Política
Trump llega a Beijing más débil de lo que admite, y el hemisferio entero lo nota
Hay viajes presidenciales que se hacen para celebrar una posición. Y hay viajes que se hacen porque no quedaba otro remedio. La visita de Donald Trump a Beijing los días 14 y 15 de mayo de 2026 pertenece a la segunda categoría, por más que la Casa Blanca trabaje el relato en sentido contrario.
Es la primera visita de un presidente estadounidense a China en casi nueve años. Y es también la primera vez en este segundo mandato que Trump llega a una mesa de negociación sin las herramientas con las que construyó su política exterior durante el primer año. Sin aranceles ilimitados, porque la Suprema Corte se los tumbó en febrero. Sin guerra comercial en curso, porque la perdió en 2025 cuando Xi amenazó con cortar tierras raras y Trump retrocedió. Sin precios de petróleo bajos, porque la guerra con Irán mantiene el Estrecho de Hormuz tensionado. Y sin la popularidad doméstica que sostenía la doctrina de imprevisibilidad. Lo que llega a Beijing no es el Trump del «arte del deal». Es un presidente que necesita la cumbre más de lo que querría admitirlo.
Lo que Xi ganó antes de recibirlo
Para entender el viaje, hay que entender qué pasó durante 2025. Trump empezó su segundo mandato con la herramienta de la primera presidencia ampliada al extremo: aranceles «recíprocos» que llegaron a superar el 140% sobre bienes chinos. Xi respondió con lo que en Beijing se llama informalmente la «break glass tool»: amenaza explícita de cortar el suministro de tierras raras y de magnetos que las industrias estadounidenses necesitan para fabricar desde autos eléctricos hasta sistemas de defensa. Lo amenazó en abril de 2025. Lo amenazó otra vez en octubre. En ambas ocasiones, Trump cedió.
En febrero de 2026, la Suprema Corte de Estados Unidos declaró inconstitucional el régimen de aranceles «recíprocos». Trump perdió la herramienta arancelaria que era central a su política exterior. Y en el momento en que la perdió, Xi adoptó una medida adicional: suspendió exportaciones de una gama amplia de tierras raras y prohibió la venta de semiconductores de la china Nexperia al mercado estadounidense. Las cadenas industriales europeas, japonesas, surcoreanas y norteamericanas se vieron afectadas de inmediato. Beijing demostró, en términos prácticos, que controla nodos críticos de la economía manufacturera global que ninguna alternativa cercana puede sustituir en plazos cortos.
Por eso Trump va a Beijing. No para celebrar. Para tratar de estabilizar.
La guerra que ningún lado ganó (todavía)
El otro elemento del cuadro es Irán. La administración Trump, junto con Israel, inició operaciones militares contra Irán el 28 de febrero de 2026. La predicción inicial era una campaña de cuatro a seis semanas. Lleva más de dos meses y medio. El Estrecho de Hormuz, por donde pasa una porción significativa del petróleo y gas global, está bajo bloqueo dual. Los precios de la energía están elevados. Y China, que es el mayor socio comercial de Irán y el principal comprador de su petróleo, es uno de los pocos actores con capacidad real de mover la aguja diplomáticamente.
La semana pasada, el canciller iraní Abbas Araghchi visitó Beijing. La semana siguiente al viaje de Trump, Putin tiene previsto visitar también la capital china. Xi está orquestando deliberadamente una secuencia: recibe a Irán antes que a Estados Unidos, recibe a Estados Unidos en el medio, y recibe a Rusia después. El mensaje es claro y se entiende en cualquier idioma: las piezas críticas del tablero global pasan por mi mesa, no por la tuya.
Para Trump, esto significa que llega a la cumbre necesitando que Xi presione a Teherán para reabrir el Estrecho de Hormuz. No es una solicitud cualquiera. Es un favor que Beijing puede cobrar caro en otras divisas: Taiwán, acceso a tecnología de inteligencia artificial, levantamiento de sanciones sobre empresas chinas, condiciones favorables en el comercio bilateral.
La delegación empresarial como acto declarativo
A esta cumbre Trump no llega solo. Lo acompañan Elon Musk, Tim Cook, Larry Fink, Kelly Ortberg y directivos de Citigroup, entre otros. Más de una docena de líderes empresariales. La presencia de esta delegación cumple varias funciones simultáneas. La primera, decorativa: poblar el viaje de imágenes que sugieren oportunidad. La segunda, transaccional: que cada CEO traiga compromisos de compra o de inversión que permitan a ambos gobiernos anunciar «victorias» sustanciales al final del encuentro. La tercera, y probablemente la más importante, es de presión interna: cuando los CEO de las principales empresas estadounidenses sienten que necesitan acceso al mercado chino, la lógica de «desacoplamiento» predicada por una porción del Partido Republicano se vuelve difícil de sostener.
Conviene leer este detalle: la delegación es más pequeña que la que acompañó a Trump en su visita a Arabia Saudita el año pasado, cuando viajaron más de treinta líderes corporativos. Una delegación de doce o trece nombres es delegación de trabajo, no de espectáculo. Indica que las empresas estadounidenses están dispuestas a acompañar el viaje siempre y cuando produzca resultados concretos, pero que el entusiasmo del sector privado por la doctrina trumpista hacia China no es tan robusto como hace dieciocho meses.
Lo que China hará y lo que no hará
El análisis más sereno de la cumbre proviene del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales y del Council on Foreign Relations, dos centros de pensamiento donde la tradición de leer a China sin entusiasmo trumpista pero también sin hostilidad ideológica está bien establecida. Su lectura combinada es la siguiente. China llegará con capacidad para resistir a Trump en sanciones, controles tecnológicos, minerales críticos e Irán. Pero la disposición misma de Xi a recibir al presidente estadounidense en una visita de Estado, con todo el aparato ceremonial chino, indica que Beijing necesita esa cumbre menos que Washington pero más de lo que aparenta. Una economía china desacelerada, presiones demográficas internas, tensiones financieras en el sector inmobiliario y un sector exportador buscando estabilidad, hacen que Xi prefiera, en este momento, un equilibrio negociado a una confrontación abierta.
Lo que no hará Xi es ceder en los puntos donde tiene ventaja estructural. No abrirá el flujo de tierras raras sin condiciones. No reducirá el control sobre las cadenas de electrotech. No aceptará restricciones operativas a sus empresas en sectores de inteligencia artificial. Y, sobre todo, no negociará Taiwán a la baja. Wang Yi, principal diplomático chino, le dijo a Marco Rubio en una llamada del 30 de abril que Taiwán es «el mayor punto de riesgo» en la relación bilateral, y le exigió a Washington «cumplir sus promesas» y «tomar las decisiones correctas».
Lo que sí hará China es ofrecer concesiones simbólicas y comerciales que ambos lados puedan presentar como victoria: compras de soya, eventualmente algunas concesiones puntuales en aviación o energía, acuerdos generales sobre uso de inteligencia artificial en armas nucleares (que ya existía con Biden y puede reactivarse), comunicados conjuntos sobre cooperación en clima y salud pública. Lo suficiente para que el viaje produzca titulares positivos y para que la relación bilateral se estabilice durante al menos los próximos seis meses.
El hilo venezolano
Hay una pieza menor en esta cumbre que conviene seguir, porque conecta directamente con el resto de la edición. Venezuela. China prestó a Caracas más de sesenta mil millones de dólares en créditos respaldados por petróleo entre 2007 y 2015. Buena parte de esa deuda nunca fue pagada en términos del principal. Cuando Maduro fue capturado el 3 de enero, Beijing perdió bruscamente al deudor con el que había negociado durante quince años. Las estimaciones más conservadoras hablan de unos veinte mil millones de dólares de deuda activa que China quiere asegurar en cualquier reestructuración. La administración Rodríguez, tutelada por Washington, no tiene ni la autonomía ni el incentivo para reconocer esa deuda automáticamente.
Trump ha sugerido que China y Rusia pueden seguir comprando crudo venezolano mientras Estados Unidos administre la transición. La frase suena generosa pero esconde una posición negociadora dura: el crudo que Beijing quiera comprar será administrado por las empresas estadounidenses que ahora retoman concesiones en Venezuela. Es decir, China compra, pero no controla. Y la deuda histórica queda como pieza de negociación.
En la cumbre de Beijing, Venezuela no será tema central. Pero será uno de los muchos asuntos donde Xi puede preguntar discretamente, sin presionar, qué espacio queda para los intereses chinos en el rediseño del hemisferio occidental. La respuesta de Trump, sea cual sea, marcará la línea de lo que Washington está dispuesto a conceder en su patio trasero para sostener la estabilidad del Pacífico. Y la lectura que haga Beijing de esa respuesta determinará si la «asociación estratégica a largo plazo» entre Caracas y Washington puede consolidarse sin obstrucción china, o si Xi prefiere recordarle a Trump, por vías indirectas, que aún tiene cartas que jugar en América Latina.
El nuevo orden, sin entusiasmo
Lo que ocurra en Beijing los próximos dos días no resolverá la relación bilateral más importante del mundo. Pero sí marcará la temperatura. Si la cumbre produce comunicados conjuntos, concesiones simbólicas y un calendario regular de reuniones futuras —Xi en Washington en septiembre, Trump en el APEC de Shenzhen en noviembre, Xi otra vez en el G20 de Miami en diciembre—, lo que se estará dibujando es un nuevo equilibrio basado en la administración mutua del desacuerdo, no en su resolución. China y Estados Unidos no van a hacerse aliados. Van a aprender a coexistir mientras compiten por nodos críticos de la economía global.
Para el resto del mundo, incluido el hemisferio occidental, lo que se juega en esa coexistencia es relevante. Significa que las potencias medias —Brasil, México, Argentina, Colombia, Venezuela también— operarán durante los próximos años en un sistema donde las dos grandes capitales negocian bilateralmente, donde los foros multilaterales pesan cada vez menos, y donde cada país tendrá que escoger con qué velocidad y con qué condiciones se inserta en cuál de las dos cadenas de valor. El mundo de Bretton Woods está cerrado. El mundo que lo reemplaza no tiene nombre todavía. Pero los primeros contornos se están firmando, con tinta provisional, en mesas como la del Gran Salón del Pueblo esta semana.
Trump llega con menos cartas de las que querría. Xi lo sabe. La diplomacia china, paciente como pocas, lleva décadas esperando exactamente este momento.
Alfredo Yánez
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Un avión de EE.UU. detecta a 240 migrantes a la deriva en el Caribe
Un avión de la patrulla aérea de EE.UU. detectó un barco con 240 migrantes a la deriva cerca de Turks y Caicos. Las autoridades isleñas los rescataron antes de que el bote se hundiera.
Un avión de la patrulla aérea de Estados Unidos detectó en el Caribe un barco de madera con 240 personas a bordo, sobrecargado y empezando a hundirse. Las autoridades de Turks y Caicos los rescataron antes de la tragedia. Nadie tocó suelo estadounidense. La escena, breve y sin desenlace fatal esta vez, retrata una ruta migratoria que sigue activa lejos de los reflectores de la frontera terrestre.
Las 6 preguntas
Una operación contra reloj
El relato oficial reconstruye una carrera contra el agua. El 31 de mayo por la tarde, una aeronave de Air and Marine Operations, el brazo aéreo y marítimo de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, detectó un barco de madera de unos quince metros con dos motores fuera de borda, navegando hacia el norte a unas 65 millas náuticas al sur de Turks y Caicos.
La tripulación aérea pasó los datos a las autoridades isleñas y a sus socios regionales. Más tarde, una aeronave de la Guardia Costera estadounidense tomó el relevo y reportó que el bote había perdido un motor y embarcaba agua lentamente; sus ocupantes achicaban entre tres y cinco galones por minuto con cubos. Hacia la noche, la embarcación quedó sin propulsión, a la deriva. Ante el riesgo de zozobra, Turks y Caicos declaró un caso de búsqueda y rescate y lanzó cuatro embarcaciones desde Providenciales y Grand Turk. Cerca de la una de la madrugada del 1 de junio, el rescate se completó.
A bordo había 240 personas: 191 hombres adultos, 44 mujeres adultas y cinco menores. No se reportaron heridos. Las autoridades isleñas se hicieron cargo de los rescatados, que no llegaron a territorio estadounidense.
Lo que la escena revela
Detrás del operativo eficaz hay un dato que conviene no pasar por alto. Mientras la atención pública se concentra en la frontera con México, el Caribe sigue siendo una ruta migratoria activa y peligrosa, donde embarcaciones precarias, sobrecargadas muy por encima de su capacidad, se lanzan al mar con cientos de personas a bordo. Un motor que falla, en alta mar, es la diferencia entre un rescate y una tragedia.
Esta vez no hubo muertos, y el papel de la aeronave estadounidense fue el de detectar y alertar, no el de recibir. Es la rutina silenciosa de una ruta que rara vez ocupa titulares, salvo cuando el desenlace es fatal. Para el lector hispano, sirve de recordatorio de que la migración hacia el norte tiene muchos caminos, y que varios de ellos cruzan un mar que no perdona los errores. La nacionalidad de los rescatados no fue divulgada y el caso sigue bajo investigación.
Fuentes principales: comunicado de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) sobre la detección y el rescate del 31 de mayo al 1 de junio de 2026, con datos de Air and Marine Operations y la Guardia Costera de Estados Unidos sobre la operación cerca de Turks y Caicos.
*Fuentes principales: comunicado de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) sobre la detección y el rescate del 31 de mayo al 1 de junio de 2026, con datos de Air and Marine Operations y la Guardia Costera de Estados Unidos sobre la operación cerca de Turks y Caicos.*
Política
El rodrigato apuesta al reloj y los analistas ya lo advierten
Cuatro meses después de prometer elecciones «libres y justas», el gobierno de Delcy Rodríguez sigue sin dar una fecha. Para varios analistas, esa demora no es un detalle pendiente: es la estrategia.
En febrero, la presidenta encargada Delcy Rodríguez prometió elecciones «libres y justas» en Venezuela. Cuatro meses después, no hay fecha. Para un coro creciente de analistas, esa ausencia no es un trámite pendiente de la transición: es la estrategia misma del chavismo para sobrevivir. La apuesta, dicen, es al reloj —ganar tiempo hasta que la presión de Washington se afloje—. Y mientras tanto, las encuestas muestran a un país que quiere exactamente lo contrario.
Las 6 preguntas
Una promesa sin calendario
La escena fue clara y quedó grabada. En una entrevista exclusiva con la periodista Kristen Welker, de NBC News, transmitida en febrero, Delcy Rodríguez fue interpelada sobre si se comprometía a celebrar elecciones democráticas. Su respuesta fue contundente: «Absolutamente, sí». Pero cuando la pregunta pasó del principio a la fecha, la contundencia se evaporó. Rodríguez sostuvo que el marco temporal de cualquier votación dependería del diálogo político interno y del levantamiento de las presiones internacionales.
Cuatro meses después, ese marco temporal sigue sin existir. No hay cronograma, no hay fecha, no hay un calendario que permita a los venezolanos saber cuándo podrán votar. Y esa ausencia, que podría leerse como una demora técnica de una transición compleja, empieza a interpretarse de otro modo entre quienes siguen de cerca el proceso.
El coro de los analistas
La lectura más reciente y filosa la ofreció Mary Anastasia O’Grady, columnista de las Américas del Wall Street Journal. En su análisis, sostuvo que unas elecciones libres requieren voluntad política, y que no hay señal de esa voluntad en Rodríguez ni en su equipo de chavistas. Su hipótesis sobre el motivo es directa: estarían ganando tiempo con la esperanza de que Trump se desvanezca. La apuesta, en esa lectura, es a que la atención y la presión de Washington terminen por menguar.
No es una voz solitaria. Desde enero, el analista Benigno Alarcón, especializado en transiciones políticas y radicado en Caracas, había formulado la misma idea con otras palabras: Rodríguez siente que, si negocia con Trump, puede ganar tiempo para salvar su cabeza e incluso el proyecto chavista. La negociación, en esa óptica, no es el camino a la salida sino el método para no salir.
Y Elliott Abrams, que fue enviado especial para Venezuela durante el primer gobierno de Trump, lo dijo sin rodeos: nada de lo que ha dicho la administración sugiere que contemple una transición rápida fuera de Rodríguez, y nadie está hablando de elecciones. Tres voces distintas, con trayectorias y sensibilidades diferentes, convergen en un mismo diagnóstico: el calendario no llega porque no conviene que llegue.
La apuesta al reloj
¿Por qué funcionaría esperar? Porque el tiempo no es neutral. El calendario político estadounidense tiene sus propios vencimientos —las elecciones de medio término de noviembre, el desgaste natural de las prioridades de un gobierno, la rotación de la atención pública hacia otras crisis—. Si el chavismo logra sostenerse sin convocar, cada mes que pasa erosiona la urgencia que hoy mantiene a Venezuela en el radar de Washington.
La negociación con Estados Unidos refuerza esa apuesta. El gobierno de transición ha avanzado en lo económico —la reapertura del sector petrolero a empresas estadounidenses, la liberación de algunos presos políticos— y esos gestos compran tiempo y buena voluntad sin tocar el punto que de verdad importa: quién gobierna y por mandato de quién. Mientras la conversación gire en torno al petróleo y no en torno a las urnas, el reloj corre a favor del que ya está en el poder.
Lo que el país quiere, según las encuestas
Hay un dato que vuelve esta estrategia moralmente costosa. Las encuestas dibujan un país que quiere lo contrario de lo que el reloj del rodrigato impone. Un sondeo de la firma Meganálisis halló que una mayoría abrumadora de venezolanos rechaza el chavismo, se opone a la transición liderada por Rodríguez y votaría por la líder opositora María Corina Machado si hubiera elecciones hoy. Cerca del 88% querría ver salir a Rodríguez y a otras figuras de la cúpula.
El mismo sondeo recoge un desencanto que conviene no ignorar: el 61% de los consultados cree que Trump prioriza el negocio petrolero con Venezuela por encima de la libertad del país. Es la sospecha de que el reloj no solo corre a favor del chavismo, sino que Washington podría estar cómodo dejándolo correr mientras fluya el crudo.
Por qué importa para la diáspora
Para los venezolanos en Estados Unidos, esta no es una discusión técnica sobre cronogramas electorales. Es la diferencia entre una transición que conduce a algo y una que se eterniza en su propia antesala. Cada mes sin fecha es un mes más de incertidumbre para quienes esperan poder regresar, invertir o simplemente votar en un país distinto al que dejaron.
La advertencia de los analistas, leída desde la diáspora, es un llamado a no confundir movimiento con avance. Que haya negociaciones, gestos y reuniones no significa que haya transición. La pregunta que ninguno de esos gestos responde sigue siendo la única que importa: cuándo votan los venezolanos. Mientras esa fecha no aparezca en un calendario, el reloj seguirá siendo el principal aliado del poder que dice estar de salida.
Fuentes principales: columna de Mary Anastasia O’Grady en The Wall Street Journal sobre la falta de voluntad política para elecciones en Venezuela; entrevista de Delcy Rodríguez con Kristen Welker (NBC News, febrero de 2026); declaraciones de Elliott Abrams recogidas por The Washington Times y de Benigno Alarcón en Americas Quarterly (enero de 2026); encuesta de Meganálisis difundida por el Miami Herald sobre el rechazo al chavismo y la percepción de Trump.
*Fuentes principales: columna de Mary Anastasia O’Grady en The Wall Street Journal sobre la falta de voluntad política para elecciones en Venezuela; entrevista de Delcy Rodríguez con Kristen Welker (NBC News, febrero de 2026); declaraciones de Elliott Abrams recogidas por The Washington Times y de Benigno Alarcón en Americas Quarterly (enero de 2026); encuesta de Meganálisis difundida por el Miami Herald sobre el rechazo al chavismo y la percepción de Trump.*
Política
La mina de oro que el chavismo prometió para frenar a Rubio
El chavismo gastó buena parte de 2025 intentando comprar influencia en Washington para frenar la línea dura de Marco Rubio. Una investigación de Politico revela la trama, y su fracaso.
Una investigación de Politico reconstruye una operación que el chavismo montó durante 2025, cuando Maduro aún gobernaba: prometer una mina de oro a un excongresista estadounidense y financiar una red de influencia para ablandar la política de Washington y frenar la línea dura de Marco Rubio. La componenda fracasó. Rubio se impuso, y el 3 de enero cayó Maduro. Pero la historia revela el método —y plantea si la maquinaria sigue operando hoy.
Las 6 preguntas
Una operación para cambiar la política de Washington
El reportaje de Politico, publicado el 8 de junio, reconstruye una trama que conviene situar en su tiempo exacto: ocurrió durante 2025, cuando Nicolás Maduro todavía gobernaba en Caracas y Delcy Rodríguez era su vicepresidenta y operadora de confianza. No es, por tanto, una historia del actual gobierno de transición, sino del chavismo en pleno poder tratando de torcer el rumbo de Washington antes de que fuera tarde.
El personaje central es Aaron Schock, excongresista republicano por Illinois que renunció en 2015 en medio de un escándalo de finanzas de campaña y que desde entonces buscaba una segunda oportunidad. Según Politico, Schock viajó a Caracas en enero de 2025, y allí Rodríguez le habría ofrecido una mina de oro a cambio de que ayudara a suavizar la política estadounidense hacia Venezuela. Poco después, hacia febrero de 2025, fue contratado por un pago único de cien mil dólares para tareas de consultoría estratégica, según el abogado del empresario que lo vinculó, Harry Sargeant.
La pelea dentro del trumpismo
El trasfondo es una disputa que se libró dentro del propio mundo de Trump. De un lado estaban Marco Rubio y el exenviado Mauricio Claver-Carone, arquitectos de una campaña de máxima presión para debilitar al régimen. Del otro, un conjunto de intereses empresariales que argumentaban que las sanciones habían fracasado: no habían producido cambio político y, en cambio, empujaban a Venezuela hacia China y Rusia.
En esa lógica, la red en torno a Sargeant y Schock trabajó para promover una relación más pragmática con Caracas y para elevar a figuras de la administración que prefirieran reparar relaciones antes que buscar un cambio de régimen. Politico señala que se coordinó mensajería sobre Venezuela con exfuncionarios, activistas afines a Trump e influencers de redes, con el objetivo de erosionar la influencia de Rubio. La apuesta incluyó ver en el enviado Richard Grenell, escéptico del intervencionismo, un posible contrapeso al secretario de Estado.
El método no era nuevo
Lo más revelador del caso es que no se trata de un episodio aislado, sino de un patrón que el chavismo —y Rodríguez en particular— ya había ensayado. En la primera administración Trump, el excongresista de Miami David Rivera fue acusado de cabildear en secreto para el gobierno de Maduro tras conseguir, según los fiscales, que la entonces canciller Delcy Rodríguez le adjudicara un contrato de cabildeo de cincuenta millones de dólares pagado por la petrolera estatal PDVSA. Aquel caso terminó en los tribunales de Miami, donde el propio Rubio declaró como testigo a comienzos de 2026.
La constante, a lo largo de los años, es la misma: usar el petróleo y el oro venezolanos como moneda para comprar voluntades en Washington y ablandar la presión. Cambian los operadores —Rivera ayer, Schock después—, pero la estrategia de seducción se repite. Es la diplomacia del bolsillo aplicada a la supervivencia política.
El desenlace, y la pregunta abierta
Esta vez, la operación falló en su objetivo inmediato. Rubio se consolidó como secretario de Estado, la línea dura se impuso y el 3 de enero de 2026 una operación militar estadounidense capturó a Maduro. La campaña de influencia no logró evitar lo que se proponía evitar.
Y sin embargo, hay una paradoja que el reportaje deja flotando. La caída de Maduro no significó la caída del chavismo: el régimen quedó en pie, Washington restauró relaciones y alivió sanciones, y Delcy Rodríguez consolidó su control de Miraflores. Quien movía los hilos de aquella seducción terminó, pese a todo, gobernando. Politico apunta además que Schock regresó a Venezuela el mes pasado, esta vez sin ir primero a Caracas. La pregunta que queda para el lector, sobre todo para una diáspora que conoce estos métodos, es incómoda: si la maquinaria de comprar influencia sobrevivió a Maduro, ¿al servicio de quién opera ahora?
Fuentes principales: investigación de Politico (8 de junio de 2026) sobre la campaña de influencia en torno a Aaron Schock y Harry Sargeant; reportes de IBTimes y LGBTQ Nation que recogen la investigación; cobertura de Associated Press y BBC sobre el juicio a David Rivera en Miami y el testimonio de Marco Rubio como antecedente del patrón. Ni Schock ni Rodríguez respondieron a las solicitudes de comentario de Politico.
*Fuentes principales: investigación de Politico (8 de junio de 2026) sobre la campaña de influencia en torno a Aaron Schock y Harry Sargeant; reportes de IBTimes y LGBTQ Nation que recogen la investigación; cobertura de Associated Press y BBC sobre el juicio a David Rivera en Miami y el testimonio de Marco Rubio como antecedente del patrón. Ni Schock ni Rodríguez respondieron a las solicitudes de comentario de Politico.*
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