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Inciso

El cuero seco no se deja planchar

El poder en Venezuela se niega a negociar con todos a la vez. Pero un país no se gobierna a punta de negaciones. El viejo cuero seco de Guzmán Blanco vuelve a levantarse por el otro lado.

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El verdugo ronda

Hay delitos que no prescriben y culpas que deben pagarse. Pero la Venezuela que viene no puede hacer suya la ley del Talión. Una reflexión sobre la madurez que exige el día después.

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Hay una idea que María Corina Machado dejó flotando en su acto del 23 de mayo en Panamá, ante la diáspora venezolana, y que conviene tomar en serio: que todos somos necesarios. Quienes la secundan en la dirigencia la sostienen, y la historia —esa maestra a la que tanto le huimos— la respalda. Pero entenderla de verdad obliga a sostener, al mismo tiempo, dos cosas que parecen contrarias y no lo son.

La primera: hay delitos que no prescriben. Hay personajes que deben pagar sus culpas, y deben pagarlas sobre todo cuando esas culpas significaron dolor, muerte, el empobrecimiento deliberado de personas y de pueblos enteros. Quien cometió un crimen tiene que responder por él. No hay madurez posible que se construya sobre el olvido de las víctimas. Ese piso no se negocia.

La segunda, que cuesta más decir: la etapa que viene exige una madurez amplísima, una en la que está prohibido olvidar pero está permitido —es más, es obligatorio— racionalizar, entender, conocer. Hacer con los victimarios, llegado el momento del juicio, exactamente lo que esta época de barbarie no hizo con ninguna de sus víctimas: darles un proceso, un derecho, una dignidad.

Porque el país no puede vestirse de verdugo. No puede hacer propia la venganza.

Sé que es un trago fuerte. No estoy pidiendo que se cierren capítulos sin terminar; al contrario, que se terminen todos, hasta el último, con la ley en la mano. Lo que pido es que esa ley no sea la del Talión. Ojo por ojo nos deja a todos ciegos, y ya hemos andado demasiado tiempo a tientas.

No es fácil. No voy a fingir que lo es. Hemos perdido 27 años de nuestras vidas: las individuales, la colectiva, la de la nación entera. Los perdimos quienes emigramos y quienes se quedaron, quienes sufrieron en dos o en tres lugares a la vez. Los perdió quien vio morir a un familiar en una celda. Los perdió quien no pudo despedir a su padre o a su madre porque un mar y una frontera se lo impidieron. Hay mucho, muchísimo dolor contenido. Y de ese dolor, tan legítimo, puede brotar con toda facilidad el deseo de cobrar.

Pero hemos aprendido tantas cosas en estos años —a sobrevivir, a empezar de nuevo en idiomas ajenos, a sostenernos entre desconocidos— que también podemos aprender esta: que la venganza no es el camino. Que repetir, con otra vestimenta, lo que nos hicieron, no es el camino.

¿Fácil? Ni de vaina. Pero hay que aprenderlo, porque el país que viene —ese que se adivina allá, en el horizonte de este ocaso— va a necesitar venezolanos de temple. Conscientes del dolor sufrido, sí, con la memoria intacta, sí, pero magnánimos para recomenzar. Esas dos palabras juntas, conscientes y magnánimos, son casi una contradicción. Aprender a sostenerlas a la vez es, quizás, la tarea más difícil que tenemos por delante.

No será dócil, ni rápido. Hay leyes que cumplir, recuerdos que honrar, memoria que custodiar. Toca trabajar muchísimo. Pero lo vamos a lograr. Tengo que creer que lo vamos a lograr, porque la alternativa —convertirnos en aquello que combatimos— sería la última y más amarga de todas las derrotas.

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Inciso

La institucionalidad de casa

No fue la resiliencia la que mantuvo viva la idea de república, sino una manera de ser venezolano.

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La institucionalidad de casa

Dominical · Inciso

Contexto · análisis · criterio
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La institucionalidad de casa

No fue la resiliencia la que mantuvo viva la idea de república. Fue una manera de ser venezolano que ningún régimen logró desmontar.

Hay una pregunta que conviene hacerse sin miedo a la respuesta. Después de veintisiete años de deterioro sostenido —de instituciones tomadas, de leyes torcidas, de un Estado convertido en botín—, ¿por qué todavía hablamos de democracia? ¿Por qué seguimos diciendo república, estado de derecho, separación de poderes, como si esas palabras aún tuvieran dueño? La explicación fácil es la resiliencia, esa palabra cómoda que todo lo aguanta. Pero la resiliencia explica que algo sobreviva al golpe; no explica que algo se mantenga vivo y, además, siga creciendo por dentro. Y eso es lo que ocurrió.

Lo que mantuvo en pie la idea republicana no fue una institución del Estado, porque casi todas fueron capturadas. Fue otra cosa, más honda y más difícil de destruir: una institucionalidad civil que no vive en un edificio ni en una gaceta oficial, sino en la casa y en la escuela. La crianza que enseña que el mérito importa. El maestro que insiste en que las cosas tienen un orden. La conversación de sobremesa donde un país discute lo que le pasa. Esa institucionalidad no tiene presupuesto ni sello húmedo, pero resultó ser la más resistente de todas, porque no se puede allanar lo que la gente lleva adentro.

Esta misma edición lo muestra a pequeña escala, casi sin proponérselo. Un coronel que durante tres décadas le hace juicio constitucional al poder, expediente en mano. Unos estudiantes que se concentran frente a su rectorado no para pedir que suspendan unas elecciones, sino para exigir que se hagan. Una generación de periodistas que, cuando los grandes medios cambiaron de dueño o desaparecieron, levantaron otros desde una tableta y una cuenta de redes. Fiscales que documentaron lo indocumentable. Militares que se negaron a confundir la obediencia con la complicidad. Cada uno desde su trinchera, su oficio y su alcance. Ninguno esperó permiso.

No son excepciones heroicas. Son la regla que se hizo invisible de tanto repetirse.

Y aquí está el punto que me importa subrayar, porque suele malentenderse. Lo que estas personas encarnan no es un cambio operativo, el reemplazo de una ideología por otra, como quien cambia una bandera por otra en el mismo mástil. Es algo previo a la ideología: una manera de ser, de entender el mundo y de caracterizar lo justo, que el venezolano fue heredando y puliendo mucho antes de que llegara el régimen que la quiso borrar. Por eso no la borró. Se puede confiscar un canal de televisión; no se puede confiscar la noción de que las cosas se ganan, de que la verdad se cuenta, de que al poder se le pide cuentas. Esa noción viaja en las personas, no en los cargos.

Conviene ser honestos también con lo incómodo. No salimos solos de la barbarie; hizo falta el auxilio de terceros, porque por nuestras propias fuerzas no pudimos, y reconocerlo no nos hace menos sino más maduros. Pero ese auxilio resolvió un episodio, no escribió un destino. Quien escribirá lo que venga después es esa institucionalidad de casa y de escuela, la que nunca se rindió del todo. La fuerza ajena abrió la puerta; cruzarla y construir del otro lado es tarea que nadie puede hacer por nosotros.

Por eso miro esta edición —y la semana que la antecede, en la que hablamos tanto de institucionalidad— con una mezcla de gravedad y esperanza. Gravedad porque el daño de veintisiete años es real y tardaremos en repararlo. Esperanza porque lo que se necesita para repararlo no hay que inventarlo: ya está aquí, disperso en miles de venezolanos que durante el peor tiempo hicieron, cada uno a su modo, lo correcto. La democracia venezolana no sobrevivió en sus instituciones formales. Sobrevivió en su gente. Y un país que conserva eso —la materia prima de la decencia cívica— tiene, una vez fuera de la barbarie, todo lo que hace falta para avanzar por buena senda.

INCÍSOS

Inciso firmado por Alfredo Yánez Mondragón, fundador y editor en jefe. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor. · Contexto, análisis y criterio para entender lo que pasa.

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Inciso

El que no está contra nosotros

Una escena breve del Evangelio de Marcos sobre el bien que viene de manos ajenas. Inciso de Alfredo Yánez Mondragón.

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Inciso · Columna del editor

Alfredo Yánez Mondragón · Editor en jefe de INCÍSOS · 5 de junio de 2026


Hay una escena breve en el Evangelio de Marcos que suele pasar inadvertida. Los discípulos llegan inquietos: han visto a un desconocido expulsar demonios en nombre de Jesús, y se lo han querido impedir. No es de los nuestros, argumentan. No camina con nosotros, no fue convocado, no rinde cuentas a nadie del grupo. La respuesta los desarma: no se lo prohíban. El que no está contra nosotros, por nosotros está.

El reflejo de los discípulos es profundamente humano. Suponen que el bien solo es legítimo cuando lleva el sello correcto, cuando lo ejecuta la mano autorizada, cuando pasa por el filtro de los que se consideran dueños de la causa. Lo que los incomoda no es el resultado —el hombre estaba haciendo el bien— sino la procedencia. El beneficio les parece sospechoso porque no salió de ellos.

Conviene mirar ese reflejo de cerca, porque no caducó. Buena parte de lo que nos sostiene lo sostienen terceros que no conocemos y que jamás nos consultaron. El que mantiene un servicio del que dependemos sin saber que existimos. El que defiende un principio que nos protege sin habernos pedido permiso. El que repara, sin ruido, algo que ni sabíamos roto. El bien rara vez llega con credenciales en la mano.

Y sin embargo abundan las disputas por la pertenencia. Alguien defiende una causa sin ser de la causa, sin consultar a los afectados, y el primer impulso de algunos no es preguntarse si el aporte sirve, sino si el aportante tiene derecho a darlo. La discusión se desplaza del fondo al carnet. Importa menos qué se hizo que quién lo hizo y con qué autoridad.

La pregunta incómoda es la de Jesús, vuelta del revés: ¿qué falta, exactamente, para aceptar un bien que no controlamos? Si la respuesta es «que lo hagamos nosotros», entonces lo que defendemos no es la causa: es la propiedad de la causa. Y son cosas distintas.

Quizá la madurez consista en eso: en soltar la idea de que solo vale lo que pasa por nuestras manos. El desconocido del Evangelio siguió su camino sin saber que había provocado una discusión. Hizo el bien y se fue. Los discípulos se quedaron con la lección. Nosotros, a veces, todavía no.

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