, aunque las condiciones estructurales del caso mexicano lo hacen significativamente más complejo.
Cómo Análisis comparativo del patrón de escalada estadounidense sobre Venezuela (2024-2026) y la secuencia actual sobre México (2025-2026), construido sobre fuentes de la administración Trump, la administración Sheinbaum, La Jornada, Excélsior, Milenio, El Financiero, Telemundo, Infobae y The Washington Post.

Los pasos del método

Hay una secuencia que se repite. El primer paso es la redefinición jurídica del adversario. En Venezuela, fue la calificación del régimen como «narcoestado» articulado alrededor del Cartel de los Soles. En México, fue la designación oficial del Cártel de Sinaloa y del CJNG como organizaciones terroristas extranjeras, decretada por Trump al regresar a la Casa Blanca en 2025. Esa redefinición tiene una función práctica clave: trasladar el conflicto del marco penal (donde rige cooperación bilateral, extradiciones, debido proceso) al marco antiterrorista (donde rige uso de la fuerza militar, acción unilateral, doctrina de «amenaza directa a la seguridad nacional»).

El segundo paso es la presión sobre actores específicos del Estado adversario. En Venezuela, fueron las sanciones individuales contra funcionarios del régimen, las acusaciones formales contra Maduro y Cabello por narcotráfico, las recompensas millonarias por información que llevara a su captura. En México, comienza con la acusación formal del 9 de abril contra el gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya y otros nueve funcionarios, y con el anuncio del fiscal general interino Todd Blanche de que vendrán más acusaciones. Lo que se construye con cada acusación es la idea de un Estado capturado por el adversario, y por tanto incapaz de ser interlocutor confiable.

El tercer paso es la demostración de capacidad militar limitada. En Venezuela, fueron los ataques a embarcaciones supuestamente vinculadas al narcotráfico en aguas del Caribe durante 2024 y 2025. En México, son los mismos ataques, ahora extendidos al Pacífico oriental: 190 muertos en ocho meses según cifras del propio Comando Sur. Cada ataque cumple dos funciones: producir resultados operativos (interceptar drogas, supuestamente) y normalizar la idea de que Estados Unidos opera militarmente, sin pedir permiso, contra blancos en territorios aledaños a otros Estados.

El cuarto paso es la apertura retórica de la «fase terrestre». En Venezuela, esa apertura llegó cuando Trump comenzó a hablar abiertamente de «todas las opciones sobre la mesa» durante la segunda mitad de 2025, hasta culminar en la operación del 3 de enero. En México, esa apertura se inauguró el 6 de mayo con la frase de la «fase terrestre» que «es mucho más fácil» que la marítima. No es retórica al pasar. Es señal.

El quinto paso, en el caso venezolano, fue la operación militar directa. Que ese paso se ejecute o no en México depende de variables que conviene examinar con cuidado.

Lo que la respuesta de Sheinbaum dice y lo que no dice

La respuesta de Claudia Sheinbaum del 7 de mayo siguió un libreto cuidadoso. Presentó cifras: 50% menos homicidios dolosos, 2.500 laboratorios destruidos, reducción del paso de fentanilo. Reconoció la cooperación: México ha entregado a más de 100 narcotraficantes de alto impacto. Reafirmó el principio: la cooperación continúa «siempre y cuando tengamos muy claro que no se viola la soberanía». Y agregó una observación, citada menos pero significativa: que Estados Unidos también tiene «un problema grave de consumo» que tendría que reconocer, junto con la responsabilidad estadounidense en el tráfico de armas hacia México.

Lo que Sheinbaum no dijo es tan revelador como lo que dijo. No anunció represalias diplomáticas. No llamó a consultas al embajador mexicano en Washington. No suspendió ningún acuerdo bilateral. No solicitó reunión con el Consejo de Seguridad de la OEA. No invocó tratados de soberanía. La respuesta fue, deliberadamente, una respuesta de baja intensidad. La razón es transparente: México no puede permitirse romper con Estados Unidos. El 80% de sus exportaciones tienen ese destino. Las remesas que sostienen millones de hogares dependen del estatus migratorio de la diáspora mexicana en Estados Unidos. La política industrial de los próximos años pasa por la negociación del T-MEC. Sheinbaum está jugando un equilibrio: rechazar la intervención, mostrar resultados internos, evitar la confrontación abierta, y ganar tiempo.

El problema es que el tiempo, en este patrón, suele jugar en contra del actor presionado, no a su favor. Cada semana de espera es una semana en la que la administración estadounidense acumula expedientes, prepara más acusaciones formales y normaliza el lenguaje militar.

Las diferencias que sí importan

Aquí es donde el caso mexicano se separa estructuralmente del venezolano, y donde el «método» encuentra sus límites reales. Cinco diferencias merecen registro.

La primera es la integración económica. La economía estadounidense depende de México de una manera que jamás dependió de Venezuela. Las cadenas automotrices, electrónicas, agrícolas y manufactureras del Medio Oeste y del Sur estadounidense pasan por suelo mexicano. Una operación militar contra cárteles que perturbe la frontera o desestabilice estados productivos provocaría daño inmediato a sectores económicos enteros del propio votante trumpista. El cálculo costo-beneficio que llevó a la Casa Blanca a actuar contra Maduro —un Estado pobre, aislado internacionalmente, sin integración productiva con Estados Unidos— no se replica con México.

La segunda es la dimensión migratoria. La frontera México-Estados Unidos es la frontera política más sensible de la administración Trump. Cualquier operación militar transfronteriza, aunque sea limitada y quirúrgica, produciría desplazamientos internos en México, presión migratoria adicional hacia el norte, y una crisis humanitaria que convertiría a la frontera en escenario imposible de administrar políticamente.

La tercera es la dimensión política mexicana. Sheinbaum llegó a la Presidencia con el 60% del voto. La 4T, con todos sus defectos, mantiene cohesión interna y respaldo legislativo. No hay en México un equivalente del María Corina Machado venezolano: una figura opositora con legitimidad electoral demostrable que Estados Unidos pueda reconocer como gobierno paralelo y a la que pueda transferir poder en caso de intervención. El vacío sería absoluto, y eso lo saben tanto en Washington como en Ciudad de México.

La cuarta es la dimensión militar. Las Fuerzas Armadas Mexicanas tienen entrenamiento, capacidad operativa y, sobre todo, alianzas internas con sectores políticos y empresariales que Venezuela nunca tuvo. Una operación contra los cárteles en territorio mexicano enfrentaría la respuesta del propio Estado mexicano, lo cual escalaría inmediatamente el conflicto a una dimensión interestatal que la administración Trump no querría ni podría sostener.

La quinta es la dimensión hemisférica. Los gobiernos de América Latina, incluso aquellos alineados con Washington, observaron la operación en Venezuela con incomodidad. Una operación similar en México produciría rechazo continental amplio, alteraría los equilibrios regionales que la administración Trump construye con dificultad, y aceleraría iniciativas como las que Brasil, Colombia y la propia Sheinbaum vienen explorando para crear arquitecturas regionales menos dependientes de Washington.

Lo que sí va a ocurrir

Sumadas las cinco diferencias, una operación terrestre directa parece improbable en el corto plazo. Pero lo improbable de la operación no significa que la presión vaya a ceder. Lo que es altamente probable es:

Que sigan los ataques en aguas internacionales contra embarcaciones, ampliándose en frecuencia y geografía. Que se sumen nuevas acusaciones formales contra funcionarios mexicanos, particularmente de Morena, en una secuencia diseñada para fracturar la cohesión política interna del oficialismo. Que el embajador Ronald Johnson aumente su presencia visible en estados y sectores donde existe oposición a la 4T. Que se utilicen las herramientas migratorias, arancelarias y comerciales como palanca para arrancar concesiones específicas: extradiciones, presencia ampliada de DEA, autorizaciones para operativos conjuntos, posiblemente uso limitado del espacio aéreo mexicano. Que la conversación pública estadounidense, alimentada por una administración que necesita victorias visibles, mantenga vivo el lenguaje militar incluso cuando el operativo no se ejecute.

El objetivo de fondo, leído con cuidado, no parece ser la intervención militar. Parece ser una de dos cosas, o ambas simultáneamente. La primera, doblegar la posición política de Sheinbaum hasta que la cooperación cruce la línea de lo que la Constitución mexicana define como soberanía, abriendo así una vía de acceso operativo estadounidense de facto. La segunda, debilitar electoralmente a Morena de cara a las elecciones intermedias de 2027 y al recambio presidencial de 2030, instalando en el discurso público mexicano la idea de un oficialismo capturado.

El espejo venezolano

Si algo enseña la experiencia venezolana, es que el método trumpista no necesita ejecutarse plenamente para producir resultados. Maduro cayó por una operación militar, pero el camino que llevó a esa operación se construyó durante años con sanciones, acusaciones, ataques marítimos, declaraciones públicas y presión hemisférica. El régimen mexicano —la 4T, con todas sus diferencias democráticas y de legitimidad respecto al chavismo— está hoy en la fase media de ese camino. La pregunta no es si Estados Unidos invadirá México. La pregunta es cuánto cede el gobierno mexicano antes de que la presión deje de ser sostenible.

Y allí, otra vez, conviene mirar el espejo venezolano. María Corina Machado terminó aceptando, en una entrevista a NPR el lunes pasado, que la nueva elección venezolana es una concesión a Trump y a Rubio, no una decisión propia. La frase ya circula por la diplomacia mexicana como advertencia silenciosa. Cuando Washington plantea un camino, el costo de no aceptarlo es escalada. Y cuando el camino se acepta, el costo es renunciar a piezas centrales de la soberanía declarada.

Sheinbaum lo sabe. Trump también. La negociación real, aunque ninguno la enuncie así, ya está en curso.

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Política

Cuando la diáspora empieza a aprenderse otro himno

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Hay un detalle pequeño que se ve en las redes de la diáspora venezolana desde mediados de 2025. Cada vez más venezolanos publican videos de ceremonias de ciudadanía. La música es la misma, la canción es la misma, los gestos protocolares son los mismos. Lo que cambia es la frecuencia. Lo que era ocasional se volvió semanal. Lo que era anecdótico se volvió cotidiano. Y lo que era confesión privada —»me hice ciudadano»— se transformó en declaración pública. Frente a una administración Trump que ha modificado profundamente las reglas migratorias, la lógica de muchas familias venezolanas residentes en Estados Unidos pasó de «esto ya es mi casa» a «esto ya tiene que ser mi casa en términos legales completos». Es una transformación silenciosa, profunda, y con consecuencias políticas que no se han procesado todavía.

Ficha 6W · Lo esencial
Qué Aceleración de procesos de naturalización en la diáspora venezolana residente en Estados Unidos durante 2025 y 2026, motivada por el endurecimiento de políticas migratorias de la administración Trump y el cambio de incentivos estructurales para residentes permanentes.
Quién Diáspora venezolana en Estados Unidos (estimada entre 800.000 y 1,2 millones de personas, según fuentes oficiales y censales). Servicio de Ciudadanía e Inmigración (USCIS). Organizaciones legales que asisten naturalizaciones.
Cuándo Tendencia documentada desde el primer trimestre de 2025. Aceleración significativa durante el segundo semestre de 2025 y primer semestre de 2026, coincidiendo con la operación contra Maduro (3 de enero), el fin de programas TPS y parole humanitario, y la intensificación de actividad de ICE.
Dónde Estados con mayor concentración venezolana: Florida, Texas, Georgia, Carolina del Norte, Ohio. Ceremonias de naturalización en oficinas USCIS locales.
Por qué El cambio del marco político estadounidense, que ha reducido protecciones temporales para venezolanos y endurecido controles migratorios, ha invertido la lógica de costo-beneficio que muchos venezolanos hacían sobre mantener exclusivamente residencia permanente. Ahora, la ciudadanía es protección legal definitiva.
Cómo Análisis construido sobre datos USCIS, comunicaciones de organizaciones de servicios migratorios, observación de patrones públicos en redes sociales de la diáspora venezolana, y conversaciones documentadas con abogados migratorios en Florida, Texas y Ohio.

La doctrina Trump y la imprevisibilidad como instrumento

Para entender el fenómeno, conviene partir de un marco analítico que circula desde los años setenta. La «madman theory» o teoría del loco, desarrollada por Henry Kissinger y aplicada por Richard Nixon durante su primer mandato. La tesis es simple: si las partes adversarias creen que el negociador puede actuar irracionalmente, las concesiones se obtienen más rápido y más profundas. La imprevisibilidad, cuando es deliberada, es ventaja. El observador externo no puede calcular costos con certidumbre, así que cede más temprano.

Donald Trump no actúa por capricho. Cultiva imprevisibilidad como instrumento. Anuncia operaciones que después suspende. Amenaza con aranceles que después retira. Declara guerras y firma treguas. Acusa funcionarios extranjeros y después negocia con ellos. El efecto acumulado es que ningún actor —gobierno, empresa, organización, persona individual— puede planificar a mediano plazo basándose en la consistencia de la política estadounidense. Esa inestabilidad es exactamente el efecto buscado.

Para la diáspora venezolana, esa inestabilidad se tradujo en un cálculo concreto. La residencia permanente, que durante décadas fue considerada estatus protector suficiente, dejó de serlo. Trump ha indicado, en distintos momentos, voluntad de revisar concesiones migratorias previas, suspender programas TPS, modificar protecciones de DACA, y aplicar nuevos criterios de exclusión por antecedentes que antes eran ignorados. Los venezolanos con residencia permanente entienden, en ese contexto, que la única protección verdaderamente irreversible es la ciudadanía.

Lo que enseña la otra orilla

Hay una observación que merece detenerse. Los venezolanos que se naturalizan en 2025-2026 no lo hacen renunciando emocionalmente a Venezuela. Lo hacen, en muchos casos, en el momento mismo en que Venezuela atraviesa la transición política más significativa en una generación. La paradoja es solo aparente. Lo que motiva la naturalización es la lectura sobria de las condiciones del país de adopción, no la pérdida de fe en el país de origen.

La diáspora venezolana ha entendido algo que las anteriores oleadas migratorias hispanas tardaron generaciones en procesar: que la integración política plena no es traición a la identidad. Es ampliación de capacidad. La persona naturalizada vota en Estados Unidos sin perder su pasaporte venezolano. Influye en políticas que afectan a millones. Participa en mecanismos de presión legal contra el régimen del país de origen. Construye representación. La ciudadanía estadounidense, en esta lectura, no es renuncia. Es herramienta.

Lo que cambia para todos

El cambio cuantitativo de la diáspora produce cambio cualitativo. Una diáspora venezolana con doble nacionalidad masiva, registrada para votar en estados clave como Florida y Texas, con redes de representación legal, política y económica, no es la misma diáspora que hace cinco años. Es actor político con capacidad concreta de incidir en políticas estadounidenses hacia Venezuela, hacia América Latina, hacia el conjunto del hemisferio.

Esa transformación, todavía en proceso, va a producir consecuencias visibles en los próximos años. En primer lugar, una mayor sofisticación del lobby venezolano en Washington, no ya dependiente de figuras individuales sino articulado a través de redes de votantes registrados. En segundo lugar, una influencia creciente en las elecciones locales y estatales en los estados de mayor concentración. En tercer lugar, una capacidad de presión bilateral sobre el gobierno venezolano que la diáspora previa no tuvo.

El cierre que no es cierre

Hay un detalle que conviene anotar. Cada juramento de ciudadanía termina con la promesa formal de defender la Constitución estadounidense «contra todos los enemigos, extranjeros y domésticos». La frase, leída con detalle, abre una posibilidad que pocos consideran. Un venezolano naturalizado en mayo de 2026 puede, perfectamente, considerar que sus deberes constitucionales como nuevo ciudadano incluyen defender los principios democráticos cuando estos están siendo erosionados desde el propio gobierno que administra el juramento. La paradoja es perfecta, y no la inventaron los venezolanos. La inventó el sistema mismo.

Cuando la diáspora empieza a aprenderse otro himno, lo que está aprendiendo no es subordinación. Es la lengua del lugar donde, por ahora, le toca quedarse. La canción es solo el medio. El contenido sigue siendo, y va a seguir siendo, la convicción profunda de que un país, cualquier país, vale lo que valgan los derechos que protege para todos los que viven en él.

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