Inciso
El Papa descifra el algoritmo
No es teología. Es la primera autoridad moral global que reconoce, sin matices, que cuando un algoritmo desplaza sistemáticamente a un trabajador, hay algo que está mal.
He escrito durante años sobre cosas que un sistema les hizo a los hispanos en Estados Unidos y nadie les explicó. El sistema bancario, el de salud, el de crédito, el migratorio. Cada uno de mis libros ha intentado responder la misma pregunta, formulada de modos distintos: ¿qué te están haciendo, y por qué nadie te lo dice claro?
El lunes 25 de mayo, alguien lo dijo claro. Y no fue un congresista, ni un economista, ni un columnista. Fue el Papa. El primer Papa nacido en Estados Unidos. El primer Papa que conoce, porque vivió aquí, lo que es trabajar de noche en un edificio de oficinas donde la mayoría de los compañeros son hispanos, donde se habla español en los descansos, donde se discute en español si vale la pena seguir aprendiendo el sistema o si conviene resignarse.
Magnifica Humanitas no es un documento que se vaya a estudiar en la mayoría de los hogares hispanos de Estados Unidos. Su título es latín, su estructura es de encíclica papal, su lenguaje es teológico. Para quien lo abre por primera vez sin formación previa, intimida. Pero el documento dice una cosa que yo no había leído nunca antes en un texto autorizado de este peso, y que voy a transcribir aquí en mi propia traducción: cuando una máquina sustituye sistemáticamente a un trabajador sin protección verificable, la operación es injusta.
Quien escribió eso es alguien que entiende qué pasa cuando entras un lunes a tu cubículo y el supervisor te avisa, sin emoción, que la herramienta de transcripción automática reduce el equipo de quince a cuatro. Quien escribió eso entiende qué pasa cuando llegas a tu casa y le explicas a tus hijos, en español porque en español sufren mejor las malas noticias, que hay que reorganizar el presupuesto.
He escuchado a hispanos en Estados Unidos lo mismo en sesiones de trabajo, en consultas, en cartas de lectores. No piden caridad, no piden que se les pague más. Piden, simplemente, que cuando los empujen fuera, los empujen con explicación, con tiempo, con red. El Papa nuevo lo formuló de una manera que vale la pena leer entera: las automatizaciones deben acompañarse de «medidas verificables de protección del empleo y de recualificación». Lo verificable es lo nuevo. No basta con que la empresa diga que habrá programa de transición. Tiene que ser auditable. Tiene que poder mirarse, contarse, comprobarse.
Conozco a personas que perdieron su empleo por automatización en los últimos dieciocho meses. Casi todas tienen acento. Casi todas trabajaban en oficinas administrativas, atención al cliente, traducción simultánea, soporte de cobranza, procesamiento de reclamos médicos. Ninguna recibió «medidas verificables». Casi todas recibieron una llamada, un acuerdo de salida, un cheque, una despedida en zoom. La encíclica del Papa pone palabras a esa diferencia entre lo que se hizo y lo que debió hacerse.
Quiero ser preciso, porque cuando se escribe sobre la dignidad del trabajo es fácil caer en sentimentalismo. Lo que el Papa dice no es que la inteligencia artificial sea mala. Dice que la inteligencia artificial no es moralmente neutra. Es distinto. Una herramienta puede ser útil, productiva, incluso liberadora, y al mismo tiempo ser, en cómo se introduce a un mercado laboral, profundamente injusta. La encíclica entiende esa diferencia, y para entender esa diferencia hay que haber visto de cerca cómo se introduce una herramienta sin que a nadie le importe el costo humano.
Hay otra cosa que el documento dice y que vale anotar: que la búsqueda de mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente empleos. Esa frase, dicha así por la autoridad moral más antigua del mundo, es nueva. Y es necesaria, porque durante los últimos diez años el lenguaje público sobre eficiencia y productividad fue ocupando todo el espacio. La palabra «justo», aplicada al despido, había desaparecido. Esta encíclica la repone. La repone con autoridad. La repone en latín, en italiano, en inglés, en español, en quechua, en tagalo, en todas las lenguas en que va a leerse durante los próximos años.
Este documento aterriza distinto. Aterriza como lo que es: la primera vez en mi trabajo como periodista que una autoridad moral con alcance global le habla por su nombre al trabajador hispano que está siendo desplazado por un algoritmo. No le habla como receptor de caridad. Le habla como sujeto de derechos.
No espero que la encíclica cambie por sí sola la política industrial de Estados Unidos. Sería ingenuo. Tampoco espero que cambie la práctica de las grandes empresas que han hecho de la automatización un eje de su gestión. Sería más ingenuo. Pero sí espero, y esto sí es razonable esperarlo, que cambie la conversación. Que la próxima vez que alguien diga, con esa naturalidad gélida que tienen las reuniones de recursos humanos, que «la transición es necesaria», alguien más, en español o en inglés, le responda que sí, pero verificable. Y que sepa lo que esa palabra significa, y de dónde viene.
Eso es lo que hace una autoridad moral cuando funciona. No resuelve. Nombra.
Y un trabajador hispano que ya sabe lo que le está pasando, cuando alguien lo nombra, ya no está solo.
Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Autor de nueve libros sobre la experiencia hispana en Estados Unidos, entre ellos El Sistema no te lo explicó y Before the Border. Vive en Columbus, Ohio.
Alfredo Yánez
9 libros que te cambian la perspectiva
Finanzas, emprendimiento, migración y más — disponibles en Amazon
VER LIBROS →
INCISO
La presidenta encargada acusó a otros de estar desesperados por el poder desde una tarima, con el Estado detrás y sin fecha de elecciones. La desesperación no está en quien pide votar. Está en quien necesita que el día de votar no llegue.
El domingo, una mujer atravesó cinco estados en caravana. Once horas de carretera, peajes llenos, gente en las autopistas gritando «libertad». Nadie la llevó en autobús, nadie le pagó a nadie para que estuviera ahí. Llegó a Caracas de noche y dijo lo único que podía decir: cuánto necesitaba estar aquí.
El martes, otra mujer subió a una tarima en Guacara. Había música, un gobernador que anima como nadie, una comuna escogida por su votación y la transmisión del canal del Estado. Cantó, bailó, prometió salarios, luz y oro de Londres. Y desde esa tarima, con todo el aparato detrás, dijo que había visto a quienes están «desesperados por el poder».
Conviene detenerse en la frase, porque es de esas que se explican solas cuando se mira quién la dice.
Quién tiene qué
Delcy Rodríguez gobierna sin haber sido elegida para gobernar. Llegó a Miraflores por la captura de Nicolás Maduro, administra el petróleo con permiso de Washington, preside de hecho una mesa en la que su hermano negocia, controla el CNE que no se ha renovado y el TSJ que apenas se empieza a escoger. Tiene el poder. Lo que no tiene es un mandato.
María Corina Machado ganó una primaria con más del 92 % de los votos, fue inhabilitada para competir, vio cómo su candidato ganaba con actas en la mano y no se juramentaba, pasó un año en la clandestinidad, recibió un Nobel y volvió. Tiene el mandato que dan los votos. Lo que no tiene es una fecha para usarlo.
Una pide votar. La otra decide cuándo se vota. Basta poner las dos cosas una al lado de la otra para saber quién está desesperada.
La tarima para el show
Hay una frase más de aquel martes que no debería perderse. «Una cosa es la tarima para el show y otra cosa es el trabajo junto a la gente», dijo la presidenta encargada. Lo dijo en una tarima. Con un show. El lunes había llamado «show» a la caravana de Machado y le había recordado que «ahí están los aeropuertos». Como si el país no supiera por qué alguien que quiere volver a su casa no llega por Maiquetía.
Ese mismo martes, en Texas, Donald Trump llamaba «regalo» a un millón de barriles que su Gobierno pagó y proponía hacer de Venezuela el estado 51, con un gobernador en lugar de un presidente. Y en Washington, Marco Rubio hablaba de «plazos acordados» que nadie ha visto. Tres escenarios, una misma ausencia: en ninguno estuvo el día en que los venezolanos votarán.
Lo que delata la prisa
La desesperación por el poder no se nota en quien recorre carreteras pidiendo una fecha. Se nota en quien necesita llenar plazas con recursos públicos, usar el Mes Rosa como escenario y llamar show a lo ajeno mientras monta el propio. Se nota en quien prefiere un calendario secreto a uno público. Se nota en quien, teniéndolo todo, todavía no se atreve a medirse.
Si la presidenta encargada está tan segura del pueblo organizado que invocó en Guacara, la solución es sencilla y no requiere tarima: una fecha, un CNE nuevo, la habilitación de quien quiera competir y que gane quien saque más votos. Si no la pone, la frase de Guacara habrá quedado, para siempre, como una confesión.
Para leer más en INCÍSOS
- Delcy Rodríguez hace campaña sin haber fijado la fecha de elecciones: la tarima de Guacara.
- Machado cambia la carretera por la sede de su partido: la caravana y lo que viene.
Fuentes principales: teleSUR, Prensa Latina, Cactus24, Contrapunto y La Nación (26 y 27 de octubre de 2026); Infobae y Libertad Digital, sobre el regreso de Machado; Infobae y The Washington Post, sobre Trump; AP, sobre Rubio.
Inciso
La procesión por dentro
Llamar “show” al regreso de María Corina Machado evita responder por la ciudadanía que salió a recibirla. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Dicen que fue un show. Que dejen el show.
Lo dicen mientras caminan en cámara lenta para un video. Mientras cuidan el encuadre, administran el gesto y ensayan la serenidad. La procesión va por dentro; la edición intenta que no se note.
Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello escogieron la misma palabra para descalificar el regreso de María Corina Machado. «Show». Una palabra cómoda: les permite hablar de la dirigente sin hacerse cargo de la gente.
Porque ahí está lo que les cuesta admitir.
El 25 de octubre hubo un escenario itinerante, impresionante, construido a lo largo de una carretera por ciudadanos que salieron a recibirla. Una manifestación de esperanza colectiva. Cada tramo añadía personas, voces, manos. Y algo que ningún aparato de propaganda puede producir por decreto: la voluntad de estar allí.
Reducir aquello a un espectáculo es despreciar a quienes participaron. Suponer que no tienen razones, memoria ni criterio. Que alguien los coloca, los mueve, los utiliza. Que el ciudadano solo adquiere dignidad política cuando aplaude al poder.
Ese desprecio tiene historia.
Durante años, el chavismo ha pretendido reservarse la representación del pueblo. Lo invoca, lo interpreta, habla en su nombre. Pero cuando ese mismo pueblo aparece por su cuenta, cuando ocupa la calle alrededor de un liderazgo que el poder no controla, lo rebaja a una escenografía.
Ellos deciden cuándo una multitud es pueblo y cuándo es un show.
Justo ellos. Los herederos de una política que convirtió el gobierno en una transmisión permanente. Los expertos en musicalizar la crisis, en bailar mientras tantas familias lloraban, en hacer de la humillación ajena un segmento de televisión.
Ahora les incomoda la puesta en escena.
Cabe preguntarse cuánto de esa descalificación intenta ocultar una inquietud más profunda. Quienes hoy detentan el poder administran una provisionalidad condicionada por Washington. Conservar el despacho, la escolta y la cadena de televisión no equivale a disponer libremente del futuro.
La cámara lenta puede alargar una caminata. No vuelve permanente un encargo.
Y el regreso de Machado introduce una presencia que no pueden resolver con un comunicado ni borrar con una burla. Hay una fuerza política y ciudadana que exige contar en las decisiones sobre Venezuela. Puede discutirse su estrategia, cuestionarse sus propuestas, exigirle respuestas. Eso es política. Despachar a sus seguidores como figurantes revela la dificultad de reconocerlos como ciudadanos.
Tampoco conviene confundir la emoción de una jornada con una transición consumada. La esperanza necesita organización, garantías, instituciones y votos que se cuenten. Ninguna multitud, por impresionante que sea, sustituye ese trabajo.
Pero ninguna negociación debería pretender sustituir a la gente.
Ese es el peso de lo ocurrido: recordar que el país tiene voz propia, que no cabe entero en una mesa y que no está obligado a esperar en silencio mientras otros deciden cuándo podrá elegir.
Pueden seguir llamándolo show.
El problema que tienen es que la gente salió del papel que le habían asignado.
Inciso
La pieza que faltaba
El regreso de María Corina Machado incorpora presencia territorial a una fuerza que no depende de una invitación a la mesa, pero que deberá convertir respaldo ciudadano en influencia efectiva dentro de una transición aún en disputa.
«Estoy aquí. Con ustedes». María Corina Machado regresa a Venezuela y su presencia obliga a mirar el proceso político más allá de quienes se sientan a negociar. La mesa tiene dos delegaciones venezolanas. El país tiene un tercer factor cuyo peso no depende de una invitación.
El gobierno encargado de Delcy Rodríguez conserva el aparato estatal y sus instrumentos de poder. La Asamblea Nacional de 2015 ocupa la representación opositora reconocida para el diálogo. Machado tiene una fuerza de otra naturaleza: una relación con una parte importante de la población que ha sobrevivido a la persecución, a la distancia y a su exclusión de las decisiones. Esas tres capacidades son desiguales, pero ninguna lectura seria del momento puede prescindir de alguna de ellas.
El Acuerdo de Panamá había previsto para Machado la conducción de la negociación. Las cosas tomaron otro camino. Esa diferencia merece quedar registrada porque revela hasta dónde el reconocimiento de un liderazgo se traduce —o deja de traducirse— en capacidad para decidir. Los mismos sectores que reconocieron su conducción han terminado participando en un mecanismo en el que ella no ocupa ese lugar.
Sin embargo, la composición de una mesa no agota la representación de un país. Quienes negocian pueden acordar procedimientos, revisar leyes y organizar la renovación de instituciones. Necesitan también que lo que acuerden encuentre reconocimiento entre los ciudadanos. Allí pesa Machado: en la confianza de quienes esperan que la transición tenga un desenlace democrático y que las etapas anunciadas conduzcan, efectivamente, a él.
La movilización del 22 de octubre recordó que esa expectativa conserva capacidad de convocatoria. Sería un error confundir la paciencia de una población golpeada con la aceptación indefinida de cualquier plazo. También sería un error suponer que el respaldo a Machado puede transferirse automáticamente a decisiones tomadas sin ella. La confianza política tiene destinatarios y razones; quienes pretendan contar con ella tendrán que responder a ambos.
Su regreso ocurre, además, dentro de una realidad incómoda: Venezuela transita un proceso tutelado por Estados Unidos. Washington dispone de medios para condicionar al gobierno encargado, ordenar la negociación y establecer prioridades. El plan de tres fases de Marco Rubio expresa esa capacidad. Pero el poder de organizar una transición desde fuera tendrá que encontrarse con la voluntad de quienes deberán vivir sus resultados.
Machado vuelve a ese escenario con una responsabilidad enorme. Tendrá que convertir respaldo en influencia efectiva, sostener la exigencia sin agotar a quienes la acompañan y encontrar espacio para intervenir en una ruta cuyos controles no están en sus manos. Su liderazgo será medido también por esa capacidad: cuánto consigue acercar las decisiones a las aspiraciones de la gente.
Su presencia no garantiza que el proceso cambie de rumbo ni que adopte sus tiempos. Sí modifica las condiciones en las que los demás actores deberán desenvolverse. Una dirigente dentro del país puede escuchar, organizar, convocar y exigir desde una proximidad que la distancia limitaba. También queda más expuesta y asume de manera directa el costo de sus decisiones.
Machado estuvo políticamente presente durante su ausencia. Ahora esa presencia tiene otra densidad. El gobierno encargado, la representación de la Asamblea de 2015 y Washington tendrán que contar con ella, aunque prefieran conservar la composición actual de la mesa.
Ese es el alcance de su regreso: incorpora al terreno una fuerza que ya existía y que puede pesar sobre lo que viene. El rumbo sigue en disputa. El tercer factor está aquí.
-
Entrevistas5 meses agoZair Mundaray: «Enfrenté al poder con ciencia»
-
Política4 meses agoDelcy Rodríguez enfrenta a la prensa internacional: la rueda de prensa que no cerró la brecha
-
Política5 meses agoEl economista, los bonos y Citgo
-
Política4 meses agoEl semáforo de las estructuras: qué significa cada color tras el terremoto
-
Política5 meses agoRoberto Smith Perera: «La reconstrucción no puede esperar a la elección»
-
Especiales5 meses agoMedia vuelta… mar.
-
Inciso2 meses agoMárquez sabe qué pasó el 28 de julio
-
Inciso6 meses agoLa paciencia de Washington
