Inciso
Por encima
Sobrevuelos, viaje a India anunciado desde Washington, embajada que no se reunió con sectores de oposición. Tres hechos en cuatro días que dicen lo mismo: en la transición venezolana de 2026, lo que se decide arriba decide lo que pasa abajo.
Este sábado 23 de mayo, dos aviones estadounidenses sobrevolaron Caracas. El gobierno encargado lo autorizó el jueves a petición de la embajada de Estados Unidos. La operación se llamó, oficialmente, «simulacro de evacuación ante eventuales situaciones médicas o contingencias catastróficas». Lo anunció el canciller Yván Gil, leyendo un comunicado.
Casi cinco meses después de que helicópteros MH-47G Chinook y MH-60L armados aterrizaran sobre Caracas para sacar a Nicolás Maduro y a Cilia Flores, el cielo venezolano vuelve a abrirse a aeronaves estadounidenses. Esta vez con autorización formal. La continuidad de la imagen importa más que la diferencia técnica entre uno y otro vuelo.
El mismo jueves 21, antes de que el comunicado de Yván Gil se leyera, Marco Rubio dijo a la prensa, antes de abordar su avión rumbo a Suecia y después a India: «Entiendo que la presidenta interina de Venezuela viajará a India la semana que viene, así que hay oportunidades». Rubio anunció el viaje de Delcy Rodríguez antes que Caracas. Hasta el cierre de esta columna, Miraflores no había confirmado oficialmente la fecha de salida. La confirmación efectiva la dio el Departamento de Estado, no el Palacio Presidencial.
Rubio viaja a India entre el 23 y el 26 de mayo. Delcy viaja a India la semana próxima. La coincidencia geográfica está sobre el mapa. Si se reúnen o no, lo decidirá la agenda de Rubio.
Hay un tercer hecho que cierra la semana. El viernes 22, Juan Pablo Guanipa —dirigente de Primero Justicia, este fin de semana en Panamá para la reunión con María Corina Machado— dijo en público una frase que conviene retener: «Una persona que viene a representar a Estados Unidos en Venezuela ha debido reunirse con la oposición venezolana y eso no se logró». Guanipa hablaba de la exembajadora Laura Dogu, que ya no está en Venezuela. La declaración no apunta al canal directo entre Machado y Washington —que sigue activo: Machado se reunió con Trump y dos veces con Rubio—. Apunta a la representación diplomática estadounidense en Caracas como institución, y al hecho de que durante su gestión no fue puente activo con la oposición venezolana en el terreno.
Tres hechos en cuatro días. Aviones sobrevolando con permiso. Viajes anunciados desde Washington antes que desde Caracas. Una embajada que durante años no se sentó a conversar con la oposición venezolana en el terreno. Si se leen por separado, son tres notas sueltas. Si se leen juntas, dicen lo mismo: en la transición venezolana de mayo de 2026, lo que se decide arriba decide lo que pasa abajo.
En INCÍSOS acabamos de publicar un dossier al que llamamos Las siete tarimas. Cuatro corrientes dentro del chavismo. Tres dentro de las fuerzas democráticas. Y una voz transversal sobre si hay que reordenar antes o convocar elecciones primero. La pluralidad es real. La discusión interna es real. Pero todas esas tarimas, las siete, operan debajo de un mismo techo. El techo es Washington. Y Washington no participa en la discusión: la supervisa.
Eso es lo que el sábado 23 hace visible. Mientras Cabello le hace factura en Mariche a los «habladores de paja», dos aviones de un país extranjero —el mismo que sacó a Maduro en enero— sobrevuelan la capital con permiso del gobierno encargado. Mientras Mario Silva cuestiona la entrega de Saab, Rubio anuncia desde una pista en Maryland que Delcy va a India. Mientras Machado llega a Panamá con la legitimidad del 28-J intacta y mantiene canal abierto con la Casa Blanca y con el Departamento de Estado, en Caracas la representación diplomática de ese mismo Departamento no fue puente activo con la oposición venezolana en el terreno.
No es un juicio. Es una descripción. La transición venezolana tiene dos planos. El plano horizontal, donde las siete tarimas discuten. Y el plano vertical, donde quien tiene la última palabra no está en ninguna de las siete tarimas. Está por encima.
Andrés Caleca, uno de los tantos referentes de las fuerzas democráticas, escribió en X el 10 de mayo, después de que CNN revelara que las conversaciones de Doha se habían sostenido sin Machado: «No estuvimos en el diseño y no estamos en la ejecución. El gran reto es superar la irrelevancia y comenzar a incidir». Esa frase condensa el plano vertical mejor que cualquier análisis.
La pregunta no es solo qué pasa en Caracas. Es también qué pasa por encima de Caracas. Porque por encima de Caracas se decide, hoy, cuándo se vota, con qué garantías, bajo qué condiciones se reconoce el resultado, y con qué interlocutores se conversa.
Alfredo Yánez
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Callao no se ve más bonito
Lo que ocurre en El Callao es el espejo de un país entero. Un inciso sobre la barbarie normalizada y el silencio que la hizo posible.
Lo que ocurre en El Callao es la fotografía en gerundio del país. Tierra arrasada, sin ley. O peor, a la ley del más fuerte, del que impone las armas sin importar razones ni consecuencias. Sin importar causas, ni contextos. Sin importar que toda esa barbarie hecha normalidad fue causada, tolerada, aplaudida y aprovechada por quienes hoy se ven entre la espada y la espada —sí, dos espadas, porque no hay paredes, ni muros, ni límites.
La mina de oro, la casa que pierde y se ríe, ahora amenaza con imponer el orden, con la misma anarquía con la que ha operado por años, con el mismo terror con el que impuso la paz del robo, del saqueo, del amedrentamiento, del roba tú aquí, pero no tienes permiso de robarme a mí.
Las imágenes que han recorrido las redes en las últimas horas se han generado desde hace mucho tiempo, hay documentación periodística, mucha de ella perdida para el público porque se cuidaron de borrar y esconder la memoria hemerográfica del país. Pero no se miraba para el sur, se quedaban y quedaron callados por «callaíto te ves más bonito».
Hoy no es así. Hoy eso que escandaliza desde El Callao es la réplica de lo que escandaliza con el reportaje que publicó Politico el fin de semana, sobre cómo el chavismo intentó comprar influencia en Washington. Es lo que ocurre con las mafias judiciales que mantienen presos a más de 400 venezolanos por razones políticas. Es la réplica del desfalco en los sistemas de salud, educación y seguridad social.
Minas de oro que se encontraban en los presupuestos de hospitales o en los fondos para el pago de pensiones y jubilaciones. Minas de oro que se repartieron unos cuantos y que hoy quieren maquillar con falsas reformas, reingeniería y llamados a la eficiencia.
Cuántos casos como El Callao, cuánta barbarie en otros centros de producción echados a la suerte de los bandidos de uniforme, y de los bandidos que jugaron a todas las bandas posibles para hacer correr a un pueblo atemorizado por las balas.
Cuando se observa esa degradación, así en directo, queda claro que no hay tres fases que soporten tal grado de putrefacción sistémica. Que la normalización porque «hacen caso» no es factible, porque lo suyo no es hacer caso sino reacomodarse callados.
Y esta vez, como siempre ha sido, callaos no se ven más bonitos.
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS.
Especiales
La cuenta que nadie quiere firmar
La deuda venezolana no es solo un número. Es una decisión política que nadie quiere firmar. Un inciso del editor.
La cuenta que nadie quiere firmar
· 10 de junio de 2026
Hay una imagen que se repite cada vez que se habla del futuro de Venezuela. Es la del subsuelo: las reservas de petróleo más grandes del planeta, el gas, el oro de Guayana, el coltán que nadie ha contado bien. La promesa de la riqueza dormida. Pero esa imagen esconde una trampa de cronología. Porque antes de que vuelva a salir el primer barril del país reconstruido, hay otra escena, mucho menos épica, que decidirá buena parte de lo que viene: una mesa, unos abogados, y una lista de acreedores que llevan casi una década esperando.
El 2 de junio de 2026, el gobierno encargado de Delcy Rodríguez contrató al bufete Hogan Lovells para negociar la reestructuración de una deuda externa que distintas fuentes estiman en 170.000 millones de dólares. No fue un titular de portada. Compitió, ese mismo día, con discursos, con denuncias de presos políticos, con la enésima declaración sobre elecciones. Y sin embargo, puede que sea una de las decisiones más determinantes del año. Porque reestructurar una deuda no es un trámite contable. Es decidir, dólar por dólar, qué parte del pasado se paga y con qué parte del futuro.
Conviene decirlo con todas las letras: cada dólar comprometido en pagar a un bonista, a una petrolera expropiada hace quince años o a un fondo que compró deuda venezolana a diez centavos, es un dólar que no irá a un hospital de Maracaibo, a una escuela de Barquisimeto o a la pensión de alguien que cotizó toda su vida. No es un argumento para no pagar. Es un argumento para mirar de frente lo que significa pagar. La reestructuración es, antes que una operación financiera, un acto político. Y los actos políticos tienen dueños, tienen costos y tienen damnificados.
Lo inquietante es que esa decisión —enorme, generacional— está siendo tomada por un gobierno que no fue electo para tomarla. La transición tutelada negocia hoy compromisos que pagarán venezolanos que aún no han votado por nadie. Y los tres planes de país que circulan —el de tres fases de Marco Rubio, las 835 páginas de Roberto Smith Perera, los pilares de Venezuela Tierra de Gracia de María Corina Machado— dicen mucho sobre cómo producir riqueza nueva y muy poco, demasiado poco, sobre cómo cargar con la deuda vieja. Es el capítulo que todos prefieren posponer.
Mientras tanto, el reloj corre en una sala de Delaware. Allí, un juez ya decidió que Citgo —la refinería venezolana en suelo estadounidense, el activo más valioso del país en el exterior— cambie de manos para pagarle a unos acreedores. No es una amenaza futura: es un hecho consumado de noviembre de 2025. Venezuela ya empezó a pagar la cuenta. Solo que lo hizo perdiendo, no negociando.
Este especial no pretende resolver la pregunta. Pretende ponerla sobre la mesa con la seriedad que merece, antes de que se resuelva sin que nadie la haya discutido en voz alta. Porque la verdadera batalla por Venezuela no empezará en un pozo de petróleo. Empezará en una mesa donde alguien decide a quién se le paga primero. Y la pregunta que da título a estas páginas no es retórica. Tiene una respuesta concreta, y la estamos escribiendo ahora mismo, en silencio.
Alfredo Yánez Mondragón es periodista, autor de nueve libros y editor en jefe de INCÍSOS.
Inciso
El cuero seco no se deja planchar
El poder en Venezuela se niega a negociar con todos a la vez. Pero un país no se gobierna a punta de negaciones. El viejo cuero seco de Guzmán Blanco vuelve a levantarse por el otro lado.
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS.
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