Opinión
La reconstrucción empieza cuando se apagan las cámaras
La parte más difícil del terremoto no es la que se ve en vivo. Es la que empieza cuando el país deja de mirar.
La emergencia tiene cámaras encima. La reconstrucción no. Por eso abrimos este especial: porque lo que decide el futuro de La Guaira ocurrirá cuando ya nadie esté mirando.
Hay una verdad incómoda sobre las catástrofes: la parte que más importa es la que menos se ve.
Mientras escribo, todavía hay personas bajo los escombros de La Guaira. Eso —rescatar, atender heridos, abrazar a quien lo perdió todo— es lo único que importa en este momento, y no hay análisis que valga frente a una vida que aún puede salvarse. La emergencia manda. Tiene razón en mandar.
Pero la emergencia dura días. La reconstrucción dura años. Y entre una y otra hay un punto en el que las cámaras se van, los equipos internacionales regresan a sus países, los titulares pasan a otra cosa, y queda lo más difícil: levantar lo que cayó, sostener a quien quedó sin nada, sanar lo que no se ve. Esa fase larga, sin público, es la que de verdad decide si una tragedia se convierte en aprendizaje o en la antesala de la próxima.
La Guaira ya conoció ese punto. Después del deslave de 1999, hubo cámaras, hubo ayuda, hubo reconstrucción. Y hubo, también, preguntas que nunca se respondieron del todo sobre adónde fue a parar el esfuerzo de aquellos años. Veintisiete años después, el litoral vuelve a estar en el suelo. No conviene fingir que esa coincidencia no dice nada.
Este especial, «Lo que viene», nace de una convicción simple: el periodismo que sirve no es solo el que cubre el momento del derrumbe, sino el que acompaña la cuesta lenta de volver a ponerse de pie. Vamos a hablar de refugios que no pueden volverse permanentes, de un duelo que también se vive a distancia —porque buena parte de quien lee esto llora a los suyos desde lejos—, del agua que mata más que el temblor si nadie la cuida, de cómo se reconstruye sin repetir el error que derrumbó los edificios, y de quién va a vigilar el dinero que llegue.
No venimos a ofrecer consuelo fácil ni a aplaudir promesas. Venimos a mirar de cerca, con datos y con criterio, la parte del proceso que normalmente queda sin testigos. A criticar lo que haya que criticar, con nombre y atribución. Y a dignificar a una gente que no es un número en un balance, sino el sujeto de su propia reconstrucción.
La Guaira se va a levantar. La pregunta no es esa. La pregunta es cómo, con qué reglas, pagada por quién y para beneficio de quién. Esa conversación empieza ahora, justo cuando se apagan las cámaras. Y merece sostenerse hasta el final.
Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe, INCÍSOS
Este es el texto de apertura del especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026 en Venezuela.
Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe, INCÍSOS
COBERTURA EN VIVO
Esta pieza forma parte del especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026. Sigue la cobertura de emergencia en «El país que tembló».
Alfredo Yánez
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Ni intacto ni soberano
Alrededor del regreso de María Corina Machado se han deslizado dos palabras que no resisten el examen: intacto y soberano. Ni el plan quedó intacto tras el terremoto, ni el país es hoy soberano.
En las últimas horas, alrededor del intento de regreso de María Corina Machado, se han deslizado en el debate dos palabras que se pronuncian con una ligereza que asusta. Dos palabras que, si uno se detiene a mirarlas de frente, no resisten el examen. La primera es «intacto». La segunda es «soberano». Y conviene detenerse, porque las palabras importan, y estas dos, mal usadas, sirven para maquillar una realidad que merece ser mirada sin maquillaje.
Se habla, por ejemplo, de un plan que sigue intacto. De una hoja de ruta que avanza sin sobresaltos, de un diseño que el terremoto no habría tocado. Y ahí está la primera palabra que no cuadra. Porque es sencillamente imposible que algo permanezca intacto en un país donde el 24 de junio se cayó el suelo. Donde hay más de dos mil muertos, decenas de miles de personas sin techo y una franja costera entera reducida a escombros. En un país así, hablar de un plan intacto no es solo inexacto: es una manera de no mirar. Todo lo que existía antes de esa tarde quedó sacudido, y quien pretenda que su plan sobrevivió incólume, o no entendió lo que pasó, o prefiere que no lo entendamos nosotros.
Pero es la segunda palabra la que de verdad me detiene. Soberano. Se sigue hablando de soberanía como si nada, con la boca llena, mientras un buque de guerra extranjero está fondeado en el puerto de La Guaira —como documentó INCÍSOS—, mientras hay tropas de otro país desplegadas en el territorio, mientras se coordinan operaciones desde centros que no responden a Caracas, y mientras el petróleo y su destino se discuten en despachos que no están en Venezuela. Se puede llamar a eso ayuda, y en buena medida lo es. Se puede llamar cooperación, y también. Pero llamarlo soberanía es forzar el idioma hasta romperlo.
Y aquí quiero ser honesto, porque lo fácil sería indignarse y quedarse ahí. La verdad más incómoda no es que Venezuela haya dejado de ser soberana. Es cómo dejó de serlo. No fue por convicción, no fue una decisión meditada, no fue un pueblo que eligió ceder su soberanía a cambio de algo. Fue por circunstancia. Fue porque, a lo largo de más de dos décadas, no logramos —con nuestras propias fuerzas, con nuestros propios medios, con nuestros propios votos— resolver lo que teníamos que resolver. La soberanía no se entregó en una ceremonia: se fue perdiendo a cuentagotas, año tras año, derrota tras derrota, hasta que un día amaneció capturada por las circunstancias.
Lo he pensado mucho estos días, en que se cumplen 180 días desde que una fuerza extranjera entró a Caracas a llevarse a un presidente. Seis meses. Y la pregunta que me persigue no es quién manda hoy en Venezuela, sino por qué llegamos a un punto en que esa pregunta ya no la respondemos solos. Porque cada vez que una sociedad no consigue, por sus propios caminos, procesar sus conflictos y corregir su rumbo, deja una puerta abierta. Y por esa puerta, tarde o temprano, entra alguien más. No siempre entra a la fuerza. A veces entra invitado, aplaudido incluso, en nombre de la ayuda o del rescate. Pero entra.
No escribo esto para reprochar la ayuda, que salva vidas y hay que agradecerla. Ni para idealizar una soberanía que, seamos sinceros, hacía tiempo que era más himno que realidad. Escribo para pedir una sola cosa: que llamemos a las cosas por su nombre. Que no confundamos el alivio con la autonomía, ni la asistencia con el mando. Que si vamos a reconstruir este país —y lo vamos a reconstruir—, lo hagamos sabiendo desde dónde partimos: desde un país golpeado, dependiente, con el plan hecho pedazos y la soberanía en préstamo. No es una condena. Es un punto de partida. Y ningún país se ha levantado de verdad mintiéndose sobre el lugar donde está parado.
Porque la soberanía, como la confianza, no se declara: se construye. Y solo se reconstruye desde la verdad. La misma verdad que estos días ha emergido entre los escombros, cuando la gente entendió, sin que nadie se lo explicara, que lo que no resolvamos nosotros lo va a terminar decidiendo otro. Ese es, quizás, el aprendizaje más duro de esta tragedia. Y también, si sabemos leerlo, el comienzo de algo distinto.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe, INCÍSOS
Opinión
Reconstruirse: la parte que empieza cuando todo terminó
El especial cierra donde empieza lo más difícil: en la vida cotidiana de quien tiene que volver a levantarse sin público que lo mire.
Con esta crónica cierra «Lo que viene». No con una conclusión, porque la reconstrucción no la tiene todavía, sino con lo que queda cuando el país deja de mirar: la tarea larga, callada y digna de volver a empezar.
Cuando termine todo esto —cuando el último equipo de rescate haya vuelto a su país, cuando los titulares se muden a otra tragedia, cuando la palabra La Guaira deje de aparecer en las alertas del teléfono— empezará lo más difícil. No lo más urgente: lo más difícil. Y las dos cosas rara vez coinciden.
A lo largo de este especial hemos intentado mirar esa parte. La que no cabe en el minuto de televisión. Los refugios que no pueden volverse permanentes. El duelo que se vive por pantalla, a miles de kilómetros. El agua que puede matar más que el temblor. Los edificios que hay que levantar sin repetir el error que los tumbó. El dinero que alguien tendrá que vigilar. La prevención que nunca se instaló. La diáspora que puede ser mucho más que una caja de mercancía. Cada una de esas piezas es un pedazo de la misma pregunta: cómo se reconstruye no un edificio, sino una vida.
Porque eso es lo que está en juego, al final. Detrás de cada cifra de damnificados hay una persona que esta semana durmió en un sitio que no es su casa, que perdió cosas que no aparecen en ningún balance —una rutina, un barrio, una manera de ganarse el pan, un lugar en el mundo—, y que mañana, sin cámaras encima, tendrá que levantarse y empezar de nuevo. Sin épica. Sin público. Con el pudor de quien no quiere dar lástima.
Venezuela conoce esa clase de coraje. No el de las gestas, sino el de la gente común que rehace su vida a pulso porque no le queda otra. El del comerciante que vuelve a abrir con lo poco que rescató. El de la maestra que reúne a los niños aunque la escuela ya no esté. El del que se fue hace años y que ahora, desde lejos, manda lo que puede y siente que nunca es suficiente. Ese coraje no sale en los reportes internacionales, pero es el que de verdad reconstruye un país.
No conviene endulzarlo. La reconstrucción va a ser lenta, imperfecta, probablemente injusta en muchos tramos. Habrá promesas incumplidas, fondos que no se sabrá bien adónde fueron, familias que esperarán más de lo tolerable por una vivienda. Nada de este especial sirve si finge que el camino será limpio. Pero tampoco sirve la resignación, que es la otra forma de rendirse. Entre el optimismo ingenuo y el cinismo cómodo hay un lugar más habitable: el de mirar de frente lo que falta y seguir exigiendo que se haga bien.
La Guaira se va a levantar. Eso no está en duda; los pueblos se levantan casi siempre, aunque sea a un costo que nadie debería pagar. Lo que está en duda es otra cosa: si se levantará mejor o igual de vulnerable, si será para todos o solo para algunos, si esta vez aprenderemos algo o guardaremos la lección hasta el próximo temblor.
Esa respuesta no la escribe el terremoto. La escribimos nosotros, en los meses y los años que vienen, cuando ya nadie esté mirando.
Ahí, justo ahí, es donde de verdad empieza todo.
Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe, INCÍSOS
Esta crónica cierra el especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026 en Venezuela.
Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe, INCÍSOS
COBERTURA EN VIVO
Esta pieza forma parte del especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026. Sigue la cobertura de emergencia en «El país que tembló».
Columna
El aplauso que no es amor, es factura
La antipolítica no es entusiasmo por el de afuera: es despecho con el de adentro. El inciso que abre el especial.
Hay un malentendido cómodo en la manera en que se cuenta el ascenso de los outsiders. Se dice que la gente se enamoró del que venía de afuera. Que lo siguió por su carisma, por su discurso, por su promesa de barrer con todo. Y hay algo de eso. Pero la palabra está mal elegida. Lo que el votante siente cuando aplaude al recién llegado casi nunca es amor. Es despecho. Y el despecho, a diferencia del amor, siempre tiene una dirección: apunta a alguien.
Apunta al partido que prometió y no cumplió. Al dirigente que llegó hablando del pueblo y se fue hablando de sí mismo. A la estructura que pidió el voto cada cinco años y devolvió silencio los otros cuatro. El outsider no entra por la puerta que abre su propio mérito. Entra por la que dejaron abierta los que estaban adentro. Es, antes que nada, un hueco con forma de hombre.
Por eso conviene leer el fenómeno al revés de como suele leerse. El que vota contra los partidos no está votando por una idea nueva: está pasando una factura vieja. Y la factura se acumuló durante años de representación que se volvió trámite, de militancia que se volvió nómina, de programa que se volvió eslogan. Cuando por fin aparece alguien que dice «yo no soy de ellos», el votante no examina demasiado qué es. Le basta con que no sea eso.
El problema empieza después. Porque la factura se cobra una sola vez, pero el país sigue ahí al día siguiente, con sus instituciones, sus equilibrios, su necesidad aburrida de que alguien gobierne. Y entonces el outsider tiene que decidir qué hace con el poder que le prestaron en un arranque de bronca. Algunos descubren que gobernar se parece sospechosamente a lo que hacían los que vinieron a reemplazar. Otros deciden que, ya que llegaron rompiendo, lo coherente es seguir rompiendo. Ninguno de los dos caminos es gratis.
Este especial no viene a celebrar la antipolítica ni a condenarla de entrada. Viene a tomarle la temperatura. A entender por qué un votante en Pensilvania, otro en la provincia de Buenos Aires y otro en Caracas llegaron, por rutas distintas, a la misma conclusión: que el sistema de partidos dejó de hablarles. Esa coincidencia no es casualidad ni contagio. Es síntoma. Y los síntomas no se curan gritándoles que se callen; se curan averiguando qué los produce.
Venezuela conoce esta historia mejor que casi nadie, y no desde ahora. Tuvo su antipolítico de la televisión antes de que la televisión fuera el medio natural de los antipolíticos. Tuvo su outsider que arrasó las encuestas y terminó devorada por otro outsider más hábil. Tuvo, sobre todo, al hombre que prometió barrer la partidocracia y se quedó veinticinco años. Quien quiera entender lo que se juega hoy, cuando vuelven a circular nombres que se presentan como ajenos al aparato, haría bien en mirar ese archivo antes de aplaudir o de descalificar.
Hay una pregunta que recorrerá todas las piezas que siguen, y conviene dejarla planteada desde la primera línea. No toda renovación es demolición, y no todo el que viene de afuera viene a destruir. Hay quien tiene ideas en función del país y simplemente no milita en ningún partido, y llamarlo «antipolítico» como insulto es una manera barata de defender lo indefendible. Pero también hay quien usa el lenguaje de la renovación para justificar que no quede nada en pie. Distinguir entre los dos no es un lujo intelectual. Es, probablemente, la tarea política más urgente de la década.
El aplauso, ya lo dijimos, no es amor. Es una factura. La pregunta es quién la cobra, a nombre de quién, y qué piensa hacer con lo que recaude.
Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe · INCÍSOS
FUENTES PRINCIPALES: Inciso de autor. Pieza de opinión firmada.
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