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Opinión

Reconstruirse: la parte que empieza cuando todo terminó

El especial cierra donde empieza lo más difícil: en la vida cotidiana de quien tiene que volver a levantarse sin público que lo mire.

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Amanecer sobre el litoral de La Guaira — imagen editorial INCÍSOS

Con esta crónica cierra «Lo que viene». No con una conclusión, porque la reconstrucción no la tiene todavía, sino con lo que queda cuando el país deja de mirar: la tarea larga, callada y digna de volver a empezar.


Cuando termine todo esto —cuando el último equipo de rescate haya vuelto a su país, cuando los titulares se muden a otra tragedia, cuando la palabra La Guaira deje de aparecer en las alertas del teléfono— empezará lo más difícil. No lo más urgente: lo más difícil. Y las dos cosas rara vez coinciden.

A lo largo de este especial hemos intentado mirar esa parte. La que no cabe en el minuto de televisión. Los refugios que no pueden volverse permanentes. El duelo que se vive por pantalla, a miles de kilómetros. El agua que puede matar más que el temblor. Los edificios que hay que levantar sin repetir el error que los tumbó. El dinero que alguien tendrá que vigilar. La prevención que nunca se instaló. La diáspora que puede ser mucho más que una caja de mercancía. Cada una de esas piezas es un pedazo de la misma pregunta: cómo se reconstruye no un edificio, sino una vida.

Porque eso es lo que está en juego, al final. Detrás de cada cifra de damnificados hay una persona que esta semana durmió en un sitio que no es su casa, que perdió cosas que no aparecen en ningún balance —una rutina, un barrio, una manera de ganarse el pan, un lugar en el mundo—, y que mañana, sin cámaras encima, tendrá que levantarse y empezar de nuevo. Sin épica. Sin público. Con el pudor de quien no quiere dar lástima.

Venezuela conoce esa clase de coraje. No el de las gestas, sino el de la gente común que rehace su vida a pulso porque no le queda otra. El del comerciante que vuelve a abrir con lo poco que rescató. El de la maestra que reúne a los niños aunque la escuela ya no esté. El del que se fue hace años y que ahora, desde lejos, manda lo que puede y siente que nunca es suficiente. Ese coraje no sale en los reportes internacionales, pero es el que de verdad reconstruye un país.

No conviene endulzarlo. La reconstrucción va a ser lenta, imperfecta, probablemente injusta en muchos tramos. Habrá promesas incumplidas, fondos que no se sabrá bien adónde fueron, familias que esperarán más de lo tolerable por una vivienda. Nada de este especial sirve si finge que el camino será limpio. Pero tampoco sirve la resignación, que es la otra forma de rendirse. Entre el optimismo ingenuo y el cinismo cómodo hay un lugar más habitable: el de mirar de frente lo que falta y seguir exigiendo que se haga bien.

La Guaira se va a levantar. Eso no está en duda; los pueblos se levantan casi siempre, aunque sea a un costo que nadie debería pagar. Lo que está en duda es otra cosa: si se levantará mejor o igual de vulnerable, si será para todos o solo para algunos, si esta vez aprenderemos algo o guardaremos la lección hasta el próximo temblor.

Esa respuesta no la escribe el terremoto. La escribimos nosotros, en los meses y los años que vienen, cuando ya nadie esté mirando.

Ahí, justo ahí, es donde de verdad empieza todo.

Alfredo Yánez Mondragón

Editor en jefe, INCÍSOS


Esta crónica cierra el especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026 en Venezuela.

Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe, INCÍSOS


COBERTURA EN VIVO

Esta pieza forma parte del especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026. Sigue la cobertura de emergencia en «El país que tembló».

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Mundial 2026

El final de una era y el principio de otra: lo que este Mundial dice sobre el fútbol que viene

El Mundial 2026 cierra la era Messi con una imagen definitiva: el mejor jugador de la historia desconectado en la final más importante. España inaugura una nueva era con Lamine Yamal, Pedri y Nico Williams.

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Balón de fútbol en el césped del MetLife Stadium, final del Mundial 2026

Hay finales que se recuerdan por el gol. Y hay finales que se recuerdan por lo que simbolizan. La final de Nueva Jersey pertenece a la segunda categoría. Lo que ocurrió en el MetLife Stadium va bastante más allá del 1-0 en la prórroga.

El Mundial 2026 cierra la «era Messi» con una imagen que el tiempo no borrará fácilmente: el mejor jugador de la historia del fútbol desconectado, sin poder tocar el juego, en el partido que más le importaba. Argentina no hizo un solo tiro al arco en 120 minutos. El Dibu Martínez —héroe en Qatar 2022— se convirtió de nuevo en protagonista con nueve atajadas extraordinarias, pero esta vez la historia no terminó como él quería.

Eso no quita mérito a lo que esta generación argentina construyó. Llegar a la final del Mundial 2026 derrotando a Inglaterra en las semifinales es, en cualquier lectura, una hazaña. Argentina buscaba convertirse en la primera nación desde Brasil en 1962 en ganar dos títulos consecutivos. No pudo. Pero la Albiceleste resistió durante 106 minutos ante el mejor equipo del planeta, y eso también cuenta.

España: la victoria de la paciencia

Del otro lado hay una selección que lleva años demostrando algo que el fútbol moderno suele ignorar: que el control sostenido, la presión sin desesperación y la confianza en el sistema acaban produciendo resultados. Luis de la Fuente ganó todo lo que se podía ganar con España desde las categorías juveniles. La Eurocopa 2024 fue el ensayo general. El Mundial 2026 fue el examen definitivo.

Lamine Yamal, Pedri, Nico Williams, Pau Cubarsí: esta generación española tiene nombre, edad y proyección suficiente como para que hablar de «era» no sea exagerado. Tienen entre 17 y 25 años. Acaban de ganar el Mundial. El ciclo, presumiblemente, no ha hecho más que empezar.

El torneo más grande de la historia

Este Mundial 2026 —el más caro de todos los tiempos, disputado en tres países con 48 equipos y 103 partidos— cerró con una final que en cierto modo resumió todo lo que el torneo prometía: un duelo entre estilos, generaciones y continentes. Europa contra América del Sur. La organización contra la garra. El sistema contra el talento individual.

Europa ganó. Pero América resistió hasta el minuto 106. Y eso, en el fondo, es lo que hace grande a este deporte: que los partidos no terminan hasta que terminan, y que el fútbol —siempre el fútbol— elige sus héroes en el momento menos anunciado.

Ferran Torres no estaba en el once titular de nadie. Y marcó el gol que le dio a España la segunda estrella del mundo.


España bicampeona del mundo · 2010, Sudáfrica · 2026, Estados Unidos · Luis de la Fuente, seleccionador · Ver resultado completo →

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El Inciso

Ni intacto ni soberano

Alrededor del regreso de María Corina Machado se han deslizado dos palabras que no resisten el examen: intacto y soberano. Ni el plan quedó intacto tras el terremoto, ni el país es hoy soberano.

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Puerto de La Guaira al atardecer con buque de guerra y bandera venezolana — imagen editorial INCÍSOS

En las últimas horas, alrededor del intento de regreso de María Corina Machado, se han deslizado en el debate dos palabras que se pronuncian con una ligereza que asusta. Dos palabras que, si uno se detiene a mirarlas de frente, no resisten el examen. La primera es «intacto». La segunda es «soberano». Y conviene detenerse, porque las palabras importan, y estas dos, mal usadas, sirven para maquillar una realidad que merece ser mirada sin maquillaje.

Se habla, por ejemplo, de un plan que sigue intacto. De una hoja de ruta que avanza sin sobresaltos, de un diseño que el terremoto no habría tocado. Y ahí está la primera palabra que no cuadra. Porque es sencillamente imposible que algo permanezca intacto en un país donde el 24 de junio se cayó el suelo. Donde hay más de dos mil muertos, decenas de miles de personas sin techo y una franja costera entera reducida a escombros. En un país así, hablar de un plan intacto no es solo inexacto: es una manera de no mirar. Todo lo que existía antes de esa tarde quedó sacudido, y quien pretenda que su plan sobrevivió incólume, o no entendió lo que pasó, o prefiere que no lo entendamos nosotros.

Pero es la segunda palabra la que de verdad me detiene. Soberano. Se sigue hablando de soberanía como si nada, con la boca llena, mientras un buque de guerra extranjero está fondeado en el puerto de La Guaira —como documentó INCÍSOS—, mientras hay tropas de otro país desplegadas en el territorio, mientras se coordinan operaciones desde centros que no responden a Caracas, y mientras el petróleo y su destino se discuten en despachos que no están en Venezuela. Se puede llamar a eso ayuda, y en buena medida lo es. Se puede llamar cooperación, y también. Pero llamarlo soberanía es forzar el idioma hasta romperlo.

Y aquí quiero ser honesto, porque lo fácil sería indignarse y quedarse ahí. La verdad más incómoda no es que Venezuela haya dejado de ser soberana. Es cómo dejó de serlo. No fue por convicción, no fue una decisión meditada, no fue un pueblo que eligió ceder su soberanía a cambio de algo. Fue por circunstancia. Fue porque, a lo largo de más de dos décadas, no logramos —con nuestras propias fuerzas, con nuestros propios medios, con nuestros propios votos— resolver lo que teníamos que resolver. La soberanía no se entregó en una ceremonia: se fue perdiendo a cuentagotas, año tras año, derrota tras derrota, hasta que un día amaneció capturada por las circunstancias.

Lo he pensado mucho estos días, en que se cumplen 180 días desde que una fuerza extranjera entró a Caracas a llevarse a un presidente. Seis meses. Y la pregunta que me persigue no es quién manda hoy en Venezuela, sino por qué llegamos a un punto en que esa pregunta ya no la respondemos solos. Porque cada vez que una sociedad no consigue, por sus propios caminos, procesar sus conflictos y corregir su rumbo, deja una puerta abierta. Y por esa puerta, tarde o temprano, entra alguien más. No siempre entra a la fuerza. A veces entra invitado, aplaudido incluso, en nombre de la ayuda o del rescate. Pero entra.

No escribo esto para reprochar la ayuda, que salva vidas y hay que agradecerla. Ni para idealizar una soberanía que, seamos sinceros, hacía tiempo que era más himno que realidad. Escribo para pedir una sola cosa: que llamemos a las cosas por su nombre. Que no confundamos el alivio con la autonomía, ni la asistencia con el mando. Que si vamos a reconstruir este país —y lo vamos a reconstruir—, lo hagamos sabiendo desde dónde partimos: desde un país golpeado, dependiente, con el plan hecho pedazos y la soberanía en préstamo. No es una condena. Es un punto de partida. Y ningún país se ha levantado de verdad mintiéndose sobre el lugar donde está parado.

Porque la soberanía, como la confianza, no se declara: se construye. Y solo se reconstruye desde la verdad. La misma verdad que estos días ha emergido entre los escombros, cuando la gente entendió, sin que nadie se lo explicara, que lo que no resolvamos nosotros lo va a terminar decidiendo otro. Ese es, quizás, el aprendizaje más duro de esta tragedia. Y también, si sabemos leerlo, el comienzo de algo distinto.


Alfredo Yánez Mondragón
Fundador y editor en jefe, INCÍSOS


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Opinión

La reconstrucción empieza cuando se apagan las cámaras

La parte más difícil del terremoto no es la que se ve en vivo. Es la que empieza cuando el país deja de mirar.

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Litoral de La Guaira al atardecer — imagen editorial INCÍSOS

La emergencia tiene cámaras encima. La reconstrucción no. Por eso abrimos este especial: porque lo que decide el futuro de La Guaira ocurrirá cuando ya nadie esté mirando.


Hay una verdad incómoda sobre las catástrofes: la parte que más importa es la que menos se ve.

Mientras escribo, todavía hay personas bajo los escombros de La Guaira. Eso —rescatar, atender heridos, abrazar a quien lo perdió todo— es lo único que importa en este momento, y no hay análisis que valga frente a una vida que aún puede salvarse. La emergencia manda. Tiene razón en mandar.

Pero la emergencia dura días. La reconstrucción dura años. Y entre una y otra hay un punto en el que las cámaras se van, los equipos internacionales regresan a sus países, los titulares pasan a otra cosa, y queda lo más difícil: levantar lo que cayó, sostener a quien quedó sin nada, sanar lo que no se ve. Esa fase larga, sin público, es la que de verdad decide si una tragedia se convierte en aprendizaje o en la antesala de la próxima.

La Guaira ya conoció ese punto. Después del deslave de 1999, hubo cámaras, hubo ayuda, hubo reconstrucción. Y hubo, también, preguntas que nunca se respondieron del todo sobre adónde fue a parar el esfuerzo de aquellos años. Veintisiete años después, el litoral vuelve a estar en el suelo. No conviene fingir que esa coincidencia no dice nada.

Este especial, «Lo que viene», nace de una convicción simple: el periodismo que sirve no es solo el que cubre el momento del derrumbe, sino el que acompaña la cuesta lenta de volver a ponerse de pie. Vamos a hablar de refugios que no pueden volverse permanentes, de un duelo que también se vive a distancia —porque buena parte de quien lee esto llora a los suyos desde lejos—, del agua que mata más que el temblor si nadie la cuida, de cómo se reconstruye sin repetir el error que derrumbó los edificios, y de quién va a vigilar el dinero que llegue.

No venimos a ofrecer consuelo fácil ni a aplaudir promesas. Venimos a mirar de cerca, con datos y con criterio, la parte del proceso que normalmente queda sin testigos. A criticar lo que haya que criticar, con nombre y atribución. Y a dignificar a una gente que no es un número en un balance, sino el sujeto de su propia reconstrucción.

La Guaira se va a levantar. La pregunta no es esa. La pregunta es cómo, con qué reglas, pagada por quién y para beneficio de quién. Esa conversación empieza ahora, justo cuando se apagan las cámaras. Y merece sostenerse hasta el final.

Alfredo Yánez Mondragón

Editor en jefe, INCÍSOS


Este es el texto de apertura del especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026 en Venezuela.

Alfredo Yánez Mondragón
Editor en jefe, INCÍSOS


COBERTURA EN VIVO

Esta pieza forma parte del especial «Lo que viene», sobre la fase de mediano y largo plazo tras los terremotos del 24 de junio de 2026. Sigue la cobertura de emergencia en «El país que tembló».

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