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La palabra creador es demasiado ancha

La palabra creador se ha vuelto tan ancha que ha perdido capacidad descriptiva. Y esa amplitud no es inocente: es funcional al sistema que sostiene la economía del contenido.

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La palabra creador se ha vuelto tan ancha que ha perdido capacidad descriptiva. Y esa amplitud no es inocente: es funcional al sistema que sostiene la economía del contenido.

QUÉ Una distinción entre cuatro roles distintos que operan bajo la etiqueta común de «creador».
QUIÉN Productores originales, curadores, agregadores y recicladores en el ecosistema hispanohablante.
CUÁNDO Datos del sector correspondientes a 2024 y 2025.
DÓNDE TikTok, Instagram, YouTube y el ecosistema global de la creator economy.
POR QUÉ Porque la palabra «creador» oculta diferencias estructurales importantes.
CÓMO Un análisis conceptual y económico del sector, con distinción de cuatro roles.

La palabra creador es nueva en su uso actual. Hasta hace quince años, llamábamos así a los novelistas, a los compositores, a los pintores, a los cineastas. Personas que, después de meses o años de trabajo, ponían en el mundo algo que no estaba antes. La palabra tenía peso. Hoy, en el ecosistema digital, llamamos creador a cualquiera que publique contenido en una plataforma. Y bajo esa etiqueta caben, en una misma categoría sin distinciones, el periodista de investigación que tarda dos semanas en producir un reportaje, el divulgador que explica un tema complejo con rigor, el comentarista que opina sobre noticias del día, el agregador que reposiciona contenido ajeno con un comentario encima, y el reciclador que copia material de terceros y lo presenta como propio.

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Es una palabra demasiado ancha. Y la anchura no es inocente. Es la palabra que necesita la industria para sostener una valoración económica que en 2024 alcanzó los 205.000 millones de dólares globales, según Grand View Research, y que se proyecta a 500.000 millones para 2027 según Goldman Sachs. La industria necesita que todos los que publican sean creadores porque su modelo de negocio depende de la masa, no de la calidad. Pero la conversación seria sobre contenido —la que este especial intenta sostener— necesita la distinción que la industria evita. Conviene hacerla.

Cuatro roles que se confunden

Hay al menos cuatro roles distintos operando bajo la etiqueta común de creador. Diferenciarlos no es ejercicio académico. Es la única manera de discutir en serio qué está pasando con el contenido en español que circula hoy.

El primero es el productor original. Es quien investiga, entrevista, verifica y construye una pieza —escrita, audiovisual, sonora— que no existía antes. Su materia prima es el trabajo de campo o el trabajo intelectual; su resultado, una pieza con autoría real. Un reportaje de investigación de un periodista que pasó tres meses revisando documentos públicos es producción original. Un ensayo que articula una tesis nueva después de meses de lectura es producción original. Una entrevista de fondo a una fuente difícil, conducida con preparación seria, es producción original. La producción original cuesta. Tiempo, dinero, riesgo profesional.

El segundo es el curador. Es quien selecciona, jerarquiza y contextualiza material producido por otros, añadiendo valor en el proceso. El curador no investiga: elige. Pero su elección, cuando está bien hecha, es ella misma una forma de creación. Un editor que arma una antología de los mejores reportajes del año sobre Venezuela; un divulgador que explica un paper académico complejo para audiencia general citando rigurosamente la fuente; un podcaster que reúne tres entrevistas externas y construye sobre ellas un argumento propio. La curaduría exige criterio. Lo que distingue al curador del agregador es que el primero deja al lector mejor informado que si hubiera ido directo a la fuente original.

El tercero es el agregador. Es quien recoge material producido por otros y lo redistribuye sin transformación significativa. El agregador no investiga ni elige con criterio editorial: simplemente reproduce, a veces con un comentario breve, a veces con un titular reformulado. Una cuenta de Instagram que toma capturas de noticias de medios tradicionales y las publica con sus propios filtros visuales es agregación. Un canal de YouTube que resume notas de prensa de agencias internacionales sin trabajo de verificación propio es agregación. Lo que el agregador hace —y no es poco— es facilitar el acceso. Lo que no hace es añadir valor informativo.

El cuarto es el reciclador. Es quien toma material de otros, lo modifica mínimamente, y lo presenta como propio. Aquí la distinción ética con los tres roles anteriores es clara: el reciclador no acredita la fuente original, no añade transformación sustancial, y se beneficia del trabajo ajeno sin reconocerlo. El reciclaje no es marginal en el ecosistema en español. Es un patrón documentado por investigaciones periodísticas en países tan distintos como México, Colombia, España y Argentina. La impunidad del reciclaje es uno de los factores que más erosiona la viabilidad económica de la producción original.

Qué premia el sistema

La distinción importa porque los incentivos del sistema no son neutros entre estos cuatro roles. El sistema —entendido como el conjunto de plataformas, algoritmos y modelos de monetización que organizan la economía del contenido digital— premia desproporcionadamente al tercero y al cuarto, y castiga al primero y al segundo. No por ideología. Por economía.

Producir una pieza original cuesta tiempo y dinero. Curar exige formación, criterio y horas de lectura. Agregar cuesta minutos. Reciclar cuesta segundos. Si las tres últimas categorías compiten en el mismo feed por los mismos minutos de atención del mismo lector, y el sistema no distingue cuál de las cuatro es cuál, el ganador económico es siempre el que produce más volumen a menor costo. Eso es agregación. O reciclaje.

Los datos de la economía global del creador, publicados en el Creator Earnings Report 2025 de Influencer Marketing Hub, son consistentes con esta lógica. Más del 50 por ciento de los creadores en el mundo gana menos de 15.000 dólares al año por su contenido. Solo el 4 por ciento supera los 100.000 dólares anuales. La mediana de ingresos es enormemente más baja que la media, porque la media está distorsionada por un puñado de creadores con audiencias millonarias. El 70 por ciento de los ingresos totales del creador promedio viene de acuerdos de marca, no de monetización directa por la plataforma. Y los acuerdos de marca premian alcance, no rigor.

En el ecosistema hispanohablante específicamente, donde los datos son menos sistemáticos pero las tendencias son convergentes, la situación es comparable. Plataformas como SocialPubli, especializadas en marketing de influencia hispana, documentan que la mayor parte del crecimiento del sector se concentra en categorías de entretenimiento, estilo de vida y consumo, no en periodismo o divulgación. TikTok es la plataforma preferida por el 45 por ciento de los creadores globales, según el mismo informe. Y TikTok premia, por diseño, formatos de menos de 60 segundos con alto contenido emocional inmediato. No premia el reportaje. No premia la verificación. No premia la curaduría rigurosa. No porque la plataforma sea hostil al periodismo, sino porque su métrica central —retención de atención por segundo— no contiene ninguna variable que valore esas dimensiones.

Tres patrones del ecosistema hispano

Conviene aterrizar la discusión en patrones concretos del ecosistema en español, sin nombres propios pero con descripciones reconocibles para cualquier lector que pase tiempo en redes hispanohablantes.

Primer patrón. El asesor financiero digital. Una cuenta —en Instagram, en TikTok, en YouTube— que ofrece consejos sobre crédito, inversión, manejo del dinero, dirigidos específicamente a hispanohablantes. El contenido suele ser presentado como original; en realidad, la mayoría de las piezas son adaptaciones de fuentes en inglés —blogs financieros estadounidenses, libros de educación financiera mainstream, contenido de oficinas gubernamentales como el Consumer Financial Protection Bureau—, traducidas y reformuladas con ejemplos locales. Los consejos no son falsos. Tampoco son producción original. Y entre el lector y la fuente original se interpone un creador que cobra por acuerdos con marcas financieras que el lector no sabe que están detrás. Es agregación pura presentada como creación.

Segundo patrón. La cuenta de noticias visuales. Un perfil —usualmente en Instagram, a veces en TikTok— que toma noticias del día publicadas por medios tradicionales (Reuters, AP, EFE, agencias hispanas) y las convierte en piezas visuales con diseño propio. La pieza visual es atractiva, accesible, fácil de compartir. El titular suele estar reformulado, el cuerpo de la nota reducido a tres líneas, la fuente original mencionada en pequeño o no mencionada en absoluto. El lector consume la pieza visual y siente que se ha informado. No ha leído al medio original. No conoce su contexto editorial. No sabe si la cuenta ha verificado el contenido o lo ha tomado por bueno. Es agregación con diseño, que en muchos casos cruza la línea hacia el reciclaje cuando la atribución original desaparece.

Tercer patrón. El divulgador migratorio. Una cuenta que ofrece información práctica para inmigrantes hispanos en Estados Unidos —procedimientos de USCIS, plazos de visas, derechos laborales—. La información, cuando es correcta, es valiosa. El problema es la combinación de dos elementos: por un lado, la cuenta presenta como conocimiento propio lo que es información pública directamente disponible en sitios oficiales gubernamentales; por otro, la cuenta monetiza ese contenido cobrando por consultas individuales que el usuario podría resolver gratis en una clínica legal o en la propia página de USCIS. La información no es falsa. La presentación es problemática. La frontera entre divulgación útil y aprovechamiento informativo es delgada.

Estos tres patrones, repetidos a escala de miles de cuentas, definen una parte sustancial del contenido en español que circula hoy en las plataformas más usadas por hispanohablantes en todo el mundo. La mayoría de quienes operan estas cuentas no lo hacen con mala intención. Lo hacen porque el sistema los premia por hacerlo así. Producir contenido original les costaría tiempo que no tienen y dinero que no recuperarían. Agregar les da audiencia, ingresos, crecimiento. El sistema funciona como fue diseñado.

Lo que está en juego

A esta altura del bloque, conviene una aclaración. La crítica no es a los creadores individuales. La crítica es al sistema de incentivos que ha convertido la palabra creador en una categoría tan ancha que ha perdido capacidad descriptiva. Hay creadores hispanohablantes que producen contenido extraordinario: divulgadores científicos rigurosos, periodistas independientes que han migrado de medios tradicionales a plataformas digitales sin perder estándares, podcasters que sostienen conversaciones de fondo que ningún medio tradicional acoge ya. Existen. Y los datos del propio sector lo confirman: el 4 por ciento que supera los 100.000 dólares anuales no es solo la cara visible de los influencers de entretenimiento; incluye, en proporción menor pero creciente, voces serias que han encontrado un modelo de sostenibilidad fuera de los medios tradicionales.

Lo que está en juego no es la viabilidad de los creadores individuales talentosos. Es la viabilidad de un ecosistema en el que la producción original tenga espacio comercial suficiente para sostenerse. Cuando el sistema premia desproporcionadamente la agregación y el reciclaje, los creadores más talentosos tienen dos opciones: o se adaptan a las reglas del sistema y reducen el rigor de su trabajo para ganar volumen, o se mantienen en el rigor y aceptan ingresos que no permiten dedicarse a tiempo completo. La primera opción degrada la calidad del ecosistema. La segunda lo empobrece estructuralmente.

Hay una pregunta que vale la pena formular sin retórica. ¿Qué valores transmite un sistema cuyos incentivos premian el ruido sobre el rigor? La respuesta no es ideológica. Es operativa. Transmite el valor de la velocidad sobre la verificación. El valor del volumen sobre la profundidad. El valor del entretenimiento sobre la comprensión. El valor de la opinión sin documentación sobre el dato con fuente. No porque alguien lo haya decidido moralmente. Porque la métrica central del sistema, retención de atención, correlaciona mejor con esos valores que con los opuestos. Y el sistema optimiza lo que mide.

La pregunta del título de este bloque tiene entonces una respuesta matizada. Sí, hay creadores que crean. Pero son la excepción dentro de una categoría cuya mayoría agrega o recicla. Y la confusión entre las cuatro figuras —productor original, curador, agregador, reciclador— bajo una sola etiqueta no es accidental. Es funcional al sistema. Y reconocerlo, en este especial dedicado al contenido, es probablemente el primer paso para empezar a discutir qué tipo de ecosistema queremos sostener en lengua española durante la próxima década.

Fuentes principales

  • Grand View Research · Creator Economy Market Report (2024).
  • Goldman Sachs · Creator Economy Outlook (2023).
  • Influencer Marketing Hub · Creator Earnings Report 2025.
  • SocialPubli · datos sobre marketing de influencia hispana.
  • Tim Wu · The Attention Merchants (2016).
  • Jenny Odell · How to Do Nothing (2019) y Saving Time (2023).
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Alfredo Yánez

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El delito imaginario

Usar inteligencia artificial no es un delito. Usarla sin criterio, sí puede serlo. La diferencia importa, y confundirla castiga primero al que menos lo merece.

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Usar inteligencia artificial no es un delito. Usarla sin criterio, sí puede serlo. La diferencia importa, y confundirla castiga primero al que menos lo merece.

En los últimos meses ha ocurrido algo curioso en la conversación pública sobre inteligencia artificial. La palabra IA dejó de nombrar una tecnología y empezó a nombrar una sospecha. Cuando un profesor la menciona, casi siempre es para acusar. Cuando un empleador la menciona, casi siempre es para desconfiar. Cuando un lector la ve mencionada en el pie de una nota, la mayoría de las veces la lee como si fuera una confesión. En algún punto de este año, sin que ningún tribunal lo decretara, usar una herramienta de inteligencia artificial se convirtió, en el imaginario público, en algo parecido a un delito.

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Y ese delito, hay que decirlo con claridad, es imaginario. No existe. Nunca ha existido.

Lo que sí existe —y lo que la conversación seria sobre estas herramientas debería estar tratando de nombrar con precisión— es una diferencia entre dos usos que la mayoría de la gente todavía trata como equivalentes. Un uso legítimo, en el que la máquina asiste a un proceso conducido por una persona con criterio. Y un uso fraudulento, en el que la máquina reemplaza el proceso y una persona se atribuye el resultado. Los dos usos parecen iguales desde afuera. Producen textos, imágenes, respuestas, decisiones. Pero son actos morales distintos. Y la salud del debate público en lengua española depende, en buena medida, de que empecemos a distinguirlos con seriedad.

Por qué la sospecha tiene fundamento

Empiezo por reconocer lo que hay de razón en la sospecha, porque hacer como si no existiera sería tramposo.

La sospecha sobre el uso de IA tiene raíces reales. Existen sitios de noticias generados enteramente por máquinas y publicados como si tuvieran redacción propia. La empresa NewsGuard, que audita fiabilidad de fuentes informativas, contó más de mil doscientos de estos sitios operando en dieciséis idiomas en mayo de 2025. Existen estudiantes que entregan trabajos escritos por asistentes automáticos como si fueran propios. Existen profesionales que presentan análisis producidos por modelos como conclusiones de su experiencia. Existen medios que llenan sus secciones con contenido generado sin supervisión y lo publican con firma humana. Todo eso es fraude. No merece defensa. La sospecha que despierta esa práctica —esa desconfianza generalizada que se ha instalado en aulas, oficinas y redacciones— es una respuesta razonable a un fenómeno real.

El problema no es la sospecha. El problema es su ejecución.

Porque la sospecha, cuando se aplica sin criterio, castiga primero al que menos lo merece. En 2023, siete detectores automáticos de inteligencia artificial evaluaron 91 ensayos escritos por estudiantes que rendían el examen TOEFL, la prueba estándar de inglés como lengua extranjera. Los siete programas concluyeron, en promedio, que el 61 por ciento de esos textos habían sido generados por una máquina. Los 91 los escribieron personas. El estudio fue publicado en la revista Patterns y lo dirigió el profesor James Zou de la Universidad de Stanford. Con ensayos de estudiantes estadounidenses de octavo grado, los mismos programas acertaron casi siempre.

La razón del error, explicada en el paper, es simple. Los detectores miden qué tan predecible es un texto. Quien aprendió el idioma en un salón de clases escribe con vocabulario más simple y estructuras más formales, porque así se enseña un idioma. El programa lee eso como máquina. La consecuencia práctica es que en el mundo actual, un estudiante hispano que escribe un ensayo en inglés tiene una probabilidad estadísticamente alta de ser acusado de tramposo por su profesor. No porque haya tramado nada. Porque escribió honestamente en su segundo idioma.

Anthropic anunció este mes que sus modelos nuevos incorporan una marca imperceptible en todo lo que generan. La marca indica que un texto pasó por el modelo, no que el modelo lo escribiera. La propia empresa lo aclara sin ambigüedad. Pero conviene tener presente lo que va a pasar cuando esa marca llegue a manos de profesores, empleadores, editores y evaluadores que ya desconfían: la van a leer como prueba de autoría. Y no lo es. Un estudiante que use la herramienta para corregir la gramática de su ensayo —exactamente el uso que la propia empresa reconoce como legítimo— entregará un trabajo que sí llevará la marca. Escribió cada idea. La marca no lo distingue.

Esa es la injusticia estructural que hoy está en curso. Y contra ella hay que decir con toda claridad: no, usar inteligencia artificial no es un delito. Ni cuando se declara ni cuando no se declara. El delito es reemplazar el criterio propio por el de una máquina y presentar el resultado como propio. Son cosas distintas. Cualquier medio, cualquier institución educativa, cualquier lugar de trabajo que las trate como equivalentes está condenando por adelantado a las personas que menos podrían defenderse.

Qué distingue un uso del otro

Conviene formularlo sin retórica, porque en la práctica la distinción es más precisa de lo que la conversación pública deja creer.

Un uso legítimo de inteligencia artificial es aquel en que la máquina asiste un proceso conducido por una persona con criterio propio. La persona sabe lo que busca. Elige qué se acepta y qué se descarta. Verifica los datos contra fuente primaria. Decide el ángulo. Responde por el resultado. La máquina hace lo que le fue pedido, cuando fue pedido, dentro de límites que la persona controla. Si el resultado tiene errores, la responsabilidad no se desplaza hacia la herramienta: es de quien la usó sin verificar. Si el resultado tiene aciertos, tampoco se le atribuyen a la máquina: son de quien supo qué pedir y qué hacer con la respuesta. La analogía más honesta no es con un cerebro; es con una calculadora sofisticada. Nadie acusa a un ingeniero de fraude por usar una calculadora, aunque el ingeniero no haga los cálculos a mano. Nadie duda de la autoría de un texto porque el autor use un procesador de palabras en lugar de una máquina de escribir. La herramienta es herramienta. El criterio es del que la maneja.

Un uso fraudulento es aquel en que la máquina reemplaza el proceso. La persona no dirige: firma. No verifica: acepta. No decide el ángulo: recibe uno. No responde por el resultado: se lo atribuye. Cuando un estudiante pide a un asistente que le escriba un ensayo entero y lo entrega como propio, eso es fraude. Cuando un medio publica sin supervisión textos generados por máquina y los presenta con firma humana, eso es fraude. Cuando un profesional entrega un informe que no leyó y que no puede defender, eso es fraude. El fraude no está en usar la herramienta. Está en el acto de sustitución: en que la persona que firma no dirigió el proceso ni asume la responsabilidad de lo firmado.

La diferencia entre las dos cosas no es técnica. Es moral. Y como toda diferencia moral, exige algo que ninguna tecnología puede resolver: un ser humano dispuesto a distinguir.

Cómo se hace INCÍSOS

Este medio ha declarado su método públicamente. La página de metodología del sitio —accesible en incisos.com/metodologia— explica cómo se produce cada pieza que aquí se publica. La transcribo en su idea central, no por autoreferencia sino porque el especial El Contenido al que este Inciso está vinculado exige que quien opina sobre estas cuestiones también responda por ellas.

INCÍSOS usa inteligencia artificial. Lo hace para investigar, estructurar, redactar borradores, contrastar datos, buscar antecedentes, revisar coherencia interna, pulir una redacción. Usa varios asistentes, no uno solo, porque contrastar entre ellos es en sí mismo una forma de control. Lo que la máquina no hace, nunca, es decidir sola. No elige qué se publica. No determina el ángulo editorial. No valida un dato como verdadero. No firma. Cada cifra que aparece en una nota fue contrastada contra su fuente primaria por una persona. Cada nombre propio, verificado. Cada afirmación delicada, sostenida en algo más sólido que la respuesta de un asistente. Una pieza anterior de INCÍSOS jamás se usa como fuente de otra: todo se vuelve a verificar contra el origen. Si un dato no se puede confirmar, no se publica. Esa regla no la ejecuta un algoritmo. La ejecuta el criterio de quien edita.

He escrito sobre este tema con más profundidad de la que cabe en un Inciso. Mi ensayo La inteligencia NO es artificial, publicado a comienzos de este año, argumenta que el problema no es la máquina: es lo que el ser humano deja de hacer cuando la usa sin criterio. El libro distingue asistencia de sustitución, y sostiene que la delegación de una tarea es distinta de la delegación de una parte del proceso mental. La primera es uso de herramienta. La segunda es abdicación. Vale la pena leerlo con calma en un momento en que la conversación pública sobre estas cuestiones tiende, con demasiada facilidad, a los dos extremos: entusiasmo tecnológico sin matices, o criminalización sin distinción.

Qué hay que exigir en lugar de sospechar

Termino con lo operativo, porque los Incisos que solo diagnostican y no proponen no sirven.

En vez de sospechar del uso de IA, hay que exigir tres cosas concretas. Se pueden exigir en una redacción, en un salón de clases, en una oficina. Son las mismas.

Uno. Declaración del uso. Cuando una persona usa una herramienta de IA en la producción de un trabajo firmado, debería declararlo. No como confesión, sino como transparencia. No para pedir perdón, sino para permitir al lector, al profesor o al empleador entender qué está evaluando. INCÍSOS lo hace en su página de metodología y lo repite en cada nota que trata directamente el tema. Cualquier medio o institución seria puede hacer lo mismo.

Dos. Responsabilidad por el resultado. Quien firma responde. Si un dato está mal, la responsabilidad es de quien lo publicó, no de la herramienta que lo generó. Si un análisis es débil, la responsabilidad es de quien lo firmó, no de la máquina que ayudó a estructurarlo. La firma es un compromiso, no un adorno. Y ese compromiso no se delega.

Tres. Criterio para distinguir. Antes de acusar, hay que preguntar. ¿La persona dirigió el proceso? ¿Verificó los datos contra fuente primaria? ¿Puede defender lo firmado ante preguntas incómodas? ¿Puede reconstruir el razonamiento sin la ayuda de la máquina? Si las respuestas son afirmativas, no hubo fraude, aunque hubiera asistencia. Si las respuestas son negativas, hubo fraude, aunque no hubiera asistencia alguna. Un ensayo escrito enteramente a mano, sin ninguna herramienta digital, puede ser fraude si la persona que lo firma no puede defender lo que escribió.

El delito imaginario es cómodo porque no requiere pensar. Basta con reaccionar. Basta con desconfiar. Basta con acusar en bloque, sin distinguir, sin escuchar, sin verificar. Es la versión adulta del pánico. Y como todo pánico, castiga primero al que menos merece el castigo: al estudiante que aprendió el idioma en clase, al trabajador que traduce su currículum, al profesional que corrige su gramática antes de entregar un informe.

La conversación seria sobre inteligencia artificial —la conversación que este medio ha tratado de sostener durante todo el especial El Contenido— no empieza pidiendo la abolición de la herramienta ni celebrando su llegada. Empieza distinguiendo. Y quien no está dispuesto a distinguir no debería estar acusando.

Fuentes principales

  • Liang et al., GPT detectors are biased against non-native English writers, revista Patterns, 2023.
  • Anthropic, documentación sobre marcado de contenido, publicada el 10 de agosto de 2026.
  • NewsGuard, seguimiento de sitios de noticias generados por IA, mayo de 2025.
  • Alfredo Yánez Mondragón, La inteligencia NO es artificial, 2026.
  • INCÍSOS, Cómo se hace INCÍSOS, página de metodología del medio.

Sobre el autor

Alfredo Yánez Mondragón es fundador y editor en jefe de INCÍSOS. Periodista con más de veinte años de experiencia en medios, radicado en Columbus, Ohio. Autor de nueve libros publicados en Amazon, entre ellos La inteligencia NO es artificial, ensayo dedicado precisamente a las cuestiones que este Inciso trata en formato breve.

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La pregunta que queda

La pregunta no es si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica. La pregunta es si tenemos la disciplina para sostenerla.

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La pregunta no es si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica. La pregunta es si tenemos la disciplina para sostenerla.

En las páginas anteriores de este número se reunieron ocho miradas distintas sobre el mismo problema. La anatomía del consumo hispanohablante actual. El falso debate entre profundidad y superficie. La pregunta sobre el criterio y quién es responsable de formarlo. La cuestión incómoda sobre los creadores y lo que efectivamente crean. El algoritmo como rey sin firma. La máquina que escribe sin entender lo que dice. El mapa de los lectores que migraron y el mapa de los medios que se están reorganizando. No hay una conclusión única que las cosa porque ese no era el propósito. El especial empezaba con la imagen de un trono vacío, y un trono vacío no se llena con un solo discurso.

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Pero hay una pregunta que sí queda y que merece respuesta directa, aunque sea provisional: ¿es romántica la idea de un contenido que informe, forme, estimule, rete? La pregunta importa porque encierra una sospecha. La sospecha de que pedirle al periodismo todo eso al mismo tiempo es pedirle algo de otra época, algo que el mercado actual ya no puede sostener, algo que tal vez nunca pudo sostener bien. Si es romántica, hay que decirlo. Si no lo es, hay que defenderlo con argumentos.

Mi respuesta es que no es romántica. Pero la respuesta exige una matización que vale la pena hacer despacio.

Lo romántico sería pretender que un solo medio, una sola pieza, una sola voz, cumpla simultáneamente las cuatro funciones. Que la misma nota informe el dato, forme criterio en quien lo lee, estimule curiosidad sobre lo que vendrá y rete una creencia previa. Eso sí es ilusión. Las piezas que intentan hacer las cuatro cosas a la vez suelen no hacer ninguna bien. Las piezas que se proponen una función con honestidad pueden hacerla con excelencia. Una buena nota informativa no necesita formar criterio si está construida con rigor: la información bien presentada forma criterio sin proponérselo. Una buena columna no necesita informar de cero si parte de un dato verificado: el dato hace el trabajo informativo y la voz hace el resto.

Lo no romántico, lo realista, es entender que esas cuatro funciones se distribuyen en el ecosistema, no en cada pieza. Un medio con criterio combina, en su oferta semanal, piezas que informan, piezas que forman, piezas que estimulan y piezas que retan. No le pide a cada nota que sea las cuatro cosas. Le pide al conjunto del trabajo que cumpla las cuatro. Eso sí se puede sostener. Eso sí se está haciendo. En lugares dispersos, en escalas pequeñas, frecuentemente sin la atención del algoritmo. Pero se está haciendo.

La conclusión incómoda del especial es esta: el problema no es que el buen contenido haya desaparecido. El problema es que dejó de ser el centro económico del sistema. Y un sistema cuyo centro económico está en otro lugar tarde o temprano deja de producir lo que no le paga. Los medios que sobreviven hoy haciendo periodismo serio lo hacen a contracorriente de los incentivos del mercado, no gracias a ellos. Y eso es frágil. No es romántico decirlo: es contable.

Hay tres cosas concretas que se pueden defender desde acá, sin caer en la nostalgia ni en el catastrofismo.

La primera es que el lector hispanohablante de hoy no es un consumidor degradado. Es un lector cambiado. Consume distinto, en plataformas distintas, en formatos distintos, y sus razones para consumir como consume son legítimas. Si el periodismo serio quiere encontrarlo, tiene que ir a donde está, no quejarse de que se fue. Eso no es traición a los formatos largos. Es honestidad con el ecosistema actual.

La segunda es que la calidad no se mide en extensión. Se mide en honestidad del formato con su propósito. Un hilo de X bien armado, con datos verificados y argumento claro, puede ser periodismo de la mejor especie. Un reportaje de cuatro mil palabras lleno de relleno y sin investigación nueva puede ser, en términos editoriales, fraude. La defensa del periodismo serio no es la defensa de los formatos antiguos. Es la defensa del rigor en cualquier formato.

La tercera es que la responsabilidad se reparte. Los medios deben hacer mejor periodismo del que están haciendo, sí. Pero los lectores deben hacer también mejores decisiones de consumo de las que están haciendo, sí. Y las plataformas deben rendir cuentas por las reglas con las que distribuyen contenido a millones de personas, sí. Si una de las tres patas del banco se rompe, el banco se cae. Echarle la culpa solo a una es perder de vista que el problema es estructural.

Este especial no se dedicó a un tema porque sí. Se dedicó al contenido porque la conversación pública en lengua española depende, literalmente, de la calidad del contenido al que tiene acceso. El voto del 5 de noviembre del año pasado en Estados Unidos se decidió, en parte, por lo que millones de hispanos leyeron, vieron y compartieron en las semanas previas. La forma en que la diáspora venezolana entiende la transición tutelada del año en curso depende, también, de qué medios siguen produciendo análisis y cuáles solo replican comunicados. La decisión de un trabajador hispano en Texas sobre si renueva su empleo, monta su negocio o cambia de estado se construye, también, sobre el contenido que llega a su pantalla cada mañana. La interpretación que un lector en Madrid hace del cambio político en Buenos Aires, la lectura que un mexicano hace de la economía estadounidense, el modo en que un colombiano lee la transición venezolana, dependen todas de lo mismo. No es una conversación abstracta. Es la conversación más concreta posible.

La pregunta que queda, entonces, no es si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica. La pregunta es si tenemos la disciplina, los lectores y la voluntad para sostenerla. La respuesta no la da un especial. La dan los próximos doce meses de trabajo.

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El mapa de los medios hispanos

El ecosistema de medios en lengua española en 2026 no está colapsado. Está reorganizándose. Hay pérdida real y hay producción seria sostenida en condiciones difíciles.

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El ecosistema de medios en lengua española en 2026 no está colapsado. Está reorganizándose. Hay pérdida real y hay producción seria sostenida en condiciones difíciles.

QUÉ Un mapa estructural del ecosistema de medios en lengua española en 2026.
QUIÉN Medios tradicionales, nativos digitales, bilingües y nuevos formatos en español.
CUÁNDO Estado actual del ecosistema con perspectiva de las últimas dos décadas.
DÓNDE España, Estados Unidos, México, Argentina, Colombia, Venezuela y el ámbito hispanohablante.
POR QUÉ Porque la conversación sobre calidad exige saber quién produce qué y en qué condiciones.
CÓMO Análisis por categorías estructurales, movimientos transversales y brechas identificadas.

Después de siete bloques diagnosticando lo que pasa con el contenido en español, queda una última pregunta operativa: ¿quiénes están haciendo qué dentro de este ecosistema? El especial no estaría completo sin un mapa, así sea provisional, del estado actual de los medios en lengua española. La función de este bloque es describir, no juzgar. La función de quien lo lee es sacar sus propias conclusiones sobre dónde encuentra criterio y dónde no.

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Una aclaración antes de empezar. Este mapa no se propone como ranking ni como calificación. No hay categoría de «medios buenos» ni de «medios malos». Lo que hay es descripción estructural: medios que se mueven en ciertos espacios del ecosistema, que enfrentan ciertas condiciones, que han tomado ciertas decisiones editoriales identificables. El lector que ha llegado hasta aquí en el especial tiene, con los siete bloques anteriores, criterio suficiente para evaluar lo descrito. Este último bloque solo organiza el terreno donde ese criterio se aplica.

Cuatro categorías estructurales

Conviene empezar separando lo que se confunde. El ecosistema de medios en lengua española en 2026 está organizado, a grandes rasgos, en cuatro grandes categorías estructurales. Las categorías no son herméticas: hay medios que cruzan dos. Pero ayudan a no tratar como equivalentes a actores que operan con condiciones materiales completamente distintas.

La primera categoría son los medios tradicionales sobrevivientes. Periódicos y cadenas de televisión que existían antes de internet, que cruzaron a digital con desigual fortuna, que mantienen redacciones profesionales numerosas pero con plantillas reducidas respecto a sus máximos históricos, que viven de una combinación de suscripciones, publicidad y, en algunos casos, financiamiento corporativo o estatal. En España: El País, El Mundo, ABC, La Vanguardia. En México: Reforma, El Universal, Milenio, La Jornada. En Argentina: Clarín, La Nación, Página 12. En Colombia: El Tiempo, El Espectador, Semana. En Estados Unidos: Univision, Telemundo, La Opinión, El Nuevo Herald.

En Venezuela el caso requiere precisión. El Nacional, transformado por las condiciones políticas del país, opera hoy esencialmente desde el exterior tras años de presión gubernamental. El Universal, en cambio, atravesó una trayectoria distinta: fue vendido en 2014 a un grupo de propietarios afines al chavismo, y desde entonces su línea editorial cambió radicalmente. Heredó digitalmente millones de seguidores construidos durante décadas de prensa de referencia, una porción significativa de los cuales se ha desvinculado del medio por el giro editorial. Hoy opera desde Caracas como medio alineado con la administración de Delcy Rodríguez. La trayectoria es ilustrativa de un fenómeno que el ecosistema venezolano expone con claridad y que ocurre, en versiones distintas, en otros países hispanohablantes: la transformación de cabeceras históricas por cambio de propiedad, con conservación del nombre y de la marca digital pero alteración profunda de la línea.

Lo que comparten estos medios es la huella institucional. Son organizaciones grandes, con jerarquías editoriales, con archivo histórico, con marca reconocible para varias generaciones. Lo que también comparten es la dificultad: declinación de ingresos publicitarios, dificultad para sostener el modelo de suscripción al nivel del público anglosajón, presiones políticas variables según país. Algunos han mantenido estándares de rigor reconocibles. Otros han cedido, en grados distintos, a las exigencias de la economía de la atención. La heterogeneidad dentro de esta categoría es enorme y conviene no asumir que pertenecer a ella garantiza nada.

La segunda categoría son los medios nativos digitales con vocación de fondo. Aparecieron principalmente en los últimos quince años, sin herencia de prensa impresa. Su tamaño es menor pero su agilidad operativa es mayor. Su modelo de financiación es híbrido: combinaciones de suscripción, donación, fundación, becas internacionales, y publicidad limitada. En España: eldiario.es, infoLibre, Público, El Confidencial, The Objective. En México: Animal Político, Aristegui Noticias, Pie de Página, Quinto Elemento Lab. En Colombia: La Silla Vacía, Vorágine, Cambio. En Argentina: El Diario AR, Cenital, Chequeado. En Venezuela, donde la categoría es especialmente activa por las condiciones políticas: Armando.info, Prodavinci, Efecto Cocuyo, El Estímulo, El Pitazo, Runrunes. En Estados Unidos dirigidos a comunidad hispana: Latino Rebels, Documented, Conecta Arizona, La Esquina TX.

Lo que distingue a esta categoría es la combinación de digitalidad nativa con vocación periodística seria. Producen reportaje propio, mantienen verificación, asumen riesgos editoriales que medios tradicionales más grandes no asumirían. Su limitación es de escala: rara vez alcanzan la difusión de los medios establecidos, y dependen de sostenibilidad financiera siempre frágil. Es probablemente la categoría donde más periodismo de fondo en español se está produciendo hoy, aunque su alcance individual sea menor.

La tercera categoría son los medios bilingües y los medios en inglés con cobertura específica de comunidad hispana. Especialmente relevante en Estados Unidos, donde el dato del Bloque I dejó claro que el 54 por ciento de los hispanos consume noticias en inglés. Aquí entran cabeceras como The Latino Newsletter de Julio Ricardo Varela, Latino USA de NPR, secciones específicas de The New York Times en Español o de The Washington Post dedicadas a temas latinos, NBC Latino, Axios Latino. El cruce con las dos categorías anteriores es alto, pero conviene tratarlos por separado porque su decisión editorial central —escribir sobre la comunidad hispana en inglés, o en bilingüe— responde a una lectura demográfica que las dos categorías anteriores no comparten.

Esta categoría está creciendo y previsiblemente seguirá creciendo. Para el lector de tercera generación hispana en Estados Unidos, que mayoritariamente prefiere informarse en inglés, estos medios son la opción natural. Para el lector hispanohablante de cualquier otro país, son referencia ocasional, no medio principal.

La cuarta categoría son los nuevos formatos editorialmente serios. Pódcast de análisis, newsletters de autor, canales de YouTube con vocación periodística, cuentas de creadores que han migrado del oficio profesional a plataformas digitales con producción propia. En pódcast: Radio Ambulante, El Hilo, La No Ficción, Acontece, Modo Avión, Diario Negro. En newsletters: Cenital en Argentina, Cinco Días Newsletter de El País, varios newsletters de Substack producidos por periodistas independientes. En YouTube: canales de divulgación política, económica y cultural que han ido ganando audiencia con producciones que ya superan en alcance a piezas equivalentes de medios tradicionales.

Esta es la categoría más difícil de mapear porque cambia mes a mes. Aparecen proyectos nuevos. Otros cierran. Pero su existencia es estructural: representa una migración del periodismo de oficio hacia formatos donde el creador individual o el equipo pequeño tiene control directo sobre la producción y la distribución.

Tres movimientos importantes del ecosistema

Por encima de las categorías, hay tres movimientos transversales que conviene reconocer porque están reorganizando el mapa más rápido de lo que las categorías reflejan.

Primer movimiento: la consolidación de las fundaciones y los fondos internacionales como financiadores del periodismo independiente. En los últimos diez años, organizaciones como Open Society Foundations, la Fundación Gabo, el International Center for Journalists, el Pulitzer Center, Luminate, y becas como las del Nieman Foundation o el Reuters Institute, se han convertido en financiadores estructurales de periodismo en español que ningún modelo de mercado puro habría sostenido. Esto ha permitido la supervivencia de medios independientes en condiciones políticas y económicas adversas, especialmente en Venezuela, Nicaragua, Cuba, El Salvador y en menor medida en México y Colombia. La consecuencia tiene dos caras: por un lado, el periodismo de investigación serio se ha mantenido vivo donde habría desaparecido; por otro, la dependencia de financiación externa plantea preguntas legítimas sobre sostenibilidad a largo plazo y sobre autonomía editorial cuando los criterios del financiador no coinciden plenamente con las prioridades del medio.

Segundo movimiento: el cruce exitoso de algunos periodistas tradicionales a formatos nuevos. No todos los periodistas establecidos han migrado bien al ecosistema digital, pero algunos lo han hecho de manera notable. Voces que originalmente operaban en televisión, radio o prensa escrita han construido pódcast, canales de YouTube o newsletters que en términos de alcance e influencia ya superan a las plataformas donde construyeron su nombre. Esto demuestra que el problema del periodismo serio no es tecnológico ni generacional: es estructural. Donde hay voz reconocible, formación rigurosa y disposición a aprender el formato nuevo, el cruce es posible. Donde no, no.

Tercer movimiento: la captura partidista de medios digitales nativos. Es el fenómeno más preocupante del ecosistema. Investigaciones académicas recientes —entre ellas, el trabajo publicado en 2024 sobre La Última Hora Noticias en España, vinculada a Podemos, en Journalism Practice— han documentado la aparición de medios que se presentan como independientes pero operan como vehículos partidistas, con financiación opaca y agenda editorial alineada con partidos políticos específicos. El fenómeno no es nuevo. La novedad es la sofisticación con la que estos medios se camuflan: estética profesional, redacciones aparentemente diversas, denominaciones que evocan independencia. En todos los países hispanohablantes hay ejemplos identificables, en uno u otro signo del espectro político. La consecuencia es que el lector que busca medios independientes enfrenta una dificultad creciente para distinguir entre los que efectivamente lo son y los que solo lo aparentan.

Las brechas que nadie está cubriendo

La parte más útil de un mapa no es lo que muestra: es lo que muestra que falta. Hay al menos cuatro brechas grandes de cobertura en el ecosistema actual de medios en español que conviene nombrar.

Primera brecha: la cobertura económica para clase trabajadora hispana. El periodismo económico en español, en su mayor parte, escribe para inversores, ejecutivos y profesionales urbanos. La realidad económica de la clase trabajadora hispana —remesas, crédito al consumo, inflación cotidiana, regulaciones laborales que afectan empleos de bajos ingresos— rara vez se cubre con la profundidad que tiene la información financiera dirigida a otras clases. Existen excepciones, pero la brecha es estructural.

Segunda brecha: la política local en estados o regiones de baja densidad hispana. En Estados Unidos, los medios hispanos se concentran geográficamente donde hay alta densidad de comunidad: Florida, California, Texas, Nueva York, Illinois. Estados como Carolina del Norte, Georgia, Nevada, Ohio, Pennsylvania, donde la comunidad hispana ha crecido aceleradamente en las últimas dos décadas, tienen oferta editorial limitada. En Latinoamérica, el equivalente es la cobertura de provincias y regiones alejadas de las capitales, históricamente subatendidas.

Tercera brecha: el análisis cultural más allá del entretenimiento. Hay abundante cobertura de música, cine y celebridades hispanas. Hay mucha menos cobertura seria de literatura contemporánea en español, de teatro, de artes plásticas, de filosofía y pensamiento producido en lengua española. Los suplementos culturales de los grandes medios tradicionales se han reducido o desaparecido. Lo que ha aparecido en su lugar, en general, es entretenimiento empaquetado como cultura.

Cuarta brecha: el periodismo de investigación local sostenido en el tiempo. La investigación periodística existe en español, y produce piezas notables. Pero la sostenibilidad de equipos de investigación que trabajen durante meses sobre un mismo tema, con dedicación exclusiva, es excepcional. La mayor parte del periodismo de investigación en lengua española hoy depende de cooperación internacional —consorcios como ICIJ, OCCRP, Connectas— o de financiación externa específica. La investigación local sostenida desde recursos propios del medio es rara.

Una observación final

Este mapa no incluye a INCÍSOS. No por modestia ni por estrategia. Por congruencia con la regla editorial que organiza este especial entero: el medio que cuenta la historia no se cuenta a sí mismo dentro de la historia. El lector que ha llegado hasta este punto sabe qué medio le habló durante diez piezas. Si lo que leyó tiene valor, ese valor lo evalúa el lector. Si el medio merece su lugar en el ecosistema descrito, el ecosistema lo decidirá con el tiempo. Las dos cosas se sostienen mejor sin que nadie se autocoloque en el mapa.

Lo que sí conviene decir, como cierre del mapa y como antesala del último inciso del especial, es esto. El ecosistema de medios en lengua española en 2026 no está colapsado. Está reorganizándose. Hay pérdida real, hay cesión de rigor en ciertos sectores, hay capturas partidistas que ensucian la categoría de «independencia». Pero también hay producción seria sostenida en condiciones difíciles, hay cruces exitosos hacia formatos nuevos, hay financiación que sostiene lo que el mercado no sostendría, hay generaciones nuevas de periodistas formándose en escuelas latinoamericanas y españolas que están haciendo su trabajo con criterio.

La pregunta del especial entero ha sido si la idea de un contenido que informe, forme, estimule y rete es romántica o posible. El mapa que acaba de dibujarse responde, indirectamente, la mitad de esa pregunta. La idea es posible: hay decenas de medios en lengua española sosteniéndola cada día. Lo que queda abierto, y es la pregunta del inciso final que cierra el especial, es si esa producción tiene las condiciones para sostenerse durante los próximos diez años. Y si nosotros, lectores y profesionales del oficio, tenemos la disciplina para acompañarla.

Fuentes principales

  • Reuters Institute · Digital News Report 2025.
  • CUNY Newmark J-School · The State of Latino News Media.
  • Latino Media Collaborative y National Hispanic Media Coalition · análisis del ecosistema hispano.
  • Knight Foundation · reportes sobre periodismo hispano local.
  • Journalism Practice · investigación sobre La Última Hora Noticias (2024).
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