Medios
Las listas de correo que se volvieron medios de comunicación en Venezuela
Mientras 285 emisoras de radio y más de 60 periódicos cerraban entre 2003 y 2022, dos boletines diarios construyeron una infraestructura informativa paralela que hoy llega a decenas de miles de lectores en cuatro continentes. La Ceiba y Entornos Súmate hacen periodismo desde el correo electrónico, sin imprenta y sin redacción central.
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6W · Las claves Qué — Dos boletines diarios funcionan en Venezuela como medios de comunicación de pleno derecho desde el correo electrónico. Quién — La Ceiba, del equipo que coordina Ramón Muchacho, y Entornos Súmate, de la Asociación Civil Súmate. Cuándo — Operan ininterrumpidamente desde al menos 2016, ambos antes incluso. Dónde — Editados desde Venezuela y el exilio; leídos en la diáspora venezolana en cuatro continentes. Por qué — El cierre sistemático de medios tradicionales abrió un vacío informativo que la curaduría por correo terminó cubriendo. Cómo — Compilación diaria de titulares con enlace, breve cita o comentario, y distribución masiva por suscripción gratuita. |
Son las siete de la mañana en Cabudare. Las seis de la mañana en Punta Arenas. Las ocho de la mañana en Nashville. La una de la tarde en Granada. Cuatro venezolanos en cuatro continentes abren simultáneamente el mismo correo electrónico y leen el mismo resumen de titulares. Nadie imprimió un periódico. Nadie produjo un noticiero. No hay redacción central, ni equipo de reporteros, ni publicidad que pagar. Pero esos cuatro lectores —y decenas de miles como ellos— están haciendo exactamente lo que sus padres hacían cuando abrían El Nacional o El Universal al desayuno: ubicándose en el mapa noticioso del día. Esa simultaneidad diaria es, posiblemente, la innovación más importante del periodismo venezolano de los últimos quince años. Y casi nadie la ha contado así.
Lo que cerró antes
La estadística es brutal y poco discutida. Entre 2003 y 2022, al menos 285 emisoras de radio fueron cerradas en Venezuela, según el conteo de la ONG Espacio Público. Ese número representa el 71 por ciento del total de medios de comunicación clausurados durante ese período. En la prensa escrita, el saldo es similar: entre 2013 y 2022, más de 60 periódicos dejaron de circular indefinidamente, ahogados por la falta de papel, el bloqueo financiero o la asfixia administrativa. Diez cadenas de televisión extranjeras fueron expulsadas del país, entre ellas NTN24 en 2014 y CNN en Español en 2017.
A esa lista hay que añadir los cierres y compras emblemáticos. RCTV salió del aire en mayo de 2007 cuando el gobierno de Hugo Chávez no le renovó la concesión. Globovisión fue vendido en 2013 a empresarios cercanos al chavismo, y su línea editorial fue modificada al poco tiempo. La radio AM y FM se fragmentó entre concesiones revocadas y autocensura preventiva. El vacío informativo no fue accidente. Fue política sostenida durante dos décadas. Y dejó a millones de venezolanos sin sus referencias informativas habituales.
En ese hueco aparecieron los medios digitales independientes —Efecto Cocuyo, El Pitazo, TalCual, Crónica.Uno, Armando.info, El Estímulo, El Diario—, que sostuvieron buena parte del oficio en condiciones precarias. Pero el hueco también lo llenó otra cosa más antigua y menos celebrada: la cadena de correo electrónico, transformada por algunos editores en un producto editorial propio.
La Ceiba: el modelo conversacional
Ramón Muchacho, exalcalde del municipio Chacao y hoy en el exilio, edita La Ceiba todos los días al amanecer. El boletín llega por correo electrónico, por Substack —donde está alojado en `laceiba.substack.com`—, por un canal de Telegram con miles de seguidores y por una aplicación móvil. La estructura es invariable: un saludo corto, un comentario editorial firmado, un puñado de titulares con enlace a la fuente original y una sección de cartas de lectores.
Esa última sección es la que convierte a La Ceiba en algo más que un agregador. Los lectores responden al correo y Muchacho publica sus mensajes al día siguiente. El archivo público de Substack permite leer testimonios reales de la audiencia. Una lectora de Guacara, en Carabobo, escribe: «Buenos días, lo primero que hago al levantarme es leer La Ceiba, buen trabajo, buenos titulares, te felicito». Otro lector escribe desde Puerto Ordaz para denunciar el cierre de emisoras locales. Hay correos desde Cabudare, Carúpano, Manzanares de Baruta, La Trigaleña en Valencia. Y hay correos desde el otro lado: desde Nashville, Vancouver, Recife, Israel, Granada, Punta Arenas en Chile, la isla de Fehmarn entre Alemania y Dinamarca. Una lectora explica que llegó a Estados Unidos huyendo. Un ingeniero describe el invierno chileno mientras lee desde el sur del continente. Una pareja en Brasil cuenta que tienen cinco hijos y seis nietos «regados por el mundo» y que el boletín es uno de los pocos hilos que les queda con el país.
La función de La Ceiba no es solo transmitir información. Es construir comunidad informada. Cada correo que sale en la mañana lleva implícita la respuesta de los lectores del día anterior. La distinción técnica entre periodista y audiencia se desdibuja sin que la operación pierda rigor: el editor jerarquiza, comenta, escoge qué publicar. Pero el flujo es de dos vías. Eso, en términos estrictos de oficio, es un modelo que el periodismo masivo del siglo XX nunca tuvo y que solo internet hizo posible.
Entornos Súmate: el modelo de archivo riguroso
Del otro lado del espectro técnico opera Entornos Súmate, la publicación diaria de la Asociación Civil Súmate, fundada en 2002 por Alejandro Plaz y María Corina Machado para la defensa del derecho al voto. Súmate empezó como observatorio electoral y derivó, con los años, en una operación informativa propia.
Entornos publica tres ediciones diarias: matutina, nacional y vespertina. Y un resumen semanal los fines de semana. La estructura es opuesta a la de La Ceiba. No hay comentario editorial. No hay lectores escribiendo. No hay voz autoral. Cada edición es una secuencia de titulares, cada uno con su enlace a la fuente original y un párrafo o dos de la cita textual del medio que lo publicó. Al pie de cada bloque, una línea de pie editorial repite siempre la misma fórmula: «Las noticias insertadas en estos ENTORNOS solo reflejan lo reseñado por los medios digitales de información consultados y no una posición en particular de la Asociación Civil SÚMATE».
Esa renuncia explícita a la opinión es, en sí misma, una decisión editorial fuerte. Súmate construye un archivo. Cada entrega es un documento de lo que la prensa venezolana e internacional reportó ese día sobre Venezuela, ordenado por bloques temáticos. Quien quiera reconstruir la cronología de un episodio puede recorrer Entornos hacia atrás y encontrar, día por día, qué se publicó, dónde y con qué encuadre. La diferencia con La Ceiba es la diferencia entre una columna firmada y un cable de agencia. Ambas existen en el periodismo del siglo XXI. La novedad es que ahora coexisten en el mismo medio: el correo electrónico.
Dos modelos, una operación
La pregunta editorial no es cuál de los dos es mejor. La pregunta es por qué ambos cumplen una función que en una democracia con prensa funcionando cumple el diario impreso. Y la respuesta es estructural. Cuando 285 emisoras cierran y 60 periódicos desaparecen, el lector no deja de necesitar información. Lo que cambia es por dónde le llega. La cadena de correo electrónico, despreciada durante años como herramienta de tías y abuelas, terminó siendo infraestructura crítica de un país sin medios.
Hay una observación adicional que merece ser dicha en voz alta. La Ceiba y Entornos Súmate llevan más de una década operando bajo el formato newsletter. Lo hicieron por necesidad, no por moda. El periodismo en español de España apenas descubrió en 2024 que los boletines son centrales para su sostenibilidad. El periodismo en inglés llamó a esto «newsletter renaissance» entre 2020 y 2023, con Substack como bandera. Los editores venezolanos lo construyeron una década antes, sin patrocinio, sin financiamiento de capital de riesgo y sin etiqueta de vanguardia. La diferencia entre lo que se llama vanguardia y lo que se llama precariedad la marca, muchas veces, quién lo cuenta.
Para la diáspora venezolana en Estados Unidos —que supera el millón de personas, según cifras del censo— estos boletines cumplen otra función adicional. Son el ancla diaria con el país. El correo que llega antes del café es muchas veces la única conversación con Venezuela que esa persona tendrá en la jornada. Y esa conversación, aunque la modere un solo editor o una organización civil, está hecha en plural.
Lo que esto significa
Decenas de miles de venezolanos en cuatro continentes abren cada mañana el mismo correo electrónico y leen el mismo resumen de titulares. Esa simultaneidad sin imprenta, sin redacción central y sin canal de televisión, es periodismo. Quien lo lleva a cabo desde un exilio o desde una organización civil amenazada está haciendo, sin uniforme, el trabajo del oficio. Lo está haciendo, además, con una herramienta tecnológica que el resto del mundo apenas está descubriendo como medio.
El correo electrónico cumplió cincuenta y cuatro años el pasado octubre. Su primera versión moderna fue enviada en 1971. Medio siglo después, en la Venezuela de la transición tutelada, sigue siendo la infraestructura más confiable para informar a una comunidad dispersa cuando todas las demás se han caído. No es una metáfora. Es operación diaria.
Este análisis se publica bajo los criterios editoriales de INCÍSOS. Cómo trabajamos →
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